dissabte, 20 de febrer del 2016

NACIONALISMO o INTERNACIONALISMO: 
CUESTIÓN DE MATICES
O de la diferencia entre proclamarse herederos 
de Jaime Iº o de Espartaco…



Joan Manuel Cabezas



“Sólo gente miope puede encontrar inoportunas o superfluas las
discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices.
De la consolidación de tal o cual «matiz» puede depender el porvenir (…)”

LENIN, Vl. I. Uliànov, (1902), “¿Qué hacer?”, texto recogido en:
Lenin. Obras Escogidas. 1, Éditions de la Librairie du Globe, París, 1972, página 32




Los matices, en efecto, importan. Y mucho. Resulta tarea urgente resignificar conceptos y definir el significado de las palabras que crean realidades a través de los efectos que puedan generar. Por eso mismo creo que convendría diferenciar nacionalismo (esencialista) de internacionalismo.
No es que no sean lo mismo: es que son antagónicos. Pero lo son solo si, realmente, tomamos en cuenta sus contenidos, los conceptos que los caracterizan y, muy especialmente, SU USO. Para qué se utilizan.
El internacionalismo (o nacionalismo no-esencialista, si se prefiere) tiene como sujeto a liberar el pueblo. Entendiendo el significante pueblo no como un ente abstracto con contenidos ‘culturales’, ni como la supuesta ‘comunidad’ que sería su plasmación en un territorio ‘propio’, sino como el pueblo trabajador: la clase obrera y sus aliados. La gente concreta, en la acción social real. La población que vive en un espacio social.
Considero que es importante el matiz: población es decir, ethnos, concepto que antes de ser usado en algunos idiomas, y por determinados profesionales  (erróneamente), como sinónimo de ‘raza’, se aplicaba (y se aplica) en sentido laxo y amplio a las poblaciones, a los ecosistemas sociales: biocenosis, no hipóstasis divinas ni prolongaciones autóctonas de míticos antepasados carolingios que han legado su ADN cultural; esto último se refiere al caso catalán, pero es aplicable a casi todos los nacionalismos esencialistas.
Doy por imposible revertir en poco tiempo el profundo anclaje negativo que se encuentra comúnmente asociado a todo lo que lleve el vocablo ‘etno’, y prefiero usar otros sinónimos que no lleven a equívoco: pueblo intercultural, o pueblo a secas, ya que la primera definición es redundante.[1]
Así pues, por un lado tenemos un nacionalismo identitario, esencialista y geneticista, centrado en formas de ser y caracteres colectivos, en lenguas compartidas que generan una ‘visión del mundo’ única de la cual participar y comulgar, en mitos-historias medievales que perviven sin hiato, en genes y en apellidos, un nacionalismo que fácilmente tiende a la xenofobia y al racismo, todo sea dicho…. Por el otro lado, tenemos un nacionalismo que se basa en la libertad de la sociedad (a nivel local e internacional).
El primero tiene a la 'nación-identidad' como fetiche, esa invención de las clases privilegiadas que se sitúa fuera (o, mejor, por encima) de las poblaciones. Un ente místico, ideológico, ya que oculta las relaciones sociales reales y se perpetua el dominio de los poderosos.
