dissabte, 4 de juliol del 2015

NACIONALISMO ESENCIALISTA 
Y CIUDADANISMO HUECO:
LA PRESUNTA GESTIÓN DE LA 
DIVERSIDAD EN CATALUÑA


Joan Manuel Cabezas López
Doctor en Antropología Social
Coordinador de la consultoría ETNOSISTEMA


 Introducción


Durante el transcurso de una reunión con personas de diversos ámbitos y campos del conocimiento, introduje una temática que me hizo corroborar la persistencia del esencialismo cultural en tierras catalanas, incluso en mentes y geografías del pensamiento situadas, nominalmente, en esferas 'progresistas' o, cuando menos, teóricamente (sólo teóricamente) alejadas del nacionalismo  reaccionario de raíz novecentista, culturalista, historicista, geneticista (culto a la pureza de linaje),  nítidamente xenófobo.
Digamos que cometí la osadía de explicitar las implicaciones de mi posición ante la pluralidad social, posición que conceptualicé durante mi tesis doctoral como teoría de los etnosistemas. Con ese concepto traté de sublimar tanto la idea substantivista de 'Cultura' como la misma idea de ‘cultura’, incluso desesencializada, apuntando al uso estratégico que se ha hecho, y se hace, de la misma, con el fin de convertir en legítima e inapelable la existencia de desigualdades, explotaciones, exclusiones e injusticias, las cuales eran remitidas a supuestos problemas 'culturales'. Unas cuestiones ‘culturales’, casi biologizadas y racializadoa, a la vez que a menudo imbuidas de componentes metafísicos de nueva índole, y que convierten en sentido común la peligrosidad de la ‘distancia cultural’ (“somos muy diferentes...”), la naturalidad inamobible de las idiosincrasias, caracteres y costumbres ...
¿Que se me ocurrió decir? Pues que si, desde mi punto de vista, un espacio social acoge un etnosistema (plural, dinámico, metamórfico y multireferencial), y el conjunto de interacciones en él producidas constituyen un único pueblo, la desembocadura lógica es que la cultura popular, entendida como sistema de recursos simbólicos de TODO aquel pueblo, debe de incluir cualquier forma y contenido, independientemente de su procedencia, creencia, lengua o cosmología.
Todo ello no es una banalidad o una boutade: implica reconocer como formando parte constitutiva de un mismo pueblo a personas y grupos aún hoy en día todavía mantenidos contundentemente al margen de la sociedad política del mismo, y poner en horizontal todas las formas de decir, hacer y pensar que coexisten en el seno del pueblo, para que sus ‘diferencias’ no sean utilizadas como justificación de ninguna desigualdad de carácter estructural y de base económica y política. Se trata de deshacer, pues, la coartada cultural: sacar el velo que implica su funcionamiento, y desactivarla para que la ‘diferencia cultural’ no sea un eje estratégico, es decir, que deje de ser usada para generar animadversiones falsamente antagónicas en el seno del pueblo, y que deje de utilizarse para perpetuar la dominación mediante la naturalización/sacralización en base a ‘motivos culturales’ de jerarquías, injusticias y explotaciones...
Pero es obvio que toqué la fibra sensible del todavía potentísimo esencialismo cultural. Incluso en las filas de los autodenominados ciudadanistas, el pueblo no es el conjunto de los etnosistemas de un espacio social plural, sino que se circunscribe a una serie discreta de elementos simbólicos en posesión (nunca mejor dicho) de los autóctonos del territorio 'propio'.
¿Y qué razón última se puede esgrimir? A menudo, la reductio ad absurdum, lo con frecuencia funciona si las convicciones que se defienden están tan interiorizadas que resulta imposible hacerlas tambalear. Así, en un momento determinado, se quiso cortar de cuajo mi argumentación de varias maneras, apelando en algunas ocasiones al desideratum que la 'religión' (elemento estanco inventado en Occidente hace poco tiempo) es un ámbito 'privado' (distinción binaria también creada hace menos de dos siglos por una parte de la humanidad: la burguesía occidental), y allí debe permanecer (Paréntesi: la islamofobia de la sociedad catalana está tan viva que no dejo de percibir que cuando se emplea esta correspondencia entre 'religión: privacidad', siempre se hace, tácitamente, haciendo referencia al Islam, no al cristianismo. ¿Como si no se explica que estas personas no pidan públicamente la prohibición de las procesiones de Semana Santa, o las que se hacen durante las Fiestas Mayores? Cierro paréntesis)
            Como decía: de las diversas impugnaciones que el grupo de personas allí reunidas hicieron en relación con mi herética postura, la que mejor funcionó fue, en última instancia, la que empleó la reductio ad absurdum, realizando, por lo demás, un comparación muy forzada que en otros momentos y lugares también había oído, aunque formulada en términos diferentes: uno de los asistentes, fuera de sí, poseido por una especie de ira culturalista (si se me permite la expresión), me lanzó la siguiente diatriba: “¡¡¡Eso que dices es como si ahora fuéramos cinco catalanes a hacer cagar el tió[1] en Burkina Faso y dijéramos que lo que hacemos es cultura popular de Burkina Faso!!!”
He aquí mi primera nota etnográfica de las muchas que he podido captar a través de mis transeptos por la geografía del Principado de Cataluña en los últimos años.


La complejidad vista como amenaza ...


Un buen día me encontraba hojeando un infumable documento de los LIC[2], y empecé a entender aquello que realmente codician los políticos, 'técnicos' y presuntos profesionales de la diversidad: cosas uniformes, recortables, claras y abstractas, es decir, bien cobijadas de la realidad y sus vientos, terremotos y dislocaciones continuas. Que no digan nada y lo expliquen todo. Oscuras, para poder iluminar. Cajones de sastre. Simplicidad. Anulación de lo complejo.
Una cultura, decía aquel documento, es como un árbol. Sí, ‘à lo Jesulín de Ubrique’, pero cambiando ‘toro’ por ‘árbol’. Barrio Sésamo para adultos versión 2.0. La cultura es como un árbol, por lo cual sólo vemos el tronco y las ramas. Pero las raíces están ocultas, y resulta que son la esencia de la cultura. Francamente: no se puede ofrecer una visión más substantivista de la cultura. Imaginemos que la metáfora comentada fuera cierta, aunque habría muchísimo que discutir (para empezar: ¿qué se quiere decir con el término cultura?), la pregunta es: ¿Y qué? ¿Qué pasa?. Una 'cultura' no existe en la abstracción, sino en la acción social concreta.
Las pocas veces que he comentado esto en público durante mis incursiones por territorios catalanes, el escepticismo se ha mezclado, casi siempre, con la perplejidad: "las cosas estaban claras y ahora llegas tú y nos quieres poner todo patas arriba" , he llegado a sentir. Dentro del miedo a la complejidad también habita el miedo a la pluralidad como supuesta enemiga de la 'cohesión nacional'.
Así, en una intervención que llevé a cabo como docente de profesores de secundaria, uno de los asistentes me recriminó (con tono alterado y claramente enervado, furibundo) que servidor de ustedes había puesto en cuestión la existencia de una nación kurda: "has dado a entender que Kurdistán no es una nación, y eso es mentira”, me dijo.  “Claro que el Kurdistán es una nación", contesté. ¿En que se basaba esa recriminación?: en el hecho de que recalqué que el Kurdistán es un complejísimo etnosistema donde conviven 45 lenguas y dialectos, y cerca de una docena formas de religiosidad. Se desmenuzó el ‘ideal’ en torno al cual gira la jacobina frase  un país, una lengua. Una situación que nunca hemos encontrado ninguna parte a lo largo de la historia si no es, como proyecto forzado y etnocida, no del todo exitoso (por suerte), en Francia y en Turquía.


