dissabte, 27 de juny del 2015
LENGUA Y SOCIEDAD: CONTRA EL ESENCIALISMO LINGÜÍSTICO
1. LENGUA Y UNIFORMIZACIÓN SOCIAL
La Modernidad, entendida grosso modo como el
proceso de uniformización acelerado bajo la batuta del Estado-Nación burgués,
ha llevado a cabo una especie de fetichismo lingüístico que ha convertido en
algo eterno y uniforme lo que siempre han sido sistemas de comunicación
formados por gramáticas y estructuras lingüísticas en continuo cambio e
interrelación, difícilmente delimitables de forma tajante. La tríada ‘liberalismo’-Estado
Nación-Uniformidad se ve condensada en la siguiente reflexión: la unanimidad
necesaria para el funcionamiento de las instituciones liberales es imposible
sin una lengua y una identidad nacional comunes.
Parece que la base de un estado moderno y, también,
de un estado ‘del bienestar’, radica en el hecho de compartir un fuerte
sentimiento de identidad nacional basada en una historia y en una lengua común.
Dejaremos para otra ocasión el supuesto ‘peso’ (es decir, la excusa y
justificación) que debe tener supuestamente la historia en la cohesión ‘identitaria’,
y nos centraremos en poner en entredicho que exista esta correspondencia
absoluta y universal: cohesión identitaria = una sola lengua compartida.
Noruega es una nación (y un estado) dotado de una
gran armonía de pertenencia, ‘a pesar’ de que se hablan al menos cuatro
conjuntos de lenguas (Nynorsk, Bokmål -ambas oficiales-, Kven y varios idiomas
Saami), y ‘a pesar’ que su larguirucho territorio nunca ha tenido una historia
común ‘demasiado larga’ (es independiente desde el 1905, nunca lo había sido
antes).
Podríamos decir que la Confederación Helvética
cuenta con una notable cohesión identitaria (como ‘suizos’), aunque su
historia se haya ido haciendo poco a poco durante varios siglos a partir de la
progresiva incorporación de territorios, y que no haya una lengua única ‘propia’,
sino un mínimo de cuatro (francés, alemán, italiano, romanche), aparte del
Schwyzerdütsch (‘suizo alemán’, lengua ininteligible en relación con el alemán
estándar) y de algunos pequeños islotes de habla Franco-Provenzal y Lombarda.
Nada parecido, pues, a una estructura cultural
basada en una única lengua, que se presenta como el modelo ‘ideal’ para la
integración/asimilación cultural.
Incluso desde posiciones sólo nominalmente apartadas
del esencialismo (vg: el liberalismo cultural de matriz canadiense) se remarca
la importancia o, aún más, la necesidad, de la preservación impecable, pura, de
una lengua, siempre sin excesivos ‘extranjerismos’ ni préstamos ‘externos’.
Así, Charles Taylor se hace eco de Will Kymlicka a la hora de subrayar la
necesidad de un lenguaje cultural íntegro e ileso con el que podamos definir y
proseguir su propia concepción de la vida buena.
Quizás en algo similar estaría pensando Mustafá
Kemal Atatürk y sus seguidores en la tarea de modernización de Turquía (en la
vertiente más uniformizadora imaginable), cuando comenzaron la imponente tarea
de extirpar de la lengua turca toda la retahíla de términos de origen exo-turco,
es decir: miles de palabras procedentes sobre todo del árabe y del persa.
Cuando empezaron este trabajo de ‘reparación cultural’ (o de ‘normalización
lingüística’), en los años 1930s, sólo el 38% del vocabulario del idioma turco
era de origen túrquico.
El mismo carácter unitario, uniforme, cerrado y fijo
anhelado por el Estado-nación moderno (y perdón por el pleonasmo) ha querido
ser trasplantado a las unidades lingüísticas, convirtiéndolas, o tratando de
convertirlas, en entidades ajenas a los dinamismos sociales, diríase que fosilizadas
y, en muchos casos, constituyéndose en verdaderas maquinarias de imposición de
estructuras idiomáticas totalmente artificiales que han acabado con la gran
diversidad lingüística que existía en muchos territorios.
2. EL MITO DE LA LENGUA COMO ‘NERVIO’ DE LA CULTURA.
A menudo se ha
argumentado que el uso general del lenguaje común hace posible el entendimiento
mediante el habla, acerca los corazones humanos, y se da un estado mental común
que compenetra los miembros de un Volk. Hablar una misma lengua, pues,
se ve como una razón casi metafísica y/o automática de unión, consenso,
simpatía, identidad, vínculos cálidos, concordia ... cuando esto sólo sucede en
los casos en que un colectivo social (“étnico” o “nacional”) tiene la lengua
como referente diferencial en situaciones de conflicto y/o de interacción con
otros colectivos. E incluso en estos casos habría mucho que puntualizar.
Sólo recordando el terrible genocidio que tuvo lugar
en Ruanda, que entre 1994 y 1995 causó 800.000 muertes en una población que no
superaba los 6 millones de habitantes, hay más que suficiente para desmentir de
raíz la idea de que la lengua proporciona una mística y mítica sensibilidad
común y que constituye de forma ‘natural’ y universal el cemento primordial de
una identidad. No es así. Hutu y Tutsi hablan exactamente el mismo idioma: el
KiRwanda. Y, aún más: han tenido una historia compartida, historia compartida
que es vista por el nacionalismo historicista (muy vinculado al fundamentalismo
lingüístico), como condición básica para la ‘cohesión’ de un grupo. Y este no
es el único caso, sino que estamos haciendo referencia a una especie de constante
antropológica que se puede encontrar, por todas partes y siempre, en diversas
modulaciones. Veremos a continuación algunos ejemplos etnográficos e históricos
que testimonian esta constante de la que hablamos.
En Nueva Guinea, la frontera que delimita
comunidades humanas que hablan lenguas de la familia Anga también delimita un
área en donde han existido conflictos violentos de forma mucho más frecuente
que en otros territorios habitados por grupos que usan otros idiomas, con los
que las interacciones (y, por tanto, también los conflictos) son bastante menos
densas. Parece ser que la lengua ‘común’ no siempre ‘acerca los corazones’, más
bien al contrario ...
Bosnios Musulmanes (Bošnjak), Croatas y Serbios
hablan, todos, el mismo idioma digamos que ‘objetivo’, llamado Serbo-Croata, o
Croata-Serbio. Aún más: los Serbobosnios hablan exactamente el mismo ‘dialecto
que los Bošnjak. Los Montenegrinos (tanto los que apostaban por la
independencia de su república, como los que no) hablan el mismo idioma que
Serbios, Croatas y Bošnjak. Esto no ha sido obstáculo para que, aunque por un
estrecho margen, Montenegro se haya independizado de Serbia (referéndum del 21
de mayo de 2006). Como ha ocurrido a menudo a lo largo de la historia, la
politogénesis (en su sentido de nacimiento de un estado (nación) o de una
entidad política soberana) comportará el nacimiento de una lengua diferenciada,
como ya ocurrió recientemente con el Bosnio (Bosanski Jezik, ‘lengua
bosnia’), está pasando con el Montenegrino (Crnogorski Jezik) y,
anteriormente, pasó con el Croata (Hrvatski Jezik).
