NACIONALISMO o INTERNACIONALISMO:
CUESTIÓN DE MATICES
CUESTIÓN DE MATICES
O de la diferencia entre proclamarse herederos
de Jaime Iº o de Espartaco…
de Jaime Iº o de Espartaco…
“Sólo gente miope puede
encontrar inoportunas o superfluas las
discusiones
fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices.
De la consolidación de
tal o cual «matiz» puede depender el
porvenir (…)”
LENIN, Vl. I. Uliànov, (1902), “¿Qué hacer?”, texto recogido
en:
Lenin. Obras
Escogidas. 1, Éditions de la Librairie du Globe, París, 1972, página 32
Los matices, en efecto, importan. Y mucho. Resulta tarea urgente
resignificar conceptos y definir el significado de las palabras que crean
realidades a través de los efectos que puedan generar. Por eso mismo creo que convendría
diferenciar nacionalismo (esencialista) de internacionalismo.
No es que no sean lo mismo: es que son antagónicos. Pero lo son solo si,
realmente, tomamos en cuenta sus contenidos, los conceptos que los caracterizan
y, muy especialmente, SU USO. Para qué se utilizan.
El internacionalismo (o nacionalismo no-esencialista, si se prefiere)
tiene como sujeto a liberar el pueblo.
Entendiendo el significante pueblo no
como un ente abstracto con contenidos ‘culturales’, ni como la supuesta ‘comunidad’
que sería su plasmación en un territorio ‘propio’, sino como el pueblo
trabajador: la clase obrera y sus aliados. La gente concreta, en la acción
social real. La población que vive en un espacio social.
Considero que es importante el matiz: población es decir, ethnos, concepto que antes de ser usado
en algunos idiomas, y por determinados profesionales (erróneamente), como sinónimo de ‘raza’, se aplicaba
(y se aplica) en sentido laxo y amplio a las poblaciones, a los ecosistemas
sociales: biocenosis, no hipóstasis divinas ni prolongaciones autóctonas de
míticos antepasados carolingios que han legado su ADN cultural; esto último se
refiere al caso catalán, pero es aplicable a casi todos los nacionalismos
esencialistas.
Doy por imposible revertir en poco tiempo el profundo anclaje negativo
que se encuentra comúnmente asociado a todo lo que lleve el vocablo ‘etno’, y
prefiero usar otros sinónimos que no lleven a equívoco: pueblo intercultural, o
pueblo a secas, ya que la primera definición es redundante.[1]
Así pues, por un lado tenemos un nacionalismo identitario, esencialista
y geneticista, centrado en formas de ser y caracteres colectivos, en lenguas compartidas
que generan una ‘visión del mundo’ única de la cual participar y comulgar, en
mitos-historias medievales que perviven sin hiato, en genes y en apellidos, un
nacionalismo que fácilmente tiende a la xenofobia y al racismo, todo sea
dicho…. Por el otro lado, tenemos un nacionalismo que se basa en la libertad de
la sociedad (a nivel local e internacional).
El primero tiene a la 'nación-identidad' como fetiche, esa invención de
las clases privilegiadas que se sitúa fuera (o, mejor, por encima) de las
poblaciones. Un ente místico, ideológico, ya que oculta las relaciones sociales
reales y se perpetua el dominio de los poderosos.
El segundo, el internacionalismo, pone, o debería poner en pie de
igualdad a todos los pueblos, y reclama la libertad popular. Sí: la libertad
popular. No la libertad para masacrar al pueblo, que es lo que el capitalismo
siempre ha considerado ‘libertad’. Y que es, precisamente, lo que
consideran como ‘libertad’ algunos que
dicen ‘Visca Catalunya lliure’
manipulando legítimas aspiraciones para continuar con sus privilegios. Aquí,
por tierras catalanas, lo llevamos sufriendo en primera piel tras la masacre
contra el pueblo trabajador, todavía en curso, perpetrada desde hace cinco años
con una inquina casi macabra por Convergència y satélites. Prosigamos pero, antes, un paréntesis
necesario: que una sociedad, que un pueblo, que una población, sea cual sea, se
libre de la opresión (hoy en día, representada, sin duda, por el capitalismo),
es o debe ser el objetivo a perseguir por todo internacionalista. Celebrar que
un pueblo, en este caso el catalán, continúe masacrado por el capitalismo
global y por los capitalistas ‘autóctonos’, no es internacionalismo.
Cierro el paréntesis pero retomo lo dicho, y vuelvo a subrayar que estamos
hablando de cosas muy pero que muy distintas. Recordemos la diferencia entre significante-significado,
y la importancia de no confundirlos. Habrá quienes se puedan proclamar como
internacionalistas, usar ese significante a diestro y siniestro, pero ser, en
realidad, en los hechos (que es lo que importa), muy poco internacionalistas. O
nada. Como aquellos que, y perdón, pero vuelvo a poner el ejemplo de Cataluña, parezca
como si se hubiesen alegrado porque el pueblo trabajador catalán siga sufriendo
la masacre diaria en manos del ultracapitalismo nacionalista versión
‘carolingia’[2]. Y que, por si fuera poco,
feliciten públicamente al poble català
por ello. Si fuese así, sería de tal
cinismo que rozaría lo sádico. [3]
Pero no. No es así. Ni es ni cinismo ni es sadismo. Todo tiene
explicación, y para mí es esta: ciertos autodenominados ‘internacionalista’'
son, en realidad, nacionalistas esencialistas. Usan un significante dotándolo
de significados muy distintos. Son, en realidad, nacionalistas que consideran
la ‘nación’ o el ‘pueblo’ como aquello de lo que ya hemos hablado, es decir,
una entidad mística que sería el precipitado de una historia que hubiera
amoldado un 'carácter' propio, una lengua 'propia', una 'cultura' también
propia, etc.. En breve: atribuyen en exclusiva el continente-significante pueblo catalán no al pueblo trabajador
de Cataluña, sino a la comunidad cultural
construida durante el proceso de modernización por parte de los grupos dominantes
para asegurar su dominio. Lo que son las cosas, ¿verdad?...
