dijous, 24 de desembre del 2015

¿LO AUTÉNTICO CONTRA LO URBANO?
Nuevos embates del nacionalismo identitario contra la nueva hegemonía


Joan Manuel Cabezas


Introducción


En los últimos años han surgido, y se están consolidado, movimientos sociales y políticos que impugnan de raíz la insostenible situación generada por el ultracapitalismo (neoliberalismo) y su inmensa estafa (denominada ‘crisis’), un desfalco generalizado por parte de una minoría hacia el resto de la población. El rechazo a un Estado corrupto, antidemocrático y enemigo de la emancipación de sus pueblos, también están en la base de dichas movilizaciones. Una de sus desembocaduras más notables es la fórmula política encarnada en Podemos y sus diversas confluencias en diversas naciones del Estado: En Comú Podem, En Marea, Compromís-Podemos, etc…
Lo avalan l@s 69 diputad@s obtenidos en las recientes elecciones generales. Y contando exclusivamente con la gente, sin ningún tipo de apoyo ni de la banca, ni de la grandes empresas,  ni del Opus Dei, ni de ningún otro poder institucionalizado. Se trata de una apuesta política plural, dinámica, transformadora, radicalmente democrática, y lo suficientemente inteligente como para huir de monolitismos y ‘coherencias’ que solo expresan dogmatismos e inmovilismos. El objetivo de todas estas diversas fórmulas políticas en confluencia es que la gente, las clases populares, es decir, tod@s l@s que no somos parte de la casta financiera global ni sus aliados y cómplices necesarios, obtengamos no sólo el poder para decidir sobre nuestras vidas, sino también la garantía de tener cubiertas las condiciones materiales de nuestra existencia.
Esa es la gran meta y para eso se trabaja. Una meta tan amplia permite múltiples modulaciones diferenciales, y en eso radica una de las fuerzas que pueden convertir en imparable estas apuestas políticas cuando se conviertan en masivas. En eso estamos, por cierto.
Todo lo comentado ha encendido las luces de alarma entre los que quieren continuar asegurando su dominio y nuestro estado de absoluta postración. En el caso de mi país, Cataluña, muchos de esos que cada vez están más nerviosos son los que detentan la hegemonía desde hace la friolera de 35 años. Y esto se hace tanto de forma directa como a través de los medios de comunicación que controlan (públicos, y subvencionados), así como de sus voceros, que son muchos y muy activos. Por tierra, mar y aire, han intentado y siguen intentando torpedear este amplio proyecto político, basado en una unidad popular real.
A veces han contado con la complicidad, me gustaría pensar que involuntaria, de aquellos que seguramente tendrían que ser nuestros aliados porque (se supone) que comparten nuestra misma condición ‘subalterna’ en relación con los que tienen las riendas de un sistema político que se ha mostrado como servidor de los intereses dominantes, y que se ha asegurado el dominio, pero está perdiendo su legitimidad a marchas.
Nos han avasallado con insultos, descalificaciones y acusaciones de todo tipo. Quizá un último ejemplo ha tenido lugar hace poco: resulta que ahora algunos consideran que nuestro proyecto político está basado en una voluntad ‘urbanita’ (¿?) destinada a excluir el ámbito rural. Un mero artificio creado desde las ciudades, contrario a los intereses de la gente del campo…
Considero que, de forma directa o derivada, se trata de un nuevo intento destinado a convertir en antagónicas las contradicciones en el seno del pueblo. De este modo, se volvería a ocultar los antagonismos reales entre las clases trabajadoras (‘urbanas’ y ‘rurales’) y sus aliados, por un lado, y las castas financieras y sus complacientes servidores, por el otro.

Debo decir que este no es un texto académico, sino que pretende ser un artículo divulgativo que tenga la máxima difusión posible. Esto quizá conlleve que a más de uno le parezca un texto reductivista, simplista y hasta superficial. Pero, como dicen los rusos: на вкус и цвет товарищей нет (‘en los gustos y en los colores, no hay amigos’)….


