EL RACISMO.
UNA VISIÓN ANTROPOLÓGICA
Joan Manuel
Cabezas López
Doctor en Antropología Social
1.Introducción:
Comencemos definiendo el racismo: el
racismo es la valoración de diferencias clasificadas según una ratio en beneficio de quien clasifica y
en detrimento de la víctima sometida a taxonomización, justificando los
privilegios del agresor/explotador como algo ‘natural’, ‘cultural’, ‘sagrado’ y/o
de origen ‘divino’, por tanto, supuestamente incontestable, inapelable,
definitivo.
El racismo no es un ‘virus’ al
que hay que combatir, sino que es una
ideología nacida en el seno de la
modernidad occidental en el siglo XVIIII, y consolidada en los siglos XIX y
XX.
El racismo incluye estereotipos, prejudicios y actitudes (discriminación,
violencia física o simbólica, marginalización, explotación), es decir, un
complejo sistema de dominación que busca justificar la exclusión social,
naturalizar la dualidad ‘nosotros-los otros’ como si fuese de sentido común, y reproducir una estructura social que genere
constantemente chivos expiatorios (boucs
émissaires): personas y grupos a los cuales se les puedan atribuir las
culpas de las injusticias, los conflictos y los problemas.
La palabra raza hace referencia
a un grupo humano dotado de unas características físicas determinadas
(biológicas, anatómicas, genéticas) y que determinan una forma de hacer, decir
y pensar concretas (una “cultura”), así como unas habilidades y/o taras.
El origen de las razas y, por lo tanto, de las desigualdades entre razas,
se suele atribuir o bien a la ‘naturaleza’ o bien a la ‘divinidad’. En ambos
casos, se remarca su inmutabilidad, y también se suele subrayar su uniformidad
interna: todos los de esa raza son
iguales.
La idea de raza no tiene
validez científica (los dirigentes nacional-socialistas lo reconocían en petit comité), pero la existencia del
racismo sí que provoca que existan razas y que éstas continúen siendo vistas
por la amplios sectores de la población como entidades humanas cerradas y con
hábitos y costumbres propios. Y como sigue existiendo el racismo, continúan
existiendo las razas como formas de validación de las explotaciones y
violencias antes comentadas.
¿Porqué hay racismo? Pues por la
misma razón por la que hay estados-nación: porque hay que oprimir a una parte
de la población para que un sistema (el capitalista) continúe existiendo, ya que
se nutre de desigualdades que tienen que absolutizarse y naturalizarse a través
de ideologías como la racista. Así de claro.
¿Es natural el rechazo al Diferente? No, se trata de un
rechazo producido por la socialización, es decir, por la educación, ya que
jamás se produce dicho rechazo anteriormente.
Los grupos que tienen la capacidad de decidir quien es ‘diferente’ y de
etiquetarlo son, siempre, los grupos que tienen el dominio del poder, e incitan
a crear un rechazo a esos diferentes que han construido par continuar
justificando y reproduciendo la existencia de un orden social desigual y
jerarquizado gracias al cual poder seguir detentando la hegemonía económica,
social y política.
2. Bases estructurales del racismo:
procesos sociales, sistemas de pensamiento
El preludio de la expansión europea encadenó tres
grandes procesos interrelacionados:
1.
El cambio en las pautas del
comercio a gran distancia, que alteró la posición de Europa, dejando de ser el
extremo occidental de Asia y convirtiéndose en territorio clave en el
desarrollo comercial.
El surgimiento de puertos italianos fue clave, sobretodo Venecia,
que se alió con Bizancio y le acaparó gran parte del comercio marítimo.
2.
La consolidación militar y
política de los estados, ya comentada, apoyada en una mayor producción de
excedentes agrícolas que aumentaba la capacidad militar, la cual se tenía que
consolidar a través de la aptitud de extraer tributo para pagar la guerra y la
creciente burocracia.
¿Cómo
se conseguía esto último? Sobretodo, de tres modos:
-
La guerra en el exterior:
expansión militar para apoderarse de excedentes externos (Cruzadas, guerre di corsa, etc…)
-
Comercio de productos (cosechas
y botines de guerra)
-
Ampliar el dominio real donde
se podía extraer apoyo sin interferencia de intermediarios: ejemplos son los
estados predadores de Portugal y Castilla…
3.
Varios de esos estados buscaron
nuevas fronteras en clara alianza entre la clase mercantil y los gobernantes
militares.