Técnicos de ciudadanía-inmigración perplejos ante la incogruència del mundo


En el transcurso de una charla en Santa Coloma de Farners, un técnico (no sé exactamente de qué) me hizo saber públicamente lo siguiente: 'me siento más cercano a los valores de la cultura alemana que a los de la cultura de los musulmanes ... '. Para empezar, de nuevo, se emplea el término cultura de manera reductivista y esencial, como una especie de nueva raza sin raza. Para continuar, se presupone que la 'cultura alemana' es lo bueno, noble y elevado de la kultur germánica. Mi réplica fue esta: “Cuando dices que te sientes cercano a los valores de la cultura alemana, ¿de qué valores hablas? Para decirlo de otro modo: hablas de Beethoven o de Hitler? Porque no hay que olvidar que Auschwitz fue una creación de la cultura alemana, al igual que dicha cultura también creó magníficas obras de arte y composiciones musicales sublimes ..”. ..
Por otra parte, si se hacen 'planes de acogida' y se implementan mecanismos ad hoc, es porque los poderes locales presuponen que hay errores 'y' desviaciones’ de aquellos a los que van dirigidas estas políticas de acogida. Aunque esto se enmascare a veces diciendo que son para toda la ciudadanía. No es verdad....
Las causas de la 'desviación' o ‘patología’ no están localizadas, como mayoritariamente se dice, en la situación cultural del desviado, o en factores culturales que impulsan sus acciones 'desviadas' (eufemismo: “no integradas”). Todo lo contrario: los grupos sociales crean desviación dictando normas la infracción de las cuales constituye desviación, y aplicando estas normas a gente concreta, etiquetándolos como 'marginales' (eufemismo: inmigrante, recién llegado, nueva ciudadanía, sectores en riesgo de exclusión ... todos ellos aplicando la combinación diferente / raro / no normal + pobre).
Veamos ahora un ejemplo sorprendente de la animadversión de los esencialistas culturales (o jacobinistas epistemológicos, con perdón) ante la existencia de un mundo, de una naturaleza, de una realidad, infinitamente más compleja y ambivalente de lo que nunca hubieran imaginado: la inmensa mayoría de actores sociales que han sido elegidos para una supuesta 'gestión' de la diversidad están imbuidos hasta la médula por la lógica dominante que, a fecha de hoy, ha recibido el barniz de una descarnada estrategia de dominación.
A menudo este a veces bien intencionado pero siempre pírrico ejército de cirujanos sociales tratan 'de gestionar' la diversidad con las escasas herramientas con las que se han podido nutrir en breves trayectorias académicas donde se les instruyó en una máxima, a saber: que el trabajo o la educación de la 'sociedad' se debía llevar a cabo sobre algo que nunca ha existido, vg: un material humano monocromo y de topología isótropa. Esta lógica les infiere un espíritu eucarístico que anhela y se conforma con recibir buenas nuevas que les confirmen que esta avalancha de Otros puede ser estructurada, clasificada casi de forma taxodèrmica, convertida en una especie de colección entomológica, y lista para, una vez bien contorneados sus 'caracteres' (más bien sus 'taras') y claramente diagnosticados sus elementos a 'tamizar', poder tranquilizarse contemplando (desde arriba, desde la ‘normalidad’ del ‘autóctono’) un paisaje humano con límites internos estancos, en mosaico. Y desactivados, es decir, asimilados (eufemismo: integrados). Un paisaje en los márgenes de los cuales se encuentra una nada social compuesta de trabajores bien etiquetad@s desde arriba y reordenad@s como constelación social 'desviada', sobre la cual trabajar y educar.
Pero cuando se descubre que este deseo no se corresponde con la realidad, el pánico e incluso la cólera hacen acto de aparición. Lo he constatado y registrado en directo, y también he sido víctima de esto como 'amigo' (y 'experto') de y en los Otros. Por lo tanto, como cómplice de la ruptura de la ensoñación de una congruencia perfecta entre lo proyectado y lo existente.
Así, por ejemplo, en una sesión formativa de menos de 75 minutos sobre las religiones de todo un continente (África), a la hora de caracterizar sucintamente algunos collectivos presentes en Cataluña, además de indicar que las morfologías locales y las situaciones construidas en la vida cotiana eran la base, y no la desembocadura, de las dinámicas culturales, incidí en que se debería tener presente, por ejemplo, que en 'la gestión de la diversidad' no estamos ante 'cameruneses 'tout court, sino ante más de 286 maneras de serlo (y esto sólo lingüísticamente), o que los congoleños (del antiguo Zaire, para entendernos) reconocen sin rodeos y hasta con orgullo que constituyen más de 500 grandes conjuntos etnosistémicos diferenciados. En Senegal se hablan 40 lenguas, pero el nombre de grupos sociales o etnias podría superar perfectamente el centenar. No podemos enumerar, como es lógico, cuántas configuraciones etnosistémicas situacionales (es decir, reales) están presentes en los territorios ‘de origen’, ni tampoco en los de ‘acogida’ ....
 Traté de hacerme eco de un hecho: la miríada de configuraciones etnosistémicas de África en su vertiente digamos que 'religiosa' siempre tienen que engarzar con el hic et nunc del contexto cotidiano. Y nada se había hecho en Cataluña para conocer dichos contextos, ningún esfuerzo se había desplegado para realizar estudios etnográficos detallados y de profundidad. ¿Para qué? Mejor hacer de vez en cuando algún concierto de música africana, y talleres de trencitas, no hace falta más, ¿Para qué? ¿Ha interesado a los responsables políticos, hasta día de hoy, conocer los verdaderos latidos de la Vida a través de la mejor forma de saberlo, es decir, de la etnografía y la antropología? En absoluto...
Al parecer, mi 'osadía' fue asimilable a lanzar un torpedo a la línea de flotación del esencialismo (androcentrado en su sector visceral, como veremos) de gran parte de la anémica (que no famélica) legión de supuestos 'delimiteadores' de la 'diversidad' (sólo de la diversidad Otra, claro ...). En poco más de una hora de clase, donde expuse ejemplos similares a los antes comentados sobre articulaciones complejas de elementos identitarios a nivel socioespacial, etnocultural, religioso y lingüístico, traté de dibujar un panorama tan alejado de la supuesta pintura de geometría fácil y contornos gruesos y bien delimitados, que de las caras de sorpresa (mayoritarias) y de los comentarios expresados ​​por los alumnos en sus valoraciones sobre mi función docente, hay que extraer un interesante y significativo material.
Una larga inercia ha labrado un pesado legado de esencialismo culturalista. Aderezado con una viciada economía del pensamiento y con un recurrente ahorro de disquisiciones más allá de las eucarísticamente recibidas desde los mandos superiores. Por no hablar de los discursos vacíos desprendidos desde el ámbito casi sagrado del 'copia y pega', acrítico y aséptico.
Así, a lo largo de las clases traté digamos que de sembrar la semilla de la complejidad, lo cual chocó con el profundo y sólido dique de las inercias ahora comentadas. Por mi parte el objetivo era, y lo continua siendo, deconstruir, desde los cimientos, una cierta forma de contemplar la ‘diversidad’ y actuar sobre ella para, una vez desestructurada y de(con)struïda, poder generar otra completamente nueva. Imposible en aquellas circunstancias. Como muestra, las opiniones de algunos alumnos al juzgar mi propuesta pedagógica. Resulta significativo, dicho sea de paso, el elevadísimo porcentaje masculino inmerso en la patologización de la diversidad y la crítica feroz a todo intento de desproblematizarla. Las opiniones de estos 'gestores' de la 'diversidad' a escala local ante mi didáctica 'a martillazos' (como diría Nietzsche) merecen ser glosadas aquí para ejemplificar su estupor ante el estallido de un orden claro que sólo estaba presente en sus proyecciones esencialistas: "una conferencia desestructurada", "falta de recetas prácticas", "falta de aplicaciones", "exceso de énfasis en la diversidad", "demasiados nombres de etnias y religiones", "no se dan soluciones pragmáticas ","exceso de datos", y la mejor:" caos general ". Todo un elogio, sin duda.


