dimarts, 24 de febrer del 2026

EL CAGA-TIÓ EN BURKINA FASO. RACISMO CULTURAL Y CIUDADANISMO VACÍO EN LA PRESUNTA GESTIÓN DE LA DIVERSIDAD EN CATALUÑA

 

EL CAGA-TIÓ EN BURKINA FASO.

RACISMO CULTURAL Y CIUDADANISMO VACÍO

EN LA PRESUNTA GESTIÓN DE LA DIVERSIDAD EN CATALUÑA[1]

 

 

Joan Manuel Cabezas López

Doctor en Antropología Social

Coordinador de la consultoría ETNOSISTEMA

joanmanuel.cabezas@gmail.com

 

 

 

 

 

 Introducción

 

 

Durante el transcurso de una reunión con personas de diversos ámbitos y campos del conocimiento, introduje una temática que me hizo corroborar la persistencia del esencialismo cultural en tierras catalanas, incluso en mentes y geografías del pensamiento situadas, nominalmente, en esferas ‘progresistas’ o, cuando menos, teóricamente (sólo teóricamente) alejadas del nacionalismo  reaccionario de raíz novecentista, culturalista, historicista, geneticista (culto a la pureza de linaje),  nítidamente xenófobo.

Digamos que cometí la osadía de explicitar las implicaciones de mi posición ante la pluralidad social, posición que conceptualicé durante mi tesis doctoral como teoría de los etnosistemas. Con ese concepto traté de sublimar tanto la idea substantivista de ‘Cultura’ como la misma idea de ‘cultura’, incluso desesencializada, apuntando al uso estratégico que se ha hecho, y se hace, de la misma, con el fin de convertir en legítima e inapelable la existencia de desigualdades, explotaciones, exclusiones e injusticias, las cuales eran remitidas a supuestos problemas ‘culturales’.

Unas cuestiones ‘culturales’, casi biologizadas y racializadas, a la vez que a menudo imbuidas de componentes metafísicos de nueva índole, y que convierten en sentido común la peligrosidad de la ‘distancia cultural’ (“somos muy diferentes...”), la naturalidad inamobible de las idiosincrasias, caracteres y costumbres ...

¿Que se me ocurrió decir? Pues que si, desde mi punto de vista, un espacio social acoge un etnosistema (plural, dinámico, metamórfico y multireferencial), y el conjunto de interacciones en él producidas constituyen un único pueblo, la desembocadura lógica es que la cultura popular, entendida como sistema de recursos simbólicos de TODO aquel pueblo, debe de incluir cualquier forma y contenido, independientemente de su procedencia, creencia, lengua o cosmología.

Todo ello no es una banalidad o una boutade: implica reconocer como formando parte constitutiva de un mismo pueblo a personas y grupos aún hoy en día todavía mantenidos contundentemente al margen de la sociedad política del mismo, y poner en horizontal todas las formas de decir, hacer y pensar que coexisten en el seno del pueblo, para que sus ‘diferencias’ no sean utilizadas como justificación de ninguna desigualdad de carácter estructural y de base económica y política. Se trata de deshacer, pues, la coartada cultural: sacar el velo que implica su funcionamiento, y desactivarla para que la ‘diferencia cultural’ no sea un eje estratégico, es decir, que deje de ser usada para generar animadversiones falsamente antagónicas en el seno del pueblo, y que deje de utilizarse para perpetuar la dominación mediante la naturalización/sacralización en base a ‘motivos culturales’ de jerarquías, injusticias y explotaciones...

Pero es obvio que toqué la fibra sensible del todavía potentísimo esencialismo cultural. Incluso en las filas de los autodenominados ciudadanistas, el pueblo no es el conjunto de los etnosistemas de un espacio social plural, sino que se circunscribe a una serie discreta de elementos simbólicos en posesión (nunca mejor dicho) de los autóctonos del territorio ‘propio’.

¿Y qué razón última se puede esgrimir? A menudo, la reductio ad absurdum, lo con frecuencia funciona si las convicciones que se defienden están tan interiorizadas que resulta imposible hacerlas tambalear. Así, en un momento determinado, se quiso cortar de cuajo mi argumentación de varias maneras, apelando en algunas ocasiones al desideratum que la ‘religión’ (elemento estanco inventado en Occidente hace poco tiempo) es un ámbito ‘privado’...

allí re[2]unidas hicieron en relación con mi herética postura, la que mejor funcionó fue, en última instancia, la que empleó la reductio ad absurdum, realizando, por lo demás, un comparación muy forzada que en otros momentos y lugares también había oído, aunque formulada en términos diferentes: uno de los asistentes, fuera de sí cual basilisco, poseido por una especie de ira esencialista (si se me permite la expresión), se alzó, y me lanzó la siguiente diatriba: “¡¡¡Eso que dices es como si ahora fuéramos cinco catalanes a hacer cagar el tió[3] en Burkina Faso, y dijéramos que lo que hacemos es cultura popular de Burkina Faso!!!”.

He aquí mi primera nota etnográfica de las muchas que he podido captar a través de mis transectos por la geografía del Principado de Cataluña en los últimos años. Quizá en el resto de las Españas pasen cosas similares, lo desconozco, y por ello no puedo dedicar algo de espacio a dichos territorios.

 

            Dos taras en una: nacionalismo esencialista y ciudadanismo, doble cara de la misma moneda

 

La presunta ‘gestión’ de la ‘diversidad’ en Cataluña (diversidad otra: los muy ‘diferentes’, pobres, y no-’autóctonos) ha estado viciada desde el principio por una doble tara que no hace más que traduir el mismo racismo cultural del nacionalismo identitario en sus dos modulaciones más signficativas. Por un lado, el organicismo primordialista del pujolismo, muy presente (de forma casi esperpèntica) en el actual processisme[4], y que entronca directamente con el nacionalismo geneticista y racista del siglo XIX, cual aberración decimonónica incrustada en pleno siglo XXI. Por otro lado, el ‘ciudadanismo’, otra forma de nacionalismo esencialista que sacraliza a la ‘cultura’ de las clases dominantes como ámbito ‘neutro’ al cual deben plegarse las demàs formas de decir, hacer y pensar.

La primera ha sido claramente hegemònica en Cataluña (que, hoy en día, más bien es dominante), la segunda ha sido su complemento, y a veces incluso ha sido enarbolada por ciertos sectores nacional-organicistas si era menester disimular su evidente pose organicista y culturalista (racismo cultural) en momentos en los cuales resultava estratégico a la hora de conseguir o mantener cuotas de poder.

Un ejemplo contundente fue el acuerdo de mínimos denominado ‘Pacto Nacional de Inmigración’, realizado durante el segundo ‘Tripartito’, y que, con palabrería ‘ciudadanista’ no dejaba de doblar la cerviz ante el identitarismo propio de CiU y de una parte para nada anecdótica de las presuntas ‘izquierdas’ nacionalistas.  Un clásico en la presunta ‘gestión’ de la diversidad en Cataluña: nacionalismo identitario (es decir, racismo cultural) pero, a veces, edulcorado con identitarismo ‘ciudadanista’. Verbigratia:

 

“Una cultura pública común debe fomentar la participación del conjunto de la población joven en las redes de participación ciudadana como vía para ser reconocida y para sentirse identificada con la cultura catalana

 

                                       (Pacto Nacional por la Inmigración, 2008, p. 40, la negrita es nuestra).

 

“La cultura pública común es el espacio compartido de comunicación, convivencia, reconocimiento y participación de nuestra sociedad diversa diferenciada [sic], para que la nación catalana continúe siendo el referente de toda la población que vive y trabaja”

 

                                           (ibid, p.34, la negrita es nuestra)

 

Ojo al dato: en un texto de 49 páginas, sale 38 veces la expresión cultura pública común ...

La referencia constante a una cultura catalana remite a una esencia uniforme a la que amoldarse, base ‘simbólica’ de la nación identitaria, pues es en esta ‘cultura’ donde hay ‘identificarse’ para formar parte de la nación ...