Al quedar muchos pueblos
fijados en territorios, u oscilando en ellos, las lenguas toman consistencia
formal y se diferencian. Además, los estados que van consolidándose utilizan
dos monopolios: el de la violencia y el financiero.
Las tensiones internas se
comienzan a derivar hacia el exterior. Ésta constituye una característica
étnica, si se nos permite, que todavía pervive en Europa. Así comienzan las guerre di corsa, en 1070, con
expediciones militares de genoveses hacia la costa del norte de África.
La progresiva consolidación del
poder del estado-nación frente a los microestados y/o estados ‘laxos’
medievales (‘laxos’ en comparación con el totalitarismo rampante) comportará la
necesidad, en aumento exponencial, de derivar al exterior las energías de las
tensiones generadas por la sociedad estatal y urbana, conflictiva en sí misma.
Después de un
periodo de relativa indiferencia ante la pluralidad cultural, religiosa y
sexual, a partir del siglo XII va in
crescendo la obsesión por exterminar lo considerado como demoníaco,
externo, ‘diferente’, aumentando la hostilidad contra lo que se apartase de los
cánones hegemónicos.
No podemos disociar
este sistema de pensamiento dualista de los procesos sociopolíticos y
económicos, ambos son Gegenseitige
Wirkungen (‘efectos recíprocos’, Georg Simmel dixit)…
La intensificación
de la intolerancia y los antecedentes del racismo que comienzan en esa
coordenada espacio-temporal, no se pueden separar de la aparición de estados
fuertemente corporativos, obsesionados con la unificación y la homogeneidad
como paso previo a la centralización del poder político.
Resultado directo de
este cambio hacia la homogeneidad: las instituciones (seculares y religiosas)
inician cruzadas contra infieles y herejes, expulsan judíos de muchas zonas (o
se inician los primeros pogroms),
surge la Inquisición, la persecución contra las brujas, etc…
Se desarrolla una
mentalidad persecutoria europea que desemboca en los campos de exterminio nazi:
judios, disidentes ideológicos, herejes (Testigos de Jehová), gitanos,
homosexuales, deficientes físicos o psíquicos…
Continuidad actual:
monitorización, control y dominio de la ‘disidencia’ (política, ‘cultural’,
religiosa….).
En L’Hospitalet de
Llobregat (Barcelona) me dijeron claramente porqué querían conocer la realidad
de las ‘religiones inmigradas’ o ‘nuevas religiones’ (aunque, como el
hinduismo, tengan 5.000 años de historia): ‘Es
para controlarlos’. Así de claro…
3. Clasificaciones y teorías raciales:
color, anatomía, genética y cultura
Las primeras clasificaciones raciales comenzaron en el siglo XVIII, a
cargo del germano Blumenbach, de la entonces inglesa ciudad de
Hannover…importante retener este detalle, por cierto.
Las taxonomías apuntaban directamente hacia una visión jerárquica de la
humanidad, ya fuese derivada del poligenismo (diversos focos de origen del ser
humano, algunos de los cuales crearon razas ‘inferiores’ que, por selección
natural, desaparecerán), ya procediese del monogenismo (un único origen humano,
con una degeneración de algunas razas y un ‘blanqueamiento’ de otras, lo que va
de la mano de su ‘superioridad’).
El en siglo XVIII se habló, por primera vez, del Homo Europeus (‘blanco, ingenioso, rubio, ropas ceñidas, regido por
leyes’ [sic] ), y en el XIX de ‘arios’, asimilados rápidamente a los míticos
pueblos indoeuropeos. Míticos, porque nunca existieron. He ahí una
característica de la mentalidad europea: empeñarse en justificar el presente en
base a un pasado que legitime situaciones (naturalizándolas) y justifique
ideologías (convirtiéndolas en sentido común).
Durante todo el siglo XIX comenzó la gran división de la humanidad en
‘razas’ desiguales (ahora disfrazadas con el eufemismo de ‘diferentes’), todas
ellas dotadas de una clara tipología supuestamente científica.
La llegada del imperialismo occidental a diversos continentes también
hizo que los administradores coloniales buscasen nuevas clasificaciones
‘raciales’ de los pueblos conquistados, e inventasen numerosas razas y grupos
‘étnicos’ o ‘tribales’ supuestamente uniformes y separados entre sí (divide y
vencerás…).
La atribución de características físicas a las poblaciones humanas y,
además, de significados culturales a los caracteres raciales, no se puede
entender sin ponerlo en relación con el contexto donde tuvo lugar: el tráfico
de esclavos, que llegó a su nivel de depredación más alto precisamente
coincidiendo con el nacimiento del racismo.