Esto implica que, en ciertos casos, detrás de una
lengua se puede encontrar la voluntad política y el esfuerzo colectivo para
diferenciarse. Si hay suficiente consenso (en relación, hay que reconocerlo,
con capacidad de coerción y/o de autoridad, y los contextos sociopolíticos
concretos), puede surgir una lengua diferenciada, que a menudo no es otra cosa
que un ‘dialecto’ con estado propio.
Poco de ‘místico’ y de espiritual tiene el habla si,
analizándola desde un punto de vista caleidoscópico, encontramos filones de
componentes políticos. También se encuentran en comunidades que habitan en el
espacio de la frontera entre Montenegro y Kosovo: los Goranci o Gorani,
musulmanes de lengua ‘serbia’[1] que, quizá como
consecuencia del contexto conflictivo de la atmósfera social en la que se
encuentran, desde hace poco tiempo que subrayan que su hablar es una lengua
distinta de las que emplean poblaciones vecinas. La interacción densa, incluido
el conflicto, puede ser un mecanismo de ‘sociogénesis’ o, como decía en
antropólogo Gregory Bateson, de schismogenesis. Incluyendo la
glotogénesis.
En un contexto burgués, es decir, moderno (a menudo ‘uniformizador’),
esto último parece ser un prerrequisito o un postrequisito para legitimarse.
Véase si no la reivindicación reciente de una Goranski Govora (‘lengua
gorani’, también conocida como Našinski - es decir, ‘la nuestra’-).
Fuera de posiciones arbitrarias y mezquinas, nadie puede poner en duda la
legitimidad de esta reivindicación si hay un apoyo real, y/o si se plasman por
la propia inercia social de un ‘sentido común’ siempre construido y situacional
y que, por tanto, contribuye a que la inercia se acepte como ‘propia’ (natural,
dirían algunos) sin más, o se rechace, o se establezcan consensos y disensos
fruto de interacciones sociales de todo tipo y densidad, de donde surgirán
consensos, difracciones y nuevas combinaciones sistémicas.
La lengua montenegrina (Crnogorski Jezik) podría
parecer una ‘farsa’ para algunos pero, si es así, no se entiende que no lo
pareciera la lengua neerlandesa, fruto de una voluntad de diferenciación
respecto del resto de hablas del Plattdieutsch (Bajo Alemán)[2]. O la lengua flamenca,
fruto de una misma voluntad respecto del neerlandés / holandés, a pesar de ser,
‘objetivamente’, el mismo idioma. ¿Por qué aplicar una óptica diferente con
Montenegro y con Holanda? No hay ninguna lengua oficial que sea ‘natural’ ni
emerja del ‘territorio’ del cual es ‘propia’.
Y ya que hablamos de la lengua neerlandesa /
flamenca / bajo alemana, habría que comentar que, si existía ‘unidad de
espíritu’ entre alemanes septentrionales y holandeses por el hecho de compartir
una misma lengua en tanto que ‘forma de conceptualizar el universo’ o
cosmovisión (Weltanschauung), no se debería de entender la invasión del
territorio de los Países Bajos por parte de sus ‘hermanos de idioma’ teutones
durante la 2ª Guerra Mundial ...
Continuando en el ámbito germánico: gran parte de
las comunidades hebreas de los actuales territorios de Ucrania, Bielorrusia,
Rusia, Lituania, Letonia, Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Bulgaria,
Rumania y Moldavia, exterminadas por orden de los nazis alemanes, hablaban una
lengua muy similar al alemán: el yiddish. Que muchos judíos franceses tuvieran
apellidos digamos que ‘germanicos’ (Lévi-Strauss, Durkheim, Levy-Bruhl, Metz,
Mauss, Cohen, Halbwachs) no impidió en absoluto que fueran perseguidos y
exterminados por los nazis alemanes.
Y si una lengua implica, de manera ‘natural’ y
universal, la existencia de una proximidad cordial, unidad de espíritu,
comunión cultural, los apellidos serían su hipóstasis, como mínimo para los
esencialistas lingüísticos[3]. El exterminio contra los
hebreos centro y este-europeos acabó físicamente con millones de personas con
apellidos germánicos como, entre muchos otros, Baumann, Stein, Hoffman,
Bernstein, Rosenberg, Lévi-Strauss, Ullman, Epstein, Blumenbergsteinenthal,
Wiener, Herzog, Klein, Schwartz, Schmidt, Weiss, Dorfmann, Reich o, incluso,
Deutsch. Por no hablar de un apellido judío sefardí: Alemán. Una ideología, la
nazi, que decía actuar para defender la ‘cultura alemana’, aniquiló
completamente la cultura de lengua germánica que se extendía por gran parte de
Europa, hasta llegar prácticamente al corazón de Rusia.
Continuando con el ejemplo alemán, la pertenencia a
la nación alemana moderna (y perdón de nuevo por el pleonasmo) se determina por
la ascendencia genética y no por la lengua. Las personas de origen alemán que
han vivido desde el siglo XVIII en Rusia pero que no hablan ni una palabra del
alemán tienen derecho a recibir automáticamente la ciudadanía alemana, mientras
que las personas de origen turco que han residido toda su vida en Alemania no
pueden adquirir la ciudadanía alemana. El concepto de nación que tienen los Afrikaners
de Sudáfrica también se basa en la ascendencia. Éstos intentaron prohibir los
matrimonios mixtos, y excluir a los hijos de estos matrimonios (los «mestizos»)
de sus vecinos y organizaciones, aunque la lengua y la cultura de los mestizos
sean idénticas a las suyas. Estas restricciones en cuanto a la residencia, que
supuestamente estaban dirigidas a proteger la cultura afrikaner, no se
aplicaron nunca a los anglófonos blancos que no hablaban el idioma afrikaans.
En la época de la revolución de las colonias
británicas de América del Norte, la mayoría de las personas que luchaban por la
independencia compartían la misma lengua (y la misma ‘cultura’ y religión) que la
nación de la que se querían separar. En este sentido, aunque Simón Bolívar y la
abrumadora mayoría de Libertadores de América Latina tenían supuestamente la
misma cosmovisión que los que poseían el poder del Imperio hispánico, aunque
compartían ‘la misma manera de entender y expresar el mundo’, y a pesar de comunicarse
perfectamente con ellos (o quizás precisamente por eso), no dejaron de invertir
esfuerzos en luchar contra aquellos que hablaban su misma lengua y, nuevamente,
eran de su misma religión y ‘cultura’.