¿Un proyecto de ‘urbanitas’?


En primer lugar, si existe una marginación del mundo rural catalán, ésta no se debe a la acción ni de En Comú Podem ni de Podemos, sino de los que han gobernado la autonomía, el Estado y las Diputaciones y municipios. Si se deben exigir responsabilidades, éstas no se deben exigir a nosotros, sino a los que han posibilitado o incentivado esa marginación.
Es más: queremos que las gentes y pueblos se autogobiernen, priorizamos detentar la total soberanía sobre nuestras vidas y sobre las condiciones materiales de existencia. Como resulta lógico, esto vale tanto para las áreas ‘urbanas’ como para las rurales, para el campo y para la ciudad. Queda dicho.
En un principio se trató de usar (y aún se hace) el componente xenófobo que siempre late en todo nacionalismo identitario: “esos de Podemos son gente de fuera”, “son gente de la universidad madrileña, aquí no van a hacer nada”, “lo de Podemos y compañía es un proyecto en clave española, en Cataluña no tienen sitio”, etc... La contundente victoria en Cataluña (12 diputados) de En Comú Podem el pasado día 20 de diciembre ha dejado más que en evidencia ese tipo de ‘argumentos’.
El nacionalismo identitario observa esto con pavor: se abre la posibilidad de que las clases populares dejen de considerar como de ‘sentido común’ la coartada cultural y la contemplen como lo que es: pura ideología, una artimaña utilizada para ocultar la relaciones de poder reales que están bajo el velo de la todavía irresuelta cuestión nacional catalana y de las misticoides ‘distancias culturales’ inventadas para ‘legitimar’ explotaciones y exclusiones.
Que la cuestión nacional continúe abierta es fundamental para los que detentan la hegemonía en Cataluña desde 1980 (con el breve y poco efectivo hiato del ‘tripartito’). ¿Por qué? Pues porque es la garantía de la continuidad de su dominio, les asegura mandar en lo que siempre han visto como su latifundio particular (Cataluña), y así poder continuar controlando su estructura de poder, basada en un clientelismo corrupto hasta la médula, como hace pocas semanas subrayó el economista Vicenç Navarro (https://www.youtube.com/watch?v=E9yIfmFBIWk, 32:55 )
Esta nueva embestida contra los ‘urbanitas’ usa un ejemplo para justificar sus ‘acusaciones’: el caso de las ciudades del cambio. Ya saben: Barcelona, Badalona, Madrid, València, Zaragoza, Compostela, A Coruña, Cádiz... Como si eso fuese suficiente como para proclamar que las nuevas fórmulas políticas al servicio de la gente son simplemente un pérfido invento de las ciudades y de sus líderes ‘urbanitas’, un artilugio malévolo destinado a anular la ‘naturalidad’ de las formas de vida ‘rurales’ y la autenticidad de la ‘cultura propia’.
Cuando en 1999 se creó la Euskal Herriko Udal eta Udal Hautetsien Biltzarra (asamblea de municipios vascos, conocida por el acrónimo de Udalbiltza), dudo mucho que los que ahora critican por ‘urbanita’ la colaboración fraternal entre las ciudades del cambio usasen entonces las mismas acusaciones. Se dirá que en esa asamblea también había municipios ‘rurales’. ¿Y qué? Era una colaboración entre ciudades. Eso sí, todas ellas gobernadas por lo que algunos catalogarían como ‘fuerzas nacionalistas’.
He aquí el meollo: bajo la retórica (que después trataré de desmenuzar) de la defensa de la ‘ruralidad’ ante las maléficas ‘ciudades’, lo que hay es ideología pura y dura: el problema real es que esas coaliciones ‘urbanitas’ no están dentro del catecismo del nacionalismo esencialista…
Habrá quien detecte una posible influencia del antiguo carlismo en esta airada defensa de las comunidades rurales. Más que ser un avatar franciscano del pujolismo (que también), hay ciertas ramificaciones políticas que quizá sean una suerte de supervivencias de la tradición carlista en Cataluña, readaptadas a los tiempos y contextos. De ahí que, y solo lo comento de forma hipotética, algunas piruetas lógicas puedan dejar entrever en estos discursos ‘ruralizantes’ una crítica contra el capitalismo (el mismo capitalismo salvaje del que son abanderados otros identitarios: Convergencia). Pero, si fuese así, sería más bien un ataque tradicionalista al capitalismo, lo cual es aún más reaccionario y conservador que el propio proyecto capitalista… En este sentido, la óptica ‘antiurbanita’ tendría puntos en común con un cierto tradicionalismo ‘anti-burgués’, entendiendo ‘burguesía’ de forma casi literal (los habitantes del ‘burgo’, es decir, de la ciudad) y como un ente degenerado, parasitario, artificial y falso, opuesto al virtuosismo, la laboriosidad, la naturalidad y la autenticidad…