Dichas ideas raciales acabaron popularizándose entre gran parte de la
población occidental (todavía están presentes, no cabe duda), pero su raíz
deriva directamente de la necesidad de legitimar la inferioridad de los
esclavizados.
Así, el racismo fue la consecuencia de la esclavitud, un producto surgido
de la necesidad de justificar la esclavitud y sus medios de coerción y de
explotación.
Mientras tenían lugar los procesos antes comentados, en Europa se
desarrollaba un racismo vinculado al nacionalismo concreto de cada territorio.
Los más significativos, el de Francia (un racismo al principio de tipo
aristocrático y filogermánico), el de Alemania (basado en la pretendida supremacía
‘aria’), y el de Gran Bretaña (relacionado con una profunda idea de
superioridad cultural)
Inferiorizar para explotar: las bases de
la ideología racista
La clave de la ideología racista no está en explotar a los que son
inferiores, porque ningún grupo humano tiene una condición inferior a los
demas, sino al revés: una vez se explota a un grupo, se elaboran las teorías
que hagan falta para poder continuar con dicha situación.
Los procesos de inferiorización son la consecuencia de la ideología de la
explotación del hombre por el hombre, y su resultado es el racismo. Para educar
contra el racismo eficazmente, hay que abordar una crítica sistemática de ambos
procesos…
El racismo como sistema de dominación:
legitimando el control de la riqueza
El racismo no es una visión del mundo creada por los humanos como si de
una ‘cultura’ o de una ‘cosmología’ se tratase. Se trata de una estrategia ideológica que legitima el
control de la riqueza y su condición básica, es decir, el dominio del poder.
Para comprender el racismo como sistema (y no como ‘mentalidad’) hay que
fijarse en cómo producen ideología racista e incentivan prácticas racistas las
correas de transmisión que usa dicho sistema: mass media, educación formal, aparato jurídico y policial,
administración, y otros múltiples mecanismos de control y de creación de
opinión.
3. Dualidad, nacionalismo y racismo
División
sujeto-objeto, privado-público: la base del dualismo racista
Polis griega: opuesta a las ethné y a la naturaleza.
Descartes: res extensa vs. cogito,
incertidumbre vs. certeza. Junto con el calvinismo (mundo exterior-mundo
interior), surge el sujeto moderno.
El sujeto es una entidad ideal
que premite reducir a una falsa unidad la fragmentación heterogénea, paradójica
y contradictoria de que están hechas las personas (y las culturas), rechazando
la evidencia de que depende de las relaciones con otros significativos y con el
exterior.
Esto está muy relacionado con
la idea cristiana de immanencia:
seres que pueden ser algo en sí mismo al margen del mundo externo.
Los problemas se atribuyen al
sujeto. Si no tiene dinero es porque no se esfuerza. Si está mal, es porque ese
yo está averiado.
Dominación desde dentro de los
individuos, que están alienados respecto de la fuente real de problemas (las
contingencias sociales del exterior).
La fetichización del yo, en tanto que autoengaño, incrementa
la situación de sometimiento (de hecho, se creen libres y autónomos cuando no
lo son), interioriza la represión y la convierte en algo natural en lo cual ni
tan siquiera se reflexiona, porque teóricamente no existe…
Devaluación del exterior, del afuera: el mundo deja de hablar y de
mirar. Ni la naturaleza ni los otros:
todo lo que está alrededor no es de
confianza.
Nacionalismo-Estado
Nación-Territorio-Uniformización
El nacionalismo se apoya en la
idea de cultura para uniformizar un territorio que considera como propio
(fetichismo del mapa, típicamente europeo): la nación se autoexplica por el territorio donde se asienta su esencia (la cultura propia), territorio que
pertenece a los autóctonos.
La idea de pertenencia conlleva
dos sentidos muy típicamente europeos: posesión y propiedad.
Para adoctrinar la población
del territorio, el nacionalismo creó mecanismos de homogeneización para socializar a los grupos no-mayoritarios,
a los trabajadores asalariados y a cualquier potencial elemento díscolo.
Para ello instauró una
institución típicamente nacionalista (por tanto, típicamente europea): el
sistema escolar público, que siguió el modelo del cuartel militar de forma
paradigmática.
Racismo y
legitimaciones divinas, naturales y/o culturales
Territorio propio = nación
=…raza.