Antes de continuar, quisiera subrayar algo: en el
caso de que fuera cierto (que no lo es) que, en todas partes y siempre,
compartir una misma lengua implicara compartir una misma manera de ver el
mundo, de captar la realidad, de dotar el cosmos y la sociedad de significado,
esto no debería haber desembocado (ni mucho menos) en subrayar que sea el ‘habla
compartida’ la que articule una misma identificación social. Como insistiré,
aportando algunos ejemplos, es el valor de contraste, diferencial, diacrítico,
de la lengua, la que quizás (y sólo quizás) llevará a un grupo social a pivotar
en él de manera prioritaria como matriz simbólica digamos que estratégica en su
diferenciación. Es la voluntad política, inscrita en contextos reales y en
interacciones factuales, la que determina la función social de la lengua, y su
puesta, o no, en valor; no al revés.
3. DIVERSIDAD SOCIAL Y LENGUAS: MÁS ALLÁ DEL
ESENCIALISMO
La visión esencialista de la lengua como estructura
axial de la identidad ‘cultural’ considera que el valor simbólico de la lengua,
las asociaciones históricas y culturales que acumula, y la ‘semántica natural
de los recuerdos’, todo ello añade al mensaje básico un rico fundamento de
connotaciones compartidas. La capacidad para leer entre líneas depende de una
continuidad cultural en la que se inserta la lengua, y que no está abierta a
todos. Sólo los que crecen dentro de la comunidad lingüística pueden participar
en esta amplia interacción comunicativa.
Pero, contrariamente a lo que señala el esencialismo
lingüístico, considero que la lengua no se convierte en la referencia de
identificación básica (‘esencial’) para una ‘cultura’ o ‘nación’. Al menos, no
lo hace de forma universal y diríase que casi automática. Lo que llamamos ‘lengua’
puede ser vista como una especie de energeia en el sentido de fuerza
creadora de símbolos, pero no como un elemento determinante de la vida social,
ni como una cosmovisión que modula nuestra relación con la realidad hasta unirnos
en una única alma en la que reine la armonía interna frente a los que hablan otros
idiomas.
De hecho, con frecuencia es la política la que amolda
una lengua, y no al revés. Así lo subrayó André Martinet: una cierta unidad
política crea un espacio de comunicación densa que, a la larga, puede generar
una lengua. Ejemplos paradigmáticos son los de la existencia de lenguas
circunscritas a una ciudad, como el Harari (de la ciudad de Harar, Etiopía),
las lenguas de las ciudades Yoruba/Yarsé, el Barani (lengua Fulbé hablada en la
ciudad homónima, en Burkina Faso) o, incluso, idiomas generados por espacios
políticos tan pequeños como pueden ser ciertos poblados del norte de Camerún.
Los Aghem del norte este de Camerún se diferencian en tres grupos (Wum, Isu y
Weh) basados en poblados homónimos y dotados de una lengua específica cada
uno de ellos. De hecho, en la zona de los grassfield cameruneses son numerosos
los ejemplos de hablas diferenciadas que tienen como base una aldea concreta:
Ngong, Konshin, kendo, Bambili, Babanki, Zina, Tchouvok, Adere, Yive, Fungom,
Gavar, y un largo etcétera que totaliza más de 15 idiomas diferentes hablados,
cada uno de ellos, en un poblado concreto. En las montañas del Cáucaso podemos
destacar los ejemplos del Hinukh del sur de Daguestán, lengua hablada por los
habitantes de la ciudad homónima, y los Tindi, agrupamiento social que llaman
a su habla con el apelativo de Idarab Mitstsi, es decir, ‘la lengua de
la ciudad de Idar’.
Los ejemplos de imbricaciones entre etnosistemas y
ciudades son muy numerosos en el área del Cáucaso. A continuación mostramos
algunos que nos parecen significativos:
- Los Batsbi se han articulado territorialmente,
desde el siglo XIX, alrededor de la ciudad de Zemo-Alvan (NO de Georgia)
- El etnónimo Buykhatli (pueblo del norte de
Daguestán) es el genitivo de la ciudad de Buykhe.
- Los Andi se llaman a sí mismos Khivannal, etnónimo
proveniente de la ciudad más grande de este etnosistema, Khian (más conocida
con el nombre de Andi).
- Los Archi son un grupo que habita en ocho villas
del sur de Daguestán, la más importante de las cuales (como ciudad ‘fundadora’
de este pueblo) es Archi.
- El etnosistema Budukh deriva su nombre del de la
ciudad principal de esta comunidad. Los Khinalug llaman Ketch su ciudad, y su
autodenominación es, de hecho, Ketch Halha (‘la gente de Ketch’).
- El etnónimo Khvarshi proviene del nombre del
poblado más grande de este complejo étnico.
- Por último, el autoetnónimo de los Rutul es
Mjukhadar, que significa ‘habitantes de la ciudad de Mjukhad’.
La ciudad nigeriana de Ibadan (fundada a inicios del
siglo XIX), fue, en un primer momento, una federación urbana basada en
filiaciones clánico-parentales. La estrecha interrelación urbe-medio rural ha
generado un sistema social que abarca todo el hinterland de Ibadan, tal y como
reconoció el etnógrafo Paul Mercier, quien habló de los Ibadan como grupo
complejo formado recientemente a partir de elementos de origen Oyo, Ifé, Egba,
Ijebu, etc... Los mismos Ifé constituyen un etnosistema generado a partir de la
irradiación social de la ciudad del mismo nombre. Por otro lado, el etnosistema
Sena debe su nombre a la ciudad homónima fundada por los portugueses en el río
Zambezi (Mozambique).
Grupos de Teda, Kaza y Tubu que residen en la ciudad
de Bilam (Níger) se reconocen colectivamente con un etnónimo común, Kamadja.
Más de sesenta años de convivencia en la ciudad de Sim (Burkina Faso) ha
generado el grupo etnosocial llamado Mû-Dogom, producto de uniones entre
hombres Dogon-Gesum y mujeres Mossi. La ciudad de Mina (costa del actual Benin)
generó un etnosistema homónimo, de lengua Ene-GBE. Su creación fue
decisivamente galvanizada en 1830 con la llegada de Afro-Brasileños. Las
ciudades-estado hausa de África occidental aportaron la matriz para el
surgimiento de identificaciones sociales específicas que a veces cuentan con
lenguas distintivas (Goberawa, Katsinawa, Kebbawa ...). En la meseta central
del norte de Nigeria, encontramos etnónimos como Chamawa (referido a los
habitantes de la ciudad de Chamo) y Basawa (la gente de la ciudad de Baza).
Otro
caso es el del espacio social dibujado por tres ciudades del actual estado de
Benin (Nikki, Parakou y Kandi) que ha dado lugar al grupo social Dendi, basado
en un marco territorial urbano que ha fusionado, sin borrar u homogeneizar, un
complejo conjunto de grupos (Gurmanché, Sonray, Kyenga, Kanuri, Zarma, Hausa,
Soninké ...). Los elementos diacríticos fundamentales son la adhesión al Islam
y, también, la lengua Dendi, una variedad específica de las hablas Sonray
meridionales surgida a partir del cuadro sociopolítico desplegado por este
archipiélago urbano.