Ciudad, campo, pueblo


No descubro nada nuevo si afirmo que Cataluña dejó de ser un país rural hace mucho tiempo, y también España, Euskadi, etc. Además, el continuum campo-ciudad es muy antiguo, las dicotomías son muy poco evidentes, las fronteras son difusas, y los cruces y solapamientos, constantes. La antropización del país, es decir, la acción humana sobre el territorio, ha sido muy intensa, sobretodo entre los siglos XVIII y XX.
La todavía escasa implantación de las nuevas fórmulas políticas en la Cataluña ‘rural’ también ha tenido lugar en el resto del Estado. Y no debe de extrañar a nadie. La hegemonía emergente no puede impregnar por arte de magia y en cuestión de meses todos los espacios sociales, sino que debe ir adoptando, en cada contexto local, una configuración específica.
Insisto: apostamos por la articulación de la sociedad en base a su gente, y ‘gente’ incluye, por descontado, el mundo rural. La sociedad rural está igualmente en el punto de mira del ultracapitalismo, ya que forma parte del mismo conglomerado que las clases sociales ‘urbanitas’: son parte del pueblo trabajador.
El historiador Xavier Doménech, ganador de las pasadas elecciones estatales en Cataluña, ha insistido muy a menudo en la importancia fundamental de los territorios locales, con sus características diferenciales y sus situaciones concretas, ya que son el lugar desde donde se despliegan las lógicas sociales y culturales, y los recursos materiales, que construyen desde abajo una sociedad que, ahora más que nunca, es un sistema complejo e interconectado, un conjunto de ecosistemas sociales, es decir, lo que en mi particular jerga denomino como redes de etnosistemas.
Un sistema social es siempre otra cosa y más que la suma de sus partes, ya que incluye también las relaciones entre las partes, su red de interconexiones. El ámbito rural siempre ha sido parte del mismo sistema que el de las ciudades y las redes de ciudades. Lo urbano, por su parte, también ha estado siempre presente en el mundo rural.
La gente del ámbito rural y de las ciudades comparten su condición de grupos explotados y sometidos a los dictados tanto de aquellos que quieren imponer formas de vida como de los que quieren expropiarles las que ya existen.
En Inglaterra el capitalismo se creó vaciando el espacio rural de campesinos, creando hambre, forzándolos a ir hacia las ciudades convertidos en esa ‘nada social’ que era el proletario, para poder venderse en el mercado de trabajo.
La expropiación de los medios de producción de los trabajadores por parte del capitalismo (con la fundamental ayuda del Estado y sus ejércitos) fue el punto de partida de la actual postración de los pueblos. Y ahí la dualidad ‘antagonista’ campo-ciudad no resulta estratégica a no ser que se pretenda crear divisiones entre los grupos sometidos a idéntico mecanismo de dominación.
Desde esta perspectiva, vuelvo a insistir, separar lo ‘rural’ de lo ‘urbano’ no solo es una impostura producto de un intento idealista por caracterizar una realidad que en absoluto responde a esa dualidad, sino que implica apostar por una separación artificial en el seno del pueblo. Eso sí: entendiendo ‘pueblo’ como sinónimo de sistema social intercultural, sin ‘cultura’ ni ‘lengua’ ni siquiera ‘identidad’ comunes, y no como sinónimo (como hacen los nacionalistas esencialistas) de nación identitaria. Nada que ver. He ahí una clave que puede deshacer muchos nudos, por cierto… Pero no es el tema que ahora nos ocupa y solo lo dejo como un apunte.
El conjunto de significaciones de las que está preñada la ‘nación identitaria’ es hegemónico en Cataluña desde 1980, y muchas se vinculan con la Cataluña ‘pairal’, idealizada como armónica y equilibrada, sin conflictos ni agitaciones, idílica y familiar, religiosa y obediente. Un discurso romántico de lo ‘rural’ como manantial de ‘pureza cultural’ y depósito de acumulación del acervo ‘nacional’, lugar de modelación de ‘la forma de ser’ (el tarannà, en catalán), de la idiosincrasia de la comunidad. Diriase que en una cierta época histórica se desplomó sobre Cataluña un ‘adn cultural’ franco-germánico que la selló para siempre, puesto que impregnó paisajes y mentalidades, y fue conservado hasta nuestros días gracias, en parte, a que perduró tanto en la naturaleza que esculpe el carácter del pueblo catalán como en los ‘genes’ de los que cuentan con un cordón umbilical que los retrotrae continuamente al año 800. Parece una broma, un guión sarcástico para un original remake de ‘Regreso al Futuro’, o simplemente un disparate (y lo es, sin ninguna duda). Pero al final de este artículo tendremos ocasión de comprobar la actualidad de este absurdo y peligroso discurso en boca de ‘ilustres’ prohombres del nacionalismo esencialista catalán como Jordi Pujol y Artur Mas…