Raza, ratio usada contra algún grupo para legitimar su explotación por
parte de otro.
La base del racismo es,
siempre, y esto es fundamental la cultura: no se excluye/mata/expulsa a alguien
por ser negro, chino o árabe, sino por tener unos rasgos ideosincráticos asociados al aspecto externo.
Esa legitimación de la
explotación, basada en un ratio, tiene
tres variantes que son intercambiables y que, todas ellas, son immanentes (en
sí, por sí mismas, autojustificadoras e irrefutables): cultural (la cultura no
cambia, modela una conducta casi genética), natural (biología, anatomía,
cerebro) o religiosa (designio divino, destino manifiesto, providencia).
4. Los racismos contemporaneos
El fascismo y el nazismo como continuación del racismo moderno.
Los fascismos fueron la expresión más enérgica y descarnada de un
fenómeno que no era, para nada, una novedad, sino una constante en la historia
del Occidente moderno: la creación de chivos expiatorios racializados para atribuirles a ellos todos los problemas, y la
justificación del dominio de las fuentes de provisión de poder político y
económico en base a supuestas ‘superioridades’ raciales que naturalizarían una
situación que, por lo tanto, sería incuestionable y dotada de un estatus
próximo al designio divino.
El apartheid sudafricano como paradigma.
Con la declaración de los derechos humanos, en 1948, las élites
occidentales trataron de mejorar su imagen tras el supuesto fracaso del fascismo,
un fascismo, insistimos, cuyo mayor
‘pecado’ fue, a ojos de dichas élites, que sacó a relucir la base sobre la cual
el resto de naciones occidentales basaban su explotación imperialista del resto
del mundo, pero lo hicieron aplicándolo sobre naciones europeas inferiorizadas.
Al tomar de su propia medicina, parecería que el Occidente moderno podría
dejar de lado el racismo, pero ese mismo año, 1948, el apartheid se reforzaba
en Sudáfrica, ante la pasividad, cuando no el apoyo, de todo Occidente. ¿La
razón? Que dicho apartheid volvía a incidir sobre unos humanos a los que se les
consideraba considerando inferiores.
El racismo
cultural…(no hay racismo sin noción de cultura)
La cultura como instancia
distintiva de un grupo, es una creación reciente, propia de la mentalidad
europea, y completamente relacionada con la idea inmanente de sujeto. La personalidad es una especie de cultura
el territorio de la cual es el cuerpo de un individuo.
A mayor escala, ese sueño de
coherencia ideosincrática se denomina cultura.
Una cultura siempre remite a una
configuración ideosincrática singular, a una esencia ideal (más allá de la
realidad factual donde solamente existirían “las culturas”) y a una congruencia
y coherencia interna que, por cierto, jamás se reflejan así en las relaciones
humanas reales.
La noción de cultura es una máquina de uniformización
de las sociedades, surgida en la Europa de los siglos XVIII y XIX de la mano de
las ideas de orden y de organización ante la enorme complejidad de las
diferencias.
Las culturas se clasifican, pero los europeos siempre lo
han hecho de forma vertical: cuanto más alejado esté un rasgo cultural de las
prácticas toleradas en Europa en un momento y lugar, más primitivo y menos
evolucionado será.
Monoculturalismo
y aversión a la diferencia
Durante los
últimos años se está generalizando y acelerando la percepción de la pluralidad
‘cultural’ como ‘un problema’ en sí mismo.
La base de
esta visión radica en la idea de cultura, originada por la modernidad:
la ‘cultura’ sería una estructura esencial y uniforme, incompatible con las
culturas ‘diferentes’.
Algunos nostálgicos
reclaman el regreso a una homogeneidad cultural que nunca existió, mientras que
el liberalismo cultural quiere ‘regular’ la diversidad real, desactivándola,
convirtiéndola en folclore ‘tolerable’ al lado, eso sí, de la cultura ‘normal’
(la pretendidamente ‘autóctona’).
La civilización europea creó también la maquinaria del holocausto,
puesto que la ideología que la impulsó deriva directamente de la obsesión por
purgar de diferencias todo coto nacional.
Es la imagen (muy
europea) del jardín: todo geométrico, controlado, dominado, remodelado, sin
nada que sea espontáneo y que pueda dañar la ‘coherencia’ y la esencia. Por un
lado, plantas cultivada que hay que cuidar; por otro lado, malas hierbas que
hay que eliminar.
En palabras de Zygmunt Bauman: el holocausto se gestó y se puso en
práctica en nuestra sociedad racional, en un momento álgido de nuestra cultura.