En otra escala, la relación política:lengua
(siendo la primera la que configura la génesis de la segunda, y no al revés) se
puede ver en el caso de la lengua Zulu, tras la fulgurante etnogénesis de este
grupo humano en 1818, así como el de las múltiples lenguas Joola de la Baja
Casamance (sur de la República de Senegal), o un caso reciente: la génesis de
una lengua, el cabindés, en el enclave de Cabinda, antigua colonia portuguesa
que forma parte de la Estado angoleño y está rodeado de territorio de la
República Democrática del Congo.
4. LENGUA:CULTURA:IDENTIDAD…
El concepto de ‘lengua’, entendida como corpus
cerrado, delimitado, regulado y fijo, se ha ido forjando en ‘Occidente’, sobre
todo a raíz del descubrimiento de la imprenta, y aún más a lo largo de la
implantación del capitalismo y de su estado-nación a lo largo del siglo XIX. Se
trata de un concepto bastante ajeno, por ejemplo, a las culturas africanas (y
en muchas otras culturas del mundo, por supuesto). Más allá de la forma
escrita, el propio concepto de lengua como entidad discreta, con límites
definidos, es bastante raro en culturas donde la comunicación horizontal ha
sido garantizada gracias al multilingüismo de los miembros de las comunidades
respectivas. En la introducción de un concepto ajeno como el de lengua, podemos
añadir la categorización como ‘dialectos’ de las lenguas africanas
-especialmente en las colonias francesas- que ha introducido una noción aún más
destructiva: la de la jerarquización de las lenguas .
Desde mi punto de vista, vuelvo a insistir, la
‘lengua’ sólo en algunos casos puede ser el cemento de la identificación colectiva,
es decir, puede convertirse en una matriz sociopsicológica que galvanice la
conciencia colectiva, que aglutine y cohesione una sociedad humana específica. La
matriz sociopsicológica es un eje de integración simbólica que articula una
realidad social, funcionando como núcleo de pivotación de las energías sociales
de los sistemas sociales y permitiendo una cierta cohesión (o congruencia,
siempre incompleta) del universo social. Lo fundamental en toda matriz
sociopsicológica es su eficacia simbólica, es decir, el consenso colectivo existente
en torno a su plausibilidad a la hora de aportar estructuras consensuadas como
intelectualmente válidas que hagan posible una cierta coherencia sociológica
que otorgue a la colectividad las herramientas para diferenciarse. De nuevo, la
función diacrítica.
Así, la existencia de sistemas sociales africanos
que emplean la matriz Bantu para identificarse, sea ésta una pura
invención de los lingüistas y los arqueólogos, o no, confirma que funciona en
términos de plausibilidad a la hora de reconocerse como grupos sociales
diferenciados.
Por otra parte, la obsesiva equiparación operada por
algunos nacionalismos europeos entre lengua e identidad nacional (idea moderna
procedente del nacionalismo germánico, esencialmente), no es tan diáfana en
África, ni mucho menos. En la Casamance (Senegal) se hablan más de 30 lenguas
diferentes, siendo el wolof (lingua franca senegalesa) la lengua hablada
por los independentistas casamanceses. En la franja de Caprivi (Namibia), el
Lozi es la lengua vehicular, empleada por personas de muy diversas hablas: Fwe,
Subiya, Totel, Yeyi ... Por otra parte, el Kiswahili es un idioma muy extendido
por África oriental, pero no es asimilable a una identidad social, excepto en
las fronteras de su área lingüística donde, precisamente por su uso diacrítico,
sirve para diferenciar los grupos humanos que la emplean como referente
prioritario de identificación.
Una característica de los enfoques realizados en
torno al análisis de los sistemas sociales es que muchos de ellos han buscado
en la comunidad de lengua un fundamento ‘natural’ del vínculo étnico (literalmente:
del vínculo grupal), una especie de base ‘sustancial’ que aportaría el eje casi
‘natural’ de la articulación comunitaria: la unidad lingüística constituye la
base de la vinculación cultural y, según esa visión culturalista, del ligazón
comunitario o nacional. En esta línea, Herder sugirió que la lengua de cada
nación es el patrimonio más valioso que posee, pues es la morada de las
creencias religiosas, las costumbres y la historia de la nación. Según este
fetichismo lingüístico, aún dominante en lugares como Cataluña, tan sólo con la
propia lengua materna es posible comunicar emociones, pensamientos e ideales.
Son diversos los autores que, de una forma mucho más
moderada que Herder, insisten en el poder catalizador de la lengua como
condición determinante y universal de la cristalización colectiva: el lenguaje
hablado es el instrumento de la acción del entorno social en el individuo. A
este individuo se le impone una concepción tanto del mundo como de sus
relaciones con los demás humanos. Abundando en este sentido, Roland Breton
comenta que la génesis de las etnias (etnogénesis, vinculado, según él, a los
orígenes de las lenguas, o glotogénesis) sirve de marco subyacente en la génesis
de los Estados (politogenénesis) y, a partir de allí, en la génesis de los
territorios (corogénesis). Iuriy Lotman, por su parte, considera que la Cultura
está hecha a partir del lenguaje natural, y la relación con este lenguaje
natural es uno de los parámetros más esenciales de la misma. Para esta visión
de la lengua como determinante de la identificación social, la lengua es el
componente principal en el mantenimiento de la identidad nacional/grupal
separada, y el lenguaje constituye el rasgo más característico de una identidad
étnica. La lengua compartida estaría particularmente implicada en la nacionalidad:
la inteligibilidad mutua de la conducta de los demás sería un prerrequisito
fundamental para cualquier grupo. Y el historicismo acompaña al esencialismo
culturalista en esta percepción de la lengua como ‘nervio’ de la sociedad: la
nación, en el sentido medieval (que nada tiene que ver con el moderno), es el
conjunto nativo, y natural, de las poblaciones unidas por una lengua común. El
argumento de la homofonía es así considerado como una razón de reunión. Ya lo
decía Ferdinand Tönnies: al igual que el uso general del lenguaje común, al
hacer posible el entendimiento mediante el habla, acerca los cerebros y los
corazones humanos, así se da un estado mental común que, en sus formas más
elevadas -costumbre y creencias comunes-, compenetra los miembros de un pueblo
(Volk).
5. CONTRA EL ESENCIALISMO
Vuelvo de nuevo a subrayar, ya a modo de conclusión,
que parto de una clara contraposición con el enfoque del fetichismo o
esencialismo lingüístico: soy de la opinión de que sólo allí donde la lengua ha
estado involucrada en la construcción o marcaje de las fronteras entre grupos sociales,
la lengua ha sido relacionada con la etnicidad/nacionalidad. De otro modo, no
lo está, sea un agrupación social (etnia, etimológicamente) tout court,
o sea una etnia en forma de nación. Veamos algunos ejemplos: la protección de la lengua eslovaca
fue al mismo tiempo un arma defensiva y diferencialista. Defensiva contra la
magiarización forzada llevada a cabo por Hungría tras el Compromiso del 1867,
diferencialista en relación con los Checos. Por otro lado, los diversos
etnosistemas que configuran lo que los etnógrafos soviéticos denominaban superetnos
Hausa han basado su ‘hausanización’ en la adopción de la lengua hausa,
verdadera matriz sociopsicológico que puede hacernos hablar de este conjunto de
sistemas étnicos acordado aquí llamar superetnos. La lengua no es el
único indicio de la existencia de un ethnos, es decir, de un grupo
social (insistimos en que ese es el significado real de ‘ethnos’). En el caso
del hausa, es un idioma que emplean cotidianamente 120 etnias (grupos sociales)
diferentes, que no se consideran a sí mismos como Hausa. Hablan Hausa, no son
Hausa.
