dijous, 4 de febrer del 2016

CAPITALISMO, NAZISMO Y SOCIALISMO.- 
Breves reflexiones



                                              Joan Manuel Cabezas
Doctor en Antropología Social
           joanmanuel.cabezas@gmail.com
        www.etnosistema.com





Estoy preparando una conferencia sobre Namibia y, cosas del azar, me ha venido cual fogonazo un pensamiento a la mente, a colación de la política de apartheid que también se intentó implantar en esa zona del mundo.
El apartheid solo fue una forma hiperbólica de plasmar en el territorio el doble mercado de trabajo del que depende el sistema capitalista: una población trabajadora ‘estable’ o ‘integrada’, que se reproduce por entero dentro de dicho sistema, y una población temporal, inestable, no-integrada, que se reproduce fuera, ya sea porque ha migrado, ya sea porque están circunscritas en otros lugares (los ‘bantustanes’, en el caso del apartheid).
El racismo funciona como ideología que permite la continuidad de dicho sistema y, además, contribuye a impedir la coagulación de la conciencia de clase al oponer a los emigrados los autóctonos y otros emigrados. Aquí la coartada cultural es básica para sacralizar/naturalizar desigualdades y explotaciones de origen político y económico, y ocultar las relaciones reales.
De ahí he pasado a estrujarme un poco la sesera con el tema (recurrente) de que el capitalismo es lo contrario del estado, cuando la realidad es absolutamente diferente, tal y como acabamos de comentar, por ejemplo, con el mantenimiento del doble mercado de trabajo. El capitalismo ha ido siempre de la mano del estado de tal manera que sin él no duraría ni tres segundos. Y lo mismo se puede decir del ultracapitalismo, también llamado ‘neoliberalismo’.
Los que falsean la realidad y distinguen ‘estatalismo’ de ‘capitalismo’ suelen poner dentro del mismo ámbito estatalista (y totalitario) al socialismo y al nazismo. Es todo lo contrario: el nazismo es el que debe de estar circumscrito en el mismo ámbito o territorio que el capitalismo.
Primera gran mentira: el nazismo no era un ‘socialismo’ nacional. De hecho, no era ‘socialista’, sino comunitarista, basado en la idea de Gemeinschaft o comunidad imaginaria (que jamás existió) centrada en lazos culturales-lingüísticos-históricos (racialización y genetización de la sociedad). El nacionalismo identitario también se basa en dicha superstición, es decir, en esa ideología que trata de sublimar (de nuevo) la relaciones sociales reales y de superar los antagonismos de clases en base a un ideal ‘superior’: la ‘nación’, ‘comunidad’ o ‘pueblo’, no como tal (es decir, como sociedad compleja que brota cada día), sino como entidad abstracta, metafísica y fetichizada, ya que es puesta al margen de los vaivenes de la realidad y de los vientos de la acción social ahora y aquí.
Insisto: el ‘nazismo’ no fue para nada ‘socialista’, lo que sí que fue es capitalista y nacionalista identitario. El ‘socialismo’ para Hitler no era esa etapa de transición hacia el comunismo caracterizada por la propiedad colectiva de los medios de producción. En absoluto. Ese ‘socialismo’ (nacional) era una Volksgemeinschaft (‘comunidad del pueblo’), es decir, la expresión política del Volkgeist, la supuesta comunidad primordial homogénea y unida por sentimientos comunes, constituida en estado-imperio, es decir, con voluntad de expandirse y de explotar territorios y grupos humanos ‘otros’. Cualquier parecido con el socialismo es pura casualidad, más allá del nombre, por supuesto...
Pequeño paréntesis. Los nominalismos, tan de moda ahora aquí por tierras catalanas, son un tipo más de idealismo extremo que no se centra en los hechos y las acciones, sino en las invocaciones vaporosas, los postureos, lemas, eslóganes, citas y titulares. Cierro paréntesis.
Para acabar, me centraré en el vínculo entre nazismo y capitalismo antes comentado, y que permanece oculto tras la doble falsedad que he indicado: el capitalismo es refractario al estado (regulación, control, totalitarismo), y el nazismo comparte con el socialismo su condición estatalista y totalitaria. Lo haré basándome en un libro del antropólogo Claude Meillassoux que leí en 1994: Granjas, mujeres y capitales (primera edición, en francés, de 1975), en concreto en las páginas 197 y 198.
Lo citaré literalmente, y con ello daré por finalizadas estas brevísimas reflexiones, ya que poco más puedo añadir ante la contundencia de las palabras de Meillassoux, fallecido en 2005. Que vaya en honor a su memoria esta referencia:


“Reducido a sus fronteras nacionales por el Tratado de Versalles, el imperialismo alemán trató de colonizar Europa y aplicarle los métodos imperialistas de superexplotación del trabajo, con una fuerza tanto mayor por cuanto se aplicaban a poblaciones industrializadas y así más aptas para organizarse, en una circunstancia histórica –la guerra total- que mostró así su verdadera esencia. Una parte de la fuerza de trabajo de la Alemania nazi era reproducida según el sistema de las migraciones temporarias, mediante el régimen del servicio obligatorio del trabajo; otra parte, por una emigración definitiva y fatal. Los campos de concentración, de los que a veces se olvida que eran campos de trabajo, fueron los lugares de la explotación capitalista llevada a su extremo lógico. Proveedores de mano de obra casi gratuita para los Krupp, Thyssen, I. G. Farben y otros, dichos campos eran alimentados por hombres, mujeres y niños reclutados a través de una Europa colonizada, explotados hasta la usura física y liquidados físicamente desde el momento en que eran incapaces de trabajar, ahorrándole al capitalismo alemán el costo del mantenimiento y la carga de los trabajadores enfermos, impedidos o demasiado viejos”

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