Por eso, es un problema de esa cultura y de su desembocadura: la sociedad
burocrática
En relación con la
metáfora del jardín, la cultura española y catalana (y, evidentemente, la
europea) se han obsesionado con la ingeniería social: se monitoriza los
ciudadanos, especialmente los considerados como ‘raros’, ‘diferentes’ y, según
la mentalidad europea, intrínsecamente portadores de problemas y conflictos
sólo por el hecho de ser ‘diferentes’.
Se hace un seguimiento
(control) de los ciudadanos, se les estigmatiza, se les dice qué deben de hacer
y dónde, e incluso se les ofrece mediadores y educadores sociales. Pensemos en
la implicación de este invento, tan típico de la mente europea, como sons los
educadores sociales: gente que educa a la sociedad.
La sociedad es eso que hay fuera, el mundo, por tanto, la parte exterior, no
dominada, demoníaca, marcada por el conflicto y el caos. Algo que hay que
educar para domesticar o, si no puede ser domesticado, expulsar o eliminar. Esa
es la esencia del racismo europeo: la persona de algunos grupos es antes de que actúe.
Nada de lo que haga puede
cambiar lo que es. Cierta categoría de seres humanos se resiste de forma
irremediable al control y es inmune a cualquier esfuerzo para educarle. Sólo se
le puede ‘mejorar’ destruyéndole. O bien culturalmente (etnocidio, asimilación)
o bien físicamente (genocidio, exterminio).
El nazismo tecnocrático
Bioantropología.
Ideal (explícito o larvado) de la superioridad y del supremacismo ‘natural’ (o
cultural) nórdico-europeo. Genetismo (conductas genéticamente programadas). Sociobiología
(defensa del clan, de la sangre). Neodarwinismo (los pobres lo son porque son
inferiores): competición, voluntarismo (todo depende sólo de ti), etc….
Neodarwinismo social y racismo genético
Todas las personas (el Homo Sapiens
Sapiens en términos científicos) compartimos 29.970 genes de los 30.000 que
están presentes en nuestra especie. Por lo tanto, desde el punto de vista
genético también existe una única raza, la raza humana.
El contrapunto a esta unidad genética de toda la humanidad consiste en la
diversidad extrema de la misma dentro de dicha unidad. Así, como revelan los
análisis de ADN, cada persona es única e irrepetible desde el punto de vista
genético.
Existen variaciones fenotípicas que jamás pueden ser agrupadas como
diferentes si no es por contraste, ya que existe por doquier un polimorfismo:
dentro de un mismo grupo humano encontraremos múltiples diferencias
fenotípicas.
En palabras de Albert Jacquard: “es cierto que mi amigo Lampa, un bedick
del Senegal oriental, es muy negro, y yo soy más o menos blanco, pero algunos
de sus sistemas sanguíneos quizá se parecen más a los míos que los del mi
vecino, el Sr. Dupont”
Similares son las disquisiciones de Luigi Luca Cavalli-Sforza
: para
obtener una homogeneidad genética se tendrían que cruzar durante más de 20
generaciones parientes muy cercanos (hermano y hermana, o padres e hijos), lo
que tendría consecuencias muy negativa para la fecundidad y la salud, y que
jamás ha pasado en la historia de la humanidad excepto en periodos cortos y en
circunstancias muy especiales.
Entre los individuos existe una gran heterogeneidad genética, cualquiera
que sea su población de origen. Esta variación es siempre grande en cualquier
grupo, ya sea el de un continente, una región, una ciudad o un pueblo, y mayor
que la que existe entre continentes, regiones, ciudades o pueblos.
Una paradoja de la genómica es que, por un lado, disuelve las categorías
raciales (borrando el vínculo entre apariencia somática y grupo humano), pero
las puede reconstituir a nivel genético sugiriendo que nuestras mayores
conexiones con otros seres humanos se hallan en nuestros genes. Así, las
categorías raciales pueden reaparecer como una nueva verdad sobre la identidad
humana…
Pero el nuevo racismo biológico no
es una ciencia, sino una ideología. La misma idea de genoma es producto del
conocimiento contemporáneo sobre qué es sano y ‘normal’, y está moldeado por
ideas sobre la raza.
La característica básica del ser humano consiste en su capacidad
creadora, compartida por toda la humanidad.