El segundo, el internacionalismo, pone, o debería poner en pie de igualdad a todos los pueblos, y reclama la libertad popular. Sí: la libertad popular. No la libertad para masacrar al pueblo, que es lo que el capitalismo siempre ha considerado ‘libertad’. Y que es, precisamente, lo que consideran  como ‘libertad’ algunos que dicen ‘Visca Catalunya lliure’ manipulando legítimas aspiraciones para continuar con sus privilegios. Aquí, por tierras catalanas, lo llevamos sufriendo en primera piel tras la masacre contra el pueblo trabajador, todavía en curso, perpetrada desde hace cinco años con una inquina casi macabra por Convergència y satélites.  Prosigamos pero, antes, un paréntesis necesario: que una sociedad, que un pueblo, que una población, sea cual sea, se libre de la opresión (hoy en día, representada, sin duda, por el capitalismo), es o debe ser el objetivo a perseguir por todo internacionalista. Celebrar que un pueblo, en este caso el catalán, continúe masacrado por el capitalismo global y por los capitalistas ‘autóctonos’, no es internacionalismo.
Cierro el paréntesis pero retomo lo dicho, y vuelvo a subrayar que estamos hablando de cosas muy pero que muy distintas. Recordemos la diferencia entre significante-significado, y la importancia de no confundirlos. Habrá quienes se puedan proclamar como internacionalistas, usar ese significante a diestro y siniestro, pero ser, en realidad, en los hechos (que es lo que importa), muy poco internacionalistas. O nada. Como aquellos que, y perdón, pero vuelvo a poner el ejemplo de Cataluña, parezca como si se hubiesen alegrado porque el pueblo trabajador catalán siga sufriendo la masacre diaria en manos del ultracapitalismo nacionalista versión ‘carolingia’[2]. Y que, por si fuera poco, feliciten públicamente al poble català por ello.  Si fuese así, sería de tal cinismo que rozaría lo sádico. [3]
Pero no. No es así. Ni es ni cinismo ni es sadismo. Todo tiene explicación, y para mí es esta: ciertos autodenominados ‘internacionalista’' son, en realidad, nacionalistas esencialistas. Usan un significante dotándolo de significados muy distintos. Son, en realidad, nacionalistas que consideran la ‘nación’ o el ‘pueblo’ como aquello de lo que ya hemos hablado, es decir, una entidad mística que sería el precipitado de una historia que hubiera amoldado un 'carácter' propio, una lengua 'propia', una 'cultura' también propia, etc.. En breve: atribuyen en exclusiva el continente-significante pueblo catalán no al pueblo trabajador de Cataluña, sino a la comunidad cultural construida durante el proceso de modernización por parte de los grupos dominantes para asegurar su dominio. Lo que son las cosas, ¿verdad?...
Se defiende, pues, un ente místico construido tras haber ido laminando la rica complejidad ‘cultural’ del territorio a ‘nacionalizar’, es decir, a homogeneizar. Tras haber tratado de convertir el pueblo intercultural en estado identitario. Sí, en ‘estado’ en el sentido de que se transforma el fluir social en un estado, en el sentido de ente estático con límites claros e internamente homogéneo, una totalidad integrada, con una ‘cultura’ y una ‘lengua’, coherente, con un solo sentimiento, formado por comunión de sus miembros, plasmándose en una imagen unificadora. Una “comunidad humana”, como no hace mucho dijo el “egregio” virrey carolingio Puigdemont…
¿Para qué? En sus inicios, para crear un ‘mercado nacional’, para asegurar el Orden y la Organización de las poblaciones (ta ethné) y su uniformización y jerarquización.
¿Para qué? Entre otras cosas, cara poder tener disponible una ‘ratio’ a partir de la cual poder excluir y explotar en base a su mayor o menor cercanía a la cumbre de la taxonomía jerárquica, basada en ‘contenidos culturales’ que irían de más ‘civilizado’ a menos, de más ‘racional’ a menos dotado de capacidad de raciocinio, etc. La retahíla de concatenaciones es casi infinita. Sigamos, y recapitulemos.
Considero que existen dos formas antagónicas de dotar de significado al significante ‘pueblo’, o ‘nación’, o incluso ‘nacionalismo’:

  • Una, que podríamos denominar ‘internacionalista’, pone el acento en la libertad del pueblo trabajador, de las clases populares, del pueblo intercultural, en constante fluir, dinámico, que surge de la acción social a ras de suelo, en contacto permanente con las condiciones materiales de la existencia, de la población constituida por gentes con intereses, lógicas y necesidades concretas, situadas en el ahora-y-aquí, en la vida cotidiana. Y situadas debajo (sí: debajo, al menos todavía) de las clases privilegiadas. Hoy en día: los capitalistas locales y sus partenaires de la casta financiera internacional. Cabe subrayar la actualidad que tiene hoy en día el internacionalismo, más que nunca: el capitalismo es internacional. La lucha anticapitalista será internacional o no será.

  • La otra forma de inyectar significado al significante ‘pueblo’ o ‘nación’, es la del nacionalismo identitario que, quiero creer que, a veces, sin pretenderlo (como mínimo conscientemente), hace el juego a los capitalistas situados por encima del pueblo trabajador, tal y como acabo de caracterizarlo hace un momento. Más aún: rinden pleitesía, adoran y deifican un solo objetivo, al cual someter todos los demás: la ‘identidad cultural’ esencialista creada por los antepasados de los actuales explotadores. Pretenden ‘liberar’ una entidad abstracta y mística emparentada con el Volkgeist (‘espíritu del pueblo’), o directamente unida a ella en el caso catalán, que es el que conozco mejor. Y sacrificar todo lo demás a esa sacrosanta finalidad...

Pero no se vayan todavía, que hay más. Me centraré de nuevo en Cataluña, pero se puede aplicar donde sea: a inicios de enero de 2016, dicho nacionalismo esencialista (que, de facto, es antiinternacionalista) celebró con alegría y entusiasmo la continuación de la masacre de las clases populares. ‘Internacionalistas’ castellanos, vascos, aragoneses, etc. Y es que se sacrificó la libertad real del pueblo trabajador catalán por algo que consideran más ‘sagrado’, por un objetivo que parece ser que creen que es mucho más elevado y excelso que el de liberar al pueblo trabajador de su postración escandalosa. Insisto: ese objetivo, por el cual sacrificar cualquier cosa, no sería otro que el de ‘salvar’ a una entidad, ‘la comunidad cultural’ que, además de no existir, es un artefacto ideológico generado con la finalidad de asegurar el dominio sobre las poblaciones sobre las cuales se pretende imponer dicho ‘molde nacional’.
Vamos a ver: no importa que una ‘tradición’ sea inventada o no. Todas lo son. Toda nación es, siempre, una construcción social. Como todo. Lo que importa, otra vez, es el ¿para qué?. Sus usos. Su utilización. ¿Para qué se inventó esa comunidad cultural en, el caso que nos ocupa, Cataluña? Pues para lo mismo que sirve hoy: para defender los intereses y privilegios de los poderosos, de las clases capitalistas.
Creo que los supuestos ‘internacionalistas’ que recién comenzado el 2016 destilaron entusiasmo por una nominal ‘liberación’ del pueblo catalán, deberían de ser conscientes de que el internacionalismo no consiste en luchar o alegrarse por liberar a los capitalistas de tal o cual sitio para que prosigan su tarea de explotar y excluir al pueblo trabajador.  
El internacionalismo tiene que centrarse en luchar por la liberación de esos pueblos y de sus gentes, sin disociar artificialmente sociedad de pueblo, ya que toda liberación popular-nacional es, siempre, una liberación social.
Todo eso hace mucho tiempo que tiene un nombre. Se llama... lucha de clases… ¿Os suena?

dilluns, 15 de febrer del 2016

UNIDAD POPULAR Y PUEBLO :
¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

Joan Manuel Cabezas



Cuando se habla de 'unidad popular' o de 'pueblo', es básico definir y dotar de un significado claro al continente 'pueblo' y su derivado genitivo, 'popular' ('del pueblo').