Sigamos con más ejemplos. Para los puristas de la
fórmula “una cultura = una lengua”, este será un caso digamos que ‘llamativo’:
los Nuba constituyen un complejo sistema social del actual oeste del actual
Sudán; hablan más de 50 lenguas diferentes. Además, y eso que ahora
comentaremos puede interesar, y mucho, a aquellos que piensan que la ‘distancia’
lingüística implica ‘distancia’ cultural y, por tanto, posibles “incompatibilidades”,
casi irresolubles, resulta que estas lenguas pertenecen a diferentes familias
(nilo-sahariana , níger-congo, etc.); así, se dan casos de grupos Nuba que
viven a pocos kilómetros y hablan, unos, un idioma nilo-sahariano (como los
Sonrai del sur de Marruecos) y, otros, una lengua níger-congo (como los Zulu de
Sudáfrica). Sometiendo a una reductio
ad absurdum al esencialismo lingüístico, encontraríamos ‘culturas’
vecinas que tendrían más similitudes (‘de corazón’, de ‘comprensión’ ...) con un
grupo social del Magreb, unos, con una sociedad del extremo sur de África, los
demás ...
Todos los grupos Nuba son fruto de la llegada de los
pueblos refugiados a un medio montañoso, desde inicios del siglo XVI. ‘A pesar
de’ la inmensa variedad lingüística del país Nuba, todo el mundo se identifica
como ‘Nuba’ en relación a otras agrupaciones humanas. Y es que la
identificación social es relacional, en todos los sitios y siempre... También
podríamos decir, aunque resulta un poco reductivista hacerlo, que la
experiencia común de resistencia les ha unido dentro de un todo múltiple, es
decir, de un etnosistema o ecosistema social
No en vano, como ya hemos sugerido antes, el
conflicto ha sido a menudo una potencial fuente de etnogénesis, y en caso de
los Nuba tuvo lugar (y todavía tiene lugar) especialmente en relación con los
Baggara, un grupo que también aporta luz sobre esta ‘falta’ de correlación
automática y universal entre lengua y ‘cultura’. Los Baggara se identifican a
sí mismos como árabes, y hablan esta lengua. Son musulmanes, pero no de origen
árabe, sino de pueblos ‘autóctonos’ lingüísticamente arabizados. La razón de
que la condición ‘árabe’ (y la lengua) sea el eje de su diferenciación no
radica, a nuestro entender, en potenciales emociones de empatía colectiva en
virtud de practicar una lengua (o grupo de lenguas, de facto) árabe,
sino en el componente diacrítico que este idioma recibe en la red de
interacciones de los Baggara con pueblos de lengua no-árabe pero que comparten
con ellos similares rasgos físicos y, a menudo, de semejantes costumbres y
tradiciones socioeconómicas. Por lo tanto, son de la misma cultura.
En Sudán del Sur podemos encontrar otros casos
interesantes para lo que al objetivo de este escrito se refiere: los Jaang (más
conocidos en Occidente como Dinka), lejos de formar una unidad compacta lengua:cultura,
constituye un sistema social de menos de 5 millones de personas, compuesto por
16 grandes grupos sociales, 38 lenguas diferentes, y unas 20.000 unidades
políticas. La visión occidental, uniformizadora y reductivista, se hace trizas
ante datos como este… Sigamos con más ejemplos:
-
En la región de
la alta Mesopotamia se encuentra el grupo social de los Chahsavan. Algunos de
ellos hablan turco y son nómadas, pero otros son de lengua persa, y de religión
zoroastriana.
-
Los Adjara del
Cáucaso hablan un dialecto georgiano pero son musulmanes, y bastantes Mingrelianos
de la misma área geográfica, aunque hablan una lengua diferenciada, se
identifican como Kartveli, es decir Georgianos.
-
Dentro de la
actual República de Níger, en la zona de Dogondoutchi, encontramos el ejemplo
de los Arewa, llamados Maouri por la administración colonial francesa.
Originarios de la región del lago Chad, han adoptado, algunos de ellos, la
lengua hausa, mientras que otros hablan el idioma zarma. Los Arewa, "a
pesar de" tener dos lenguas, conservaron la mayor parte de su bagaje
cultural tradicional, permanecieron ‘animistas’, pues fueron refractarios a la
penetración del Islam.
-
Los Tártaros de
Lituania no hablan su lengua turca original, sino polaco, signo diacrítico que
emplean dentro de la ‘atmosfera cultural’ lituana, conjuntamente con su
religión islámica. De hecho, tanto en el espacio eslavo-oriental como el
negro-africano, la idea de asociar un territorio a una etnia definida por su
lengua era ajena a la concepción de sus sistemas políticos.
-
En la actual
Ucrania, en su censo del año 2001[4] aproximadamente el 75% de
la población de la capital, Kyiv, respondía ucraniano para referirse a su
idioma nativo o materno (рідна мова), y un 25% respondía ruso (родной
язык), mientras que en la cuestión sobre la lengua utilizada cotidianamente
las respuestas tenían estos porcentajes: sobre todo ruso (52%), ruso y
ucraniano (32%), sobre todo ucraniano (14%), sólo ucraniano (4%). Pero aún hay
más: quizás el habla más extendida en Kiev, pero no exclusiva de esta urbe, es
el Súržik (Cуржик), que originalmente quería significar ‘pan hecho de
granos mezclados’: una ‘mezcla’ de ruso y ucraniano. Por esas fechas, un 20% de
la población de Ucrania empleaba el Súržik en la vida cotidiana, que es
donde el habla tiene razón de ser, y un 90% tenía competencias suficientes como
para emplearlo como ‘sociolecto’.
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Los Kede que
habitan cerca de los ríos Níger y Kaduna, en la frontera sur del antiguo
sistema político de Nupe (actual Nigeria), hablan el dialecto llamado por la
mayoría de grupos de la zona como Nupa, que se convirtió en lengua del emirato
de Nupa, pero la organización política diferencial de los Kede los configura
como etnosistema diferenciado.