 "Tenemos muchos nigerianos", "hay muchos rusos" y "amazigh ... ¿qué es?": Reductivismo y desconocimiento de los 'raros' y los de 'fuera'


Ante la 'avalancha' de personas y grupos 'otros', el pavor ha cundido, y este grado de fervoroso temor es mucho más perceptible cuanto más nos acercamos a la pequeña escala de la ya comentada 'gestión' de la diversidad. Para hacer que los y las lectores vivan de manera más acuciante esta constatación, y para ejemplificar mejor mi sorpresa ante tal demostración de jacobinismo de almacén, aportaré algunos ejemplos personales, siempre con remisiones más amplias que espero permitirán complementar el porqué de mi constante subrayado tanto en la pedagogía activa de la complejidad, así como en la necesidad de escrutar minuciosamente las orografías, siempre dispares y metamórficas, de la vida en sociedad.
En Vic, me comentaron: 'tenemos (sic) muchos nigerianos.’ Les pregunté que de qué los más de 525 grupos étnicos de Nigeria eran 'sus' nigerianos. Hieráticos, acertaron a balbucear que “los que tenemos aquí hablan yoruba”. Les pregunté que de cuál de los 20 grupos etnosociales yoruba eran. La respuesta aún la espero. Podría haber preguntado más cosas, claro, como: ¿de qué esfera social provenían? ¿De qué género eran? ¿Cuál era su religión/cosmología? Y aún más: ¿qué trayectoria vital tenían, donde vivían, con quien interaccionaban, como reestructurar sus trayectorias vivenciales? y, sobre todo: ¿Qué pensaban, por qué, a partir de qué, para qué, en relación con qué? Sin esta información cualitativa, y sin poder valorarlos como personas concretas con necesidades, y no como mano de obra barata, como 'sospechosos' o como 'raros' a los que comprender, nada se avanzará hacia un verdadero diálogo intercultural, alejado del paternalismo y de la hipocresía que hasta la fecha de hoy lo han marcado de forma hiriente.
Pero eso mismo se tiene que llevar a cabo con el CONJUNTO DE LA POBLACIÓN. Las clases populares, es decir, el pueblo, son plurales, y si se realiza etnografía, se tiene que incluir en ella como objeto de estudio a todo el mundo que habita un espacio social, no sólo a los considerados ‘raros’ por los que detentan la capacidad de etiquetar. Lo mismo se puede decir en relación al peligroso binomio “servicios sociales=inmigración”, lo que, además, crea agravios comparativos: como si sólo los trabajadores migrantes tuviesen problemas sociales... Ese asistencialismo (en el fondo xenófobo) es otro síntoma más del peso del nacionalismo esencialista en la ‘gestión’ de la diversidad: los ‘Otros’, incluyendo a los catalanoandaluces que llevan viviendo en Catalunya más de 50 años, son trasladados directamente a ‘Servicios Sociales’, no a ‘Cultura’. La ‘Cultura’ es solo la de ‘aquí’, la ‘normal’... Las de los ‘Otros’ estan patologizadas, al igual que sus detentores, por lo cual deben de encauzarse en el ámbito digamos que de las minusvalías, en este caso de cariz ‘cultural’....
Continuo. En L’Hospitalet de Llobregat me juraron y perjuraron que en uno de los barrios (Collblanc) contaban con (sic) "mucha gente rusa". Se basaban en su empadronamiento, es decir, en el hecho de que en las dependencias municipales fueran con un pasaporte que ponía Russkaia Federatsiia (Federación Rusa). Poco después, mientras hablaba con los responsables de una mezquita cercana a Collblanc, me di cuenta que los supuestos rusos no eran rusos, sino chechenos... Todo un ejemplo de tantas y tantas estrategias destinadas a etiquetar los otros 'desde arriba’, basandose en adscripciones tan artificiales como son los estados. Creía que los catalanes éramos más sensibles a ello por razones obvias, pero es obvio que me he equivocado ...
Por otra parte, hablando con técnicos municipales de una ciudad de la comarca de La Segarra (demarcación de Lleida), tras una conferencia que impartí sobre los etnosistemas amazigh, me confesaron que muchos técnicos de la comarca les habían dicho esa misma mañana que no sabían quienes eran "esos amazics". Y también me confesaban que, días atrás, el alcalde de la ciudad les había animado a que dejasen de hacer conferencias y 'tonterías de estas' y que hicieran, "por ejemplo, una degustación gastronómica, o actuaciones musicales folklóricas, que es lo que atrae a más gente". Todo en plan simpático, en plan gracioso. Como oí decir en una ocasión a una alcaldesa de una gran ciudad cercana a Barcelona: "los chinitos son muy graciosos, me caen bien, siempre sonríen, son muy monos, muy simpáticos ...". Buen rollito paternalista....
Se trata del ‘ciudadanismo’ hueco, es decir, que cree hablar y actuar desde un punto neutro de universalidad, situado por encima del magma ‘diverso’ al cual ‘tolerar’. ¡Qué fácil es ser modesto cuando se es el mejor!.... Ese ‘ciudadanismo’ es una especie de esencialismo guay, tolerante, molón, y que ofrece la posibilidad a los 'raros' que, de vez en cuando, se exhiban ...
Después hablaré con más detalla en relación con el ciudadanismo hueco pero, antes de continuar, quiero dejar bien claro que, aunque que de excepciones hay muchas, tras esa ‘tolerancia' para con los 'otros' permanece una forma sutil de racismo: los que están por debajo de los que se autoconsideran como 'normales', es decir, como simbólicamente neutros en tanto que no pueden ver contestado ni revertido su ser o esencia, son puestos aparte, debajo, como ha he dicho. Si se les conceden derechos, o se les quiere comprender con supuesto respeto, pero se hace desde una esfera superior en la que están los que los observan, monitorizan y clasifican ... [3]