Urbano y ciudad no son lo mismo


En su origen etimológico, ‘ciudad’ viene de civitas, palabra latina quizá emparentada con el vocablo ‘indoeuropeo’ *keiwos, presente en términos como ‘con-vivencia’ y ‘eco-nomía’, y de donde derivaría ‘com-pañero’. Para Aristóteles, la ciudad era la reunión de todos los hombres libres. En este sentido, ‘ciudad’ y ‘ciudadano’ no harían alusión directa a lo ‘urbano’ ni tan solo a la ciudad entendida como entidad física, sino que sería un concepto más abstracto o ideal. Por cierto: el concepto de ‘ciudadanía’ no es un invento Occidental, como lo demuestran dos ejemplos de Costa de Marfil: klo snan (‘persona civil’, ‘ciudadano’) en Baulé (de klo: ciudad); flami (‘persona civil’) en Guro (de fla: ciudad). La ciudadanía es plural y dinámica, no un magma de individuos atomizados que enmascara la imposición de una sola lógica social, política y económica.
Breve paréntesis: el odio visceral hacia lo que pueda aportar ‘la ciudad’ es el mismo (y perdón por la sinceridad) que el que expresaba hace muchos años un autor tan reaccionario, conservador y profundamente antidemocrático como era Oswald Spengler, para el cual el coloso pétreo de la ciudad señala el final de una cultura…
Pero pasemos a planos más concretos. Confundir ‘ciudad’ y ‘urbano’ es un error monumental, como bien señaló Henri Levebvre. Así lo indicó, en un libro de 1999 (El animal público), mi amigo y colega, el antropólogo Manuel Delgado, al cual debo una parte importantísima de mi bagaje, y del cual también he tomado prestada la metáfora que identifica la ‘ciudad’ con lo diabólico.
La ciudad se opondría a lo ‘rural’, al ‘campo’, por un mero hecho cuantitativo: una alta densidad poblacional estable, configurada, a menudo, por personas que son extrañas entre sí. Un ‘pueblo’ sería similar a la ciudad, pero con gente que ‘se conoce’. Como el barrio.