‘Integrarse’ dentro de la ‘cultura catalana’, es decir, de la nación identitaria catalana implicaría para el nacionalismo esencialista (que reduce ‘la nación’ en una identidad cultural, es decir, metafísica), implicaría, decía, entre otras cosas, adoptar los ‘valores’ propios de esta ‘identidad’.

Veamos: ¿valores? ¿Propios? ¿Cuáles? No importa. Los ‘valores’ son como ‘las culturas’: no ​​significan nada, por lo tanto, pueden servir para todo ... Esta idea de los ‘valores’, del ‘talante’, ‘idiosincrasia’ o ‘carácter nacional’, no es sólo propia del nacionalismo reaccionario y conservador: se ha extendido por muchos sectores de la sociedad como un hecho ‘consumado’, como algo ‘obvio’, propio de un cierto sentido común que, por tanto, no es necesario ni siquiera discutir.

No hace mucho, viendo un capítulo más del programa “Tot un món” de TV3, un chico senegalés que llevaba 10 años en Cataluña y que colaboraba con una formación política de izquierda transformadora y independentista, habló de los ‘valores’ catalanes[5]

En los últimos decenios, el supuesto ‘carácter integrador’ de Cataluña ha repetido hasta la náusea de una frase del antiguo presidente de la Generalitat, Jordi Pujol[6]. Pero ha sido repetida sólo a medias, y quizás no por casualidad, pues es una frase que implica una especie de ‘ciudadanía abierta’ y no-’etnicista’.

Se repite desde 1980 el mantra basado en una frase escrita por Jordi Pujol en 1964: “es catalán quien vive y trabaja en Cataluña”. Y todo el mundo contento. Pero no. La ciudadanía es un concepto jurídico-administrativo, ni volitivo ni de adscripción personal, por mucho que se quiera convertir, como se hace en una entidad mística, propia de la ideología ciudadanista que oculta las relaciones sociales reales, asimétricas, así como la explotación y la exclusión, y la existencia de una clase dominante. Muchas personas que viven y trabajan en Cataluña, sobre todo los trabajadores llegados de muchos lugares del mundo aún más pobres que Cataluña, no son catalanes, ni españoles, pues el poder político (estatal y autonómico) les impide ser ‘catalanes/españoles’ en el sentido de ciudadano estrictamente jurídico. ‘Gracias’ a ello, un millón de personas no ha podido votar el 27-S. Excepto Cataluña Sí que es Pot, y la CUP, nadie ha dicho absolutamente nada al respecto. Lógico: para el paradigma hegemónico son sólo gastarbeiter (‘trabajadores-huéspedes’), no parte de la nación-identidad.[7]

Por otro lado, creo que tal vez la frase de Jordi Pujol se recita siempre de forma incompleta de manera consciente e interesada, a fin de ocultar su sentido real: “es catalán todo hombre [sic] que vive y trabaja en Cataluña y que, de Cataluña haga su casa, su país, al que se incorpora y lo reconoce”(la negrita es mía). Por lo tanto, nada de apertura como ‘rasgo característico’ de la nación catalana creada por los nacionalistas esencialistas, la nación identitaria con una estructuración elegida por estos nacionalistas, y a la que se incorporarán los que quieran ser catalanes. Mucho criticar (con razón) el jacobinismo español y francés, y resulta que el término ‘incorporar’ remite a una asimilación jacobina ‘pura y dura.

 

 

La complejidad vista como amenaza ...

 

 

Un buen día me encontraba hojeando un infumable documento de los LIC[8], y empecé a entender aquello que realmente codician los políticos, ‘técnicos’ y presuntos profesionales de la diversidad: cosas uniformes, recortables, claras y abstractas, es decir, bien cobijadas de la realidad y sus vientos, terremotos y dislocaciones continuas. Que no digan nada y lo expliquen todo. Oscuras, para poder iluminar. Cajones de sastre. Simplicidad. Anulación de lo complejo.

Una cultura, decía aquel documento, es como un árbol. Sí, ‘à la Jesulín de Ubrique’, pero cambiando ‘toro’ por ‘árbol’. Barrio Sésamo para adultos versión 2.0. La cultura es como un árbol, por lo cual sólo vemos el tronco y las ramas. Pero las raíces están ocultas, y resulta que son la esencia de la cultura. Francamente: no se puede ofrecer una visión más substantivista de la cultura. Imaginemos que la metáfora comentada fuera cierta, aunque habría muchísimo que discutir (para empezar: ¿qué se quiere decir con el término cultura?), la pregunta es: ¿Y qué? ¿Qué pasa?. Una ‘cultura’ no existe en la abstracción, sino en la acción social concreta.

Las pocas veces que he comentado esto en público durante mis incursiones por territorios catalanes, el escepticismo se ha mezclado, casi siempre, con la perplejidad: “las cosas estaban claras y ahora llegas tú y nos quieres poner todo patas arriba” , he llegado a sentir. Dentro del miedo a la complejidad también habita el miedo a la pluralidad como supuesta enemiga de la ‘cohesión nacional’.

Así, en una intervención que llevé a cabo como docente de profesores de secundaria, uno de los asistentes me recriminó (con tono alterado y claramente enervado, furibundo) que servidor de ustedes había puesto en cuestión la existencia de una nación kurda: “has dado a entender que Kurdistán no es una nación, y eso es mentira”, me dijo.  Claro que el Kurdistán es una nación”, contesté. ¿En que se basaba esa recriminación?: en el hecho de que recalqué que el Kurdistán es un complejísimo etnosistema donde conviven 45 lenguas y dialectos, y cerca de una docena formas de religiosidad. Se desmenuzó el ‘ideal’ en torno al cual gira la jacobina frase un país, una lengua. Una situación que nunca hemos encontrado ninguna parte a lo largo de la historia si no es, como proyecto forzado y etnocida, no del todo exitoso (por suerte), en Francia y en Turquía.

 

 

Técnicos de ciudadanía-inmigración perplejos ante la incogruència del mundo

 

 

 

En el transcurso de una charla en Santa Coloma de Farners, un técnico (no sé exactamente de qué) me hizo saber públicamente lo siguiente: ‘me siento más cercano a los valores de la cultura alemana que a los de la cultura de los musulmanes ... ‘. Para empezar, de nuevo, se emplea el término cultura de manera reductivista y esencial, como una especie de nueva raza sin raza. Para continuar, se presupone que la ‘cultura alemana’ es lo bueno, noble y elevado de la kultur germánica. Mi réplica fue esta: “Cuando dices que te sientes cercano a los valores de la cultura alemana, ¿de qué valores hablas? Para decirlo de otro modo: ¿hablas de Beethoven o de Hitler? Porque no hay que olvidar que Auschwitz fue una creación de la cultura alemana, al igual que dicha cultura también creó magníficas obras de arte y composiciones musicales sublimes ..”. ..

Por otra parte, si se hacen ‘planes de acogida’ y se implementan mecanismos ad hoc, es porque los poderes locales presuponen que hay errores ‘y’ desviaciones’ de aquellos a los que van dirigidas estas políticas de acogida. Aunque esto se enmascare a veces diciendo que son para toda la ciudadanía. No es verdad....

Las causas de la ‘desviación’ o ‘patología’ no están localizadas, como mayoritariamente se dice, en la situación cultural del desviado, o en factores culturales que impulsan sus acciones ‘desviadas’ (eufemismo: “no integradas”). Todo lo contrario: los grupos sociales crean desviación dictando normas la infracción de las cuales constituye desviación, y aplicando estas normas a gente concreta, etiquetándolos como ‘marginales’ (eufemismo: inmigrante, recién llegado, nueva ciudadanía, sectores en riesgo de exclusión ... todos ellos aplicando la combinación muy diferente / raro / no normal + pobre).