Las 'culturas del mundo' en Cataluña: inyectando esencialismo sin que se note demasiado


 Los propios inmigrantes, es decir, aquellos catalogados como inmigrantes desde la cultura dominante, son cooptados para tomar parte en las exhibiciones de culturas de otros lugares del mundo. Para muchos de ellos, no hay otra opción. Esta es la única visibilización pública que se les permite, la única en la que pueden actuar sin dar demasiadas explicaciones ni ser sometidos a control y vigilancia, ejerciendo de figurantes en una performance similar a una feria donde se muestran los “monstruos culturales” que viven entre nosotros, en Cataluña, pero que, en términos nacionalistas esencialistas (y ‘ciudadanistas’), ni son ni serán de Cataluña.
Los más recalcitrantes nacionalistas impugnan para siempre la sola posibilidad de que los negritus, moritus i xinitus (cito palabras que he oído docenas de veces) sean más parte de la cultura catalana y/  de la nación catalana; los más 'abiertos' de entre esas filas esencialistas son partidarios de dar tiempo al tiempo para que, poco a poco (¡no debe de haber prisa!), se vayan integrando o ‘incorporando’, que no quiere decir lo que realmente debe decir (es decir, una adaptación mutua dentro de un ambiente social compartido), sino que implica crear unas fotocopias perfectas que imiten sin errores ni barbarismos todas las características y talantes de lo que algunos consideran como propio de la 'cultura 'de la sociedad de acogida ...
Eso sí, se tratará de fotocopias que siempre tendrán la marca de la tara hereditaria, de su condición impura, de su immigridad, ya sea en el apellido, ya sea en su aspecto, ya sea en la lengua de sus antepasados, ya sea en sus prácticas religiosas, en definitiva, en cualquier pequeño resquicio por donde se escurra la pretendida anormalidad de su condición social, lista, nuevamente, para ser empleado cuando sea necesario como justificante de su potencial posición marginal. Y para tener siempre a mano la parrilla clasificatoria creada por la cultura de los dominadores (autocalificada como 'propia') para poder jerarquizar nítidamente la población y permitir la reproducción de las desigualdades como algo 'natural' o de sentido común.
Un caso evidente es, por ejemplo, la a mi entender descomunal folclorización de la civilización china que representaba el festival pseudotradicional de nombre Xinafes,t y que desde hace dos años acoge un gran centro cívico del barrio de Sants, en Barcelona. La población local (es decir, los normales) pueden visitar una reproducción a pequeña escala de ítems 'culturales' disecados, fosilizados y descontextualizados, referidos a un espacio civilizatorio tan inmenso, plural, complejo, ambivalente y paradójico como es, ni más ni menos, que la China. El caso de este show, que mete en un pequeño zoológico humano las ‘esencias culturales’ del 25% de la humanidad, es una demostración paradigmática del todavía abrumador esencialismo cultural que impera en Cataluña. Por mucho que en algunos momentos, a nivel oficial, se diga que se han hecho esfuerzos para enjuagar la esencialización y la fetichización de complejos sistemas sociales.
El pírrico esfuerzo antiesencialista del período del gobierno catalán ‘tripartito’ no ha cuajado a nivel de las acciones, y se ha quedado, como suele ocurrir, en el terreno puramente nominal y de las buenas intenciones sin plasmación real. Empeño se puso poco. Y se volvió a recurrir, desde un teórico ‘ciudadanismo republicano’, al esencialismo nacionalista: todos los colectivos presentes en Cataluña tenían que confluir en la lengua y la cultura catalana. Sí, la lengua catalana, perfecto, pero... ¿‘La cultura’? ¿Qué es la cultura catalana? ¿Qué incluye? ¿A quienes incluye? ¿Se trata de un ente ya completado y finito?. Esa obstinación por hacer confluir a los ‘Otros’ (los inmigrantes pobre, no los ricos, claro) en la ‘cultura catalana’ me hacía visualizar dicho proceso como si dicha cultura catalana fuese el agujero del fregadero donde va a parar toda el agua después de quitar el tapón... Incluso al hablar de ‘cultura pública común’ (que, por cierto, aún nadie sabe lo que es), la consejera de la Generalitat caía en tautologías similares a las del director del Fórum de las Culturas 2004, el cual, al ser preguntado por mi amigo y colega Manuel Delgado sobre qué eran para él ‘las culturas’, respondía: ‘¿Las culturas? Pues eso, culturas. Las culturas son... las culturas. La misma palabra lo dice, ¿no?’


El triunfo del folclore: espectacularización y dualidades, o cómo reproducir estereotipos y justificar exclusiones de buen rollo ...