Como ya hemos indicado, es a menudo la ‘voluntad
política’ (inserta en imponderables sociopolíticos, materiales, contextuales)
la que genera grupos específicos, más que la lengua. No es del cielo (lengua) a
la tierra, como decía Marx, si no de la tierra (acción social) al cielo. La
historia política, por ejemplo, ha generado dos conjuntos etnosociales
diferentes: Checo y Eslovaco, aunque sus lenguas son muy cercanas. Las vicisitudes
territoriales y políticas hacen que, aunque, por su fonología, léxico y
estructura, el idioma fulfuldé (Hal Pulaar’en) no presente con ninguna
otra lengua un parecido similar al que tiene con el idioma Seereer, los
etnosistemas Pëël que hablan fulfuldé estén claramente diferenciados del
conjunto de colectivos Seereer. Lengua y cultura vuelven a estar ‘desacopladas’,
no forman el famoso binarismo del fetichismo lingüístico.
Veamos otros ejemplos de ‘disimetrías’ entre lengua
e ‘identidad cultural’:
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Los albanófonos
ortodoxos de Grecia no sólo se consideraban como Rum (es decir,
cristianos), sino como verdaderos Griegos. De hecho, el rol de estos griegos
albanófonos en la guerra de independencia griega fue capital.
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Resulta
significativo que los súbditos cristianos ortodoxos del Imperio otomano, de
lengua turca, albanesa y válaca (aromanesa) simpatizaran por igual con la
independencia griega, mientras que los musulmanes de Creta, de lengua griega,
apoyaban al Imperio otomano.
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En el caso de
los Griegos presentes en el sur de Ucrania, especialmente en la zona de
Mariupil, en el año 1970 un 91% de ellos eran rusófonos, y sólo un 7% hablaban
griego. En la zona de Crimea, además, algunos Griegos hablan Turco como lengua
propia.
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El intercambio de
poblaciones entre los estados-nación griego y turco a los años 1920 se basó en
criterios religiosos, no lingüísticos. Muchos de los turcos desterrados de
Creta eran los descendientes de los que habían apostatado del Islam en el siglo
XVII, y que llegaron a Turquía hablando sólo griego. Por el contrario, Grecia
recibió los Karamanli, cristianos ortodoxos, pero de lengua y cultura turca. En
términos de auto-percepción, en términos de auto-identificación, en términos de
la construcción social de la etnicidad, de la auto-definición de una entidad
social, la religión, es decir, el cristianismo ortodoxo en relación con el
Islam, constituye la piedra angular de la distinción entre Griego y Turco.
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En Dakar pude comprobar
in situ que muchos jóvenes se autodefinen como Tukulëër aunque sólo
hablan Wolof y no Hal-Pulaar’en (el idioma que se supone ‘propio’ de los
Tukulëer.
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De forma
similar, la gran mayoría de jóvenes Kazakhos hablan ruso, y no por ello se
identifican como tales.
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Las comunidades
Yarsé (Jula) que desde el siglo XVI comercia por el país mosi a la actual
Burkina Faso, abandonaron la lengua mandinga, y adoptaron la lengua de los
Mossi, pero siguen diferenciándose por su condición social (diáspora
comercial), su adhesión secular al Islam y su etnónimo, la adhesión al que
connota la existencia de una conciencia social diferenciada. Aunque hablen la
lengua de los Mossi (el moore), no son Mossi, sino Yarsé.
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Entre los Jalonké
de Mali y Guinea Conakry, en concreto los Jalonké de la zona de Bouré, se ha
dejado de usar la lengua mandinga que hablaban, aunque los del territorio
vecino de Menier todavía la utilizan. Ambos grupos son Jalonké, ‘pero’ con
idiomas diferentes.
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Los Kagoro
(Mali) es un grupo social en archipiélago, situado en un espacio de frontera
forjado entre los territorios Soninké y Bambara. El verdadero ‘corazón’ del
mundo Kagoro, la ciudad de Debo-Kagoro, acogió en 1998 una asamblea pan-Kagoro
que reunió representantes de más de 70 poblados. Esta efeméride fue aprovechada
para inaugurar una especie de ‘parlamento’ kagoro, y la lengua empleada en las
reuniones fue, esencialmente, el bámbara.
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En cuanto a los
diversos etnosistemas de origen Hausa (norte de Nigeria, sur del Níger), hay
que decir que existe un habla compartida por todos los grupos, la lengua es muy
homogénea a pesar de la existencia de numerosas fronteras políticas
precoloniales.
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Entre los
etnosistemas Somalíes, la existencia de un habla común no ha hecho no
desaparecer, al contrario, la existencia de marcadas fronterizaciones
políticas. La lengua común, nuevamente, no es garantía instantánea de unidad ‘cultural’,
ni política, ni mucho menos ‘afectiva’ ...
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Entre los
pueblos de lengua Idoma (Nigeria) predomina una gran fragmentación cultural y
política, a pesar de compartir la misma habla. En cambio, la etnia Bakongo
agrupa colectivos que hablan un gran número de lenguas: kintandu, kindibu,
kiyombe, kiladi, kimanyanga, kimfunuka, kisingombe, kiwumbu, kimbanza-manteke,
etc ...
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Trasladando
nuestra atención hacia la vertiente septentrional de la cordillera del Cáucaso,
observamos que la heterogeneidad lingüística de la zona no se contradice (al
contrario) con su condición de ecúmene, es decir, de área de gran interacción
social: a pesar de la existencia de lenguas y dialectos diferentes, los
caucásicos montañosos del norte son esencialmente un único pueblo con un bagaje
cultural común.
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Por otro lado,
el hecho de que el 92% de los senegaleses hablen lenguas de la misma familia
(Oeste-Atlántico), no es sinónimo de nación ‘compacta’ o homogénea (en el
sentido de estado-nación uniformizado), ni mucho menos. Y hay que recordar que
los independentistas casamanceses usan el Wolof, el idioma mayoritario del estado
senegalés, como lengua de comunicación entre las diferentes comunidades étnicas
que componen la Casamance.
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Otros ejemplos
que corroboran esta relación compleja y en absoluto sinonímica entre ‘lengua’ y
‘identificación cultural’, lo encontramos en los etnosistemes del norte de
Myammar, la antigua Birmania. El etnosistema Kachin, por ejemplo, cuenta con
cuatro grandes lenguas que, en conjunto, configuran una galaxia de más de
veinte hablas diferentes. En alguna aldea Kachin de sólo 130 casas, por ejemplo,
se llegaban a hablar seis idiomas ‘maternas’ diferentes. Así, la ciudad de
Hpalang, que configuraba un único sistema social, fuerza cohesionado, formado
por 500 individuos, incluía personas de habla jinghpaw, gauri, atsi, maru, lisu
y chino.
Seguiremos ahora de forma literal la aportación del
antropólogo británico Edmund Leach para ampliar nuestras argumentaciones. Todos
los inventarios oficiales catalogan los hablantes de maru, lash, szi, mingtha,
hpong, nug y lisu bajo encabezamientos diferentes que los hablantes de kachin. Por
muy lógico que esto pueda parecer a los lingüistas, etnológicamente es absurdo.