Veamos ahora un ejemplo sorprendente de la animadversión de los esencialistas culturales (o jacobinistas epistemológicos, con perdón) ante la existencia de un mundo, de una naturaleza, de una realidad, infinitamente más compleja y ambivalente de lo que nunca hubieran imaginado: la inmensa mayoría de actores sociales que han sido elegidos para una supuesta ‘gestión’ de la diversidad están imbuidos hasta la médula por la lógica dominante que, a fecha de hoy, ha recibido el barniz de una descarnada estrategia de dominación.

A menudo este a veces bien intencionado pero siempre pírrico ejército de cirujanos sociales tratan ‘de gestionar’ la diversidad con las escasas herramientas con las que se han podido nutrir en breves trayectorias académicas donde se les instruyó en una máxima, a saber: que el trabajo o la educación de la ‘sociedad’ se debía llevar a cabo sobre algo que nunca ha existido, vg: un material humano monocromo y de topología isótropa.

Esta lógica les infiere un espíritu eucarístico que anhela y se conforma con recibir buenas nuevas que les confirmen que esta avalancha de Otros puede ser estructurada, clasificada casi de forma taxodèrmica, convertida en una especie de colección entomológica, y lista para, una vez bien contorneados sus ‘caracteres’ (más bien sus ‘taras’) y claramente diagnosticados sus elementos a ‘tamizar’, poder tranquilizarse contemplando (desde arriba, desde la ‘normalidad’ del ‘autóctono’) un paisaje humano con límites internos estancos, en mosaico. Y desactivados, es decir, asimilados (eufemismo: integrados).

Un paisaje en los márgenes de los cuales se encuentra una nada social compuesta de trabajores bien etiquetad@s desde arriba y reordenad@s como constelación social ‘desviada’, sobre la cual trabajar y educar.

Pero cuando se descubre que este deseo no se corresponde con la realidad, el pánico e incluso la cólera hacen acto de aparición. Lo he constatado y registrado en directo, y también he sido víctima de esto como ‘amigo’ (y ‘experto’) de y en los Otros. Por lo tanto, como cómplice de la ruptura de la ensoñación de una congruencia perfecta entre lo proyectado y lo existente.

Así, por ejemplo, en Tarragona traté de impartir una sesión formativa de menos de 75 minutos sobre las religiones de todo un continente África. Que no es un continente cualquiera, sino una de las ecúmene más complejas y plurales del globo.

A la hora de caracterizar sucintamente algunos collectivos presentes en Cataluña, además de indicar que las morfologías locales y las situaciones construidas en la vida cotiana eran la base, y no la desembocadura, de las dinámicas culturales, incidí en que se debería tener presente diversos matices.  Por ejemplo, que en ‘la gestión de la diversidad’ no nos hallamos frente a ‘cameruneses ‘tout court, sino ante más de, como mínimo, 286 agrupaciones. Y esto sólo por lo que a lenguas se refiere.

Otro ejemplo: los congoleños (del antiguo Zaire, para entendernos) han reconocido ante este etnógrafo, sin tapujos ni rodeos, e incluso con orgullo, que constituyen un conglomerado de más de 500 grandes conjuntos etnosistémicos diferenciados.

En la República de Senegal se hablan unas 40 lenguas distintas, pero el nombre de grupos sociales o etnias podría superar perfectamente el centenar. No podemos enumerar, como es lógico, cuántas configuraciones etnosistémicas situacionales (es decir, reales) están presentes en los territorios ‘de origen’, ni tampoco en los de ‘acogida’ ....

 Traté de hacerme eco de un hecho: la miríada de configuraciones etnosistémicas de África en su vertiente digamos que ‘religiosa’ siempre tienen que engarzar con el hic et nunc del contexto cotidiano. Y nada se había hecho en Cataluña para conocer dichos contextos, ningún esfuerzo se había desplegado para realizar estudios etnográficos detallados y de profundidad.

¿Para qué? Mucho mejor hacer de vez en cuando algún concierto de música africana, y talleres de trencitas. No hace falta más, lo importante es folklorizar un poco los actos que hay que hacer (casi a regañadientes) para cumplir con el expediente y quedar ‘bien’.

¿Para qué? ¿Ha interesado a los responsables políticos, hasta día de hoy, conocer los verdaderos latidos de la Vida a través de la mejor forma de saberlo, es decir, de la etnografía y la antropología? En absoluto...

Al parecer, mi ‘osadía’ fue asimilable a lanzar un torpedo a la línea de flotación del esencialismo (androcentrado en su sector visceral, como veremos) de gran parte de la anémica (que no famélica) legión de supuestos ‘delimiteadores’ de la ‘diversidad’ (sólo de la diversidad Otra, claro ...).

En poco más de una hora de clase, donde expuse ejemplos similares a los antes comentados sobre articulaciones complejas de elementos identitarios a nivel socioespacial, etnocultural, religioso y lingüístico, traté de dibujar un panorama tan alejado de la supuesta pintura de geometría fácil y contornos gruesos y bien delimitados, que de las caras de sorpresa (mayoritarias) y de los comentarios expresados ​​por los alumnos en sus valoraciones sobre mi función docente, hay que extraer un interesante y significativo material.

Una larga inercia ha labrado un pesado legado de esencialismo culturalista. Aderezado con una viciada economía del pensamiento y con un recurrente ahorro de disquisiciones más allá de las eucarísticamente recibidas desde los mandos superiores. Por no hablar de los discursos vacíos desprendidos desde el ámbito casi sagrado del ‘copia y pega’, acrítico y aséptico.

Así, a lo largo de las clases traté de sembrar, por así decirlo, la semilla de la complejidad, lo cual chocó con el profundo y sólido dique de las inercias ahora comentadas. Por mi parte el objetivo era, y lo continúa siendo, deconstruir, desde los cimientos, una cierta forma de contemplar la ‘diversidad’ y actuar sobre ella para, una vez desestructurada y de(con)struïda, poder generar otra completamente nueva. Imposible en aquellas circunstancias.

Como muestra, las opiniones de algunos alumnos al juzgar mi propuesta pedagógica. Resulta significativo, dicho sea de paso, el elevadísimo porcentaje masculino inmerso en la patologización de la diversidad y la crítica feroz a todo intento de desproblematizarla. Las opiniones de estos ‘gestores’ de la ‘diversidad’ a escala local ante mi didáctica ‘a martillazos’ (como diría Nietzsche) fue de estupefacción ante el ‘caos’ que, desde su punto de vista, implicaba poner de manifiesto que la realidad social no es como quisiéramos que sea, ni como nos habían dicho que era.

 

 

 

 Tenemos muchos nigerianos”, “hay muchos rusos” y “amazigh ... ¿qué es?”: Reductivismo y desconocimiento de los ‘raros’ y los de ‘fuera’

 

 

 

Ante la ‘avalancha’ de personas y grupos ‘otros’, el pavor ha cundido, y este grado de fervoroso temor es mucho más perceptible cuanto más nos acercamos a la pequeña escala de la ya comentada ‘gestión’ de la diversidad. Para hacer que los y las lectores vivan de manera más acuciante esta constatación, y para ejemplificar mejor mi sorpresa ante tal demostración de jacobinismo de almacén, aportaré algunos ejemplos personales, siempre con remisiones más amplias que espero permitirán complementar el porqué de mi constante subrayado tanto en la pedagogía activa de la complejidad, así como en la necesidad de escrutar minuciosamente las orografías, siempre dispares y metamórficas, de la vida en sociedad.