El folclore y el buen rollito del espectáculo cromático con regustos festivos llenan de forma predominante la práctica totalidad de actuaciones relativas a la llamada 'gestión' de la diversidad: los detentores de la cultura dominante (insisto de nuevo: autodenominada 'cultura propia' o 'autóctona') articulan espacios para que los Otros, los de las culturas ‘raras'[4], puedan ' exhibirse ante los normales, que admirarán con tolerancia la existencia de este multiculturalismo aséptico, un multiculturalismo donde la cultura ‘normal’ nunca es parte integrante sino, hay que insistir, se auto-otorga un lugar por encima del magma híbrido-mestizo-multicolor que hierve por debajo. Un lugar límbico, tácitamente considerado como superior ...
Como complemento de esta espectacularización de una idealizada multiculturalidad, se encuentra ciertas políticas destinadas a promover la convivencia entre distintos, dando por supuesto que tiene que ser problemática per se. Y hacerlo, siempre, desde una óptica procedente de este lugar superior concedido por la pertenencia (normalmente, por nacimiento o adscripción) a la cultura "autóctona".
Por un lado, invocaciones abstractas a la importancia de respetar las 'diferencias' (asépticas y/o políticamente correctas), por otro, evidencias de que lo que a veces interesa en la gestión de la diversidad es el control cuantitativo y cualitativo de aquella alteridad considerada como demasiado 'diferente' en el sentido ya no aséptico, sino potencialmente problemático, del término.
En algunos ayuntamientos me han explicitado de forma clara, directa, que no les interesa conocer la interculturalidad del conjunto de la población desde dentro y ponerla en valor, sino saber dónde están ‘los Otros’, y cuántos, son para poder controlarlos mejor. “No queremos una tesis doctoral, los queremos controlar”, me dijeron, tal cual, en un consistorio al sur de Barcelona.
Esta focalización en el control y la vigilancia es perfectamente complementaria, en absoluto contradictoria, con la promoción del espectáculo vacío y de la cosificación de los universos sociales 'otros', reducidos a una serie inerte de cosas 'extrañas', rituales 'vistosos', comidas 'exóticas', ropas 'étnicas', religiones 'curiosas' y demás ingredientes perfectos para amenizar una de las muchas 'jornadas interculturales' o 'multiculturales' que, desde una óptica profundamamente culturalista, se se han llevado a cabo.
No estamos muy lejos de los zoos humanos que se montaban en París o en Barcelona entre los años 1880 y 1910. De hecho, yo diría que son su repetición, esta vez no en clave colonial, sino neocolonial. El multiculturalismo es la reedición posmoderna del imperialismo colonial[5].
Algunas veces, quien sabe si para sacarse de encima la potencial etiqueta de 'folclorismo', se organizan actividades pretendidamente serias y elevadas, es decir, aburridas, destinadas a dotar de una cierta atmósfera academicoide los actos espectacularizantes. Un pedacito de reflexión y debate en medio de un océano de reductivismos y substancializaciones que hacen carne entre la población, en el espacio, presencialmente, la distinción clara y rotunda entre los normales y los raros.
Se trataría de una estrategia sutil, pero que avitualla a la perfección el engranaje destinado a perpetuar los estereotipos y las dualidades excluyentes. En un pueblo cercano a Tarragona, unas jornadas interculturales remarcaban la existencia de otras culturas en la ciudad: “Taller de gastronomia[6]: degustación de tés del mundo: China, Marruecos, Gran Bretaña e India". En las mismas jornadas, tuvo lugar una actuación musical ‘mestiza’: un grupo senegalés y otro de flamenco fusión. La 'mezcla', entre los Otros. Los diables[7] y gigantes pueden desfilar 'junto a', pero no mezclarse con...¡Faltaría más!
¿Queremos ver otra muestra?: unas jornadas 'interculturales' perpetradas en El Vendrell (Tarragona) recogían una "muestra de expresiones culturales de jóvenes de todo el mundo: Brasil, Argentina, y El Vendrell". Está claro, ¿verdad? Dualidad diáfana y contundente: en ese municipio, hay gente de El Vendrell, y gente que están allí, pero no son parte de El Vendrell...
Otro ejemplo, este de la ciudad de Barcelona, ​​donde en la primavera de 2008 se lanzó un “plan pro integración en pleno aumento de inmigrantes", justificándose dicho plan en lo que parece ser un 'peligroso' porcentaje de inmigrantes: el 16,2%.... En el siglo XVI, cerca del 40% de la población de Amsterdam era nacida fuera de los Países Bajos, muchos de ellos eran de origen portugués y armenio. Ejemplos históricos como este los hay a miles, pero deduzco que no interesa o o no interesaba hacerse difusión de los mismos, al contrario: interesa o intersaba problematizar (o folklorizar) algo tan natural, en tanto que no forzado y espontáneo, como es la pluralidad humana.
Esto es lo que explicaría que el 16% de foráneos ‘provoque’ la puesta en marcha de unos actos que (cito literalmente) "intentarán aproximar dos realidades que viven en Barcelona, ​​la de población autóctona y la de creciente población inmigrante". Por si no había quedado clara la dualidad, la volvemos a presenciar sin rodeos, e incluso reconociendo implícitamente que se intentará, es decir, que se trata de un esfuerzo difícil, pues difícil tiene que ser, de antemano, la convivencia entre la cultura 'normal 'y las de los' raros ', muy especialmente si estos raros no se doblan a la maquinaria aséptica a través de la cual poder recibir el respeto por parte de los normales. Esencialismo en estado puro...
También cuenta con un trasfondo esencialista abrumador que, en el mismo documento (periodístico, hay que subrayarlo), los mismos organizadores hablan de "invitar a la nueva ciudadanía heterogénea[¿la ciudadanía autóctona es homogénea?] a compartir tradiciones y señas de identidad locales”, es decir, a asimilarse a lo que se presenta como la ‘cultura’ autóctona, o bien a la cultura llamada 'popular-y-tradicional' (en un pack), la cual parece ser que todavía no puede incluir a todo el pueblo, es decir, al conjunto de las personas que configuran la nación catalana entendida como sistema plural y abierto, no como entidad uniforme y cerrada...
En diciembre de 2009 una campaña institucional de la Generalitat de Cataluña, en concreto del Centro de Promoción de la Cultura Popular y Tradicional Catalana, volvía a subrayar este carácter finito, cerrado, de lo que ellos consideran como 'cultura popular', mostrándonos que ésta sólo incluye las producciones simbólico-festivas generadas recuperadas y/o reavivadas por la Cataluña decimonónica, hace entre 100 y 150 años: gigantes, dragones, águilas, castellers, sardanas, diablos ... Pero no la retahíla de expresiones simbólicas de los "otros catalanes"(llegados hace 50 años) ni tampoco las de los "nuevos otros catalanes" (llegados en las últimas dos décadas)
El título de aquella campaña institucional era bastante elocuente: 'SOMOS'. Es decir, el pueblo catalán, su cultura popular, no es toda la población de Cataluña, sino sólo la gente normal y/o asimilada a la normalidad.


La uniformización nacionalista tras la máscara del ciudadanismo: 'normalizaciones culturales' y 'arraigos' ...


Desde algunos sectores ciudadanistas se intenta homologar tajantemente la integración cultural con la participación de los 'recién llegados'[8] dentro de las entidades culturales populares autoproclamadas como autóctonas. Se trataría de una forma de normalización cultural, si empleamos una sinonimia conceptual prestada al para mí desafortunadísimo término 'normalización lingüística'.
Parecería como si el sólo hecho de participar en alguna entidad 'del país' o de emplear con cierta competencia la lengua catalana, fueran suficiente como para dar por cerrado el tema de la integración. ¿De qué hablamos? ¿De asimilación cultural o de integración social? Nuevamente se vuelven a mezclar o confundir términos, y no sé si con intencionalidad (hipocresía) o de manera inconsciente (ingenuidad).
No es que no me parezca oportuno que haya recién llegados que participen en grupos de danza, grupos de diablos o de castellers, y corre-calles diversos, al contrario. Me parece fenomenal.  Al igual que me parece formidable que participen en equipos de fútbol local, en partidos políticos locales (pero...esto ya es otra historia, ¿verdad?), en ateneos populares, en sindicatos, en ateneos populares, en asociaciones de vecinos, en entidades ecologistas, y así hasta el infinito ...
No me parecería tan positivo, sin embargo, que se integren en grupos fascistoides, que formen parte de asociaciones de cazadores o que se conviertan especuladores inmobiliarios, pero en todo caso esta es una opinión personal y arbitraria, pues es más que evidente que "ellos" (y "ellas") también tienen derecho a alistarse en sectores de la sociedad que, personalmente, detesto.
Y aquí surge de nuevo la temática de la dualidad: incidiendo en que "ellos" se integrarán en "nuestras" entidades, reproducimos esta maquinaria asimilacionista y/o excluyente que implica considerar que en un espacio social dado hay dos grandes segmentos de población: nosotros y los 'otros'.
No se crean los lectores que todo es un mero nominalismo y que esta dualidad permanece impoluta, encerrada en un ámbito metafísico, sin consecuencias reales. ¡No! Una de las muchas consecuencias de este planteamiento en el plano de la acción política se ejemplifica en el caso de los certificados de arraigo que deben emitir los poderes locales para dar una especie de 'carta de población' o de ‘diploma de ciudadanía’ a aquellos vecinos que no han tenido la ‘suerte’ de nacer ni en el Estado-Nación al que pertenece el municipio, ni en la Unión Europea, ni tampoco en ningún estado con ciudadanos ricos que nunca puedan ser considerados como inmigrantes sino, como mucho, como ‘extranjeros’ que forman parte de ‘colonias’ (de americanos, holandeses, británicos, franceses, japoneses o kuwaitíes, tanto da).
La palabra 'arraigo' remite a una metáfora botánica, perfecta para cualquier proceso imbricado dentro del campo de la ingeniería agrónoma, pero nada adecuado para referirse a las relaciones sociales, que son lo más tangencialmente diferentes posible a cualesquiera clase de entidad arbustiva o herbácea, a menos que (como me temo) se sigan empleando símiles biologicistas para hablar y para tratar los procesos sociales, con las subsiguientes consecuencias en el plano de lo real.
Más allá de esta creo que nada casual referencia biológica, los certificados de arraigo constituyen una verdadera aberración jurídica, como ya han demostrado sistemáticamente los antropólogos Catalina Borelli y Manuel Delgado en un documento reciente[9]: exigen conocimientos lingüísticos que sólo son igualmente exigibles a los 'autóctonos' que quieran convertirse en funcionarios; se piden documentos jurídicos imposibles de conseguir antes de obtener el certificado; se emplea multitud de conceptos indeterminados que se unen a una serie de trampas y callejones jurídico-administrativos destinados a problematizar y patologizar el asentamiento legal de los 'otros' en un espacio local concreto.