Los nacionalistas esencialistas consideran que el 'pueblo' es sinónimo de 'nación' en sentido primordialista, culturalista e historicista-geneticista: una 'nación' sería un conjunto abstraido del sistema social real (del ahora-y-aquí de la acción cotidiana), una entidad metafísica dotada de unas características (Geist, 'carácter', 'forma de ser') que son el precipitado del primordialismo-historicismo antes indicado.
De arriba hacia abajo (porque se trata de un movimiento de arriba hacia abajo, por mucha retórica y mucho nominalismo que empleen los esencialistas de 'izquierdas') se trata de amoldar la sociedad real, el flujo permanente de diversas formas de decir, hacer y pensar, a la parrilla clasificatoria dispuesta por los nacionalistas que construyeron la 'estructura identitaria nacional' en base a los intereses hegemónicos de los privilegiados, escogiendo determinados items y desechando otro, inventándolos, redefiniéndolos, o manipulándolos.
Como resultado, una ideología y unos dispositivos simbólicos que dan forma a una 'ratio' con la cual dividir jerárquicamente a quienes se hallen fuera de la 'nación-identidad', unas herramientas conceptuales siempre a mano para justificar, a posteriori, como 'disfunciones culturales' o 'problemas culturales', lo que son mecanismos de dominación, explotación y exclusión, de origen político, económico y social, jamás 'cultural'.
'Popular', para este punto de vista, sería todo lo referente a ese 'pueblo', pero siempre y cuando estuviese presente en el territorio 'nacional' antes de que se construyese el engranaje identitaro o 'estructura cultural propia'. La 'unidad popular', pues, excluiría, se diga o no, a todos los colectivos y todos los sistemas de hacer, decir o pensar vistos desde la 'identidad autóctona' como 'otros', ya que no encajan en lo que a priori se considera la 'nación normal', el 'pueblo' anclado históricamente, en el caso catalán, en la época carolingia, cuyo Volkgeist ha llegado hasta la actualidad sin hiato alguno.
Los 'otros' como mucho se podrían 'incorporar' al 'cuerpo nacional' o comunidad/pueblo identitario, siempre y cuando se asimilasen al mismo, a pesar de que se presume que jamás lo conseguirán plenamente y siempre tendrán la 'tara' o estigma de su origen 'otro'. Esta concepción, además, trata de sublimar la existencia no solo de clases sociales, sino también de antagonismos entre ellas: lo importante es la comunidad de sangre/cultura/historia, un mismo sentimiento y forma de ser, una misma lengua y una homogenea manera de ver el mundo (Weltanschaaung).
En el caso de Cataluña y del País Vasco la influencia del nacionalismo culturalista alemán es evidente incluso en determinados ámbitos izquierdistas, imbuidos por una visión totalmente esencialista de los grupos etnonacionales que tiene su matriz en la apropiación estalinista[1] de ese nacionalismo idealista, místico y romántico. Por ejemplo, hoy en día perdura en determinadas corrientes de la CUP y de Bildu, incluyendo algunos sectores autodenominados como ‘marxista-leninistas’.

