EL CAGA-TIÓ EN BURKINA FASO.
RACISMO CULTURAL Y CIUDADANISMO VACÍO
EN LA PRESUNTA GESTIÓN DE LA DIVERSIDAD EN CATALUÑA[1]
Doctor
en Antropología Social
Coordinador
de la consultoría ETNOSISTEMA
Introducción
Durante
el transcurso de una reunión con personas de diversos ámbitos y campos del
conocimiento, introduje una temática que me hizo corroborar la persistencia del
esencialismo cultural en tierras catalanas, incluso en mentes y geografías del
pensamiento situadas, nominalmente, en esferas ‘progresistas’ o, cuando menos,
teóricamente (sólo teóricamente) alejadas del nacionalismo reaccionario de raíz novecentista,
culturalista, historicista, geneticista (culto a la pureza de linaje), nítidamente xenófobo.
Digamos
que cometí la osadía de explicitar las implicaciones de mi posición ante la
pluralidad social, posición que conceptualicé durante mi tesis doctoral como teoría
de los etnosistemas. Con ese concepto traté de sublimar tanto la idea
substantivista de ‘Cultura’ como la misma idea de ‘cultura’, incluso
desesencializada, apuntando al uso estratégico que se ha hecho, y se hace, de
la misma, con el fin de convertir en legítima e inapelable la existencia de
desigualdades, explotaciones, exclusiones e injusticias, las cuales eran
remitidas a supuestos problemas ‘culturales’.
Unas
cuestiones ‘culturales’, casi biologizadas y racializadas, a la vez que a menudo
imbuidas de componentes metafísicos de nueva índole, y que convierten en sentido común la peligrosidad de la ‘distancia
cultural’ (“somos muy diferentes...”),
la naturalidad inamobible de las
idiosincrasias, caracteres y costumbres ...
¿Que
se me ocurrió decir? Pues que si, desde mi punto de vista, un espacio social
acoge un etnosistema (plural, dinámico, metamórfico y multireferencial), y el
conjunto de interacciones en él producidas constituyen un único pueblo, la
desembocadura lógica es que la cultura popular, entendida como sistema de recursos
simbólicos de TODO aquel pueblo, debe de incluir cualquier forma y contenido,
independientemente de su procedencia, creencia,
lengua o cosmología.
Todo
ello no es una banalidad o una boutade:
implica reconocer como formando parte constitutiva de un mismo pueblo a
personas y grupos aún hoy en día todavía mantenidos contundentemente al margen
de la sociedad política del mismo, y poner en horizontal todas las formas de
decir, hacer y pensar que coexisten en el seno del pueblo, para que sus ‘diferencias’
no sean utilizadas como justificación de ninguna desigualdad de carácter
estructural y de base económica y política. Se trata de deshacer, pues, la
coartada cultural: sacar el velo que implica su funcionamiento, y desactivarla
para que la ‘diferencia cultural’ no sea un eje estratégico, es decir, que deje
de ser usada para generar animadversiones falsamente antagónicas en el seno del
pueblo, y que deje de utilizarse para perpetuar la dominación mediante la
naturalización/sacralización en base a ‘motivos culturales’ de jerarquías,
injusticias y explotaciones...
Pero
es obvio que toqué la fibra sensible del todavía potentísimo esencialismo
cultural. Incluso en las filas de los autodenominados ciudadanistas, el pueblo no es el conjunto de los etnosistemas de un
espacio social plural, sino que se circunscribe a una serie discreta de
elementos simbólicos en posesión (nunca mejor dicho) de los autóctonos del
territorio ‘propio’.
¿Y
qué razón última se puede esgrimir? A menudo, la reductio ad absurdum, lo con frecuencia funciona si las
convicciones que se defienden están tan interiorizadas que resulta imposible
hacerlas tambalear. Así, en un momento determinado, se quiso cortar de cuajo mi
argumentación de varias maneras, apelando en algunas ocasiones al desideratum que la ‘religión’ (elemento
estanco inventado en Occidente hace poco tiempo) es un ámbito ‘privado’...
allí re[2]unidas
hicieron en relación con mi herética postura, la que mejor funcionó fue, en
última instancia, la que empleó la reductio
ad absurdum, realizando, por lo demás, un comparación muy forzada que en
otros momentos y lugares también había oído, aunque formulada en términos
diferentes: uno de los asistentes, fuera de sí cual basilisco, poseido por una
especie de ira esencialista (si se me permite la expresión), se alzó, y me
lanzó la siguiente diatriba: “¡¡¡Eso que
dices es como si ahora fuéramos cinco catalanes a hacer cagar el tió[3] en Burkina Faso, y dijéramos
que lo que hacemos es cultura popular de Burkina Faso!!!”.
He
aquí mi primera nota etnográfica de las muchas que he podido captar a través de
mis transectos por la geografía del Principado de Cataluña en los últimos años.
Quizá en el resto de las Españas pasen cosas similares, lo desconozco, y por
ello no puedo dedicar algo de espacio a dichos territorios.
Dos taras
en una: nacionalismo esencialista y ciudadanismo, doble cara de la misma moneda
La
presunta ‘gestión’ de la ‘diversidad’ en Cataluña (diversidad otra: los muy ‘diferentes’, pobres, y no-’autóctonos)
ha estado viciada desde el principio por una doble tara que no hace más que traduir
el mismo racismo cultural del nacionalismo identitario en sus dos modulaciones más
signficativas. Por un lado, el organicismo primordialista del pujolismo, muy
presente (de forma casi esperpèntica) en el actual processisme[4],
y que entronca directamente con el nacionalismo geneticista y racista del siglo
XIX, cual aberración decimonónica incrustada en pleno siglo XXI. Por otro lado,
el ‘ciudadanismo’, otra forma de nacionalismo esencialista que sacraliza a la ‘cultura’
de las clases dominantes como ámbito ‘neutro’ al cual deben plegarse las demàs formas
de decir, hacer y pensar.
La
primera ha sido claramente hegemònica en Cataluña (que, hoy en día, más bien es
dominante), la segunda ha sido su complemento, y a veces incluso ha sido
enarbolada por ciertos sectores nacional-organicistas si era menester disimular
su evidente pose organicista y culturalista (racismo cultural) en momentos en
los cuales resultava estratégico a la hora de conseguir o mantener cuotas de
poder.
Un
ejemplo contundente fue el acuerdo de mínimos denominado ‘Pacto Nacional de
Inmigración’, realizado durante el segundo ‘Tripartito’, y que, con palabrería ‘ciudadanista’
no dejaba de doblar la cerviz ante el identitarismo propio de CiU y de una
parte para nada anecdótica de las presuntas ‘izquierdas’ nacionalistas. Un clásico en la presunta ‘gestión’ de la
diversidad en Cataluña: nacionalismo identitario (es decir, racismo cultural)
pero, a veces, edulcorado con identitarismo ‘ciudadanista’. Verbigratia:
“Una cultura pública común debe fomentar la
participación del conjunto de la población joven en las redes de participación ciudadana como vía para ser reconocida
y para sentirse identificada con la cultura catalana”
(Pacto
Nacional por la Inmigración, 2008, p. 40, la negrita es nuestra).
“La cultura pública común es el espacio
compartido de comunicación, convivencia, reconocimiento y participación de
nuestra sociedad diversa diferenciada [sic], para que la nación catalana continúe
siendo el referente de toda la población que vive y trabaja”
(ibid,
p.34, la negrita es nuestra)
Ojo al dato: en un texto de 49 páginas, sale 38 veces la
expresión cultura pública común ...
La referencia
constante a una cultura catalana
remite a una esencia uniforme a la que
amoldarse, base ‘simbólica’ de la nación identitaria, pues es en esta ‘cultura’
donde hay ‘identificarse’ para formar parte de la nación ...
‘Integrarse’ dentro
de la ‘cultura catalana’, es decir, de la nación identitaria catalana
implicaría para el nacionalismo esencialista (que reduce ‘la nación’ en una
identidad cultural, es decir, metafísica), implicaría, decía, entre otras
cosas, adoptar los ‘valores’ propios de esta ‘identidad’.
Veamos: ¿valores? ¿Propios?
