UNIDAD POPULAR Y PUEBLO :
¿DE QUÉ ESTAMOS
HABLANDO?
Cuando se habla de
'unidad popular' o de 'pueblo', es básico definir y dotar de un significado
claro al continente 'pueblo' y su derivado genitivo, 'popular' ('del pueblo').
Los nacionalistas
esencialistas consideran que el 'pueblo' es sinónimo de 'nación' en sentido
primordialista, culturalista e historicista-geneticista: una 'nación' sería un
conjunto abstraido del sistema social real (del ahora-y-aquí de la acción
cotidiana), una entidad metafísica dotada de unas características (Geist, 'carácter', 'forma de ser') que
son el precipitado del primordialismo-historicismo antes indicado.
De arriba hacia abajo
(porque se trata de un movimiento de arriba hacia abajo, por mucha retórica y
mucho nominalismo que empleen los esencialistas de 'izquierdas') se trata de
amoldar la sociedad real, el flujo permanente de diversas formas de decir,
hacer y pensar, a la parrilla clasificatoria dispuesta por los nacionalistas
que construyeron la 'estructura identitaria nacional' en base a los intereses
hegemónicos de los privilegiados, escogiendo determinados items y desechando
otro, inventándolos, redefiniéndolos, o manipulándolos.
Como resultado, una
ideología y unos dispositivos simbólicos que dan forma a una 'ratio' con la
cual dividir jerárquicamente a quienes se hallen fuera de la 'nación-identidad',
unas herramientas conceptuales siempre a mano para justificar, a posteriori,
como 'disfunciones culturales' o 'problemas culturales', lo que son mecanismos
de dominación, explotación y exclusión, de origen político, económico y social,
jamás 'cultural'.
'Popular', para este
punto de vista, sería todo lo referente a ese 'pueblo', pero siempre y cuando
estuviese presente en el territorio 'nacional' antes de que se construyese el
engranaje identitaro o 'estructura cultural propia'. La 'unidad popular', pues,
excluiría, se diga o no, a todos los colectivos y todos los sistemas de hacer,
decir o pensar vistos desde la 'identidad autóctona' como 'otros', ya que no
encajan en lo que a priori se considera la 'nación normal', el 'pueblo' anclado
históricamente, en el caso catalán, en la época carolingia, cuyo Volkgeist ha llegado hasta la actualidad
sin hiato alguno.
Los 'otros' como mucho
se podrían 'incorporar' al 'cuerpo nacional' o comunidad/pueblo identitario,
siempre y cuando se asimilasen al mismo, a pesar de que se presume que jamás lo
conseguirán plenamente y siempre tendrán la 'tara' o estigma de su origen
'otro'. Esta concepción, además, trata de sublimar la existencia no solo de
clases sociales, sino también de antagonismos entre ellas: lo importante es la
comunidad de sangre/cultura/historia, un mismo sentimiento y forma de ser, una
misma lengua y una homogenea manera de ver el mundo (Weltanschaaung).
En el caso de Cataluña
y del País Vasco la influencia del nacionalismo culturalista alemán es evidente
incluso en determinados ámbitos izquierdistas, imbuidos por una visión
totalmente esencialista de los grupos etnonacionales que tiene su matriz en la
apropiación estalinista[1]
de ese nacionalismo idealista, místico y romántico. Por ejemplo, hoy en día
perdura en determinadas corrientes de la CUP y de Bildu, incluyendo algunos
sectores autodenominados como ‘marxista-leninistas’.
Un significado absolutamente distinto de 'pueblo' y de 'popular' , antagónico de hecho al que acabamos de caracterizar, es el que nosotros defendemos, y que considera, primero de todo, que el contenido… no existe. No hay nada a lo que 'integrarse' ni ninguna comunidad a la 'incorporarse'. No hay ninguna ‘substancia’ previa de origen histórico, cultural, psicológico, genético o territorial.
Nuestro concepto de
‘pueblo’ se basa en no tener identidad, o en tener una identidad de nivel
simbólico cero. Estar en el espacio de coexistencia común ya implica formar
parte del pueblo. Lengua, 'religión', procedencia, 'cultura', ascendencia histórico-genética,
'forma de ser', no importan nada.
La única condición para
ser parte del ‘pueblo’ y, por lo tanto, poder integrar la unidad ‘popular’, es
se parte de la población que constituye la ‘biocenosis social’ del lugar, en
estar ubicado en el ecosistema social de un espacio concreto.
Eso es el pueblo: un
ecosistema social o etnosistema, formado por grupos sociales diversos, en fluir
constante, interactuando, surgiendo de la propia interacción, siendo producto
de las relaciones que ellos mismos generar y, al fin y al cabo, deviniendo pura
relación, un vínculo vacío por donde circulen constantemente el conjunto de
interconexiones que constituye el sistema social intercultural.
Diverso y complejo. Con
un uso concreto de los recursos simbólicos de la diversidad: no para
jerarquizar, excluir, estigmatizar y dividir a los de una misma clase social
(la clase trabajadora), sino para unirlos y para utilizar las diferentes
potencialidades con el fin de subvertir, de raíz, el sistema de explotación
basado en el racismo, la xenofobia que es el capitalismo.
El pueblo y lo popular brotan, por así decir, del plano de la
horizontalidad. La unidad popular, por tanto, se construiría de forma
totalmente distinta a como propondría la anterior visión: es un movimiento ascendente,
de abajo hacia arriba.
La liberación popular es, por lo
tanto, idéntica a la liberación social. Hablar de ‘libertad nacional’ como de
algo diferente a la ‘libertad social’ solo se puede hacer siguiendo el
paradigma descrito en la primera parte de este texto. Una liberación popular es
siempre, a la vez, nacional y social. Nacional-popular, en términos gramscianos.
Una nación, entendida como ‘pueblo intercultural’ y no como ‘comunidad
cultural’, es la expresión del sistema social desde la base, no una entidad
exenta que se le superpone.
Desde el punto de vista ‘cultural’,
psicológico-temperamental, histórico-mítico, religioso, territorial,
comunitario-sentimental, no existiría, a nuestro entender, ni pueblo ni popular, ni mucho menos una potencial construcción popular, ya que
no habría nada que construir al estar todo dado, cual hipóstasis de alguna
materia o energía primordial casi divina.
Lo que haría digamos que ‘coagular’
al pueblo es compartir una forma de
vida, vivida de forma siempre diferenciada (pero no desigual) en un
espacio-tiempo, en un contexto local específico, ya que sería en el ámbito de
lo local donde su configuración social sería más evidente.
La miríada formada por dichas
modulaciones locales sería lo popular,
el pueblo. Ningún cemento ‘cultural’
hace falta para unir a lo que está unido por su condición de formar parte de un
pueblo cuya argamasa básica, lejos de
ser mística y cultural, es política, social y económica. Y es que el pueblo también puede ser definido como
la clase obrera y sus aliados.
Ante él o, mejor dicho, por encima de
él, las clases que les son antagónicas. Las clases constituidas, lo que son las
cosas, por los descendientes de los que, tiempo atrás, construyeron la mística
‘nación-identidad’. ¿Quien sería clase antagónica con las clases populares?: hoy
en día, sin duda, la casta financiera[2]
global y sus imprescindibles aliados locales. Que, más que formar parte del pueblo, son más bien sus enemigos…
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