Un significado absolutamente distinto de 'pueblo' y de 'popular' , antagónico de hecho al que acabamos de caracterizar, es el que nosotros defendemos, y que considera, primero de todo, que el contenido… no existe. No hay nada a lo que 'integrarse' ni ninguna comunidad a la 'incorporarse'. No hay ninguna ‘substancia’ previa de origen histórico, cultural, psicológico, genético o territorial.
Nuestro concepto de ‘pueblo’ se basa en no tener identidad, o en tener una identidad de nivel simbólico cero. Estar en el espacio de coexistencia común ya implica formar parte del pueblo. Lengua, 'religión', procedencia, 'cultura', ascendencia histórico-genética, 'forma de ser', no importan nada.
La única condición para ser parte del ‘pueblo’ y, por lo tanto, poder integrar la unidad ‘popular’, es se parte de la población que constituye la ‘biocenosis social’ del lugar, en estar ubicado en el ecosistema social de un espacio concreto.
Eso es el pueblo: un ecosistema social o etnosistema, formado por grupos sociales diversos, en fluir constante, interactuando, surgiendo de la propia interacción, siendo producto de las relaciones que ellos mismos generar y, al fin y al cabo, deviniendo pura relación, un vínculo vacío por donde circulen constantemente el conjunto de interconexiones que constituye el sistema social intercultural.
Diverso y complejo. Con un uso concreto de los recursos simbólicos de la diversidad: no para jerarquizar, excluir, estigmatizar y dividir a los de una misma clase social (la clase trabajadora), sino para unirlos y para utilizar las diferentes potencialidades con el fin de subvertir, de raíz, el sistema de explotación basado en el racismo, la xenofobia que es el capitalismo.
El pueblo y lo popular brotan, por así decir, del plano de la horizontalidad. La unidad popular, por tanto, se construiría de forma totalmente distinta a como propondría la anterior visión: es un movimiento ascendente, de abajo hacia arriba.
La liberación popular es, por lo tanto, idéntica a la liberación social. Hablar de ‘libertad nacional’ como de algo diferente a la ‘libertad social’ solo se puede hacer siguiendo el paradigma descrito en la primera parte de este texto. Una liberación popular es siempre, a la vez, nacional y social. Nacional-popular, en términos gramscianos. Una nación, entendida como ‘pueblo intercultural’ y no como ‘comunidad cultural’, es la expresión del sistema social desde la base, no una entidad exenta que se le superpone.
Desde el punto de vista ‘cultural’, psicológico-temperamental, histórico-mítico, religioso, territorial, comunitario-sentimental, no existiría, a nuestro entender, ni pueblo ni popular, ni mucho menos una potencial construcción popular, ya que no habría nada que construir al estar todo dado, cual hipóstasis de alguna materia o energía primordial casi divina.
Lo que haría digamos que ‘coagular’ al pueblo es compartir una forma de vida, vivida de forma siempre diferenciada (pero no desigual) en un espacio-tiempo, en un contexto local específico, ya que sería en el ámbito de lo local donde su configuración social sería más evidente.
La miríada formada por dichas modulaciones locales sería lo popular, el pueblo. Ningún cemento ‘cultural’ hace falta para unir a lo que está unido por su condición de formar parte de un pueblo cuya argamasa básica, lejos de ser mística y cultural, es política, social y económica. Y es que el pueblo también puede ser definido como la clase obrera y sus aliados.
Ante él o, mejor dicho, por encima de él, las clases que les son antagónicas. Las clases constituidas, lo que son las cosas, por los descendientes de los que, tiempo atrás, construyeron la mística ‘nación-identidad’. ¿Quien sería clase antagónica con las clases populares?: hoy en día, sin duda, la casta financiera[2] global y sus imprescindibles aliados locales. Que, más que formar parte del pueblo, son más bien sus enemigos…



[1] Manuel Delgado (1998) Diversitat i integració, Ed. Empúries, Barcelona, pág. 24
[2] Xavier Domènech Sampere (2014) Hegemonías. Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013), Akal, Madrid, pág. 124

dijous, 4 de febrer del 2016

CAPITALISMO, NAZISMO Y SOCIALISMO.- 
Breves reflexiones



                                              Joan Manuel Cabezas
Doctor en Antropología Social
           joanmanuel.cabezas@gmail.com
        www.etnosistema.com