¿Cuáles? No importa. Los ‘valores’ son como ‘las culturas’: no significan nada, por lo tanto, pueden servir para todo ... Esta idea de
los ‘valores’, del ‘talante’, ‘idiosincrasia’ o ‘carácter nacional’, no es sólo
propia del nacionalismo reaccionario y conservador: se ha extendido por muchos
sectores de la sociedad como un hecho ‘consumado’, como algo ‘obvio’, propio de
un cierto sentido común que, por tanto, no es necesario ni siquiera discutir.
No hace mucho,
viendo un capítulo más del programa “Tot un món” de TV3, un chico senegalés
que llevaba 10 años en Cataluña y que colaboraba con una formación política de
izquierda transformadora y independentista, habló de los ‘valores’ catalanes[5]
En los últimos
decenios, el supuesto ‘carácter integrador’ de Cataluña ha repetido hasta la
náusea de una frase del antiguo presidente
de la Generalitat, Jordi Pujol[6].
Pero ha sido repetida sólo a medias, y quizás no por casualidad, pues es una
frase que implica una especie de ‘ciudadanía abierta’ y no-’etnicista’.
Se repite desde
1980 el mantra basado en una frase escrita por Jordi Pujol en 1964: “es catalán
quien vive y trabaja en Cataluña”. Y todo el mundo contento. Pero no. La
ciudadanía es un concepto jurídico-administrativo, ni volitivo ni de
adscripción personal, por mucho que se quiera convertir, como se hace en una
entidad mística, propia de la ideología ciudadanista que oculta las relaciones
sociales reales, asimétricas, así como la explotación y la exclusión, y la
existencia de una clase dominante. Muchas personas que viven y trabajan en Cataluña,
sobre todo los trabajadores llegados de muchos lugares del mundo aún más pobres
que Cataluña, no son catalanes, ni españoles, pues el poder político (estatal y
autonómico) les impide ser ‘catalanes/españoles’ en el sentido de ciudadano
estrictamente jurídico. ‘Gracias’ a ello, un millón de personas no ha podido
votar el 27-S. Excepto Cataluña Sí que es Pot, y la CUP, nadie ha dicho
absolutamente nada al respecto. Lógico: para el paradigma hegemónico son sólo gastarbeiter (‘trabajadores-huéspedes’),
no parte de la nación-identidad.[7]
Por otro lado, creo
que tal vez la frase de Jordi Pujol se recita siempre de forma incompleta de
manera consciente e interesada, a fin de ocultar su sentido real: “es catalán
todo hombre [sic] que vive y trabaja en Cataluña y que, de Cataluña haga su casa, su país, al que se incorpora y lo reconoce”(la
negrita es mía). Por lo tanto, nada de apertura como ‘rasgo característico’ de
la nación catalana creada por los nacionalistas esencialistas, la nación
identitaria con una estructuración elegida por estos nacionalistas, y a la que
se incorporarán los que quieran ser catalanes. Mucho criticar (con razón) el
jacobinismo español y francés, y resulta que el término ‘incorporar’ remite a
una asimilación jacobina ‘pura y dura.
La complejidad vista como
amenaza ...
Un
buen día me encontraba hojeando un infumable documento de los LIC[8],
y empecé a entender aquello que realmente codician los políticos, ‘técnicos’ y presuntos
profesionales de la diversidad: cosas
uniformes, recortables, claras y abstractas, es decir, bien cobijadas de la
realidad y sus vientos, terremotos y dislocaciones continuas. Que no digan nada
y lo expliquen todo. Oscuras, para poder iluminar. Cajones de sastre.
Simplicidad. Anulación de lo complejo.
Una
cultura, decía aquel documento, es como un árbol. Sí, ‘à la Jesulín de Ubrique’,
pero cambiando ‘toro’ por ‘árbol’. Barrio Sésamo para adultos versión 2.0. La
cultura es como un árbol, por lo cual sólo vemos el tronco y las ramas. Pero
las raíces están ocultas, y resulta que son la esencia de la cultura. Francamente: no se puede ofrecer una visión
más substantivista de la cultura. Imaginemos que la metáfora comentada fuera cierta,
aunque habría muchísimo que discutir (para empezar: ¿qué se quiere decir con el
término cultura?), la pregunta es: ¿Y
qué? ¿Qué pasa?. Una ‘cultura’ no existe en la abstracción, sino en la acción
social concreta.
Las
pocas veces que he comentado esto en público durante mis incursiones por
territorios catalanes, el escepticismo se ha mezclado, casi siempre, con la
perplejidad: “las cosas estaban claras y
ahora llegas tú y nos quieres poner todo patas arriba” , he llegado a
sentir. Dentro del miedo a la complejidad también habita el miedo a la
pluralidad como supuesta enemiga de la ‘cohesión nacional’.
Así,
en una intervención que llevé a cabo como docente de profesores de secundaria, uno
de los asistentes me recriminó (con tono alterado y claramente enervado,
furibundo) que servidor de ustedes había puesto en cuestión la existencia de
una nación kurda: “has dado a entender que
Kurdistán no es una nación, y eso es mentira”, me dijo. “Claro que el Kurdistán es una nación”, contesté. ¿En que se basaba
esa recriminación?: en el hecho de que recalqué que el Kurdistán es un complejísimo
etnosistema donde conviven 45 lenguas y dialectos, y cerca de una docena formas
de religiosidad. Se desmenuzó el ‘ideal’ en torno al cual gira la jacobina
frase un país, una lengua. Una
situación que nunca hemos encontrado ninguna parte a lo largo de la historia si
no es, como proyecto forzado y etnocida, no del todo exitoso (por suerte), en
Francia y en Turquía.
Técnicos de
ciudadanía-inmigración perplejos ante la incogruència del mundo
En
el transcurso de una charla en Santa Coloma de Farners, un técnico (no sé
exactamente de qué) me hizo saber públicamente lo siguiente: ‘me siento más cercano a los valores de la cultura alemana que a los
de la cultura de los musulmanes ... ‘. Para empezar, de nuevo, se emplea el
término cultura de manera reductivista
y esencial, como una especie de nueva raza sin raza. Para continuar, se
presupone que la ‘cultura alemana’ es
lo bueno, noble y elevado de la kultur
germánica. Mi réplica fue esta: “Cuando
dices que te sientes cercano a los valores de la cultura alemana, ¿de qué
valores hablas? Para decirlo de otro modo: ¿hablas de Beethoven o de Hitler?
Porque no hay que olvidar que Auschwitz fue una creación de la cultura alemana,
al igual que dicha cultura también creó magníficas obras de arte y composiciones
musicales sublimes ..”. ..
Por
otra parte, si se hacen ‘planes de acogida’ y se implementan mecanismos ad hoc, es porque los poderes locales
presuponen que hay errores ‘y’ desviaciones’ de aquellos a los que van
dirigidas estas políticas de acogida. Aunque esto se enmascare a veces diciendo
que son para toda la ciudadanía. No es verdad....
Las
causas de la ‘desviación’ o ‘patología’ no están localizadas, como
mayoritariamente se dice, en la situación
cultural del desviado, o en factores
culturales que impulsan sus acciones ‘desviadas’ (eufemismo: “no integradas”).
Todo lo contrario: los grupos sociales crean desviación dictando normas la
infracción de las cuales constituye desviación, y aplicando estas normas a
gente concreta, etiquetándolos como ‘marginales’ (eufemismo: inmigrante, recién
llegado, nueva ciudadanía, sectores en riesgo de exclusión ... todos ellos aplicando
la combinación muy diferente / raro / no
normal + pobre).
Veamos
ahora un ejemplo sorprendente de la animadversión de los esencialistas culturales
(o jacobinistas epistemológicos, con perdón) ante la existencia de un mundo, de
una naturaleza, de una realidad, infinitamente más compleja y ambivalente de lo
que nunca hubieran imaginado: la inmensa mayoría de actores sociales que han
sido elegidos para una supuesta ‘gestión’ de la diversidad están imbuidos hasta
la médula por la lógica dominante que, a fecha de hoy, ha recibido el barniz de
una descarnada estrategia de dominación.