La humillación constante de la profesión de antropólogo: falta de reconocimiento, vejaciones y paradojas incomprensibles


En los poquísimos casos en que alguien ha sentido durante más de cinco minutos mi exposición en torno a la importancia de captar a través del trabajo antropológico los ritmos de la vida en común y sus modulaciones plurales, es decir, de ejecutar proyectos etnográficos y realizar una suerte de auditoría antropológica permanente para saber lo que realmente pasa y no lo que se quiere que pase, en estas escasas ocasiones, decía, casi siempre mis interlocutores han añadido que sería necesario que el equipo de trabajo fuera  multidisciplinar.
Después, en ningún caso se ha realizado la investigación, eso por descontado[10]. Pero resulta cuando menos 'curioso' que la insistencia en integrar dentro de una investigación personas de diversas disciplinas (aunque no sé cuales, pues nunca se enumeraban) sólo se llevaba a cabo cuando la investigación era de carácter antropológico. Si no, ni siquiera llegaba a plantearse la importancia de un trabajo multidisciplinar.
En la inmensa mayoría de lugares donde he tenido la suerte o la desgracia de ir a parar mientras he desarrollado tareas de investigación o de formación, la antropología social no sólo ha brillado por su ausencia, sino que, las pocas veces que se remarcaba su importancia capital en relación a la reflexión, la investigación y la pedagogía sobre la pluralidad humana, esa importancia ha sido silenciada, puesta en cuestión o, directamente, menospreciada.
Así, en Barcelona, ​​una señora perteneciente a un cierto ámbito de ‘gestión cultural’ reconoció, ante mi sorpresa (inicialmente positiva) que se empleaba muy poco la visión antropológica. Pero pronto me decepcionó cuando continuó su reflexión remarcando lo siguiente: "es que la antropología aún es muy nueva aquí, y es normal que no se utilice, esto requiere tiempo ...". ¿Muy nueva? ¿Una disciplina implantada en las universidades catalanas desde hace casi 45 años es muy nueva? Toda excusa es válida para desacreditar algo que, ya por adelantado, será objeto de desacreditación.
Resulta paradójico o, mejor dicho, vergonzoso, comprobar que algunos de los pocos antropólogos y antropólogas que han llegado a algún cargo técnico tienen contrato laboral como educador o trabajador social, no como licenciado o doctor en antropología ...
Sin ánimos de despreciar el trabajo de trabajadores y educadores sociales,  o no el de tod@sm resulta escandaloso que la ‘gestión’ de la diversidad esté de forma prácticamente unánime en sus manos. La antropología social es, por definición, la ciencia encargada del estudio, el registro y la práctica intercultural. No niego la validez de estos profesionales, pero considero, sinceramente, que deberían tener una tarea complementaria a la de los profesionales de la antropología.
Y aún resulta más escandaloso comprobar cómo en varios municipios catalanes se contratan personas que sólo tienen el bagaje de haber llevado a cabo un módulo de Formación Profesional denominado Integración Social[11], mientras doctores, doctoras y licenciad@s en antropología quedan en la más absoluta de las marginaciones. Y dicha marginación se da, ni más en menos, en un campo que es el de su competencia, sino exclusiva, si prioritaria. ¿Por qué parece impensable o incluso ridículo otorgar gestiones económicas a personas sin conocimientos básicos economía? ¿Alguien otorgaría funciones profesionales estratégicas en (por ejemplo) Derecho, Comercio, Educación o Sanidad a personas sin formación en esas materias y que, como mucho, pueden ejercer roles complementarios?
También resulta paradójico que doctores en antropología como el que escribe estas líneas se dedicasen, muy de vez en cuando, a impartir 'formación' de técnicos que, después, serán los que decidirán si contar o no con él para complementar sus 'gestiones' de la diversidad. Kafkiano es un adjetivo que se queda corto... Alguna vez he impartido clases a profesores de secundaria y, poco después, y con un 'bagaje' consistente en las poquísimas horas recibidas de 'formación', los he visto ejerciendo de profesionales de la interculturalidad por institutos de, por ejemplo, las comarcas del Berguedà y el Bages.
 Siguiendo la óptica esencialista dominante, algunos de estos técnicos habían recibido varias informaciones (parciales, sesgadas y reductivas) sobre las 'culturas' de los 'raros'que había en el aula. ‘Raros pobres’, los ricos están en el British School o la Escuela Alemana. Después de asimilar cuatro ideas vags, se suponía que, ahora, ya tenían competencias para entender los problemas que, a buen seguro, se encontrarían. Las brechas provocadas por la irrupción de 'culturas foráneas' en el universo autóctono -supuestamente uniforme-, sobretodo las generadas por formas no domesticadas ni aseptitzades, son arregladas por profesionales ‘autóctonos’ que, en base a algunas horas de inmersión en las culturas inmigrantes, ya pueden mediar y asesorar con plena legitimidad y prestancia.
Por otro lado, reproducir las exclusiones, estigmas y explotaciones es la función de la institución escolar tal como fue creada y tal y como continúa trabajando todavía de forma mayoritaria, no nos engañemos.
Otra cosa sería hacer una apuesta política para cambiar la función estratégica del aparato escolar en la reproducción de una sociedad tan brutalmente injusta, desigual y jerárquica como la nuestra, pero mientras eso no ocurra, negar esta función axial de las instituciones educativas formales en el actual sistema social implicaría un ejercicio de hipocresía de dimensiones gigantescas. Como también sería hipócrita a más no poder dejar de reconocer la existencia de un buen número de profesionales docentes conscientes de esta función y que tratan de revertirla lo mejor que pueden...
Prosigamos. Una manera alternativa de tratar de justificar la inexistencia del prisma antropológico en la 'gestión' de la pluralidad consiste, abiertamente, en subrayar el carácter asistemático y no-científico no ya de la antropología (pues ninguno de los que argumentan tienen la más mínima idea de qué demonios es), sino de los antropólogos y antropólogas. Sólo citaré algunos ejemplo que he presenciado:

- Reunión en Cubelles (al sur de Barcelona) para abordar una temática relacionada con el campo que grosso modo incluye la cooperación-solidaritat-immigración-diversidad. Al conocer mi condición de doctor en antropología, uno de los asistentes declara ante las risas o risitas cómplices del resto: "Uf, un antropólogo ... Vosotros sólo servir para tocar los cojones todo el rato ..."
-Comentario recogido de labios de una alta responsable de gestión de la 'ciudadania-immigración-diversidad' de un municipio del norte de la comarca del Barcelonès: "Yo no quiero trabajar con antropólogos. Los antropólogos siempre divagan y son unos gilipollas. Sólo sirven para irse a África a follar a las negras ... "


La monitorización de los demasiado diferentes, nueva forma de racismo cultural


Atención, pregunta: ¿Por qué no trasladar las políticas inquisitoriales, de monitorización, de vigilancia, de control y de fiscalización de la vida privada de grupos 'culturales' sometidos a prejuicios (inmigrantes, jóvenes, 'radicales', etc.), y hacerlo con la misma intensidad, pero en este caso sobre especuladores bancarios, caciques locales, empresarios de la construcción, sociedades de cazadores, partidos políticos, y  otros elementos de las tribus surgidas de la 'cultura propia'?
En Sitges, en el corazón del Parque Natural del Garraf, hace tiempo que contemplo estupefacto como una familia originaria del noroeste de Europa desarrolla conductas que, de otro modo, serían sospechosas de anormalidad cultural y rápidamente fiscalizadas: han ampliado su casa (donde hacen obras desde hace cinco años) contratando paletas polacos que llegan directamente desde los Países Bajos; sus perros invaden constantemente un camino público; la mujer del matrimonio se dedica sólo a las tareas domésticas; los hijos llegan a menudo tarde a clase, o faltan con cierta cadencia, etc ... Me pregunto ¿qué pasaría si en vez de ciudadanos comunitarios de la Europa boreal fueran de algún otro país, al sur o al este del nuestro? Sobretodo, de un país conceptualizado como ‘emisor’ de inmigrantes: Marruecos, Ucrania, Ecuador, China, por ejemplo ...
Para empezar, el control institucional al que serían sometidos sería constante. Para continuar, las opiniones negativas sobre su cerrazón identitaria y sobre sus prácticas cotidianas estarían en boca de mucha gente ... Quizá se preguntarían por el origen del dinero para construir la casa, los niños no irían a una escuela privada, como es el caso de la familia que comento, sino a una escuela pública, donde su reiterada impuntualidad, además de ser severamente castigada, confirmaría el carácter intrínsecamente diletante e inestable de su 'cultura'.
Me imagino cuáles serían los comentarios de algunos docentes y técnicos: “es que con esta gente no hay manera”