Estoy preparando una conferencia sobre Namibia y, cosas del azar, me ha venido cual fogonazo un pensamiento a la mente, a colación de la política de apartheid que también se intentó implantar en esa zona del mundo.
El apartheid solo fue una forma hiperbólica de plasmar en el territorio el doble mercado de trabajo del que depende el sistema capitalista: una población trabajadora ‘estable’ o ‘integrada’, que se reproduce por entero dentro de dicho sistema, y una población temporal, inestable, no-integrada, que se reproduce fuera, ya sea porque ha migrado, ya sea porque están circunscritas en otros lugares (los ‘bantustanes’, en el caso del apartheid).
El racismo funciona como ideología que permite la continuidad de dicho sistema y, además, contribuye a impedir la coagulación de la conciencia de clase al oponer a los emigrados los autóctonos y otros emigrados. Aquí la coartada cultural es básica para sacralizar/naturalizar desigualdades y explotaciones de origen político y económico, y ocultar las relaciones reales.
De ahí he pasado a estrujarme un poco la sesera con el tema (recurrente) de que el capitalismo es lo contrario del estado, cuando la realidad es absolutamente diferente, tal y como acabamos de comentar, por ejemplo, con el mantenimiento del doble mercado de trabajo. El capitalismo ha ido siempre de la mano del estado de tal manera que sin él no duraría ni tres segundos. Y lo mismo se puede decir del ultracapitalismo, también llamado ‘neoliberalismo’.
Los que falsean la realidad y distinguen ‘estatalismo’ de ‘capitalismo’ suelen poner dentro del mismo ámbito estatalista (y totalitario) al socialismo y al nazismo. Es todo lo contrario: el nazismo es el que debe de estar circumscrito en el mismo ámbito o territorio que el capitalismo.
Primera gran mentira: el nazismo no era un ‘socialismo’ nacional. De hecho, no era ‘socialista’, sino comunitarista, basado en la idea de Gemeinschaft o comunidad imaginaria (que jamás existió) centrada en lazos culturales-lingüísticos-históricos (racialización y genetización de la sociedad). El nacionalismo identitario también se basa en dicha superstición, es decir, en esa ideología que trata de sublimar (de nuevo) la relaciones sociales reales y de superar los antagonismos de clases en base a un ideal ‘superior’: la ‘nación’, ‘comunidad’ o ‘pueblo’, no como tal (es decir, como sociedad compleja que brota cada día), sino como entidad abstracta, metafísica y fetichizada, ya que es puesta al margen de los vaivenes de la realidad y de los vientos de la acción social ahora y aquí.
Insisto: el ‘nazismo’ no fue para nada ‘socialista’, lo que sí que fue es capitalista y nacionalista identitario. El ‘socialismo’ para Hitler no era esa etapa de transición hacia el comunismo caracterizada por la propiedad colectiva de los medios de producción. En absoluto. Ese ‘socialismo’ (nacional) era una Volksgemeinschaft (‘comunidad del pueblo’), es decir, la expresión política del Volkgeist, la supuesta comunidad primordial homogénea y unida por sentimientos comunes, constituida en estado-imperio, es decir, con voluntad de expandirse y de explotar territorios y grupos humanos ‘otros’. Cualquier parecido con el socialismo es pura casualidad, más allá del nombre, por supuesto...
Pequeño paréntesis. Los nominalismos, tan de moda ahora aquí por tierras catalanas, son un tipo más de idealismo extremo que no se centra en los hechos y las acciones, sino en las invocaciones vaporosas, los postureos, lemas, eslóganes, citas y titulares. Cierro paréntesis.
Para acabar, me centraré en el vínculo entre nazismo y capitalismo antes comentado, y que permanece oculto tras la doble falsedad que he indicado: el capitalismo es refractario al estado (regulación, control, totalitarismo), y el nazismo comparte con el socialismo su condición estatalista y totalitaria. Lo haré basándome en un libro del antropólogo Claude Meillassoux que leí en 1994: Granjas, mujeres y capitales (primera edición, en francés, de 1975), en concreto en las páginas 197 y 198.
Lo citaré literalmente, y con ello daré por finalizadas estas brevísimas reflexiones, ya que poco más puedo añadir ante la contundencia de las palabras de Meillassoux, fallecido en 2005. Que vaya en honor a su memoria esta referencia:


“Reducido a sus fronteras nacionales por el Tratado de Versalles, el imperialismo alemán trató de colonizar Europa y aplicarle los métodos imperialistas de superexplotación del trabajo, con una fuerza tanto mayor por cuanto se aplicaban a poblaciones industrializadas y así más aptas para organizarse, en una circunstancia histórica –la guerra total- que mostró así su verdadera esencia. Una parte de la fuerza de trabajo de la Alemania nazi era reproducida según el sistema de las migraciones temporarias, mediante el régimen del servicio obligatorio del trabajo; otra parte, por una emigración definitiva y fatal. Los campos de concentración, de los que a veces se olvida que eran campos de trabajo, fueron los lugares de la explotación capitalista llevada a su extremo lógico. Proveedores de mano de obra casi gratuita para los Krupp, Thyssen, I. G. Farben y otros, dichos campos eran alimentados por hombres, mujeres y niños reclutados a través de una Europa colonizada, explotados hasta la usura física y liquidados físicamente desde el momento en que eran incapaces de trabajar, ahorrándole al capitalismo alemán el costo del mantenimiento y la carga de los trabajadores enfermos, impedidos o demasiado viejos”