A
menudo este a veces bien intencionado pero siempre pírrico ejército de
cirujanos sociales tratan ‘de gestionar’ la diversidad con las escasas
herramientas con las que se han podido nutrir en breves trayectorias académicas
donde se les instruyó en una máxima, a saber: que el trabajo o la educación de
la ‘sociedad’ se debía llevar a cabo sobre algo que nunca ha existido, vg: un
material humano monocromo y de topología isótropa.
Esta
lógica les infiere un espíritu eucarístico que anhela y se conforma con recibir
buenas nuevas que les confirmen que esta avalancha de Otros puede ser estructurada, clasificada casi de forma taxodèrmica,
convertida en una especie de colección entomológica, y lista para, una vez bien
contorneados sus ‘caracteres’ (más bien sus ‘taras’) y claramente
diagnosticados sus elementos a ‘tamizar’, poder tranquilizarse contemplando
(desde arriba, desde la ‘normalidad’ del ‘autóctono’) un paisaje humano con límites
internos estancos, en mosaico. Y desactivados, es decir, asimilados (eufemismo:
integrados).
Un
paisaje en los márgenes de los cuales se encuentra una nada social compuesta de trabajores bien etiquetad@s desde arriba y
reordenad@s como constelación social ‘desviada’, sobre la cual trabajar y educar.
Pero
cuando se descubre que este deseo no se corresponde con la realidad, el pánico
e incluso la cólera hacen acto de aparición. Lo he constatado y registrado en
directo, y también he sido víctima de esto como ‘amigo’ (y ‘experto’) de y en
los Otros. Por lo tanto, como
cómplice de la ruptura de la ensoñación de una congruencia perfecta entre lo
proyectado y lo existente.
Así,
por ejemplo, en Tarragona traté de impartir una sesión formativa de menos de 75
minutos sobre las religiones de todo un continente África. Que no es un continente
cualquiera, sino una de las ecúmene más complejas y plurales del globo.
A
la hora de caracterizar sucintamente algunos collectivos presentes en Cataluña,
además de indicar que las morfologías locales y las situaciones construidas en
la vida cotiana eran la base, y no la desembocadura, de las dinámicas culturales, incidí en que se debería
tener presente diversos matices. Por
ejemplo, que en ‘la gestión de la diversidad’ no nos hallamos frente a ‘cameruneses ‘tout court, sino ante más de, como mínimo,
286 agrupaciones. Y esto sólo por lo que a lenguas se refiere.
Otro
ejemplo: los congoleños (del antiguo Zaire, para entendernos) han reconocido
ante este etnógrafo, sin tapujos ni rodeos, e incluso con orgullo, que
constituyen un conglomerado de más de 500 grandes conjuntos etnosistémicos
diferenciados.
En
la República de Senegal se hablan unas 40 lenguas distintas, pero el nombre de
grupos sociales o etnias podría superar perfectamente el centenar. No podemos
enumerar, como es lógico, cuántas configuraciones etnosistémicas situacionales
(es decir, reales) están presentes en los territorios ‘de origen’, ni tampoco en
los de ‘acogida’ ....
Traté de hacerme eco de un hecho: la miríada
de configuraciones etnosistémicas de África en su vertiente digamos que ‘religiosa’
siempre tienen que engarzar con el hic et
nunc del contexto cotidiano. Y nada se había hecho en Cataluña para conocer
dichos contextos, ningún esfuerzo se había desplegado para realizar estudios
etnográficos detallados y de profundidad.
¿Para
qué? Mucho mejor hacer de vez en cuando algún concierto de música africana, y
talleres de trencitas. No hace falta más, lo importante es folklorizar un poco
los actos que hay que hacer (casi a regañadientes) para cumplir con el expediente
y quedar ‘bien’.
¿Para
qué? ¿Ha interesado a los responsables políticos, hasta día de hoy, conocer los
verdaderos latidos de la Vida a través de la mejor forma de saberlo, es decir,
de la etnografía y la antropología? En absoluto...
Al
parecer, mi ‘osadía’ fue asimilable a lanzar un torpedo a la línea de flotación
del esencialismo (androcentrado en su sector visceral, como veremos) de gran
parte de la anémica (que no famélica) legión de supuestos ‘delimiteadores’ de
la ‘diversidad’ (sólo de la diversidad Otra,
claro ...).
En
poco más de una hora de clase, donde expuse ejemplos similares a los antes
comentados sobre articulaciones complejas de elementos identitarios a nivel
socioespacial, etnocultural, religioso y lingüístico, traté de dibujar un
panorama tan alejado de la supuesta pintura de geometría fácil y contornos
gruesos y bien delimitados, que de las caras de sorpresa (mayoritarias) y de
los comentarios expresados por los alumnos en sus valoraciones sobre mi
función docente, hay que extraer un interesante y significativo material.
Una
larga inercia ha labrado un pesado legado de esencialismo culturalista. Aderezado
con una viciada economía del pensamiento y con un recurrente ahorro de
disquisiciones más allá de las eucarísticamente recibidas desde los mandos
superiores. Por no hablar de los discursos vacíos desprendidos desde el ámbito
casi sagrado del ‘copia y pega’,
acrítico y aséptico.
Así,
a lo largo de las clases traté de sembrar, por así decirlo, la semilla de la
complejidad, lo cual chocó con el profundo y sólido dique de las inercias ahora
comentadas. Por mi parte el objetivo era, y lo continúa siendo, deconstruir, desde
los cimientos, una cierta forma de contemplar la ‘diversidad’ y actuar sobre
ella para, una vez desestructurada y de(con)struïda, poder generar otra
completamente nueva. Imposible en aquellas circunstancias.
Como
muestra, las opiniones de algunos alumnos al juzgar mi propuesta pedagógica.
Resulta significativo, dicho sea de paso, el elevadísimo porcentaje masculino
inmerso en la patologización de la diversidad y la crítica feroz a todo intento
de desproblematizarla. Las opiniones de estos ‘gestores’ de la ‘diversidad’ a
escala local ante mi didáctica ‘a martillazos’ (como diría Nietzsche) fue de
estupefacción ante el ‘caos’ que, desde su punto de vista, implicaba poner de
manifiesto que la realidad social no es como quisiéramos que sea, ni como nos
habían dicho que era.
“Tenemos
muchos nigerianos”, “hay muchos rusos” y “amazigh ... ¿qué es?”:
Reductivismo y desconocimiento de los ‘raros’ y los de ‘fuera’
Ante
la ‘avalancha’ de personas y grupos ‘otros’, el pavor ha cundido, y este grado
de fervoroso temor es mucho más perceptible cuanto más nos acercamos a la
pequeña escala de la ya comentada ‘gestión’ de la diversidad. Para hacer que
los y las lectores vivan de manera más acuciante esta constatación, y para ejemplificar
mejor mi sorpresa ante tal demostración de jacobinismo de almacén, aportaré
algunos ejemplos personales, siempre con remisiones más amplias que espero
permitirán complementar el porqué de mi constante subrayado tanto en la
pedagogía activa de la complejidad, así como en la necesidad de escrutar
minuciosamente las orografías, siempre dispares y metamórficas, de la vida en
sociedad.
En
Vic, me comentaron: ‘tenemos (sic) muchos
nigerianos.’ Les pregunté que de qué los más de 525 grupos étnicos de
Nigeria eran ‘sus’ nigerianos. Hieráticos, acertaron a balbucear que “los que tenemos aquí hablan yoruba”. Les
pregunté que de cuál de los 20 grupos etnosociales yoruba eran. La respuesta
aún la espero. Podría haber preguntado más cosas, claro, como: ¿de qué esfera
social provenían? ¿De qué género eran? ¿Cuál era su religión/cosmología? Y aún
más: ¿qué trayectoria vital tenían, donde vivían, con quien interaccionaban,
como reestructurar sus trayectorias vivenciales? y, sobre todo: ¿Qué pensaban,
por qué, a partir de qué, para qué, en relación con qué? Sin esta información
cualitativa, y sin poder valorarlos como personas concretas con necesidades, y
no como mano de obra barata, como ‘sospechosos’ o como ‘raros’ a los que
comprender, nada se avanzará hacia un verdadero diálogo intercultural, alejado
del paternalismo y de la hipocresía que hasta la fecha de hoy lo han marcado de
forma hiriente.