Los lingüistas han supuesto que el grupo de población que, objetivamente
considerado, habla la misma lengua, constituye necesariamente una unidad de suma
importancia. Mi propia experiencia de campo me convence que el Kachin
medio, como el inglés medio, está agudamente atento a las diferencias de
dialecto e incluso de acento; pero los valores que concede a estas
diferencias no son los del gramático. Ya que se supone que raza, cultura y
lenguaje coinciden, se podría esperar que los Palaung fueran culturalmente muy
diferentes de sus vecinos Shan. Pero en realidad los Shan y los Palaung se
casan entre sí, y, en cuanto a cultura en general, los Palaung están mucho más
cerca de los Shan que de cualquier otro pueblo de las colinas de la zona.
Además, los Palaung y los Shan son miembros de un sistema político común.
Mientras algunos kachin parecen ser excesivamente conservadores en cuanto a la
lengua, otros parecen casi tan deseosos de cambiar de lengua como un hombre
podría estarlo de cambiar de traje.
Sigamos con más ejemplos que dejen en evidencia los
que aún crean en el binomio universal/natural ‘lengua:cultura:identidad’:
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Entre los grupos
lingüísticos del área cultural Akan (África occidental), los grupos
lingüísticos no tienen significación en cuanto a la percepción de los pueblos
sobre sí mismos. Para este, en este ejemplo concreto, es la Oman (es
decir, el Native State, como se llamaban en la época del indirect
rule británico) donde existía un sentido, una conciencia, de unidad social
y política.
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Entre los
Mordvins del Volga se habla dos lenguas prácticamente ininteligible, el Moksha
y el Erza. También el conjunto etnosocial de los Tubu, en el centro del Sahara,
cuenta con dos grupos, los Teda y Daza, que hablan idiomas mutuamente
ininteligibles.
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Los Tallensi y
los Mamprusi de la actual Ghana, a pesar de ser dos etnosistemes diferenciados,
hablan un mismo idioma y, al contrario, los Mao de Etiopía están formados por
dos grupos que hablan idiomas diferentes.
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En los pueblos
de los Balcanes la no correspondencia entre lengua y grupo social (es decir,
etnia), a menudo es múltiple: por un lado, pueblos ‘unidos’ por la misma lengua
serbo-croata están más o menos nítidamente diferenciados a partir de otras
fronteras diacríticas (Croatas, Serbios, Musulmanes (Bosnjaks), Montenegrinos).
Por otra parte, pueblos como los valacos, de lengua original Aromanesa, se
identifican a veces como Serbios en base a su común adscripción cristiana
ortodoxa, de la misma forma que, antaño, muchos albanófonos se identificaban
como ‘Turcos’ como sinónimo de musulmán, y etnónimo socialmente prestigioso;
además, cada conjunto etnosocial que comparte la lengua serbo-croata está
internamente atravesado por los numerosos dialectos desarrollados en la zona
desde el siglo XII. Los grandes conjuntos de dialectos Štokavianos, el Hercegovino
Oriental (hablado por los Serbios, Bosnios musulmanes y Croatas del sur de
Dalmacia y partes de Herzegovina del Este) y los dialectos Zeta
(Montenegrinos), son de la variante ijekaviana. El dialecto Occidental
(hablados por Croatas y por Bosnios musulmanes) y la Eslavonia (hablado por
Croatas) son de la variante ikaviana. En cuanto a la variante ekaviana, está
presente entre los Serbios (excepto en la zona de Šumadija-Vojvodina, y
Kosovo-Rezaba), pero también, en cierta medida, en los otros grandes bloques
dialectales: el čakavià (conjunto de hablas razonables por Croatas), el
kajkavià (también hablado por Croatas), en el Torlak (hablado sobre todo por
Serbios), así como en el idioma esloveno, el búlgaro y el macedonio. Nuevamente
comprobamos esta retahíla de variantes lingüísticas no tenían una
correspondencia unívoca ni directa con las identificaciones de tipo cultural/nacional.
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Sin movernos de
los Balcanes, existe el ejemplo del Bunjevci, un pequeño etnosistema del norte
de Serbia, a menudo ‘asimilados’ a los Croatas por la aplicación dualista ‘lengua
serbocroata + religión católica = croata’. La mayoría de los Bunjevci continúan
definiéndose como tales aunque su lengua sea el croata[5]. Y no estamos ante un
fenómeno nuevo, sino que la identificación Bunjevci y, incluso, el
reconocimiento de la pertenencia a un idioma Bunjevac (‘objetivamente’
inexistente ...) fue masivo hace cerca de un siglo en la ciudad de Subotica
(norte de Serbia) donde, en el censo Austro-Húngaro de 1910, más de 33.000
personas (la gran mayoría) declararon que el Bunjevac era su idioma nativo ...
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Continuando por
tierras balcánicas, podemos hacer referencia a otro ejemplo sólo a primera
vista contradictorio: tanto en Macedonia como, sobre todo, en Kosovo (muy en
especial en la ciudad de Prizren) existe un etnosistema albanoturco,
literalmente. Dentro de la misma ‘comunidad cultural’ coexisten dos lenguas
(turco y albanés) y dos ‘culturas’ (turca y albanesa), sin que suponga ningún
tipo de problemática ‘esquizofrénica’, al contrario: todo en Kosovo, los
albanoturcos son una especie de grupo-bisagra, imprescindible en toda situación
intercultural atravesada por líneas de fuerza de una elevada tensión
conflictiva.
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Por otro lado, y
retornando a un caso ya antes mencionado, la lengua somalí no ha logrado crear
una comunidad de conciencia digamos que pan-Somalí que sublime el conjunto de
diferentes colectivos que hablan el idioma. Aún más: las cuestiones
relacionadas con el idioma somalí siguen siendo controvertidas y confusas. La
mayoría de los nómadas de hoy en día hablan la variante Maxa, oficial, mientras
que los grupos agropastorales hablan varios idiomas o dialectos, como el Mai,
Jiddu, dabar, por mencionar sólo unos pocos. Así, las hablas Reewin difieren
tanto de la lengua hablada en el norte de Somalia como lo hacen el castellano y
el portugués, dado que la separación entre ambos grupos durante 1500 años han
generado una proceso de mutación lingüística. Resulta interesante destacar que
en los años cincuenta del siglo XX, cuando el Territorio en Fideicomiso de
Somalia fue consultado por las autoridades coloniales británicas en torno a
cuál debería ser su lenguaje en el futuro, el idioma árabe fue el escogido, y
con un apoyo absolutamente abrumador.
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Resulta también
significativo que después de su unión con Polonia, el Gran Ducado de Lituania
adoptara un dialecto eslavo oriental (que más adelante se convertiría en el
idioma Belarús, al norte, y ucraniano, al sur) como la lengua administrativa.
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Entre los
diversos grupos pertenecientes a la etnosistema Masa del norte de Camerún
encontramos que los las Masa-Bahiga hablan la misma lengua que sus convenios
Murgum, que también es la misma que hablan los Mulu del sur de Chad. Y entre
los Fula del Wasulu (sur del actual Malí), a pesar de continuar con su
identificación étnica (Wasulunka), han adoptado la lengua y la cultura de sus
vecinos Bàmmana.