En Vic, me comentaron: ‘tenemos (sic) muchos nigerianos.’ Les pregunté que de qué los más de 525 grupos étnicos de Nigeria eran ‘sus’ nigerianos. Hieráticos, acertaron a balbucear que “los que tenemos aquí hablan yoruba”. Les pregunté que de cuál de los 20 grupos etnosociales yoruba eran. La respuesta aún la espero. Podría haber preguntado más cosas, claro, como: ¿de qué esfera social provenían? ¿De qué género eran? ¿Cuál era su religión/cosmología? Y aún más: ¿qué trayectoria vital tenían, donde vivían, con quien interaccionaban, como reestructurar sus trayectorias vivenciales? y, sobre todo: ¿Qué pensaban, por qué, a partir de qué, para qué, en relación con qué? Sin esta información cualitativa, y sin poder valorarlos como personas concretas con necesidades, y no como mano de obra barata, como ‘sospechosos’ o como ‘raros’ a los que comprender, nada se avanzará hacia un verdadero diálogo intercultural, alejado del paternalismo y de la hipocresía que hasta la fecha de hoy lo han marcado de forma hiriente.

Pero eso mismo se tiene que llevar a cabo con el CONJUNTO DE LA POBLACIÓN. Las clases populares, es decir, el pueblo, son plurales, y si se realiza etnografía, se tiene que incluir en ella como objeto de estudio a todo el mundo que habita un espacio social, no sólo a los considerados ‘raros’ por los que detentan la capacidad de etiquetar.

Lo mismo se puede decir en relación al peligroso binomio “servicios sociales=inmigración”, lo que, además, crea agravios comparativos: como si sólo los trabajadores migrantes tuviesen problemas sociales... Ese asistencialismo (en el fondo xenófobo) es otro síntoma más del peso del nacionalismo esencialista en la ‘gestión’ de la diversidad: los ‘Otros’, incluyendo a los catalanoandaluces que llevan viviendo en Cataluña más de 50 años, son trasladados directamente a ‘Servicios Sociales’, no a ‘Cultura’. La ‘Cultura’ es solo la de ‘aquí’, la ‘normal’... Las de los ‘Otros’ estan patologizadas, al igual que sus detentores, por lo cual deben de encauzarse en el ámbito digamos que de las minusvalías, en este caso de cariz ‘cultural’....

Continuo. En L’Hospitalet de Llobregat me juraron y perjuraron que en uno de los barrios (Collblanc) contaban con (sic) “mucha gente rusa”. Se basaban en su empadronamiento, es decir, en el hecho de que en las dependencias municipales fueran con un pasaporte que ponía Русская Федерация (Federación Rusa). Poco después, mientras hablaba con los responsables de una mezquita relativamente cercana a Collblanc, me di cuenta que los supuestos rusos no eran rusos, sino chechenos...

Todo un ejemplo de tantas y tantas estrategias destinadas a etiquetar los otros ‘desde arriba’, basandose en adscripciones tan artificiales como son los estados. Creía que los catalanes éramos más sensibles a ello por razones obvias, pero es obvio que me he equivocado ...

Por otra parte, hablando con técnicos municipales de una ciudad de la comarca de La Noguera (provincia de Lleida), tras una conferencia que impartí sobre los etnosistemas amazigh, me confesaron que muchos técnicos de la comarca les habían dicho esa misma mañana que no sabían quienes eran “esos amazics”. Y también me confesaban que, días atrás, el alcalde de la ciudad les había animado a que dejasen de hacer conferencias y ‘tonterías de estas’ y que hicieran, “por ejemplo, una degustación gastronómica, o actuaciones musicales folklóricas, que es lo que atrae a más gente”. Todo en plan simpático, en plan gracioso. Como oí decir en una ocasión a una alcaldesa de una gran ciudad cercana a Barcelona: “los chinitos son muy graciosos, me caen bien, siempre sonríen, son muy monos, muy simpáticos ...”. Buen rollito paternalista....

Se trata del ‘ciudadanismo’ hueco, es decir, que cree hablar y actuar desde un punto neutro de universalidad, situado por encima del magma ‘diverso’ al cual ‘tolerar’. ¡Qué fácil es ser modesto cuando se es el mejor!. Ese ‘ciudadanismo’ es una especie de esencialismo guay, tolerante, molón, y que ofrece la posibilidad a los ‘raros’ que, de vez en cuando, se exhiban ...

Después hablaré con más detalla en relación con el ciudadanismo hueco pero, antes de continuar, quiero dejar bien claro que, aunque que de excepciones hay muchas, tras esa ‘tolerancia’ para con los ‘otros’ permanece una forma sutil de racismo: los que están por debajo de los que se autoconsideran como ‘normales’, es decir, como simbólicamente neutros en tanto que no pueden ver contestado ni revertido su ser o esencia, son puestos aparte, debajo, como ha he dicho. Si se les conceden derechos, o se les quiere comprender con supuesto respeto, pero se hace desde una esfera superior en la que están los que los observan, monitorizan y clasifican ... [9]

 

 

 

Las ‘culturas del mundo’ en Cataluña: inyectando esencialismo sin que se note demasiado

 

 

 Los propios inmigrantes, es decir, aquellos catalogados como inmigrantes desde la cultura dominante, son cooptados para tomar parte en las exhibiciones de culturas de otros lugares del mundo. Para muchos de ellos, no hay otra opción. Esta es la única visibilización pública que se les permite, la única en la que pueden actuar sin dar demasiadas explicaciones ni ser sometidos a control y vigilancia, ejerciendo de figurantes en una performance similar a una feria donde se muestran los “monstruos culturales” que viven entre nosotros, en Cataluña, pero que, en términos nacionalistas esencialistas (y ‘ciudadanistas’), ni son ni serán de Cataluña.

 

Los más recalcitrantes nacionalistas impugnan para siempre la sola posibilidad de que los negritus, moritus i xinitus (cito, literalmente, palabras que he oído docenas de veces) sean más parte de la cultura catalana y/  de la nación catalana; los más ‘abiertos’ de entre esas filas esencialistas son partidarios de dar tiempo al tiempo para que, poco a poco (¡no debe de haber prisa!), se vayan integrando o ‘incorporando’, que no quiere decir lo que realmente debe decir (es decir, una adaptación mutua dentro de un ambiente social compartido), sino que implica crear unas fotocopias perfectas que imiten sin errores ni barbarismos todas las características y talantes de lo que algunos consideran como propio de la ‘cultura ‘de la sociedad de acogida ...

Eso sí, se tratara de fotocopias que siempre tendrán la marca de la tara hereditaria, de su condición impura, de su immigridad, ya sea en el apellido, ya sea en su aspecto, ya sea en la lengua de sus antepasados, ya sea en sus prácticas religiosas, en definitiva, en cualquier pequeño resquicio por donde se escurra la pretendida anormalidad de su condición social, lista, nuevamente, para ser empleado cuando sea necesario como justificante de su potencial posición marginal. Y para tener siempre a mano la parrilla clasificatoria creada por la cultura de los dominadores (autocalificada como ‘propia’) para poder jerarquizar nítidamente la población y permitir la reproducción de las desigualdades como algo ‘natural’ o de sentido común.

Un caso evidente es, por ejemplo, la a mi entender descomunal folclorización de la civilización china que representaba el festival pseudotradicional de nombre Xinafest y que desde hace dos años acoge un gran centro cívico del barrio de Sants, en Barcelona. La población local (es decir, los normales) pueden visitar una reproducción a pequeña escala de ítems ‘culturales’ disecados, fosilizados y descontextualizados, referidos a un espacio civilizatorio tan inmenso, plural, complejo, ambivalente y paradójico como es, ni más ni menos, que la China. El caso de este show, que metía en un pequeño zoológico humano las ‘esencias culturales’ del 25% de la humanidad, es una demostración paradigmática del todavía abrumador esencialismo cultural que impera en Cataluña, tanto desde el identitarismo descarnado, como desde el ciudadanismo multiculti vacío. Por mucho que en algunos momentos, a nivel oficial, se diga que se han hecho ‘esfuerzos’ para enjuagar la esencialización y la fetichización de complejos sistemas sociales. No es cierto.