Pero
eso mismo se tiene que llevar a cabo con el CONJUNTO DE LA POBLACIÓN. Las
clases populares, es decir, el pueblo, son plurales, y si se realiza etnografía,
se tiene que incluir en ella como objeto de estudio a todo el mundo que habita
un espacio social, no sólo a los considerados ‘raros’ por los que detentan la
capacidad de etiquetar.
Lo
mismo se puede decir en relación al peligroso binomio “servicios sociales=inmigración”,
lo que, además, crea agravios comparativos: como si sólo los trabajadores
migrantes tuviesen problemas sociales... Ese asistencialismo (en el fondo
xenófobo) es otro síntoma más del peso del nacionalismo esencialista en la ‘gestión’
de la diversidad: los ‘Otros’, incluyendo a los catalanoandaluces que llevan
viviendo en Cataluña más de 50 años, son trasladados directamente a ‘Servicios
Sociales’, no a ‘Cultura’. La ‘Cultura’ es solo la de ‘aquí’, la ‘normal’...
Las de los ‘Otros’ estan patologizadas, al igual que sus detentores, por lo
cual deben de encauzarse en el ámbito digamos que de las minusvalías, en este
caso de cariz ‘cultural’....
Continuo.
En L’Hospitalet de Llobregat me juraron y perjuraron que en uno de los barrios (Collblanc)
contaban con (sic) “mucha gente rusa”. Se basaban en su
empadronamiento, es decir, en el hecho de que en las dependencias municipales
fueran con un pasaporte que ponía Русская Федерация (Federación Rusa). Poco
después, mientras hablaba con los responsables de una mezquita relativamente
cercana a Collblanc, me di cuenta que los supuestos rusos no eran rusos, sino chechenos...
Todo
un ejemplo de tantas y tantas estrategias destinadas a etiquetar los otros ‘desde
arriba’, basandose en adscripciones tan artificiales como son los estados.
Creía que los catalanes éramos más sensibles a ello por razones obvias, pero es
obvio que me he equivocado ...
Por
otra parte, hablando con técnicos municipales de una ciudad de la comarca de La
Noguera (provincia de Lleida), tras una conferencia que impartí sobre los etnosistemas
amazigh, me confesaron que muchos técnicos de la comarca les habían dicho esa
misma mañana que no sabían quienes eran “esos
amazics”. Y también me confesaban que, días atrás, el alcalde de la ciudad
les había animado a que dejasen de hacer conferencias y ‘tonterías de estas’ y que hicieran, “por ejemplo, una degustación gastronómica, o actuaciones musicales
folklóricas, que es lo que atrae a más gente”. Todo en plan simpático, en
plan gracioso. Como oí decir en una ocasión a una alcaldesa de una gran ciudad
cercana a Barcelona: “los chinitos son
muy graciosos, me caen bien, siempre sonríen, son muy monos, muy simpáticos ...”.
Buen rollito paternalista....
Se
trata del ‘ciudadanismo’ hueco, es decir, que cree hablar y actuar desde un
punto neutro de universalidad, situado por encima del magma ‘diverso’ al cual ‘tolerar’.
¡Qué fácil es ser modesto cuando se es el mejor!. Ese ‘ciudadanismo’ es una
especie de esencialismo guay, tolerante, molón, y que ofrece la posibilidad a
los ‘raros’ que, de vez en cuando, se exhiban ...
Después
hablaré con más detalla en relación con el ciudadanismo hueco pero, antes de
continuar, quiero dejar bien claro que, aunque que de excepciones hay muchas,
tras esa ‘tolerancia’ para con los ‘otros’ permanece una forma sutil de
racismo: los que están por debajo de los que se autoconsideran como ‘normales’,
es decir, como simbólicamente neutros en tanto que no pueden ver contestado ni
revertido su ser o esencia, son puestos aparte, debajo, como ha he dicho. Si se
les conceden derechos, o se les quiere comprender
con supuesto respeto, pero se hace desde una esfera superior en la que están los que los observan, monitorizan y
clasifican ... [9]
Las ‘culturas del mundo’ en Cataluña: inyectando
esencialismo sin que se note demasiado
Los propios inmigrantes, es decir, aquellos
catalogados como inmigrantes desde la cultura dominante, son cooptados para
tomar parte en las exhibiciones de culturas de otros lugares del mundo. Para
muchos de ellos, no hay otra opción. Esta es la única visibilización pública
que se les permite, la única en la que pueden actuar sin dar demasiadas
explicaciones ni ser sometidos a control y vigilancia, ejerciendo de figurantes
en una performance similar a una
feria donde se muestran los “monstruos culturales” que viven entre nosotros, en Cataluña, pero que, en términos nacionalistas
esencialistas (y ‘ciudadanistas’), ni son ni serán de Cataluña.
Los
más recalcitrantes nacionalistas impugnan para siempre la sola posibilidad de
que los negritus, moritus i xinitus
(cito, literalmente, palabras que he oído docenas de veces) sean más parte de
la cultura catalana y/ de la nación catalana;
los más ‘abiertos’ de entre esas filas esencialistas son partidarios de dar
tiempo al tiempo para que, poco a poco (¡no debe de haber prisa!), se vayan
integrando o ‘incorporando’, que no quiere decir lo que realmente debe decir
(es decir, una adaptación mutua
dentro de un ambiente social compartido),
sino que implica crear unas fotocopias perfectas que imiten sin errores ni barbarismos todas las características y
talantes de lo que algunos consideran como propio de la ‘cultura ‘de la
sociedad de acogida ...
Eso
sí, se tratara de fotocopias que siempre tendrán la marca de la tara hereditaria, de su condición impura, de su immigridad, ya sea en el apellido, ya sea en su aspecto, ya sea en
la lengua de sus antepasados, ya sea en sus prácticas religiosas, en
definitiva, en cualquier pequeño resquicio por donde se escurra la pretendida
anormalidad de su condición social, lista, nuevamente, para ser empleado cuando
sea necesario como justificante de su potencial posición marginal. Y para tener
siempre a mano la parrilla clasificatoria creada por la cultura de los dominadores
(autocalificada como ‘propia’) para poder jerarquizar nítidamente la población
y permitir la reproducción de las desigualdades como algo ‘natural’ o de sentido común.
Un
caso evidente es, por ejemplo, la a mi entender descomunal folclorización de la
civilización china que representaba el festival pseudotradicional de nombre Xinafest y que desde hace dos años acoge
un gran centro cívico del barrio de Sants, en Barcelona. La población local (es
decir, los normales) pueden visitar una
reproducción a pequeña escala de ítems ‘culturales’ disecados, fosilizados y
descontextualizados, referidos a un espacio civilizatorio tan inmenso, plural,
complejo, ambivalente y paradójico como es, ni más ni menos, que la China. El
caso de este show, que metía en un pequeño zoológico humano las ‘esencias culturales’
del 25% de la humanidad, es una demostración paradigmática del todavía
abrumador esencialismo cultural que impera en Cataluña, tanto desde el identitarismo
descarnado, como desde el ciudadanismo multiculti vacío. Por mucho que en
algunos momentos, a nivel oficial, se diga que se han hecho ‘esfuerzos’ para
enjuagar la esencialización y la fetichización de complejos sistemas sociales. No
es cierto.
El
pírrico esfuerzo antiesencialista del período del gobierno catalán ‘tripartito’
no ha cuajado a nivel de las acciones, y se ha quedado, como suele ocurrir, en
el terreno puramente nominal y de las buenas intenciones sin plasmación real.
Empeño se puso poco. Y se volvió a recurrir, desde un teórico ‘ciudadanismo
republicano’, al esencialismo nacionalista: todos los colectivos presentes en
Cataluña tenían que confluir en la lengua y la cultura catalana. Sí, la lengua
catalana, perfecto, pero... ¿’La cultura’? ¿Qué es la cultura catalana? ¿Qué incluye? ¿A quienes incluye? ¿Se trata de un
ente ya completado y finito?. Esa
obstinación por hacer confluir a los ‘Otros’ (los inmigrantes pobres, no los
ricos, claro) en la ‘cultura catalana’ me hacía visualizar dicho proceso como
si dicha cultura catalana fuese el agujero del fregadero donde va a parar toda
el agua después de quitar el tapón...