Se defiende, pues, un ente místico construido tras haber ido laminando la
rica complejidad ‘cultural’ del territorio a ‘nacionalizar’, es decir, a
homogeneizar. Tras haber tratado de convertir el pueblo intercultural en estado identitario. Sí, en ‘estado’ en
el sentido de que se transforma el fluir
social en un estado, en el
sentido de ente estático con límites
claros e internamente homogéneo, una totalidad integrada, con una ‘cultura’ y
una ‘lengua’, coherente, con un solo sentimiento, formado por comunión de sus
miembros, plasmándose en una imagen unificadora. Una “comunidad humana”, como
no hace mucho dijo el “egregio” virrey carolingio Puigdemont…
¿Para qué? En sus inicios, para crear un ‘mercado nacional’, para
asegurar el Orden y la Organización de las poblaciones (ta ethné) y su uniformización y jerarquización.
¿Para qué? Entre otras cosas, cara poder tener disponible una ‘ratio’ a
partir de la cual poder excluir y explotar en base a su mayor o menor cercanía
a la cumbre de la taxonomía jerárquica, basada en ‘contenidos culturales’ que
irían de más ‘civilizado’ a menos, de más ‘racional’ a menos dotado de
capacidad de raciocinio, etc. La retahíla de concatenaciones es casi infinita.
Sigamos, y recapitulemos.
Considero que existen dos formas antagónicas de dotar de significado al
significante ‘pueblo’, o ‘nación’, o incluso ‘nacionalismo’:
- Una, que podríamos denominar ‘internacionalista’, pone el acento en la libertad del pueblo trabajador, de las clases populares, del pueblo intercultural, en constante fluir, dinámico, que surge de la acción social a ras de suelo, en contacto permanente con las condiciones materiales de la existencia, de la población constituida por gentes con intereses, lógicas y necesidades concretas, situadas en el ahora-y-aquí, en la vida cotidiana. Y situadas debajo (sí: debajo, al menos todavía) de las clases privilegiadas. Hoy en día: los capitalistas locales y sus partenaires de la casta financiera internacional. Cabe subrayar la actualidad que tiene hoy en día el internacionalismo, más que nunca: el capitalismo es internacional. La lucha anticapitalista será internacional o no será.
- La otra forma de inyectar significado al significante ‘pueblo’ o ‘nación’, es la del nacionalismo identitario que, quiero creer que, a veces, sin pretenderlo (como mínimo conscientemente), hace el juego a los capitalistas situados por encima del pueblo trabajador, tal y como acabo de caracterizarlo hace un momento. Más aún: rinden pleitesía, adoran y deifican un solo objetivo, al cual someter todos los demás: la ‘identidad cultural’ esencialista creada por los antepasados de los actuales explotadores. Pretenden ‘liberar’ una entidad abstracta y mística emparentada con el Volkgeist (‘espíritu del pueblo’), o directamente unida a ella en el caso catalán, que es el que conozco mejor. Y sacrificar todo lo demás a esa sacrosanta finalidad...
Pero no se vayan todavía, que hay más. Me centraré de nuevo en Cataluña,
pero se puede aplicar donde sea: a inicios de enero de 2016, dicho nacionalismo
esencialista (que, de facto, es antiinternacionalista) celebró con
alegría y entusiasmo la continuación de la masacre de las clases populares.
‘Internacionalistas’ castellanos, vascos, aragoneses, etc. Y es que se
sacrificó la libertad real del pueblo trabajador catalán por algo que
consideran más ‘sagrado’, por un objetivo que parece ser que creen que es mucho
más elevado y excelso que el de liberar al pueblo trabajador de su postración
escandalosa. Insisto: ese objetivo, por el cual sacrificar cualquier cosa, no sería
otro que el de ‘salvar’ a una entidad, ‘la comunidad cultural’ que, además de
no existir, es un artefacto ideológico generado con la finalidad de asegurar el
dominio sobre las poblaciones sobre las cuales se pretende imponer dicho ‘molde
nacional’.
Vamos a ver: no importa que una ‘tradición’ sea inventada o no. Todas lo
son. Toda nación es, siempre, una construcción social. Como todo. Lo que importa,
otra vez, es el ¿para qué?. Sus
usos. Su utilización. ¿Para qué se inventó esa comunidad cultural en, el caso que nos ocupa, Cataluña? Pues para
lo mismo que sirve hoy: para defender los intereses y privilegios de los
poderosos, de las clases capitalistas.
Creo que los supuestos ‘internacionalistas’ que recién comenzado el 2016
destilaron entusiasmo por una nominal ‘liberación’ del pueblo catalán, deberían
de ser conscientes de que el internacionalismo no consiste en luchar o
alegrarse por liberar a los capitalistas de tal o cual sitio para que prosigan
su tarea de explotar y excluir al pueblo trabajador.
El internacionalismo tiene que centrarse en luchar por la liberación de
esos pueblos y de sus gentes, sin disociar artificialmente sociedad de pueblo, ya
que toda liberación popular-nacional es, siempre, una liberación social.
Todo eso hace mucho tiempo que tiene un nombre. Se llama... lucha de
clases… ¿Os suena?