Lo urbano no es la ‘ciudad’. Lo urbano es un estilo de vida marcado por la proliferación de relaciones deslocalizadas. Lo urbano puede existir en una calle o en el metro, PERO TAMBIÉN en un espacio natural abierto, o en una pequeña aldea. Lo opuesto a lo ‘urbano’ es lo ‘comunal’: la comunidad tradicional, esa superstición de la cual hablaremos después, y que… jamás ha existido.






La ciudad y el diablo



En un momento en que todo ha fallado a la hora de torpedear la amplia, plural y nueva hegemonía en fase de consolidación, aquella que (insisto) ha triunfado ampliamente en Cataluña en las últimas elecciones estatales, quizá constituya una reacción casi espasmódica tratarnos de ‘urbanitas’ y remitirnos a lo diabólico. Ya que quizá eso sea la ciudad en el fondo…
Para esta visión (de base cristiana protestante), lo exterior es, por naturaleza, malévolo, y la ciudad es su paroxismo: una obra del Diablo, ya saben, del griego diá bolós, que se podría traducir como ‘el que tira a través’ y, de forma no literal pero más acertada, como ‘el que crea cizaña entre personas’, ‘el calumniador’…
Un ‘urbanita’ sería, así, poco de fiar, ya que constituye un elemento destinado a perturbar la paz connatural de la comunidad y, en este caso, de los ámbitos ‘rurales’. He ahí una potencial explicación de esta óptica según la cual lo que provenga de la ‘ciudad’ es siempre algo destinado a sembrar el caos y la discordia.
Obsérvese que como se ha confundido ‘ciudad’ con ‘urbano’, ambos términos se usan, erróneamente, como intercambiables, por lo que se considera como ‘urbanita’ todo lo que tenga que ver con la ‘ciudad’. Bueno, con determinadas ciudades. Si por ejemplo gobierna Convergencia, como pasa en Girona, quizá ya deje de ser considerada como potencialmente ‘urbanita’ y más bien sea un depósito de bondad comunitaria tradicional…
Basándonos en este razonamiento, y llevándolo a un extremo, obtendríamos un discurso que,  pesar de parecer caricaturesco, está muy pero que muy presente en el día a día: alguien que ose poner en duda la santidad de un ‘procés’ secuestrado por los ultracapitalistas de Convergencia, o que se obstine en criticar al sagrado Mesías Mas, mezcla de protomártir y de Moisés-ESADE, no es más que alguien que quiere ejercer la tarea diabólica de crear conflictos en el seno de la mística ‘comunidad nacional’ catalana.

Hace poco me acusaron en público, por ejemplo de ser un ‘pijo a sueldo de la FAES y del CNI’. ¿Motivo de la acusación? No estar de acuerdo con los argumentos que había expuesto el acusador en medio de un debate en las redes sociales. Hasta esos niveles ha llegado la histeria del nacionalismo esencialista…

Veamos…¿De dónde tiene que provenir quien tiene la osadía de realizar tales afrentas? Pues del ámbito diabólico por excelencia: la ciudad. Claro… ¿De dónde si no?.
No hace falta decir que otorgar a los supuestos ‘urbanitas’ la condición de enemigos de una inexistente esencia identitaria es solo un subterfugio más para tratar de intentar deslegitimar algo que con sus votos ha legitimado el pueblo catalán real, el que late en la cotidianidad y en la acción social a pie de calle. O a pie de campo, qué más da.