La importancia de la mirada neutral


En mi opinión, muchas de las políticas de' gestión 'de la diversidad son aberrantes no sólo por lo que acabamos de comentar, sino también porque tratan de monitorizar autoritariamente algo que siempre se moldea a sí mismo. Me explico: la sociedad (municipio, comarca, país ...) es un sistema que se autorregula. Violentar la autorregulación de este sistema, y ​​hacerlo casi siempre contra grupos previamente estigmatizados a través de prejuicios, es un ejercicio de racismo cultural, pues se naturalizan y problematizan a los que no encajan en el diseño previo que se pretende imponer para coagular la ebullición social de la vida cotidiana.
Esta 'gestión' se hace sobre 'grupos' recortados desde arriba, sin tener en cuenta la opinión de los implicados, sus prioridades, y sus percepciones. Esta 'gestión' no se hace con toda la población, sino sólo con los sometidos a prejuicios ... Así, se reproduce su condición marginal, se les naturaliza como grupos identificables de forma clara, casi inapelable, y se intenta saber de forma seca y reductivista cuáles son sus características, en especial aquellas más problemáticas y/o problematizables. Siempre en relación con las normas consensuadas por las élites y/o con las tradiciones y costumbres convencionales desde la óptica de la supuesta ‘cultura propia’ del territorio de acogida.
Para conseguir 'conocer' como 'funcionan', se realizan sesiones formativas de corta duración que sólo pueden dar aproximaciones introductorias, y que se convierten en lugares donde los 'gestores' reciben informaciones que sólo sirven para crear nuevos prejuicios. La complejidad dinámica, metamórfica y poliédrica de los grupos humanos no se puede explicar en dos horas, sino recibir un seguimiento atento, detallista y de proximidad mediante la técnica antropológica por excelencia: la etnografía.
Una técnica, insisto, a emplear en relación a toda la ciudadanía, y que podría facilitar información cualitativa y rica en matices, actualizada de forma constante, sin incidir en los procesos para controlar, vigilar y saber “dónde están”...
Un estudio respetuoso y no-parapolicial sobre, por ejemplo, las religiones de un municipio, se debe realizar desde la óptica antropológica y sociológica, y debe hacerse desde la neutralidad más absoluta (el ateísmo, en este caso). Esto no se ha hecho más que en casos excepcionales, al igual que las intervenciones de 'gestión de la diversidad' hechas por personas buena parte de las cuales tienen tremendamente interiorizados los prejuicios contra la ‘divergencia cultural’.
Pero aún hay más: muchas 'gestiones de la diversidad' se han llevado a término priorizando la mirada ‘autóctona’, y eso no hace más que continuar reproduciendo los prejuicios desde la identidad autopercibida como 'normal' y que, en tanto que 'conoce bien' el municipio, se consideraban a sí mismas como las únicas idóneas para 'manejar' la diversidad (sólo la de los estigmatizado), y hacerlos asimilar (o separar) de manera más o menos nítida.
 Un ejemplo al respecto: en Llinars (Vallès Occidental), una convocatoria laboral para un trabajo centrado en la de 'gestión' de la diversidad (en forma de 'plan para la convivencia') tenía como prerrogativa sine qua non que la persona que se presentara a la convocatoria debía “conocer bien el municipio”. En otros lugares, poseer un apellido claramente distinguible como 'local' ha sido un garante para acceder a un trabajo en la administración.
Por un lado, pues, buenrollismo multicultural de fachada, por otro, sin embargo, la pura y dura constatación de que la endogamia localista (modulación del nacionalismo esencialista) continúa(ba) marcando la agenda de muchos entes públicos. Priorizar el 'buen conocimiento de un municipio' (eufemismo de ser nacido en él) es una equivocación mastodóntica si lo que realmente se quiere es crear una sociedad intercultural y sin exclusiones. La mirada externa, neutral, es la única que puede contemplar los actores sociales desde una óptica horizontal, y darse cuenta de muchísimos detalles que desde dentro no son percibidos, valorados ni tenidos en cuenta.
Las notas dispersas que he tratado de sistematizar muestran (más que demuestran) como estaba el patio por tierras catalanas tras sufrir durante décadas el lastre del nacionalismo esencialista y de su derivación ‘ciudadanista’. Su huella se encuentra incrustada en la mayoría de 'gestiones' y de concepciones de y sobre la diversidad, lo que deriva en una enorme falta de ductilidad en la mayoría de mecanismos que sopesan 'gestionar' la interacción múltiple y dinámica de un universo social cambiante que bebe de los impulsos y ritmos de la vida cotidiana intercultural que configura cualquier pueblo. En este caso, el pueblo de Cataluña.
Cataluña, como ninguna otra nación, no puede remitirse a ningún tipo de ‘estructura identitaria’, concepto esencialista expuesto por Artur Mas hace unos años. Todo pueblo, toda sociedad, no es otra cosa que un campo de relaciones sociales que considero que ni se pueden ni se deben manejar como si se tratase de un jardín donde fiscalizar el correcto ‘arraigo’ de sus ‘implantes’. Nada más lejos que eso.
Lo que se tendría que proceder a llevar a cabo es conocer y explicar desde la cercanía que brinda la ciencia antropológica, pero no conocer para controlar/respetar/monitorizar/tolerar/reprimir, sino  para conocer el conjunto de las interacciones de la vida cotidiana (de tod@s, hay que insistir en ello) y poner en valor la convivencia entre distintos, incluyendo su dinamismo y sus ritmos y diferenciaciones infinitesimales.
E incluir, asímismo, sus conflictos, los pareceres de los protagonistas de la interculturalidad real (también sus discursos políticamente incorrectos), las lógicas que los catalizan, los contextos donde se generan, los caleidoscopios humanos de donde llegan y donde se articulan, y un largo etcétera.
Pero esta tarea nunca se debe hacer desde arriba a partir de una esfera hueca y 'superior', sino en un plano horizontal donde no hayan excluidos e incluidos en la investigación y la actuación, donde no se piense de manera tan dualista en autóctonos y en "recién llegados". Y donde también se hablara de la explotación, los antagonismos, así como las solidaridades y comunalitaciones interétnicas o pluriconfesionales.
Una vez visualizado y comprobado que la diferenciación y los 'distintos' están por doquier,  nadie debería ser considerado como 'diferente', pues en una sociedad que reconoce la diferenciación generalizada, por pura lógica, nadie es diferente, y todo el mundo lo es.
Tanto la supuesta nación dualista o ternaria (los de siempre-los hace poco-los recién llegados) como el supuesto mosaico multicultural (catalanes-los hace poco-las culturas inmigrantes), se mostrarían, pues, como una impostura, como el resultado de una superstición, y surgiría ante nosotros un etnosistema complejo tal como la realidad lo genera, no tal y como algunos quieren que sea. Tampoco un paisaje humano paradisíaco o un nirvana de complacencia global.
La sistematización etnográfica de todo ello configuraría un patrimonio cultural inédito y original, un patrimonio vivo, un patrimonio a renovar continuamente, donde las dualidades como cultura ‘alta’ y ‘baja’, ‘autóctona’ e ‘inmigrante’, perderían sus prerrogativas jerarquizantes y se extinguirían para dar paso a nuevos paradigmas y prácticas.
Todo ello podría servir para empezar a plasmar, como una suma siempre provisional, lo que es el conjunto de las clases populares de Cataluña. Una nación, por cierto, que será intercultural o no será. Ni más, ni menos...




[1] El tió es un tronco a los que los niños golpean con un bastón en Navidad para que ‘cague’ regalos. 

[2] LIC: acrónimo de Llengua, Interculturalitat i Cohesió social. Programa supuestamente destinado a ‘formar’ profesionals en la tarea de minimizar los conflictos y desencuentros que se supone que, a priori, y por narices, acarrerarán la llegada de culturas ‘raras’ dentro del territorio de la ‘cultura normal’.

[3] "El multiculturalismo es un racismo que ha vaciado sume propia posición de todo contenido positivo (el multicuIturalista no directamente racista, miedo cuanto no contrapone al Otro los valores particulares de su cultura), sin embargo, no obstante, mantiene super posición en cuanto privilegiado punto hueco de universalidad desde el que se puede apreciar (o despreciar) Las Otras culturas. El Respeto multicultural por la especificidad del Otro no se sino la afirmación de la propia superioridad "(Žižek, Slavoj, En defensa de la intolerancia, Ed. Sequitur, Madrid, 2008, págs. 56-57)
[4] No es una metáfora: me llegó un e-mail enviado por un gran auditorio de teatro de la capital catalana donde, al referirse a la traducción de un cartel, diferenciaba entre el inglés y el francés y, palabras textuales, a “los idiomas raros”. No hace falta tener mucha imaginación para averiguar que se referían al ruso, el árabe, el chino, el urdú...
[5]  Žižek, Slavoj (íbidem), p. 56
[6] En un pueblo de la comarca de La Selva (Girona), en junio de 2006, la Jornada Intercultural se cerró con la degustación de "diferentes platos preparados por representantes de las nacionalidades participantes ..." Significativo, ¿verdad?
[7] Baile de diablos: grupos ataviados con ropajes que imitan a diablos y que hacer explotar petardos situados al final de un bastón. Por cierto= en ciertas geografías mentales y físicas de Cataluña, parecería como si formar parte de un ‘baile popular y tradicional’ fuese la condición sine qua non para ‘incorporarse’ o ‘integrarse’ en la cultura ‘propia’….
[8] Traducción del término nouvinguts, al que a menudo se recurre para no hablar de ‘inmigrantes’…
[9] Caterina Borelli, Manuel Delgado: "El arraigo social y sus simulacros: Propuesta para una investigación desde las ciencias sociales". Ponencia presentada en el VI Congreso sobre las Migraciones en España, A Coruña, 17-19 septiembre 2009
[10] Es escandalosa la práctica inexistencia de estudios mínimamente minuciosos que den fe no ya de la abrumadora complejidad de los etnosistemas 'inmigrados' en su país de origen, sino de la reestructuración de los mismos en la interacción diaria de la que forman parte en sus países de acogida. Las partidas presupuestarias para tales menesteres (o sea, el escrutació etnográfica de los recursos simbólicos de la población en general), no es que sea pequeña, sino a menudo absolutamente inexistente. Comparar este vacío abisal con las enormes gastos financieros de los erarios públicos en actos de una insignificancia y banalidad esperpénticas, me llevaría tiempo y energías, no varios artículos, sino libros y enciclopedias voluminosas, y esta ingente tarea se me escapa hoy en día por falta de tiempo y, sobre todo, de ganas ...
[11] Este hecho, que desconocía por completo, me fue comunicado personalmente por la antropóloga chilena Ixía Mendoza

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