dilluns, 15 de febrer del 2016

UNIDAD POPULAR Y PUEBLO :
¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

Joan Manuel Cabezas



Cuando se habla de 'unidad popular' o de 'pueblo', es básico definir y dotar de un significado claro al continente 'pueblo' y su derivado genitivo, 'popular' ('del pueblo').

Los nacionalistas esencialistas consideran que el 'pueblo' es sinónimo de 'nación' en sentido primordialista, culturalista e historicista-geneticista: una 'nación' sería un conjunto abstraido del sistema social real (del ahora-y-aquí de la acción cotidiana), una entidad metafísica dotada de unas características (Geist, 'carácter', 'forma de ser') que son el precipitado del primordialismo-historicismo antes indicado.
De arriba hacia abajo (porque se trata de un movimiento de arriba hacia abajo, por mucha retórica y mucho nominalismo que empleen los esencialistas de 'izquierdas') se trata de amoldar la sociedad real, el flujo permanente de diversas formas de decir, hacer y pensar, a la parrilla clasificatoria dispuesta por los nacionalistas que construyeron la 'estructura identitaria nacional' en base a los intereses hegemónicos de los privilegiados, escogiendo determinados items y desechando otro, inventándolos, redefiniéndolos, o manipulándolos.
Como resultado, una ideología y unos dispositivos simbólicos que dan forma a una 'ratio' con la cual dividir jerárquicamente a quienes se hallen fuera de la 'nación-identidad', unas herramientas conceptuales siempre a mano para justificar, a posteriori, como 'disfunciones culturales' o 'problemas culturales', lo que son mecanismos de dominación, explotación y exclusión, de origen político, económico y social, jamás 'cultural'.
'Popular', para este punto de vista, sería todo lo referente a ese 'pueblo', pero siempre y cuando estuviese presente en el territorio 'nacional' antes de que se construyese el engranaje identitaro o 'estructura cultural propia'. La 'unidad popular', pues, excluiría, se diga o no, a todos los colectivos y todos los sistemas de hacer, decir o pensar vistos desde la 'identidad autóctona' como 'otros', ya que no encajan en lo que a priori se considera la 'nación normal', el 'pueblo' anclado históricamente, en el caso catalán, en la época carolingia, cuyo Volkgeist ha llegado hasta la actualidad sin hiato alguno.
Los 'otros' como mucho se podrían 'incorporar' al 'cuerpo nacional' o comunidad/pueblo identitario, siempre y cuando se asimilasen al mismo, a pesar de que se presume que jamás lo conseguirán plenamente y siempre tendrán la 'tara' o estigma de su origen 'otro'. Esta concepción, además, trata de sublimar la existencia no solo de clases sociales, sino también de antagonismos entre ellas: lo importante es la comunidad de sangre/cultura/historia, un mismo sentimiento y forma de ser, una misma lengua y una homogenea manera de ver el mundo (Weltanschaaung).
En el caso de Cataluña y del País Vasco la influencia del nacionalismo culturalista alemán es evidente incluso en determinados ámbitos izquierdistas, imbuidos por una visión totalmente esencialista de los grupos etnonacionales que tiene su matriz en la apropiación estalinista[1] de ese nacionalismo idealista, místico y romántico. Por ejemplo, hoy en día perdura en determinadas corrientes de la CUP y de Bildu, incluyendo algunos sectores autodenominados como ‘marxista-leninistas’.

Un significado absolutamente distinto de 'pueblo' y de 'popular' , antagónico de hecho al que acabamos de caracterizar, es el que nosotros defendemos, y que considera, primero de todo, que el contenido… no existe. No hay nada a lo que 'integrarse' ni ninguna comunidad a la 'incorporarse'. No hay ninguna ‘substancia’ previa de origen histórico, cultural, psicológico, genético o territorial.
Nuestro concepto de ‘pueblo’ se basa en no tener identidad, o en tener una identidad de nivel simbólico cero. Estar en el espacio de coexistencia común ya implica formar parte del pueblo. Lengua, 'religión', procedencia, 'cultura', ascendencia histórico-genética, 'forma de ser', no importan nada.
La única condición para ser parte del ‘pueblo’ y, por lo tanto, poder integrar la unidad ‘popular’, es se parte de la población que constituye la ‘biocenosis social’ del lugar, en estar ubicado en el ecosistema social de un espacio concreto.
Eso es el pueblo: un ecosistema social o etnosistema, formado por grupos sociales diversos, en fluir constante, interactuando, surgiendo de la propia interacción, siendo producto de las relaciones que ellos mismos generar y, al fin y al cabo, deviniendo pura relación, un vínculo vacío por donde circulen constantemente el conjunto de interconexiones que constituye el sistema social intercultural.
Diverso y complejo. Con un uso concreto de los recursos simbólicos de la diversidad: no para jerarquizar, excluir, estigmatizar y dividir a los de una misma clase social (la clase trabajadora), sino para unirlos y para utilizar las diferentes potencialidades con el fin de subvertir, de raíz, el sistema de explotación basado en el racismo, la xenofobia que es el capitalismo.
El pueblo y lo popular brotan, por así decir, del plano de la horizontalidad. La unidad popular, por tanto, se construiría de forma totalmente distinta a como propondría la anterior visión: es un movimiento ascendente, de abajo hacia arriba.
La liberación popular es, por lo tanto, idéntica a la liberación social. Hablar de ‘libertad nacional’ como de algo diferente a la ‘libertad social’ solo se puede hacer siguiendo el paradigma descrito en la primera parte de este texto. Una liberación popular es siempre, a la vez, nacional y social. Nacional-popular, en términos gramscianos. Una nación, entendida como ‘pueblo intercultural’ y no como ‘comunidad cultural’, es la expresión del sistema social desde la base, no una entidad exenta que se le superpone.
Desde el punto de vista ‘cultural’, psicológico-temperamental, histórico-mítico, religioso, territorial, comunitario-sentimental, no existiría, a nuestro entender, ni pueblo ni popular, ni mucho menos una potencial construcción popular, ya que no habría nada que construir al estar todo dado, cual hipóstasis de alguna materia o energía primordial casi divina.
Lo que haría digamos que ‘coagular’ al pueblo es compartir una forma de vida, vivida de forma siempre diferenciada (pero no desigual) en un espacio-tiempo, en un contexto local específico, ya que sería en el ámbito de lo local donde su configuración social sería más evidente.
La miríada formada por dichas modulaciones locales sería lo popular, el pueblo. Ningún cemento ‘cultural’ hace falta para unir a lo que está unido por su condición de formar parte de un pueblo cuya argamasa básica, lejos de ser mística y cultural, es política, social y económica. Y es que el pueblo también puede ser definido como la clase obrera y sus aliados.
Ante él o, mejor dicho, por encima de él, las clases que les son antagónicas. Las clases constituidas, lo que son las cosas, por los descendientes de los que, tiempo atrás, construyeron la mística ‘nación-identidad’. ¿Quien sería clase antagónica con las clases populares?: hoy en día, sin duda, la casta financiera[2] global y sus imprescindibles aliados locales. Que, más que formar parte del pueblo, son más bien sus enemigos…



[1] Manuel Delgado (1998) Diversitat i integració, Ed. Empúries, Barcelona, pág. 24
[2] Xavier Domènech Sampere (2014) Hegemonías. Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013), Akal, Madrid, pág. 124

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