Los genes pueden indicar como nos hemos desplazado por doquier del mundo
a lo largo del tiempo, y mostrar interrelaciones y migraciones antiguas y
modernas, pero no determinar ‘tipos raciales’ basados en características
genéticas y, aún menos, afirmar que dichas características determinan
comportamientos y predisposiciones innatas…
Nacionalpopulismo pseudoecologista
Uso
inadecuado y falaz de metáforas ‘ecológicas’ para explicar hechos sociales:
desequilibrios por especies 'que no tocan', ‘invasoras’, etc. Autoctonía como
hecho ‘positivo’. Promoción de los de 'toda la vida' (‘primero, los de aquí de
siempre’). Menosprecio hacia los recién llegado o por los 'sobrevenidos'
(aunque lleven aquí 60 años) ... (off the record: lo tenemos complicado para
hacer una Cataluña realmente intercultural con el profundo racismo
nacionalpopulista y cultural, autoctonista, que hay en el país ...)
Divergencia de ‘valores’: el racismo cultural
De hecho,
todo racismo es cultural…pero la noción de cultura es una máquina de
uniformización social, surgida en Europa los Siglos XVIII y XIX de la mano de
las ideas de orden y de organización ante la enorme complejidad de las
diferencias.
Las culturas
se clasifican, pero los europeos lo han hecho de forma vertical: cuanto más
alejado esté un rasgo cultural de las prácticas toleradas en Europa
(Occidental, claro), en un momento y lugar, más primitivo y menos evolucionado
será.
Idea de divergencia de valores y de bases morales
(Europa cristiana, etc.). Idea de “distancia cultural” que impediría, a priori, la ‘integración’ en la moral
ciudadanista, racional y ‘superior’…
Racismo diabólico: la reductio ad hitlerum
Los racistas
son “ellos” y sólo ellos (los ‘nazis’).
Hay racistas
porque hay gente de fuera (como si fuera un virus latente que se reactiva ante
la 'diferencia', sin causas sociales, políticas y económicas ....).
Es el racismo
preferido por los mass media.
El racismo universalista
Pim Fortuyn:
fraseología antimusulmana por considerlos intolerantes, retrasados,
antifeministas…
Desprecio de
otras ‘culturas’ y ‘religiones’ (racializadas, es decir, convertidas en
fetiches eternizables) en relación con el carácter universal y ‘abierto’ de la
cultura ‘Occidental’ (vista como la única realmente humana y católica en el
sentido literal…)
Racismo virtuoso y cosmopolita
‘Soy ciudadano
del mundo’, ‘no soy mejor que nadie…’. Implica una supremacismo racista prácticamente
insuperable: allí donde vayan, siempre serán superiores. Su ‘falta’ de
‘anclajes’ identitarios los hace intrínsecamente ‘mejores’….
Son seres
‘racionales’, ponderados y cultos, no como las masas irracionales, fanáticas y
analfabetas que creen en espantajos fantasmagóricos como los adscripciones
nacionales o étnicas… (siempre y cuando sean de los ‘otros’, no de las de los
‘virtuosos’, claro…)
Racismo jacobino (o ciudadanista, con perdón…)
La
heterogeneidad incontrolada es una anomalía: hay que limitar el ejercicio del
derecho a decir, hacer, pensar, sentir, hablar, concebir el mundo, rezar,
bailar, cocina, comida, follar, defecar, como cada uno quiera, ya que podrían
ir contra una en el fondo valorada uniformidad cultural '.
La
interculturalidad está bien si está domesticada, es decir, folklorizada y
desactivada políticamente.
La diversidad
es vista como una fuente de problemas ante los que actuar para convertirla en
un espectáculo amable, una caricatura tolerada. Circulen. No formen grupos…
El racismo historicista
¿Qué más da defender unos
privilegios en base a los genes que hacerlo en base a la historia?
Poner la historia (contingente) como justificación de una
situación y de una ‘ratio’ que discrimina y perpetua una exclusión, es también un
acto racista.
Ciudadanismo y romanticismo
cultural: dos idealismos, dos superticiones, dos ideologías…
El racionalismo europeo, en su
afán por separar mundo (cosmos,
naturaleza, realidad) de sujeto
(persona, cultura, nación), ha idealizado los modelos de sociedad hasta el
punto de que o son puras ensoñaciones de tiempos pasados que nunca existieron,
o se vuelven impracticables en el caso de ser proyecciones futuras o desideratums presentes.