Incluso
al hablar en la famosa ‘cultura pública común’ (que, por cierto, aún nadie sabe
lo que es) en la que con tanto ahínco insistía el documento del Pacto Nacional por
la Inmigración anteriormente citado, Carme Capdevila, consejera de Acción
Social y Ciudadanía de la Generalitat de Cataluña, no sabía realmente en qué
consistía, ya que era un concepto vacío (otro más) que mezclaba el falso ‘ciudadanismo’
con concesiones al identitarismo culturalista del nacionalismo de CiU y amplios
sectores (no sabría decir sin mayoritarios) del nacionalismo de ‘izquierdas’.
Hablando de oquedades y tautologías vacías: el director del Fórum de las
Culturas 2004, el cual, al ser preguntado por mi colega Manuel Delgado sobre
qué eran para él ‘las culturas’, respondía: ‘¿Las
culturas? Pues eso…, culturas. Las culturas son... las culturas. La misma
palabra lo dice, ¿no?’.
Resulta
significativo que Jordi Oliveras, director del Forum de las Culturas, sea economista, Carme Capdevila, exconsejera Acción
Social y Ciudadanía, sea bióloga de formación, y los dos últimos responsables
de inmigración de la Generalitat,
Xavier Boshc y Oriol Amorós, sean ingenieros agrónomos. Quizá así se pueda
entender mejor por qué los profesionales de la antropología jamás hemos sido
tenidos en cuenta en la ‘gestión’ de lo que, a priori, es nuestro ámbito de especialización disciplinar por excelencia.
El triunfo del folclore:
espectacularización y dualidades, o cómo reproducir estereotipos y justificar
exclusiones de buen rollo ...
El
folclore y el buen rollito del espectáculo cromático con regustos festivos
llenan de forma predominante la práctica totalidad de actuaciones relativas a
la llamada ‘gestión’ de la diversidad: los detentores de la cultura dominante
(insisto de nuevo: autodenominada ‘cultura propia’ o ‘autóctona’) articulan
espacios para que los Otros, los de
las culturas ‘raras’[10],
puedan ‘ exhibirse ante los normales, que admirarán con tolerancia la
existencia de este multiculturalismo aséptico, un multiculturalismo donde la
cultura ‘normal’ nunca es parte integrante sino, hay que insistir, se
auto-otorga un lugar por encima del magma híbrido-mestizo-multicolor
que hierve por debajo. Un lugar límbico, tácitamente considerado como superior
...
Como
complemento de esta espectacularización de una idealizada multiculturalidad, se
encuentra ciertas políticas destinadas a promover la convivencia entre
distintos, dando por supuesto que tiene que ser problemática per se. Y hacerlo, siempre, desde una
óptica procedente de este lugar superior concedido por la pertenencia
(normalmente, por nacimiento o adscripción) a la cultura “autóctona”.
Por
un lado, invocaciones abstractas a la importancia de respetar las ‘diferencias’
(asépticas y/o políticamente correctas), por otro, evidencias de que lo que a
veces interesa en la gestión de la diversidad es el control cuantitativo y
cualitativo de aquella alteridad considerada como demasiado ‘diferente’ en el
sentido ya no aséptico, sino potencialmente problemático, del término.
En
algunos ayuntamientos me han explicitado de forma clara, directa, que no les
interesa conocer la interculturalidad del conjunto de la población desde dentro
y ponerla en valor, sino saber dónde están ‘los Otros’, y cuántos, son para poder
controlarlos mejor. “No queremos una
tesis doctoral, los queremos controlar”, me dijeron, tal cual, en un
consistorio al sur de Barcelona.
Esta
focalización en el control y la vigilancia es perfectamente complementaria, en
absoluto contradictoria, con la promoción del espectáculo vacío y de la
cosificación de los universos sociales ‘otros’, reducidos a una serie inerte de
cosas ‘extrañas’, rituales ‘vistosos’, comidas ‘exóticas’, ropas ‘étnicas’,
religiones ‘curiosas’ y demás ingredientes perfectos para amenizar una de las
muchas ‘jornadas interculturales’ o ‘multiculturales’ que, desde una óptica
profundamamente culturalista, se se han llevado a cabo.
No
estamos muy lejos de los zoos humanos que se montaban en Bruselas, París o en
Barcelona entre la década de los años 1880 y el año 1931[11].
De hecho, incluso se podría decir que, en cierta medida, son su repetición o,
mejor, su reactualización. Esta vez no en clave colonial, por supuesto, sino
neocolonial, o neoliberal. El multiculturalismo sería una suerte de reedición
posmoderna del imperialismo colonial[12].
Algunas
veces, quien sabe si para sacarse de encima la potencial etiqueta de ‘folclorismo’,
se organizan actividades pretendidamente serias
y elevadas, es decir, aburridas,
destinadas a dotar de una cierta atmósfera academicoide los actos
espectacularizantes. Un pedacito de reflexión y debate en medio de un océano de
reductivismos y substancializaciones que hacen carne entre la población, en el
espacio, presencialmente, la distinción clara y rotunda entre los normales y
los raros.
Se
trataría de una estrategia sutil, pero que avitualla a la perfección el
engranaje destinado a perpetuar los estereotipos y las dualidades excluyentes.
En un pueblo cercano a la ciudad de Tarragona, unas jornadas interculturales
remarcaban la existencia de otras culturas en la ciudad: “Taller de gastronomia[13]: degustación de tés
del mundo: China, Marruecos, Gran Bretaña e India”. En las mismas jornadas,
tuvo lugar una actuación musical ‘mestiza’: un grupo senegalés y otro de flamenco fusión. La ‘mezcla’, entre los Otros. Los diables[14]
y gigantes pueden desfilar ‘junto a’, pero no “mezclarse con”. ¡Faltaría
más!
¿Queremos
ver otra muestra?: unas jornadas ‘interculturales’
perpetradas en El Vendrell (Tarragona) recogían una “muestra de expresiones culturales de jóvenes de todo el mundo: Brasil,
Argentina, y El Vendrell”. Está claro, ¿verdad? Dualidad diáfana y
contundente: en ese municipio, hay gente de El Vendrell, y gente que “están
allí”, pero no son parte constitutiva de El Vendrell...
Otro
ejemplo, este de la ciudad de Barcelona, donde en
la primavera de 2008 se lanzó un “plan
pro integración en pleno aumento de inmigrantes”, justificándose dicho plan
en lo que parece ser un ‘peligroso’ porcentaje de inmigrantes: el 16,2%... En
el siglo XVI, cerca del 40% de la población de Amsterdam era nacida fuera de
los Países Bajos, muchos de ellos eran de origen portugués y armenio. Ejemplos
históricos como este los hay a miles, pero deduzco que no interesa o o no
interesaba hacerse difusión de los mismos, al contrario: interesa o intersaba problematizar
(o folklorizar) algo tan natural, en tanto que no forzado y espontáneo, como es
la pluralidad humana.
Esto
es lo que explicaría que el 16% de foráneos ‘provoque’ la puesta en marcha de
unos actos que (cito literalmente) “intentarán
aproximar dos realidades que viven en Barcelona, la de población
autóctona y la de creciente población inmigrante”. Por
si no había quedado clara la dualidad, la volvemos a presenciar sin rodeos, e
incluso reconociendo implícitamente que se intentará, es decir, que se trata de
un esfuerzo difícil, pues difícil tiene que ser, de antemano, la convivencia
entre la cultura ‘normal ‘y las de los’ raros ‘, muy especialmente si estos
raros no se doblan a la maquinaria aséptica a través de la cual poder recibir
el respeto por parte de los normales. Esencialismo en estado puro...
