CAPITALISMO, NAZISMO Y SOCIALISMO.-
Breves reflexiones
Doctor en Antropología
Social
Estoy preparando una conferencia sobre
Namibia y, cosas del azar, me ha venido cual fogonazo un pensamiento a la mente, a colación de
la política de apartheid que también se intentó implantar en esa zona del
mundo.
El apartheid solo fue una forma hiperbólica de
plasmar en el territorio el doble mercado de trabajo del que depende el sistema
capitalista: una población trabajadora ‘estable’ o ‘integrada’, que se
reproduce por entero dentro de dicho sistema, y una población temporal,
inestable, no-integrada, que se reproduce fuera, ya sea porque ha migrado, ya
sea porque están circunscritas en otros lugares (los ‘bantustanes’, en el caso
del apartheid).
El racismo funciona como ideología que
permite la continuidad de dicho sistema y, además, contribuye a impedir la
coagulación de la conciencia de clase al oponer a los emigrados los autóctonos
y otros emigrados. Aquí la coartada cultural es básica para
sacralizar/naturalizar desigualdades y explotaciones de origen político y
económico, y ocultar las relaciones reales.
De ahí he pasado a estrujarme un poco la
sesera con el tema (recurrente) de que el capitalismo es lo contrario del
estado, cuando la realidad es absolutamente diferente, tal y como acabamos de
comentar, por ejemplo, con el mantenimiento del doble mercado de trabajo. El
capitalismo ha ido siempre de la mano del estado de tal manera que sin él no
duraría ni tres segundos. Y lo mismo se puede decir del ultracapitalismo,
también llamado ‘neoliberalismo’.
Los que falsean la realidad y distinguen
‘estatalismo’ de ‘capitalismo’ suelen poner dentro del mismo ámbito estatalista
(y totalitario) al socialismo y al nazismo. Es todo lo contrario: el nazismo es
el que debe de estar circumscrito en el mismo ámbito o territorio que el
capitalismo.
Primera gran mentira: el nazismo no era
un ‘socialismo’ nacional. De hecho, no era ‘socialista’, sino comunitarista,
basado en la idea de Gemeinschaft o
comunidad imaginaria (que jamás existió) centrada en lazos
culturales-lingüísticos-históricos (racialización y genetización de la
sociedad). El nacionalismo identitario también se basa en dicha superstición,
es decir, en esa ideología que trata de sublimar (de nuevo) la relaciones
sociales reales y de superar los antagonismos de clases en base a un ideal
‘superior’: la ‘nación’, ‘comunidad’ o ‘pueblo’, no como tal (es decir, como
sociedad compleja que brota cada día), sino como entidad abstracta, metafísica
y fetichizada, ya que es puesta al margen de los vaivenes de la realidad y de los
vientos de la acción social ahora y aquí.
Insisto: el ‘nazismo’ no fue para nada
‘socialista’, lo que sí que fue es capitalista y nacionalista identitario. El
‘socialismo’ para Hitler no era esa etapa de transición hacia el comunismo
caracterizada por la propiedad colectiva de los medios de producción. En absoluto. Ese
‘socialismo’ (nacional) era una Volksgemeinschaft
(‘comunidad del pueblo’), es decir,
la expresión política del Volkgeist,
la supuesta comunidad primordial homogénea y unida por sentimientos comunes, constituida
en estado-imperio, es decir, con voluntad de expandirse y de explotar
territorios y grupos humanos ‘otros’. Cualquier parecido con el socialismo es
pura casualidad, más allá del nombre, por supuesto...
Pequeño paréntesis. Los nominalismos,
tan de moda ahora aquí por tierras catalanas, son un tipo más de idealismo
extremo que no se centra en los hechos y las acciones, sino en las invocaciones
vaporosas, los postureos, lemas, eslóganes, citas y titulares. Cierro
paréntesis.
Para acabar, me centraré en el vínculo
entre nazismo y capitalismo antes comentado, y que permanece oculto tras la
doble falsedad que he indicado: el capitalismo es refractario al estado
(regulación, control, totalitarismo), y el nazismo comparte con el socialismo
su condición estatalista y totalitaria. Lo haré basándome en un libro del
antropólogo Claude Meillassoux que leí en 1994: Granjas, mujeres y capitales (primera edición, en francés, de 1975),
en concreto en las páginas 197 y 198.
Lo citaré literalmente, y con ello daré
por finalizadas estas brevísimas reflexiones, ya que poco más puedo añadir ante
la contundencia de las palabras de Meillassoux, fallecido en 2005. Que vaya en
honor a su memoria esta referencia:
“Reducido a sus fronteras nacionales por
el Tratado de Versalles, el imperialismo alemán trató de colonizar Europa y
aplicarle los métodos imperialistas de superexplotación del trabajo, con una
fuerza tanto mayor por cuanto se aplicaban a poblaciones industrializadas y así
más aptas para organizarse, en una circunstancia histórica –la guerra total-
que mostró así su verdadera esencia. Una parte de la fuerza de trabajo de la
Alemania nazi era reproducida según el sistema de las migraciones temporarias,
mediante el régimen del servicio obligatorio del trabajo; otra parte, por una
emigración definitiva y fatal. Los
campos de concentración, de los que a veces se olvida que eran campos de
trabajo, fueron los lugares de la explotación capitalista llevada a su extremo
lógico. Proveedores de mano de obra casi gratuita para los Krupp, Thyssen,
I. G. Farben y otros, dichos campos eran alimentados por hombres, mujeres y
niños reclutados a través de una Europa colonizada, explotados hasta la usura
física y liquidados físicamente desde el momento en que eran incapaces de trabajar,
ahorrándole al capitalismo alemán el costo del mantenimiento y la carga de los
trabajadores enfermos, impedidos o demasiado viejos”
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