El romanticismo ‘rural’ y el utopismo…


Durante el siglo XIX, y como contraposición al desasosiego urbano, lo rural se idealizó y se convirtió en la mente de algunos en una especie de fuente primigenia de verdad y de autenticidad. El tema continua funcionando…
Es por ello que, además de la versión reaccionaria del ‘retorno’ a lo rural (que enseguida abordaremos), se produjo, y sigue dándose, una voluntad de huir de lo urbano y de la ciudad. Hubo numerosos intentos de fundar comunidades rurales que tenían en sus bases ideologías socialistas utópicas.
En los años cincuenta del siglo XX, movimientos como la contracultura estadounidense (que desembocaría en los hippies) también ponían el subrayado en dicho anhelo de enraizarse en lo ‘puro’, lo ‘auténtico’ y no contaminado.
Al fin y al cabo, se está cerca de la percepción del ‘otro’ rural como un ser cándido y casi pueril, inocente y lleno de aquello de lo que ‘los urbanitas’ adolecen: la espontaneidad, la generosidad, el desprendimiento, la falta total de individualismo, su escasa capacidad de cálculo egoísta, su espíritu congruente, coherente e íntegro. Todo ello son, por supuesto, ‘virtudes’ idealizadas en tanto que opuestas a los defectos de los cuales se pretendía escapar.


La superstición de la ‘comunidad rural’…


Lo que está en última instancia relacionado con la noción de ‘comunidad tradicional’ (rural) conecta con la idea de ‘espíritu’ (verdadero) del pueblo (el Volkgeist), entendiendo pueblo de nuevo no como nosotros lo entendemos (población diversa y en absoluto uniforme), sino como nación identitaria, la cual tendría su origen y su razón de ser en la idea de ‘comunidad’…
La modernidad, la urbanización, la industrialización, además del escapismo de las utopías que buscaban en el campo lo contrario de lo que la urbe se supone que representaba, también generó la creación del idealismo romántico, una superstición basada en el retorno a una ‘comunidad’ prístina dotada de todo aquello que no tenía la sociedad.
Esa comunidad, rural en su esencia, estaría compuesta (aunque, insisto, no existió nunca) por personas que se conocían, que compartían los mismos sentimientos, la misma lengua, la misma religión, una ‘cultura’ uniforme, y una misma mentalidad o ‘forma de ser’.
Este tradicionalismo era ‘antimoderno’ solo en apariencia, ya que esta idealización mayúscula del mundo rural partió de la misma modernidad, entendiendo ‘modernidad’ no en el sentido de la Ilustración, sino como proceso intensivo de homogeneización forzada de la mano de la expansión capitalista.
En el culto al territorio 'propio' no sólo resulta palpable el esencialismo del Boden (la tierra, en alemán) en el idealismo romántico que apuesta por el retorno a los orígenes o en el fetichismo en los mapas nacionales, sino también en la idea de que el espacio público no debe ser el lugar de expresión de las identidades ni de las creencias, las cuales deben permanecer dentro de el ámbito 'privado'.
Cabe añadir que toda idea de ‘comunidad rural’ es siempre profundamente cristiana. Ese modelo no responde a otros muchos tipos de configuraciones sociales que podemos hallar, ahora y siempre, en todo el mundo. No. Es un modelo cristiano, el de la congregación de creyentes unidos entre ellos de forma mística y que comparten rasgos e intereses; una ‘comunidad (rural)’ se basaría, por definición, en la comunión (cristiana). Pero la sociedad (real) se basa en la comunicación y el intercambio entre sus gentes…




Por mucho que se reivindiquen y que se apele a retornar a ellas, no existen ‘comunidades’ exentas ni congruentes. Lo que existen son poblaciones. En la ciudad, y también en el medio rural. Sociedades siempre diversas, que tienen su concreción en configuraciones políticas, en formas de vida, en patrias. Puesto que, como subraya Xavier Domènech, si es algo, una patria es eso: una forma de vida en un territorio concreto, en un marco de relaciones e identificaciones concretas. La dicotomía absoluta, la dualidad, entre ‘rural’ y ‘ciudad’ no tiene, pues, ningún sentido político determinante desde la óptica que comparto con él, con los ayuntamientos del cambio, y con cada vez más gente… Lo importante es la realidad concreta, sea ésta ‘campo’ o ‘ciudad’. El espacio social específico, lugar de las interacciones reales. Allí donde, también tomando palabras de Xavier Domènech, no tiene anclaje la casta corporativa dominante. Esa es su principal debilidad… y nuestra mayor fuerza.