También
cuenta con un trasfondo esencialista abrumador que, en el mismo documento
(periodístico, hay que subrayarlo), los mismos organizadores hablan de “invitar a la nueva ciudadanía heterogénea[¿la
ciudadanía autóctona es homogénea?] a compartir
tradiciones y señas de identidad locales”, es decir, a asimilarse a lo que
se presenta como la ‘cultura’ autóctona, o bien a la cultura llamada ‘popular-y-tradicional’
(en un pack), la cual parece ser que todavía no puede incluir a todo el pueblo,
es decir, al conjunto de las personas que configuran la nación catalana
entendida como sistema plural y abierto, no como entidad uniforme y cerrada...
En
diciembre de 2009 una campaña institucional de la Generalitat de Cataluña, en
concreto del Centro de Promoción de la Cultura Popular y Tradicional Catalana,
volvía a subrayar este carácter finito, cerrado, de lo que ellos consideran
como ‘cultura popular’, mostrándonos que ésta sólo incluye las producciones
simbólico-festivas generadas recuperadas y/o reavivadas por la Cataluña decimonónica,
hace entre 100 y 150 años: gigantes, dragones, águilas, castellers, sardanas,
diablos... Pero no la retahíla de expresiones simbólicas de los “otros catalanes”(llegados hace más 50
años) ni tampoco las de los “nuevos otros
catalanes” (llegados en las últimas dos décadas)
El
título de aquella campaña institucional era bastante elocuente: ‘SOMOS’. Es decir, el pueblo catalán, su
cultura popular, no es toda la población de Cataluña, sino sólo la gente normal y/o asimilada a la normalidad. Un
término, el de ‘somos’, oh sorpresa, profundamente pujolista: es decir,
esencialista, biologicista y organicista. He aquí varios ejemplos[15]
en forma de sentencias de J. Pujol:
“nuestro pueblo se ha mantenido durante siglos fiel a su ser colectivo, que incluye la lengua”
“Los pueblos no mueren si no pierden la voluntad de ser”
”Creemos que no es indiferente que Cataluña sea o no sea. No lo es, primero, por el
hombre catalán. El hombre catalán necesita del hecho colectivo catalán -de
hecho colectivo catalán operativo y eficaz -, capaz de dar a sus hombres una forma de ser “
“Son necesarias aportaciones de voluntad de ser” “Somos conscientes de nuestra voluntad de ser”
“En Cataluña se libra desde hace siglos un combate que es
el combate de la voluntad de ser “
“El problema que tenemos fundamentalmente es el de saber
si seremos o no seremos”
“Que Cataluña sea
un solo pueblo, y un pueblo catalán”
“Sólo hay en este país un tronco catalán y si es que saben
todo esto, aquello, el de más allá, lo que sea, muy bien, se injerta, pero las
cosas que se injertan deben injertar con algo que ya existe, a un tronco que es
sano, que ya está, y ese tronco en Cataluña o es catalán o no es.
La uniformización nacionalista tras la máscara del ciudadanismo: ‘normalizaciones
culturales’ y ‘arraigos’ ...
Desde
algunos sectores ciudadanistas se intenta
homologar tajantemente la integración cultural con la participación de los ‘recién llegados’[16] dentro de las
entidades culturales populares autoproclamadas como autóctonas. Se trataría de
una forma de normalización cultural,
si empleamos una sinonimia conceptual prestada al para mí desafortunadísimo término
‘normalización lingüística’.
Parecería
como si el sólo hecho de participar en alguna entidad ‘del país’ o de emplear
con cierta competencia la lengua catalana, fueran suficiente como para dar por
cerrado el tema de la integración. ¿De qué hablamos? ¿De asimilación cultural o
de integración social? Nuevamente se vuelven a mezclar o confundir términos, y
no sé si con intencionalidad (hipocresía) o de manera inconsciente (ingenuidad).
No
es que no me parezca oportuno que haya recién
llegados que participen en grupos de danza, grupos de diablos o de
castellers, y corre-calles diversos, al contrario. Me parece fenomenal. Al igual que me parece formidable que participen
en equipos de fútbol local, en partidos políticos locales (pero...esto ya es
otra historia, ¿verdad?), en ateneos populares, en sindicatos, en ateneos
populares, en asociaciones de vecinos, en entidades ecologistas, y así hasta el
infinito ...
En
cambio, no me parecería tan positivo, sin embargo, que se integren en grupos
fascistoides, que formen parte de asociaciones de cazadores o que se conviertan
especuladores inmobiliarios, pero en todo caso esta es una opinión personal y
arbitraria, pues es más que evidente que “ellos” (y “ellas”) también tienen
derecho a alistarse en sectores de la sociedad que, personalmente, detesto.
Y
aquí surge de nuevo la temática de la dualidad: incidiendo en que “ellos” se
integrarán en “nuestras” entidades, reproducimos esta maquinaria
asimilacionista y/o excluyente que implica considerar que en un espacio social
dado hay dos grandes segmentos de población: nosotros y los ‘otros’.
No
se crean los lectores que todo es un mero nominalismo y que esta dualidad
permanece impoluta, encerrada en un ámbito metafísico, sin consecuencias
reales. ¡No! Una de las muchas consecuencias de este planteamiento en el plano
de la acción política se ejemplifica en el caso de los certificados de arraigo que deben emitir los poderes locales para
dar una especie de ‘carta de población’ o de ‘diploma de ciudadanía’ a aquellos
vecinos que no han tenido la ‘suerte’ de nacer ni en el Estado-Nación al que
pertenece el municipio, ni en la Unión Europea, ni tampoco en ningún estado con
ciudadanos ricos que nunca puedan ser considerados como inmigrantes sino, como
mucho, como ‘extranjeros’ que forman parte de ‘colonias’ (de americanos, holandeses,
británicos, franceses, japoneses o kuwaitíes, qué más da).
La
palabra ‘arraigo’ remite a una metáfora botánica, perfecta para cualquier
proceso imbricado dentro del campo de la ingeniería agrónoma, pero nada
adecuado para referirse a las relaciones sociales, que son lo más
tangencialmente diferentes posible a cualquier clase de entidad arbustiva o
herbácea, a menos que (como me temo) se sigan empleando símiles biologicistas
para hablar y para tratar los procesos sociales, con las subsiguientes
consecuencias en el plano de lo real.
Más
allá de esta creo que nada casual referencia biológica, los certificados de arraigo
constituyen una verdadera aberración jurídica, como ya han demostrado
sistemáticamente los antropólogos Catalina Borelli y Manuel Delgado en un
documento reciente[17]:
-
Exigen conocimientos lingüísticos
que sólo son igualmente exigibles a los ‘autóctonos’ que quieran convertirse en
funcionarios
-
Se piden documentos jurídicos
imposibles de conseguir antes de obtener el certificado
-
Se emplea multitud de conceptos indeterminados
que se unen a una serie de trampas y callejones jurídico-administrativos destinados
a problematizar y patologizar el asentamiento legal de los ‘otros’ en un
espacio local concreto.
La monitorización de los demasiado diferentes, nueva
forma de racismo cultural
Atención,
pregunta: ¿Por qué no trasladar las políticas inquisitoriales, de
monitorización, de vigilancia, de control y de fiscalización de la vida privada
de grupos ‘culturales’ sometidos a prejuicios (inmigrantes, jóvenes, ‘radicales’,
etc.), y hacerlo con la misma intensidad, pero en este caso sobre especuladores
bancarios, caciques locales, empresarios de la construcción, sociedades de cazadores,
partidos políticos, y otros elementos de
las tribus surgidas de la ‘cultura propia’?
En
Sitges, en el corazón del Parque Natural del Garraf, hace tiempo que contemplo
estupefacto como una familia originaria del noroeste de Europa desarrolla
conductas que, de otro modo, serían sospechosas de anormalidad cultural y rápidamente fiscalizadas: han ampliado su
casa (donde hacen obras desde hace cinco años) contratando paletas polacos que
llegan directamente desde los Países Bajos; sus perros invaden constantemente
un camino público; la mujer del matrimonio se dedica sólo a las tareas
domésticas; los hijos llegan a menudo tarde a clase, o faltan con cierta
cadencia, etc ...