El pírrico esfuerzo antiesencialista del período del gobierno catalán ‘tripartito’ no ha cuajado a nivel de las acciones, y se ha quedado, como suele ocurrir, en el terreno puramente nominal y de las buenas intenciones sin plasmación real. Empeño se puso poco. Y se volvió a recurrir, desde un teórico ‘ciudadanismo republicano’, al esencialismo nacionalista: todos los colectivos presentes en Cataluña tenían que confluir en la lengua y la cultura catalana. Sí, la lengua catalana, perfecto, pero... ¿’La cultura’? ¿Qué es la cultura catalana? ¿Qué incluye? ¿A quienes incluye? ¿Se trata de un ente ya completado y finito?. Esa obstinación por hacer confluir a los ‘Otros’ (los inmigrantes pobres, no los ricos, claro) en la ‘cultura catalana’ me hacía visualizar dicho proceso como si dicha cultura catalana fuese el agujero del fregadero donde va a parar toda el agua después de quitar el tapón...

Incluso al hablar en la famosa ‘cultura pública común’ (que, por cierto, aún nadie sabe lo que es) en la que con tanto ahínco insistía el documento del Pacto Nacional por la Inmigración anteriormente citado, Carme Capdevila, consejera de Acción Social y Ciudadanía de la Generalitat de Cataluña, no sabía realmente en qué consistía, ya que era un concepto vacío (otro más) que mezclaba el falso ‘ciudadanismo’ con concesiones al identitarismo culturalista del nacionalismo de CiU y amplios sectores (no sabría decir sin mayoritarios) del nacionalismo de ‘izquierdas’. Hablando de oquedades y tautologías vacías: el director del Fórum de las Culturas 2004, el cual, al ser preguntado por mi colega Manuel Delgado sobre qué eran para él ‘las culturas’, respondía: ‘¿Las culturas? Pues eso…, culturas. Las culturas son... las culturas. La misma palabra lo dice, ¿no?’.

Resulta significativo que Jordi Oliveras, director del Forum de las Culturas, sea economista, Carme Capdevila, exconsejera Acción Social y Ciudadanía, sea bióloga de formación, y los dos últimos responsables de inmigración de la Generalitat, Xavier Boshc y Oriol Amorós, sean ingenieros agrónomos. Quizá así se pueda entender mejor por qué los profesionales de la antropología jamás hemos sido tenidos en cuenta en la ‘gestión’ de lo que, a priori, es nuestro ámbito de especialización disciplinar por excelencia.

El triunfo del folclore: espectacularización y dualidades, o cómo reproducir estereotipos y justificar exclusiones de buen rollo ...

 

 

El folclore y el buen rollito del espectáculo cromático con regustos festivos llenan de forma predominante la práctica totalidad de actuaciones relativas a la llamada ‘gestión’ de la diversidad: los detentores de la cultura dominante (insisto de nuevo: autodenominada ‘cultura propia’ o ‘autóctona’) articulan espacios para que los Otros, los de las culturas ‘raras’[10], puedan ‘ exhibirse ante los normales, que admirarán con tolerancia la existencia de este multiculturalismo aséptico, un multiculturalismo donde la cultura ‘normal’ nunca es parte integrante sino, hay que insistir, se auto-otorga un lugar por encima del magma híbrido-mestizo-multicolor que hierve por debajo. Un lugar límbico, tácitamente considerado como superior ...

Como complemento de esta espectacularización de una idealizada multiculturalidad, se encuentra ciertas políticas destinadas a promover la convivencia entre distintos, dando por supuesto que tiene que ser problemática per se. Y hacerlo, siempre, desde una óptica procedente de este lugar superior concedido por la pertenencia (normalmente, por nacimiento o adscripción) a la cultura “autóctona”.

Por un lado, invocaciones abstractas a la importancia de respetar las ‘diferencias’ (asépticas y/o políticamente correctas), por otro, evidencias de que lo que a veces interesa en la gestión de la diversidad es el control cuantitativo y cualitativo de aquella alteridad considerada como demasiado ‘diferente’ en el sentido ya no aséptico, sino potencialmente problemático, del término.

En algunos ayuntamientos me han explicitado de forma clara, directa, que no les interesa conocer la interculturalidad del conjunto de la población desde dentro y ponerla en valor, sino saber dónde están ‘los Otros’, y cuántos, son para poder controlarlos mejor. “No queremos una tesis doctoral, los queremos controlar”, me dijeron, tal cual, en un consistorio al sur de Barcelona.

Esta focalización en el control y la vigilancia es perfectamente complementaria, en absoluto contradictoria, con la promoción del espectáculo vacío y de la cosificación de los universos sociales ‘otros’, reducidos a una serie inerte de cosas ‘extrañas’, rituales ‘vistosos’, comidas ‘exóticas’, ropas ‘étnicas’, religiones ‘curiosas’ y demás ingredientes perfectos para amenizar una de las muchas ‘jornadas interculturales’ o ‘multiculturales’ que, desde una óptica profundamamente culturalista, se se han llevado a cabo.

No estamos muy lejos de los zoos humanos que se montaban en Bruselas, París o en Barcelona entre la década de los años 1880 y el año 1931[11]. De hecho, incluso se podría decir que, en cierta medida, son su repetición o, mejor, su reactualización. Esta vez no en clave colonial, por supuesto, sino neocolonial, o neoliberal. El multiculturalismo sería una suerte de reedición posmoderna del imperialismo colonial[12].

Algunas veces, quien sabe si para sacarse de encima la potencial etiqueta de ‘folclorismo’, se organizan actividades pretendidamente serias y elevadas, es decir, aburridas, destinadas a dotar de una cierta atmósfera academicoide los actos espectacularizantes. Un pedacito de reflexión y debate en medio de un océano de reductivismos y substancializaciones que hacen carne entre la población, en el espacio, presencialmente, la distinción clara y rotunda entre los normales y los raros.

 

Se trataría de una estrategia sutil, pero que avitualla a la perfección el engranaje destinado a perpetuar los estereotipos y las dualidades excluyentes. En un pueblo cercano a la ciudad de Tarragona, unas jornadas interculturales remarcaban la existencia de otras culturas en la ciudad: “Taller de gastronomia[13]: degustación de tés del mundo: China, Marruecos, Gran Bretaña e India”. En las mismas jornadas, tuvo lugar una actuación musical ‘mestiza’: un grupo senegalés y otro de flamenco fusión. La ‘mezcla’, entre los Otros. Los diables[14] y gigantes pueden desfilar ‘junto a’, pero no “mezclarse con”. ¡Faltaría más!

¿Queremos ver otra muestra?: unas jornadas ‘interculturales’ perpetradas en El Vendrell (Tarragona) recogían una “muestra de expresiones culturales de jóvenes de todo el mundo: Brasil, Argentina, y El Vendrell”. Está claro, ¿verdad? Dualidad diáfana y contundente: en ese municipio, hay gente de El Vendrell, y gente que “están allí”, pero no son parte constitutiva de El Vendrell...

Otro ejemplo, este de la ciudad de Barcelona, ​​donde en la primavera de 2008 se lanzó un “plan pro integración en pleno aumento de inmigrantes”, justificándose dicho plan en lo que parece ser un ‘peligroso’ porcentaje de inmigrantes: el 16,2%... En el siglo XVI, cerca del 40% de la población de Amsterdam era nacida fuera de los Países Bajos, muchos de ellos eran de origen portugués y armenio. Ejemplos históricos como este los hay a miles, pero deduzco que no interesa o o no interesaba hacerse difusión de los mismos, al contrario: interesa o intersaba problematizar (o folklorizar) algo tan natural, en tanto que no forzado y espontáneo, como es la pluralidad humana.

Esto es lo que explicaría que el 16% de foráneos ‘provoque’ la puesta en marcha de unos actos que (cito literalmente) “intentarán aproximar dos realidades que viven en Barcelona, ​​la de población autóctona y la de creciente población inmigrante”. Por si no había quedado clara la dualidad, la volvemos a presenciar sin rodeos, e incluso reconociendo implícitamente que se intentará, es decir, que se trata de un esfuerzo difícil, pues difícil tiene que ser, de antemano, la convivencia entre la cultura ‘normal ‘y las de los’ raros ‘, muy especialmente si estos raros no se doblan a la maquinaria aséptica a través de la cual poder recibir el respeto por parte de los normales. Esencialismo en estado puro...