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Los Masai de
África occidental hablan 16 idiomas diferentes. Los Baraguyu, que hablan Masai,
no se consideran miembros de este etnosistema; en cambio, los Koré que hablan
somalí, se identifican como Masai ...
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Entre los albaneses,
de quienes hablaremos en breve de nuevo, encontramos dos idiomas en el estado
albanés y Kosovo (Gheg y Tosk), más el idioma hablado por los albaneses del
oeste griego: Çamëri, y el usado por los albaneses de Sicilia y sur de
Italia: Arbëresh. Pero eso no es todo: los albaneses tienen cuatro religiones
diferentes, el fundador de una de las cuales, los bektashi, llegó a Anatolia en
el s. XIII desde el Khorasán, en la frontera nororiental de Persia (actual
noroeste de Afganistán)
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Los actuales
Urumi del norte del Mar Negro hablan turco, pero son cristianos y se definen
como griegos (Rum, rumi: griego, cristiano, en lengua turca y también en
árabe ...). Son ‘objetivamente’ idénticos a Gagauz de Moldavia y Rumanía, es
decir, cristianos turcófonos, pero la etnogénesis inicial de los primeros se
dio en una Crimea de mayoría musulmana (tártaros, sobre todo), lo que llevó a
incidir en su condición cristiana al compartir similares lenguas turquesas, los
Gagauz han convivido con cristianos, como ellos, pero de lenguas indoeuropeas
(rumano, búlgaro, ucraniano), por lo que han subrayado la matriz
sociopsicológico de la lengua: se autodenominan Gagauz Türkleri.
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Los Cosacos
integran una compleja concatenación de etnosistemas que, centrándonos sólo en
la zona ruso-ucraniana, están formados por personas de múltiples lenguas: ruso,
ucraniano, polaco, lituano, turco, checheno , kabardino, adigué, tártaro,
kalmyk, búlgaro…
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Los Kurdos
hablan más de once variedades lingüísticas diferentes y unos cuarenta y cinco
dialectos. Algunos activistas kurdos de Turquía sólo hablan turco, y sólo
hablan árabe algunos dirigentes kurdos de Irak. Pero la matriz de
identificación kurda es compartida por la mayoría de ellos. En el Kurdistán
iraquí, los Mahallami, grupo montañoso arabófono, se autodesignan como Kurdos.
En cambio, los Lur y los Bakhtiar, aunque hablar una lengua cercana al kurdo,
no se consideran a sí mismos como Kurdos.
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Como ejemplo de
complejidad identitaria, podemos hacer referencia a los Armenios y los Tzíngar
convertidos al Islam y que adoptaron las lenguas kurdas, a turcomano que han
adoptado la lengua kurda o, al revés, a los Kurdos que hablan turco, persa o
árabe.
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Volvemos en
África, en concreto en Guinea Bissau, donde se encuentra el ejemplo de los
Balanta, tenemos tres lenguas diferenciadas -naga, name y kantohe-, y los
Manjak, grupo etnosocial en el seno del cual se hablan cinco idiomas: nok,
bara, tchur, lund, y yu.
BREVE CONCLUSIÓN
En base a los ejemplos que acabamos de presentar
volvemos a remarcar que la lengua no es, a priori, ni un factor que ‘aúne’
a los individuos formando sociedad, ni mucho menos un elemento primordial que
configure de una supuesta ‘cosmovisión’ o un ‘alma’ común (Geist). Más
allá de esto, la fórmula “una nació: una llengua”, no sólo es fruto de una
visión esencialista de la ‘identidad’ y de la ‘lengua’ (comparable a la ‘raza’[6]), sino que constituye un
intento de uniformizar los sistemas sociales y las diferentes formas de decir,
hacer y pensar (también de base lingüística) que existen en un grupo social. Ni
más, ni menos.
[1] Se trata de un idioma perteneciente
al conjunto de sistemas lingüísticos Torlak, situados en las áreas de la
frontera entre las lenguas sudeslavas orientales y occidentales, a caballo
entre Kosovo, Albania, Bulgaria y Serbia, con un pequeño enclave (el Karašovani
o Caraşoveni) situado en el suroeste de Rumania.
[2] No está de más
subrayar que las descalificaciones ‘doctas’ y ‘expertas’ en relación a las
nuevas lenguas que surgen, y que abominan de su ‘artificialidad’ o ‘arbitrariedad’,
se dirigen sólo hacia el ‘macedonio’, el ‘montenegrino’ o ‘bosnio’, no hacia el
‘alemán’ o el ‘italiano’, por ejemplo. La excusa de que estas dos lenguas
artificiales (sobre todo la primera) son idiomas estándar con cierto recorrido
histórico y dilatada producción literaria sólo hace que confirmar una
jerarquización de las culturas (y de las lenguas) de raíz historicista (cuando
más años de alta cultura, mejor), evolucionista (si tienen estado propio
desde hace tiempo, más arriba están en la pirámide del progreso humano
...), y cuantitativa (cuando más número de hablantes tenga, mejor). Puras
excusas, hay que insistir, sin legitimación más allá de su propia dinámica de
poner etiquetas, discriminar entre culturas superiores o inferiores,
y repartir diplomas de ‘racionalidad’.
[3]
Esto se observa diáfanamente, sin ir más lejos, en Cataluña, donde (guste o no)
amplias capas de la población conectan la ‘catalanidad’ con la posesión de un
apellido de supuestas raíces medievales (aunque algunos de estos apellidos son,
en realidad, occitanos, franceses y aragoneses). Y ello a despecho, o olvidando
conscientemente, la gran cantidad de catalanes con apellidos de raíz 'medieval'
que pasaron al idioma castellano durante la época franquista y que, durante la
guerra civil, exiliados catalanes en Burgos, catalanohablantes en su mayoría,
aportaron apoyo financiero a los franquistas...
[4] Censo Ucraniano (2001) .- http://ukrcensus.gov.ua/rus/results/general/language/city_kyiv/
Hay que añadir que en el censo se recoge algo que
haría asustar a muchos 'gestores de la diversidad' de Occidente: en Ucrania
existían unos 130 colectivos etnoculturales diferentes (11 de ellos, de más de
100.000 personas cada uno ...)
[5]
Los Bunjevac reivindican la existencia de una bunjevački jezik (‘lengua
bunjevaci’).
[6]
En determinados nacionalismos
identitarios xenófobos, el apellido es visto como un significante que expresa
una serie de significados, a menudo intercambiables entre ellos, pues remiten a
un tipo de realidad trascendente, sustancial, que impregna el carácter de
aquellos que la poseen y a los que posee : raza / cultura, sangre, estirpe
biológica, vinculación mitológica / histórica con el origen de la identidad
genética, la que parece como reflejada, coagulada, más bien, en el apellido.
Esto tiene lugar, por ejemplo, en el nacionalismo esencialista catalán,
eufemismo de racismo cultural...