Me
pregunto ¿qué pasaría si en vez de ciudadanos comunitarios de la Europa boreal
fueran de algún otro país, al sur o al este del nuestro? Sobretodo, de un país
conceptualizado como ‘emisor’ de inmigrantes:
Marruecos, Ucrania, Ecuador, China, por ejemplo ...
Para
empezar, el control institucional al que serían sometidos sería constante. Para
continuar, las opiniones negativas sobre su cerrazón identitaria y sobre sus
prácticas cotidianas estarían en boca de mucha gente ... Quizá se preguntarían
por el origen del dinero para construir la casa, los niños no irían a una
escuela privada, como es el caso de la familia que comento, sino a una escuela
pública, donde su reiterada impuntualidad, además de ser severamente castigada,
confirmaría el carácter intrínsecamente diletante e inestable de su ‘cultura’.
Me
imagino cuáles serían los comentarios de algunos docentes y técnicos: “es que con esta gente.. no hay manera”.
También imagino sus muecas y sus movimientos corporales al decirlo…
Repensar la ‘gestión’ de la ‘diversidad’
desde una nueva hegemonía…
En
mi opinión, muchas de las políticas de’ gestión ‘de la diversidad son
aberrantes no sólo por lo que acabamos de comentar, sino también porque tratan
de monitorizar autoritariamente algo que siempre se moldea a sí mismo. Me
explico: la sociedad (municipio, comarca, país ...) es un sistema que se
autorregula. Violentar la autorregulación de este sistema, y hacerlo casi siempre contra grupos previamente estigmatizados a través
de prejuicios, es un ejercicio de racismo cultural, pues se naturalizan y
problematizan a los que no encajan en el diseño previo que se pretende imponer
para coagular la ebullición social de la vida cotidiana.
Esta
‘gestión’ se hace sobre ‘grupos’ recortados desde arriba, sin tener en cuenta
la opinión de los implicados, sus prioridades, y sus percepciones. Esta ‘gestión’
no se hace con toda la población, sino sólo con los sometidos a prejuicios ...
Así, se reproduce su condición marginal, se les naturaliza como grupos
identificables de forma clara, casi inapelable, y se intenta saber de forma seca
y reductivista cuáles son sus características, en especial aquellas más
problemáticas y/o problematizables. Siempre en relación con las normas
consensuadas por las élites y/o con las tradiciones y costumbres convencionales
desde la óptica de la supuesta ‘cultura propia’ del territorio de acogida.
Para
conseguir ‘conocer’ como ‘funcionan’, se realizan sesiones formativas de corta
duración que sólo pueden dar aproximaciones introductorias, y que se convierten
en lugares donde los ‘gestores’ reciben informaciones que sólo sirven para
crear nuevos prejuicios. La complejidad dinámica, metamórfica y poliédrica de
los grupos humanos no se puede explicar en dos horas, sino recibir un
seguimiento atento, detallista y de proximidad mediante la técnica
antropológica por excelencia: la etnografía. Una técnica, insisto, a emplear en
relación a toda la ciudadanía, y que podría facilitar información cualitativa y
rica en matices, actualizada de forma constante, sin incidir en los procesos
para controlar, vigilar y saber “dónde están”. Punto.
Un
estudio respetuoso y no-parapolicial sobre, por ejemplo, las religiones de un
municipio, se debe realizar desde la óptica antropológica y sociológica, y debe
hacerse desde la neutralidad más absoluta (el ateísmo, en este caso). Esto no
se ha hecho más que en casos excepcionales, al igual que las intervenciones de ‘gestión
de la diversidad’ hechas por personas buena parte de las cuales tienen
tremendamente interiorizados los prejuicios contra la ‘divergencia cultural’.
Pero
aún hay más: muchas ‘gestiones de la diversidad’ se han llevado a término priorizando
la mirada ‘autóctona’, y eso no hace más que continuar reproduciendo los
prejuicios desde la identidad autopercibida como ‘normal’ y que, en tanto que ‘conoce
bien’ el municipio, se consideraban a sí mismas como las únicas idóneas para ‘manejar’
la diversidad (sólo la de los estigmatizado), y hacerlos asimilar (o separar)
de manera más o menos nítida.
Un ejemplo al respecto: en Llinars (Vallès
Occidental), una convocatoria laboral para un trabajo centrado en la de ‘gestión’
de la diversidad (en forma de ‘plan para la convivencia’) tenía como
prerrogativa sine qua non que la
persona que se presentara a la convocatoria debía “conocer bien el municipio”. En otros lugares, poseer un apellido
claramente distinguible como ‘local’ ha sido un garante para acceder a un
trabajo en la administración.
Por
un lado, pues, buenrollismo
multicultural de fachada, por otro, sin embargo, la pura y dura constatación de
que la endogamia localista (modulación del nacionalismo esencialista) continúa(ba)
marcando la agenda de muchos entes públicos. Priorizar el ‘buen conocimiento de
un municipio’ (eufemismo de ser nacido en él) es una equivocación mastodóntica
si lo que realmente se quiere es crear una sociedad intercultural y sin
exclusiones.
La
mirada externa, neutral, es la única que puede contemplar los actores sociales
desde una óptica horizontal, y darse cuenta de muchísimos detalles que desde
dentro no son percibidos, valorados ni tenidos en cuenta.
Las
notas dispersas que he tratado de sistematizar muestran (más que demuestran)
como estaba el patio por tierras catalanas tras sufrir durante décadas el
lastre del nacionalismo esencialista y de su derivación ‘ciudadanista’. Su
huella se encuentra incrustada en la mayoría de ‘gestiones’ y de concepciones
de y sobre la diversidad, lo que deriva en una enorme falta de ductilidad en la
mayoría de mecanismos que sopesan ‘gestionar’ la interacción múltiple y
dinámica de un universo social cambiante que bebe de los impulsos y ritmos de la
vida cotidiana intercultural que configura cualquier pueblo. En este caso, el
pueblo de Cataluña.
Cataluña,
como ninguna otra nación, no puede remitirse a ningún tipo de ‘estructura
identitaria’ ni tiene ninguna ‘cultura autóctona’, conceptos esencialistas muy
usados no solo por Pujol, sino por Artur Mas y, últimamente, com gran ahínco,
por el MHP vicario, Torra. No deja de sorprenderme que haya quien se lleve las
manos a la cabeza por el supremacismo visceral de este caballero cuando no es
más que otro retoño más de la larga estirpe del nacionalismo racista de raíces germánicas
y culturalistas. El ínclito Pujol, hablando del supuesto ‘recelo’ ante los ‘extranjeros’
(en general, obviando el sesgo de clase social, como siempre se ha hecho),
dijo: “Toda especie animal defiende su territorio.
Y los humanos también”. La frase es de julio de 2000, un mes después de que
servidor finalizase el redactado de la tesis doctoral y se arremangase para ir
a ‘trabajar’ en el fango de la ‘gestión’ de la ‘diversidad’. Con dicho background ideológico de fondo,
netamente racista y de un biologicismo sonrojante: ¿qué clase de ‘sociedad
diversa’ se puede contribuir a hacer germinar?
Acabo.
Todo pueblo, toda sociedad, no es otra cosa que un campo de relaciones sociales
que considero que ni se pueden ni se deben manejar como si se tratase de un
jardín donde fiscalizar el correcto ‘arraigo’ de sus ‘implantes’. Nada más
lejos que eso.
Lo
que se tendría que proceder a llevar a cabo es conocer y explicar desde la
cercanía que brinda la ciencia antropológica, pero no conocer para
controlar/respetar/monitorizar/tolerar/reprimir, sino para conocer el conjunto
de las interacciones de la vida cotidiana (de
tod@s, hay que insistir en ello) y poner en valor la convivencia entre
distintos, incluyendo su dinamismo y sus ritmos y diferenciaciones
infinitesimales.
E
incluir, asímismo, sus conflictos, los pareceres de los protagonistas de la
interculturalidad real (también sus discursos políticamente incorrectos), las lógicas
que los catalizan, los contextos donde se generan, los caleidoscopios humanos
de donde llegan y donde se articulan, y un largo etcétera.