También cuenta con un trasfondo esencialista abrumador que, en el mismo documento (periodístico, hay que subrayarlo), los mismos organizadores hablan de “invitar a la nueva ciudadanía heterogénea[¿la ciudadanía autóctona es homogénea?] a compartir tradiciones y señas de identidad locales”, es decir, a asimilarse a lo que se presenta como la ‘cultura’ autóctona, o bien a la cultura llamada ‘popular-y-tradicional’ (en un pack), la cual parece ser que todavía no puede incluir a todo el pueblo, es decir, al conjunto de las personas que configuran la nación catalana entendida como sistema plural y abierto, no como entidad uniforme y cerrada...

En diciembre de 2009 una campaña institucional de la Generalitat de Cataluña, en concreto del Centro de Promoción de la Cultura Popular y Tradicional Catalana, volvía a subrayar este carácter finito, cerrado, de lo que ellos consideran como ‘cultura popular’, mostrándonos que ésta sólo incluye las producciones simbólico-festivas generadas recuperadas y/o reavivadas por la Cataluña decimonónica, hace entre 100 y 150 años: gigantes, dragones, águilas, castellers, sardanas, diablos... Pero no la retahíla de expresiones simbólicas de los “otros catalanes”(llegados hace más 50 años) ni tampoco las de los “nuevos otros catalanes” (llegados en las últimas dos décadas)

El título de aquella campaña institucional era bastante elocuente: ‘SOMOS’. Es decir, el pueblo catalán, su cultura popular, no es toda la población de Cataluña, sino sólo la gente normal y/o asimilada a la normalidad. Un término, el de ‘somos’, oh sorpresa, profundamente pujolista: es decir, esencialista, biologicista y organicista. He aquí varios ejemplos[15] en forma de sentencias de J. Pujol:

 

“nuestro pueblo se ha mantenido durante siglos fiel a su ser colectivo, que incluye la lengua”

“Los pueblos no mueren si no pierden la voluntad de ser

 ”Creemos que no es indiferente que Cataluña sea o no sea. No lo es, primero, por el hombre catalán. El hombre catalán necesita del hecho colectivo catalán -de hecho colectivo catalán operativo y eficaz -, capaz de dar a sus hombres una forma de ser “

“Son necesarias aportaciones de voluntad de ser” “Somos conscientes de nuestra voluntad de ser

“En Cataluña se libra desde hace siglos un combate que es el combate de la voluntad de ser

“El problema que tenemos fundamentalmente es el de saber si seremos o no seremos

“Que Cataluña sea un solo pueblo, y un pueblo catalán”

“Sólo hay en este país un tronco catalán y si es que saben todo esto, aquello, el de más allá, lo que sea, muy bien, se injerta, pero las cosas que se injertan deben injertar con algo que ya existe, a un tronco que es sano, que ya está, y ese tronco en Cataluña o es catalán o no es.

 

 

La uniformización nacionalista tras la máscara del ciudadanismo: ‘normalizaciones culturales’ y ‘arraigos’ ...

 

 

Desde algunos sectores ciudadanistas se intenta homologar tajantemente la integración cultural con la participación de los ‘recién llegados’[16] dentro de las entidades culturales populares autoproclamadas como autóctonas. Se trataría de una forma de normalización cultural, si empleamos una sinonimia conceptual prestada al para mí desafortunadísimo término ‘normalización lingüística’.

Parecería como si el sólo hecho de participar en alguna entidad ‘del país’ o de emplear con cierta competencia la lengua catalana, fueran suficiente como para dar por cerrado el tema de la integración. ¿De qué hablamos? ¿De asimilación cultural o de integración social? Nuevamente se vuelven a mezclar o confundir términos, y no sé si con intencionalidad (hipocresía) o de manera inconsciente (ingenuidad).

No es que no me parezca oportuno que haya recién llegados que participen en grupos de danza, grupos de diablos o de castellers, y corre-calles diversos, al contrario. Me parece fenomenal.  Al igual que me parece formidable que participen en equipos de fútbol local, en partidos políticos locales (pero...esto ya es otra historia, ¿verdad?), en ateneos populares, en sindicatos, en ateneos populares, en asociaciones de vecinos, en entidades ecologistas, y así hasta el infinito ...

En cambio, no me parecería tan positivo, sin embargo, que se integren en grupos fascistoides, que formen parte de asociaciones de cazadores o que se conviertan especuladores inmobiliarios, pero en todo caso esta es una opinión personal y arbitraria, pues es más que evidente que “ellos” (y “ellas”) también tienen derecho a alistarse en sectores de la sociedad que, personalmente, detesto.

Y aquí surge de nuevo la temática de la dualidad: incidiendo en que “ellos” se integrarán en “nuestras” entidades, reproducimos esta maquinaria asimilacionista y/o excluyente que implica considerar que en un espacio social dado hay dos grandes segmentos de población: nosotros y los ‘otros’.

No se crean los lectores que todo es un mero nominalismo y que esta dualidad permanece impoluta, encerrada en un ámbito metafísico, sin consecuencias reales. ¡No! Una de las muchas consecuencias de este planteamiento en el plano de la acción política se ejemplifica en el caso de los certificados de arraigo que deben emitir los poderes locales para dar una especie de ‘carta de población’ o de ‘diploma de ciudadanía’ a aquellos vecinos que no han tenido la ‘suerte’ de nacer ni en el Estado-Nación al que pertenece el municipio, ni en la Unión Europea, ni tampoco en ningún estado con ciudadanos ricos que nunca puedan ser considerados como inmigrantes sino, como mucho, como ‘extranjeros’ que forman parte de ‘colonias’ (de americanos, holandeses, británicos, franceses, japoneses o kuwaitíes, qué más da).

La palabra ‘arraigo’ remite a una metáfora botánica, perfecta para cualquier proceso imbricado dentro del campo de la ingeniería agrónoma, pero nada adecuado para referirse a las relaciones sociales, que son lo más tangencialmente diferentes posible a cualquier clase de entidad arbustiva o herbácea, a menos que (como me temo) se sigan empleando símiles biologicistas para hablar y para tratar los procesos sociales, con las subsiguientes consecuencias en el plano de lo real.

Más allá de esta creo que nada casual referencia biológica, los certificados de arraigo constituyen una verdadera aberración jurídica, como ya han demostrado sistemáticamente los antropólogos Catalina Borelli y Manuel Delgado en un documento reciente[17]:

-          Exigen conocimientos lingüísticos que sólo son igualmente exigibles a los ‘autóctonos’ que quieran convertirse en funcionarios

-          Se piden documentos jurídicos imposibles de conseguir antes de obtener el certificado

-          Se emplea multitud de conceptos indeterminados que se unen a una serie de trampas y callejones jurídico-administrativos destinados a problematizar y patologizar el asentamiento legal de los ‘otros’ en un espacio local concreto.

 

 

La monitorización de los demasiado diferentes, nueva forma de racismo cultural

 

 

Atención, pregunta: ¿Por qué no trasladar las políticas inquisitoriales, de monitorización, de vigilancia, de control y de fiscalización de la vida privada de grupos ‘culturales’ sometidos a prejuicios (inmigrantes, jóvenes, ‘radicales’, etc.), y hacerlo con la misma intensidad, pero en este caso sobre especuladores bancarios, caciques locales, empresarios de la construcción, sociedades de cazadores, partidos políticos, y  otros elementos de las tribus surgidas de la ‘cultura propia’?

En Sitges, en el corazón del Parque Natural del Garraf, hace tiempo que contemplo estupefacto como una familia originaria del noroeste de Europa desarrolla conductas que, de otro modo, serían sospechosas de anormalidad cultural y rápidamente fiscalizadas: han ampliado su casa (donde hacen obras desde hace cinco años) contratando paletas polacos que llegan directamente desde los Países Bajos; sus perros invaden constantemente un camino público; la mujer del matrimonio se dedica sólo a las tareas domésticas; los hijos llegan a menudo tarde a clase, o faltan con cierta cadencia, etc ...