La identidad ‘auténtica’ como expresión de la naturaleza y de unos orígenes ‘superiores’



El esencialismo identitario, en su exaltación de lo ‘rural’ como espacio de supuesta pureza ‘cultural’, también entronca con la idea de comunidad de hablantes. En efecto, el nacionalismo lingüístico apuesta por un territorio comunitario dentro del cual no solo se comparta una misma visión del mundo (‘cultura’), sino una lengua común, ya que dicha lengua sería la garantía de una cordialidad casi natural entre los hablantes/habitantes del lugar.
Tal es la fuerza que se le pretende dar a la lengua desde esta punto de vista esencialista y ‘etnicista’: el uso general del lenguaje común, al hacer posible el entendimiento mediante el habla, acerca los corazones humanos, y así se da un estado mental comunitario que, plasmado en costumbres y creencias compartidas, compenetra los miembros de un pueblo, el Volk de los nacionalistas alemanes del siglo XIX, que tanto ha influenciado en el pujolismo y en la todavía hegemónica retórica y práctica nacionalista identitaria en Cataluña.
Tengamos en cuenta algo que, a mi entender, resulta fundamental: los discursos basados en la vindicación de una comunidad uniforme y dotada de coherencia ‘cultural’, es decir, el nacionalismo identitario o esencialista, están en la base de los nuevos resurgimientos de la xenofobia y del racismo, aquí y en toda Europa. Atención, que no estamos hablando de ningún tema menor, todo lo contrario: esa baza es una de las últimas que les queda a las castas financieras y sus aliados locales para continuar perpetuando su dominio. No es casual que el inicio de la actual dictadura ultracapitalista (años ochenta) coincidiese con el pistoletazo de salida de las ‘teorías’ del ‘choque cultural’ y del ‘choque de civilizaciones’. En ese campo nos lo jugamos todo. Que no es poco…
No es lugar aquí para profundizar sobre esto pero si queremos realmente generar una nueva sociedad y una nueva hegemonía que transforme de raíz el actual escándalo ultracapitalista, es imprescindible cambiar los modelos ‘multiculturales’ y/o ‘asimilacionistas’, ya que, por activa o por pasiva, no hacen otra cosas que generar conflictos en el seno del pueblo con la coartada cultural de los ‘orígenes’ y las ‘culturas’ diferentes como únicos causantes de problemas que, en realidad, son causados por los que tienen las riendas del poder.
De ahí que introducir la variable de clase sea básico, además de cambiar, de raíz, los aparatos conceptuales todavía centrados en el culturalismo y el identarismo, y que inciden en prácticas y discursos de manera directa.







Otra modulación del discurso digamos que ‘antiurbanita’ (que más que ‘antiurbanita’ es en realidad contrario a las nuevas formas emergentes de hacer política para la gente), un discurso, repito, creado desde una variante del nacionalismo identitario, es que la ciudad es el lugar de asentamiento de lo que todavía muchos denominan despectivamente como la xarnegada y los inmigrantes.
Por el contrario, lo ‘rural’ sería el lugar de emplazamiento de los catalanes ‘autóctonos’, vinculados con la tierra y con sus frutos, formando un único conjunto a la vez humano, sagrado y natural, una especie de Trinidad, por así decirlo.
Se olvida o se omite, entre otras muchas cosas, que, al igual que pasa con las ‘ciudades’ y lo ‘urbano’, las ‘comunidades rurales’ no son todas iguales entre ellas. Más bien lo contrario: las diferencias, de todo tipo, son abrumadoras.
Tratar de presentarlas como una única ‘comunidad cultural’ opuesta a la ‘urbanita’ es otro efecto óptico, una mera superstición, pura la ideología. Dichas ‘comunidades’ serían algo así como la hipóstasis de la identidad catalana-catalana, la ‘autóctona’, la de ‘verdad’. Algo así como el lugar de donde brotaría la esencia de la ‘catalanidad’….
En efecto: lo ‘urbano’, además ser visto como una especie de fogón de brujas, se considera, metafóricamente, como lo enfrentado con la autenticidad del “Ser” de la comunidad, como lo contrario a su esencia, a su ‘identidad real’. En resumen: como un agente que erosiona hasta difuminar y finalmente diluir la ‘personalidad comunitaria’, considera esta desde un punto de vista profundamente culturalista, primordialista y, como veremos, geneticista…