Un par de ejemplos, de rabiosa
actualidad, bastarán:
Idealismo
europeo romántico:
Añoranza o pretensión de
(re)instaurar una comunidad homogénea, cerrada, con una cultura compartida y
uniforme, con unos mismos sentimientos,
un apego natural al territorio común
y una única memoria compartida por toda la comunidad.
Ejemplo: inexistentes
sociedades ‘tradicionales’, proyectos nacionalistas conservadores de crear
comunidades con valores profundos, vertebradas por la comunión con unas esencias.
Idealismo
europeo ilustrado:
Modelo de sociedad formada por
la comunicación generalizada entre
individuos libres y iguales que dejan de lado sus diferencias (pertenecientes a
lo privado) e interactúan en el espacio compartiendo unas mismas sensaciones y teniendo unas memorias
colectivas que son la suma de las infinitas memorias individuales de los
actores sociales.
El primer modelo, que trata de
imitar la comunidad prístina, ni ha existido ni puede existir. El segundo
modelo es una farsa, ya que se proclama institucionalmente mientras se hace lo
contrario…[explicar lo del Parc de Can Serra…].
Culturalismo,
coartada para la exclusión social
El culturalismo consiste en
considerar que las ‘culturas’ determinan completamente la conducta de las
personas y que las ‘culturas’ diferentes
no pueden convivir sin conflictos graves: o separarlas, o expulsarlas o
asimilarlas.
Además, la cultura local (‘de
acogida’) nunca se ve a sí misma como una cultura más, sino como la cultura autóctona y de sentido común, superior,
una cultura a la cual se han de añadir (metáfora de ‘sumar’) el resto de
‘culturas’, pero que, como cada cultura es inconmensurable, no todos sus
miembros adquirirán las ‘costumbres’ autóctonas con igual perfección.
Ya está lista, así, la excusa
para justificar las exclusiones sociales en base a la falta de perfección en la
asimilación de rasgos culturales ‘normales’.
Ciudadanismo
e hipocresía
Por
ciudadanismo, entendemos en principio una ideología cuyos rasgos principales
son
1) la creencia de que la
democracia es capaz de oponerse al capitalismo salvaje
2) el proyecto de
reforzar el Estado (o los Estados) para poner en marcha esta política
3) los ciudadanos como
base activa de esta política.
La
finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo, volverlo más
justo, proporcionarle de alguna forma, un suplemento de alma.
En
cuanto adjetivo, "ciudadano" describe en general todo lo que es bueno
y generoso, aplicado y consciente de sus responsabilidades, y más generalmente,
como se decía antaño, "social". Es en este sentido que podemos hablar
de "empresa ciudadana", de "debate ciudadano", de
"cine ciudadano", etc.
Esta
ideología se manifiesta a través de una nebulosa de asociaciones, de
sindicatos, de órganos de prensa y de partidos políticos.
Se
parte de la idea (gran descubrimiento) de la convivencia es posible (ej.:
oficina de mediación comunitaria de Sitges). Pero es posible siempre y cuando
se respeten unos valores cívicos, eufemismo de los valores de la cultura
dominante, que los expone públicamente como neutrales y humanos en sí mismos (de nuevo, la idea de inmanencia
cristiana).
Y,
de nuevo, un idealismo, el del espacio
público, transubstanciación del idealismo de la ‘colectividad’ o ‘sociedad’
formada por ciudadanos libres e iguales.
La
realidad, de nuevo, es otra: en Europa y España, el control de las dimensiones
y decisiones más cruciales en la vida cotidiana (entrada a un país, residencia,
trabajo, vivienda, educación, salud, bienestar, conocimiento e información)
están en manos de las élites políticas, burocráticas, corporativas, mediáticas y
educativas.
7. ¿Qué hacer? (contra el racismo…)
Pedagogía activa: educar y
sensibilizar contra el racismo
Tras la
máscara de la ‘diversidad cultural’ (puramente folklórica o problematizada),
las naciones europeas practican el monoculturalismo hegemónico, y lo han
exportado a otros sitios del mundo (sobretodo a Norteamérica): los currículums
escolares y las materias impartidas son pensadas, creadas y promovidas desde
los esquemas culturales de las élites dominantes.
Desde el inicio de la historiografía, los acontecimientos se han
prefabricado como teniendo lugar entre ‘culturas’, ‘naciones’, ‘imperios’ y
‘estados’, casi siempre expresiones de una raza y/o cultura, lo cual ha
legitimado el racismo a través de la idea de que siempre han existido ‘choques’ entre civilizaciones, razas y
culturas, cuando esto jamás ha sido así.