Me pregunto ¿qué pasaría si en vez de ciudadanos comunitarios de la Europa boreal fueran de algún otro país, al sur o al este del nuestro? Sobretodo, de un país conceptualizado como ‘emisor’ de inmigrantes: Marruecos, Ucrania, Ecuador, China, por ejemplo ...

Para empezar, el control institucional al que serían sometidos sería constante. Para continuar, las opiniones negativas sobre su cerrazón identitaria y sobre sus prácticas cotidianas estarían en boca de mucha gente ... Quizá se preguntarían por el origen del dinero para construir la casa, los niños no irían a una escuela privada, como es el caso de la familia que comento, sino a una escuela pública, donde su reiterada impuntualidad, además de ser severamente castigada, confirmaría el carácter intrínsecamente diletante e inestable de su ‘cultura’.

Me imagino cuáles serían los comentarios de algunos docentes y técnicos: “es que con esta gente.. no hay manera”. También imagino sus muecas y sus movimientos corporales al decirlo…

           Repensar la ‘gestión’ de la ‘diversidad’ desde una nueva hegemonía…

 

 

En mi opinión, muchas de las políticas de’ gestión ‘de la diversidad son aberrantes no sólo por lo que acabamos de comentar, sino también porque tratan de monitorizar autoritariamente algo que siempre se moldea a sí mismo. Me explico: la sociedad (municipio, comarca, país ...) es un sistema que se autorregula. Violentar la autorregulación de este sistema, y ​​hacerlo casi siempre contra grupos previamente estigmatizados a través de prejuicios, es un ejercicio de racismo cultural, pues se naturalizan y problematizan a los que no encajan en el diseño previo que se pretende imponer para coagular la ebullición social de la vida cotidiana.

Esta ‘gestión’ se hace sobre ‘grupos’ recortados desde arriba, sin tener en cuenta la opinión de los implicados, sus prioridades, y sus percepciones. Esta ‘gestión’ no se hace con toda la población, sino sólo con los sometidos a prejuicios ... Así, se reproduce su condición marginal, se les naturaliza como grupos identificables de forma clara, casi inapelable, y se intenta saber de forma seca y reductivista cuáles son sus características, en especial aquellas más problemáticas y/o problematizables. Siempre en relación con las normas consensuadas por las élites y/o con las tradiciones y costumbres convencionales desde la óptica de la supuesta ‘cultura propia’ del territorio de acogida.

Para conseguir ‘conocer’ como ‘funcionan’, se realizan sesiones formativas de corta duración que sólo pueden dar aproximaciones introductorias, y que se convierten en lugares donde los ‘gestores’ reciben informaciones que sólo sirven para crear nuevos prejuicios. La complejidad dinámica, metamórfica y poliédrica de los grupos humanos no se puede explicar en dos horas, sino recibir un seguimiento atento, detallista y de proximidad mediante la técnica antropológica por excelencia: la etnografía. Una técnica, insisto, a emplear en relación a toda la ciudadanía, y que podría facilitar información cualitativa y rica en matices, actualizada de forma constante, sin incidir en los procesos para controlar, vigilar y saber “dónde están”. Punto.

Un estudio respetuoso y no-parapolicial sobre, por ejemplo, las religiones de un municipio, se debe realizar desde la óptica antropológica y sociológica, y debe hacerse desde la neutralidad más absoluta (el ateísmo, en este caso). Esto no se ha hecho más que en casos excepcionales, al igual que las intervenciones de ‘gestión de la diversidad’ hechas por personas buena parte de las cuales tienen tremendamente interiorizados los prejuicios contra la ‘divergencia cultural’.

Pero aún hay más: muchas ‘gestiones de la diversidad’ se han llevado a término priorizando la mirada ‘autóctona’, y eso no hace más que continuar reproduciendo los prejuicios desde la identidad autopercibida como ‘normal’ y que, en tanto que ‘conoce bien’ el municipio, se consideraban a sí mismas como las únicas idóneas para ‘manejar’ la diversidad (sólo la de los estigmatizado), y hacerlos asimilar (o separar) de manera más o menos nítida.

 Un ejemplo al respecto: en Llinars (Vallès Occidental), una convocatoria laboral para un trabajo centrado en la de ‘gestión’ de la diversidad (en forma de ‘plan para la convivencia’) tenía como prerrogativa sine qua non que la persona que se presentara a la convocatoria debía “conocer bien el municipio”. En otros lugares, poseer un apellido claramente distinguible como ‘local’ ha sido un garante para acceder a un trabajo en la administración.

Por un lado, pues, buenrollismo multicultural de fachada, por otro, sin embargo, la pura y dura constatación de que la endogamia localista (modulación del nacionalismo esencialista) continúa(ba) marcando la agenda de muchos entes públicos. Priorizar el ‘buen conocimiento de un municipio’ (eufemismo de ser nacido en él) es una equivocación mastodóntica si lo que realmente se quiere es crear una sociedad intercultural y sin exclusiones.

La mirada externa, neutral, es la única que puede contemplar los actores sociales desde una óptica horizontal, y darse cuenta de muchísimos detalles que desde dentro no son percibidos, valorados ni tenidos en cuenta.

Las notas dispersas que he tratado de sistematizar muestran (más que demuestran) como estaba el patio por tierras catalanas tras sufrir durante décadas el lastre del nacionalismo esencialista y de su derivación ‘ciudadanista’. Su huella se encuentra incrustada en la mayoría de ‘gestiones’ y de concepciones de y sobre la diversidad, lo que deriva en una enorme falta de ductilidad en la mayoría de mecanismos que sopesan ‘gestionar’ la interacción múltiple y dinámica de un universo social cambiante que bebe de los impulsos y ritmos de la vida cotidiana intercultural que configura cualquier pueblo. En este caso, el pueblo de Cataluña.

Cataluña, como ninguna otra nación, no puede remitirse a ningún tipo de ‘estructura identitaria’ ni tiene ninguna ‘cultura autóctona’, conceptos esencialistas muy usados no solo por Pujol, sino por Artur Mas y, últimamente, com gran ahínco, por el MHP vicario, Torra. No deja de sorprenderme que haya quien se lleve las manos a la cabeza por el supremacismo visceral de este caballero cuando no es más que otro retoño más de la larga estirpe del nacionalismo racista de raíces germánicas y culturalistas. El ínclito Pujol, hablando del supuesto ‘recelo’ ante los ‘extranjeros’ (en general, obviando el sesgo de clase social, como siempre se ha hecho), dijo: “Toda especie animal defiende su territorio. Y los humanos también”. La frase es de julio de 2000, un mes después de que servidor finalizase el redactado de la tesis doctoral y se arremangase para ir a ‘trabajar’ en el fango de la ‘gestión’ de la ‘diversidad’. Con dicho background ideológico de fondo, netamente racista y de un biologicismo sonrojante: ¿qué clase de ‘sociedad diversa’ se puede contribuir a hacer germinar?                                        

Acabo. Todo pueblo, toda sociedad, no es otra cosa que un campo de relaciones sociales que considero que ni se pueden ni se deben manejar como si se tratase de un jardín donde fiscalizar el correcto ‘arraigo’ de sus ‘implantes’. Nada más lejos que eso.

Lo que se tendría que proceder a llevar a cabo es conocer y explicar desde la cercanía que brinda la ciencia antropológica, pero no conocer para controlar/respetar/monitorizar/tolerar/reprimir, sino para conocer el conjunto de las interacciones de la vida cotidiana (de tod@s, hay que insistir en ello) y poner en valor la convivencia entre distintos, incluyendo su dinamismo y sus ritmos y diferenciaciones infinitesimales.