Pero
esta tarea nunca se debe hacer desde arriba a partir de una esfera hueca y ‘superior’,
sino en un plano horizontal donde no hayan excluidos e incluidos en la
investigación y la actuación, donde no se piense de manera tan dualista en
autóctonos y en “recién llegados”. Y donde también se hablase de la explotación,
los antagonismos, así como las solidaridades y conmuntaciones interétnicas o
pluriconfesionales.
Una
vez visualizado y comprobado que la diferenciación y los ‘distintos’ están por
doquier, nadie debería ser considerado como ‘diferente’, pues en una sociedad
que reconoce la diferenciación generalizada, por pura lógica, nadie es
diferente, y todo el mundo lo es.
Tanto
la supuesta nación dualista o ternaria (los de siempre-los hace poco-los recién
llegados) como el supuesto mosaico multicultural (catalanes-los hace poco-las
culturas inmigrantes), se mostrarían, pues, como una impostura, como el resultado
de una superstición, y surgiría ante nosotros un conjunto de ecosistemas
sociales complejos tal como la realidad lo genera, no tal y como algunos
quieren que sea. Tampoco un paisaje humano paradisíaco o un nirvana de complacencia
global.
La
sistematización etnográfica de todo ello configuraría un patrimonio cultural
inédito y original, un patrimonio vivo, un patrimonio a renovar continuamente,
donde las dualidades como cultura ‘alta’ y ‘baja’, ‘autóctona’ e ‘inmigrante’,
perderían sus prerrogativas jerarquizantes y se extinguirían para dar paso a
nuevos paradigmas y prácticas. Todo ello podría servir para empezar a plasmar,
como una suma siempre provisional, lo que es el conjunto de las clases
populares de Cataluña. Una sociedad, por cierto, que será intercultural o no
será. Ni más, ni menos...
[1] Este escrito recoge experiencias y teorizaciones construidas justo
después de retirarme (provisionalmente) del campo de la 'gestión de la
diversidad' gracias al terrorismo
neoliberal (la mal llamada 'crisis'), pero tamizadas a posteriori para purgarla de un exceso de bilis que aportaba más
opacidad que otra cosa al conjunto del texto. Se trataría, por lo tanto, de un remake de un artículo que, con nombre
similar, pero más eufemístico, publiqué on-line hace cinco años (2013). Lo comido
por lo servido: evacuo materia biliar del texto, pero pongo el título que desde
un primer momento mereció llevar, y el pavor por lo políticamente correcto me
evitó escribir. Para cambiar la realidad hay que mirarla de frente y describirla.
[3] El tió es
un tronco a los que los niños golpean con un bastón en Navidad para que ‘cague’
regalos.
[4] Por ‘processisme’ se conoce a la última treta sacada de la manga de una
parte de las clases dominantes de Cataluña para continuar con sus privilegios y
atesorar el poder institucional. Camaleónicos, experimentados durante 150 años en
hacer lo que sea (literalmente: lo que sea) para seguir mandando, es decir, dar
órdenes y vigilar su cumplimiento. Su ideología está muy clara: sus bolsillos.
Envuelta en lo que haga falta si eso sirve para conseguir mantener propiedades
y patrimonios. Les da absolutamente igual pedir el asesinato de Ferrer i
Guàrdia, exigir ‘mano dura’ contra los obreros (pistolerismo), venerar la dictadura
de Primo de Rivera padre, fundar un ‘frente de orden’ filofascista en 1936, o
dar su apoyo incondicional tanto al golpe de estado ultraderechista de ese año
como al régimen que surgió de la victoria del bando defensor de las clases
explotadoras de las Españas. Ellos hablan siempre en nombre de ‘Cataluña’ o del
‘pueblo’, ya que conciben a ambos ‘sujetos’ colectivos como ‘los suyos’, incluyendo
a aquellos que se incorporan a lo que ellos consideran, en cada momento y
contexto, que es ‘el pueblo’ y ‘el país’.
[5] En muchos casos, muchas personas inmigradas que salen en el programa
se han 'integrado' gracias a tener pareja catalana. Como si fuera la mejor o
única forma de unirse al ‘cuerpo nacional identitario’. Resulta contradictorio
que se critique con vehemencia (y con toda la razón del mundo) el jacobinismo
asimilador francés y español, y se haga lo mismo en Cataluña, pero en una
escala diferente, y empleando un lenguaje formalmente 'anti-asimilacionista' ...
Toda una impostura.
[6] Pujol no es Molt Honorable desde hace años, pero sus sucesores son avatares
de su figura y del pujolismo (nombre con el que se conoce el nacionalismo
identitario burgués de toda la vida, reeditado por dicho personaje). No solo porque
Artur Mas, Puigdemont y Torra sean solo cintas de transmisión nombradas a dedo por
dicho egregio petimetre, sino porque sus posicionamientos supremacistas,
esencialistas y racistas son idénticos a los que, a través del pequeño gran
Pujol, han llegado hasta nuestros días desde los rancios tiempos de Torras i Bages.
Les aconsejo que lean la reediciòn que la editorial El Viejo Topo ha hecho de
la obra que le costó el odio eterno de los nacional-católicos catalanes a Jordi
Solé Tura….
[7] https://www.academia.edu/13477486/EMANCIPACI%C3%93N_SOCIAL_LUCHA_POL%C3%8DTICA_DIVERSIDAD_CULTURAL
[8] LIC: acrónimo de Llengua, Interculturalitat i
Cohesió social. Programa supuestamente destinado a ‘formar’ profesionalEs en
la tarea de minimizar los conflictos y desencuentros que se supone que, a
priori, y por narices, acarrerarán la llegada de culturas ‘raras’ dentro del territorio de la ‘cultura
normal’.
[9] “El multiculturalismo es un racismo que ha vaciado su propia posición
de todo contenido positivo. El multicuIturalista no es directamente racista por
cuanto no contrapone al Otro los valores particulares de su cultura. No
obstante, mantiene su posición en cuanto privilegiado punto vacío de universalidad
desde el que se puede apreciar (o despreciar) a las Otras culturas. El Respeto
multicultural por la especificidad del Otro no se sino la afirmación de la
propia superioridad” (Žižek, Slavoj, En
defensa de la intolerancia, Ed. Sequitur, Madrid, 2008, págs. 56-57)
[10] No
es una metáfora: me llegó un e-mail enviado por un gran auditorio de teatro de
la capital catalana donde, al referirse a la traducción de un cartel,
diferenciaba entre el inglés y el francés y, palabras textuales, a “los idiomas
raros”. No hace falta tener mucha imaginación para averiguar que se referían al
ruso, el árabe, el chino, el urdú...
[11] Por
lo que sé, la última vez que tuvo lugar un zoo humano de esas características fue
durante la Exposition coloniale
internationale que tuvo lugar en el parisino bosque de Vicennes
entre mayo y octubre de 1931. http://etudescoloniales.canalblog.com/archives/2006/08/25/2840733.html.
Sólo el partido comunista francés fue contundente contra dicha exposición https://p4.storage.canalblog.com/45/50/113362/7275870.jpg
[12] Žižek, Slavoj (íbidem), p. 56
[13] En un pueblo de la comarca de La Selva (Girona), en junio de 2006, la
Jornada Intercultural se cerró con la degustación de "diferentes platos preparados por representantes de las
nacionalidades participantes ..." Significativo, ¿verdad?
[14] Baile
de diablos: grupos ataviados con ropajes que imitan a diablos y que hacer explotar
petardos situados al final de un bastón. Por cierto= en ciertas geografías
mentales y físicas de Cataluña, parecería como si formar parte de un ‘baile popular
y tradicional’ fuese la condición sine
qua non para ‘incorporarse’ o ‘integrarse’ en la cultura ‘propia’….
[15] https://www.academia.edu/37555751/NO_SOM_UN_SOL_POBLE.-._Reflexions_per_a_deconstruir_i_construir_hegemonies
(página 3)
[16] Traducción del término nouvinguts,
al que a menudo se recurre para no hablar de ‘inmigrantes’…
[17]
Caterina Borelli, Manuel Delgado: "El arraigo social y sus simulacros:
Propuesta para una investigación desde las ciencias sociales". Ponencia
presentada en el VI Congreso sobre las Migraciones en España, A Coruña, 17-19
septiembre 2009