La historia de las sociedades humanas ha sido, casi siempre, escrita por
Occidente, en concreto por sus élites dominantes, por lo que no ha de extrañar
que se haya dado una visión que ha convertido sistemáticamente a los
no-‘blancos’ y no-‘occidentales’ como seres con culturas inferiores,
no-civilizados, retrasados, lo cual también ha servido y continua sirviendo
para justificar el racismo.
La jerarquía racista no sólo hace referencia a ‘tipos físicos’, sino que
dichas tipologías a menudo se reflejan en sistemas de organización que, como
ellas, van de más a menos, de mejor a peor, de más racional a más irracional,
etc: naciones, nacionalidades, etnias, tribus…
Hoy en día no deja de ser habitual que algunos periodistas se refieran a
los conflictos sociales en Kenia como ‘luchas tribales’.
Y también se han de derribar ideas aún muy arraigadas (y jamás
desmentidas masivamente por los mecanismos de creación de opiniones) sobre la
existencia de naciones civilizadas y de pueblos violentos, supersticiosos y
primitivos…
La mejor manera de perpetuar la división ‘civilizado/atrasado’, sobretodo
en la educación formal, consiste en ofrecer una visión de las sociedades
humanas (historia, pero también geografía, antropología, sociología, filosofía,
religión) que divide el mundo entre los que son superiores (los ‘blancos’
occidentales) y el resto, que o son muy inferiores o bien son casi igual de
superiores que los occidentales, pero ‘moralmente’ más próximos a la barbarie…
Hay miles y miles de ejemplos que tendrían que ser ampliamente
popularizados para ayudar a luchar contra los mitos racistas: desde que los
primeros humanos que llegaron a América
lo hicieron desde Asia miles de años antes de que Colón llegase a un territorio
que creía que era Asia (y al que llegaron antes que él vikingos, vascos y
africanos), hasta que los navegantes chinos contactaron con el sur de África
tres o cuatro siglos antes que los europeos. Pasando por una crítica contundente
de la visión etnocentrista (claramente racista) que nos hablan de la ‘llegada’
a Oriente, a África, etc.., sin tener en cuenta que ‘Oriente’ es una creación
occidental y que en África ya había personas antes de la ‘llegada’ de los
occidentales…
Resulta fundamental crear y popularizar nuevos currículums académicos que
pongan de relieve las innumerables imposturas de la visión de la ‘superioridad’
innata (por motivos naturales o divinos) del hombre blanco.
Eso sí: también hay que subrayar que las explotaciones, genocidios y
abusos no han sido realizados por el ‘hombre blanco’ en general, sino por las
élites dominantes. Si no, estaríamos dando alimento a otro tipo de racismo: el
racismo antiblanco.
También hay que deconstruir otro tipo de mito racista: el de la historia
de la humanidad como colección de sociedades (‘razas’) separadas y en lucha
contínua entre unidades racializadas. (Ex: Cartagineses-Romanos, África-Europa;
Persas-Griegos, Asia-Europa; Otomanos-Griegos, Oriente-Occidente, Asia-Europa,
Islam-Cristianismo
Practicar el derecho a la
indiferencia
A menudo se confunde hablar de que la religión (o cualquier otra
modulación ‘cultural’) es un asunto personal con prohibir que se pueda exhibir
en un espacio, el espacio social, que teóricamente debería tener un significado
simbólico cero, es decir, abierto a cualquier forma de decir, hacer y pensar
que se quisiera visualizar en él sin pretender una hegemonía o domino
absolutos.
El proceso es el inverso: no es que se tenga que prohibir, como todavía se
hace, que la religión ‘salga’ del ámbito privado (sólo algunas religiones….),
sino que lo que se tiene que prohibir es inmiscuirse en ese ámbito íntimo,
personal, cosa que se sigue haciendo, tanto para pedir documentación (en base a
criterios racialistas) como para pedir ‘venga, cántame alguna canción de tu
país…’, ‘te quiero entender’….
Por tanto, para luchar contra el racismo hacer falta defender el derecho
a la indiferencia, a la desatención cortés…
Acabar con el sistema
capitalista y su estructura de poder:
Es imposible ‘luchar’ contra el
racismo sin poner en cuestión el capitalismo y el sistema estatal moderno que
lo vio nacer y al que está unido de forma umbilical y absoluta.
Ser anti-racista sin cuestionar la base misma del racismo resulta un ejercicio
de ingenuidad realmente espectacular. O de hipocresía profunda. O ambas cosas….