E incluir, asímismo, sus conflictos, los pareceres de los protagonistas de la interculturalidad real (también sus discursos políticamente incorrectos), las lógicas que los catalizan, los contextos donde se generan, los caleidoscopios humanos de donde llegan y donde se articulan, y un largo etcétera.

Pero esta tarea nunca se debe hacer desde arriba a partir de una esfera hueca y ‘superior’, sino en un plano horizontal donde no hayan excluidos e incluidos en la investigación y la actuación, donde no se piense de manera tan dualista en autóctonos y en “recién llegados”. Y donde también se hablase de la explotación, los antagonismos, así como las solidaridades y conmuntaciones interétnicas o pluriconfesionales.

Una vez visualizado y comprobado que la diferenciación y los ‘distintos’ están por doquier, nadie debería ser considerado como ‘diferente’, pues en una sociedad que reconoce la diferenciación generalizada, por pura lógica, nadie es diferente, y todo el mundo lo es.

Tanto la supuesta nación dualista o ternaria (los de siempre-los hace poco-los recién llegados) como el supuesto mosaico multicultural (catalanes-los hace poco-las culturas inmigrantes), se mostrarían, pues, como una impostura, como el resultado de una superstición, y surgiría ante nosotros un conjunto de ecosistemas sociales complejos tal como la realidad lo genera, no tal y como algunos quieren que sea. Tampoco un paisaje humano paradisíaco o un nirvana de complacencia global.

La sistematización etnográfica de todo ello configuraría un patrimonio cultural inédito y original, un patrimonio vivo, un patrimonio a renovar continuamente, donde las dualidades como cultura ‘alta’ y ‘baja’, ‘autóctona’ e ‘inmigrante’, perderían sus prerrogativas jerarquizantes y se extinguirían para dar paso a nuevos paradigmas y prácticas. Todo ello podría servir para empezar a plasmar, como una suma siempre provisional, lo que es el conjunto de las clases populares de Cataluña. Una sociedad, por cierto, que será intercultural o no será. Ni más, ni menos...



[1] Este escrito recoge experiencias y teorizaciones construidas justo después de retirarme (provisionalmente) del campo de la 'gestión de la diversidad' gracias al terrorismo neoliberal (la mal llamada 'crisis'), pero tamizadas a posteriori para purgarla de un exceso de bilis que aportaba más opacidad que otra cosa al conjunto del texto. Se trataría, por lo tanto, de un remake de un artículo que, con nombre similar, pero más eufemístico, publiqué on-line hace cinco años (2013). Lo comido por lo servido: evacuo materia biliar del texto, pero pongo el título que desde un primer momento mereció llevar, y el pavor por lo políticamente correcto me evitó escribir. Para cambiar la realidad hay que mirarla de frente y describirla.

[2]

[3] El tió es un tronco a los que los niños golpean con un bastón en Navidad para que ‘cague’ regalos. 

[4] Por ‘processisme’ se conoce a la última treta sacada de la manga de una parte de las clases dominantes de Cataluña para continuar con sus privilegios y atesorar el poder institucional. Camaleónicos, experimentados durante 150 años en hacer lo que sea (literalmente: lo que sea) para seguir mandando, es decir, dar órdenes y vigilar su cumplimiento. Su ideología está muy clara: sus bolsillos. Envuelta en lo que haga falta si eso sirve para conseguir mantener propiedades y patrimonios. Les da absolutamente igual pedir el asesinato de Ferrer i Guàrdia, exigir ‘mano dura’ contra los obreros (pistolerismo), venerar la dictadura de Primo de Rivera padre, fundar un ‘frente de orden’ filofascista en 1936, o dar su apoyo incondicional tanto al golpe de estado ultraderechista de ese año como al régimen que surgió de la victoria del bando defensor de las clases explotadoras de las Españas. Ellos hablan siempre en nombre de ‘Cataluña’ o del ‘pueblo’, ya que conciben a ambos ‘sujetos’ colectivos como ‘los suyos’, incluyendo a aquellos que se incorporan a lo que ellos consideran, en cada momento y contexto, que es ‘el pueblo’ y ‘el país’.

[5] En muchos casos, muchas personas inmigradas que salen en el programa se han 'integrado' gracias a tener pareja catalana. Como si fuera la mejor o única forma de unirse al ‘cuerpo nacional identitario’. Resulta contradictorio que se critique con vehemencia (y con toda la razón del mundo) el jacobinismo asimilador francés y español, y se haga lo mismo en Cataluña, pero en una escala diferente, y empleando un lenguaje formalmente 'anti-asimilacionista' ... Toda una impostura.

[6] Pujol no es Molt Honorable desde hace años, pero sus sucesores son avatares de su figura y del pujolismo (nombre con el que se conoce el nacionalismo identitario burgués de toda la vida, reeditado por dicho personaje). No solo porque Artur Mas, Puigdemont y Torra sean solo cintas de transmisión nombradas a dedo por dicho egregio petimetre, sino porque sus posicionamientos supremacistas, esencialistas y racistas son idénticos a los que, a través del pequeño gran Pujol, han llegado hasta nuestros días desde los rancios tiempos de Torras i Bages. Les aconsejo que lean la reediciòn que la editorial El Viejo Topo ha hecho de la obra que le costó el odio eterno de los nacional-católicos catalanes a Jordi Solé Tura….

[8] LIC: acrónimo de Llengua, Interculturalitat i Cohesió social. Programa supuestamente destinado a ‘formar’ profesionalEs en la tarea de minimizar los conflictos y desencuentros que se supone que, a priori, y por narices, acarrerarán la llegada de culturas ‘raras’ dentro del territorio de la ‘cultura normal’.

 

[9] “El multiculturalismo es un racismo que ha vaciado su propia posición de todo contenido positivo. El multicuIturalista no es directamente racista por cuanto no contrapone al Otro los valores particulares de su cultura. No obstante, mantiene su posición en cuanto privilegiado punto vacío de universalidad desde el que se puede apreciar (o despreciar) a las Otras culturas. El Respeto multicultural por la especificidad del Otro no se sino la afirmación de la propia superioridad” (Žižek, Slavoj, En defensa de la intolerancia, Ed. Sequitur, Madrid, 2008, págs. 56-57)

[10] No es una metáfora: me llegó un e-mail enviado por un gran auditorio de teatro de la capital catalana donde, al referirse a la traducción de un cartel, diferenciaba entre el inglés y el francés y, palabras textuales, a “los idiomas raros”. No hace falta tener mucha imaginación para averiguar que se referían al ruso, el árabe, el chino, el urdú...

[11] Por lo que sé, la última vez que tuvo lugar un zoo humano de esas características fue durante la Exposition coloniale internationale que tuvo lugar en el parisino bosque de Vicennes entre mayo y octubre de 1931. http://etudescoloniales.canalblog.com/archives/2006/08/25/2840733.html. Sólo el partido comunista francés fue contundente contra dicha exposición https://p4.storage.canalblog.com/45/50/113362/7275870.jpg

[12]  Žižek, Slavoj (íbidem), p. 56

[13] En un pueblo de la comarca de La Selva (Girona), en junio de 2006, la Jornada Intercultural se cerró con la degustación de "diferentes platos preparados por representantes de las nacionalidades participantes ..." Significativo, ¿verdad?

[14] Baile de diablos: grupos ataviados con ropajes que imitan a diablos y que hacer explotar petardos situados al final de un bastón. Por cierto= en ciertas geografías mentales y físicas de Cataluña, parecería como si formar parte de un ‘baile popular y tradicional’ fuese la condición sine qua non para ‘incorporarse’ o ‘integrarse’ en la cultura ‘propia’….

[16] Traducción del término nouvinguts, al que a menudo se recurre para no hablar de ‘inmigrantes’…

[17] Caterina Borelli, Manuel Delgado: "El arraigo social y sus simulacros: Propuesta para una investigación desde las ciencias sociales". Ponencia presentada en el VI Congreso sobre las Migraciones en España, A Coruña, 17-19 septiembre 2009