No estoy haciendo referencia a discursos antiguos, a rancias teorías de los tiempos decimonónicos, a elucubraciones de la época novecentista o modernista, ni tan siquiera a lógicas propias de algunas geografías mentales durante el período de entreguerras del siglo pasado. No…
Estamos hablado de la actualidad. A fecha de hoy, por ejemplo, continua activo un proyecto profundamente geneticista, pagado por los bolsill@s de tod@s, y que trata de escudriñar el poso genético de los ‘apellidos catalanes’ (como si López no fuese un apellido catalán, por cierto…). Pasen y vean:








Ya para acabar, veamos dos ejemplos más. En primer lugar, Jordi Pujol, hablando del supuesto influjo del paisaje rural y de la naturaleza en el ‘carácter’ del pueblo catalán.
Esta sarta de imbecilidades, todas ellas carentes de la más mínima base más allá de un trance místico de todo a un euro o de una sobredosis de licores del Montserrat, o de ambas cosas, las escribió hace relativamente poco, en concreto en el año 1999. Y ojo al dato: esto que ahora leerán es uno de los muchos discursos hegemónicos que se han convertido en sentido común en no pocas mentalidades. Poca broma…




La manera de ser de cada pueblo deriva de su geografia. No hay duda de que el territorio del país ha contribuido poderosamente a hacernos tal y como somos, ha esculpido el carácter de nuestro pueblo” Borràs, B.; Parés, E. (dirs.) Llibre d’or dels parcs naturals de Catalunya, Generalitat de Catalunya, página 4.


Pero para suma de estupideces, también convertidas en sentido común a pesar de su profundo acientifismo, las que dijo Artur Mas en una entrevista que le hicieron hace solo tres años. Majaderías de calado, tanto por lo que sugieren e implican, como por lo que subrayan, así como, vuelvo a decirlo, sobretodo por una cosa: porque no se trata de una opinión meramente personal surgida de una reflexión interna del individuo en cuestión, sino que constituye parte de un discurso interiorizado por un amplio espectro social después de tantos años de hegemonía.
El señor Mas afirma que el ‘carácter’ catalán es más “germánico” (“por lo tanto”, más ‘trabajador’ [¿?]) y que el ‘ADN cultural catalán’ (sí, han leído bien) que posibilita que eso ocurra se remonta 12 siglos atrás, cordón umbilical mediante:



 “El ADN cultural catalán está mezclado con nuestra larga pertenencia al mundo franco-germánico. Cataluña, doce siglos atrás, pertenecía a la marca hispánica y la capital era Aquisgrán, el corazón del imperio de Carlomagno. Algo debe de quedar en nuestro ADN, porque los catalanes tenemos un cordón umbilical que nos hace más germánicos y menos romanos.Magazine dominical de La Vanguàrdia, 24-1-2012


Y después Artur Mas tiene la cara dura de criticar a los ‘otros’ por, supuestamente, “apelar a los orígenes”… Todo ello en plena fase macrocefálica (probablemente la última) de la larga hegemonía del nacionalismo esencialista en Cataluña, que ha ido de la mano de un capitalismo cada vez más brutal y que ha masacrado a las clases populares con una saña que roza el sadismo.
Por último, solo me queda volver a insistir en que resulta entre sorprendente y vergonzoso que desde dicha hegemonía se sea tan hipócrita como para tildar de ‘etnicista’ todo lo que no encaje con la misma, cuando resulta que el ‘etnicismo’, es decir, el nacionalismo identitario, esencialista, ha sido dominante y omnipresente desde hace más de tres decenios precisamente en manos de los que llevan a cabo dichas críticas. Ni más, ni menos…








Sitges (El Garraf, Cataluña), 24 de diciembre de 2015