divendres, 20 de novembre del 2015

MULTICULTURALISMO Y SOCIEDAD.
García Albiol tiene razón…



Joan Manuel Cabezas


“El multiculturalismo es uno de los principales problemas de Europa”

 

 

Xavier García Albiol, 19 de noviembre de 2015



Sí, han leído bien: Xavier García Albiol tiene razón. A pesar de que sólo esté absolutamente equivocado, o más bien de que sea un hipócrita además de un racista fascistoide y de que, como veremos, no haya hecho más que volver a dejar bien claro algo que desde hace años muchos científicos sociales reclamamos: poner el foco sobre el uso de las diferenciaciones y sobre el contexto social, político y económico donde éstas se desarrollan y existen, no sobre dichas diferenciaciones ‘en sí’, que es lo que hace ese personaje repugnante que es Albiol. Él, y mucha gente que comparte sus ‘posiciones’… Que no son poc@s...

Según ese posicionamiento, la diferencia cultural es, en sí, negativa. Punto. ¿Por qué? Porque, según esta óptica (la ideología nacionalista esencialista), existirían ‘culturas’ y sus corolarios políticos (‘naciones’), dotadas de una identidad precisa, con límites claros, con una ‘forma de ser’ propia, una lengua, una población supuestamente homogénea, una única religión, una ‘visión del mundo’ compartida, un sentimiento comunitario de unidad, e, importante: unos valores y una idiosincrasia absolutos, no relativos, lo cual hace que sean totalmente incompatibles con otras culturas, o que se requiera esfuerzo y ‘tolerancia’ para poder soportarse (¿les suena la idea de ‘choque cultural’?). Cada territorio debería tener ‘su’ cultura, expresión simbólica de una ‘nación’, digamos que su ‘espíritu’. Por lo tanto, si un espacio social cuenta con diversas ‘culturas’, se presupone que habrá, por narices, problemas. Es más, tiene que haberlos, que para eso se inventó esa ideología: para separar a las clases trabajadoras en base a una coartada cultural.

Esas diferencias tienen grados y se clasifican siguiendo una jerarquía profundamente racista. Habría culturas con gran ‘distancia cultural’, y culturas más ‘atrasadas’ que, curiosamente, siempre son las más ‘distantes’ culturalmente con la cultura que clasifica, y que se abroga a sí misma, siempre, la universalidad, lo ‘normal’. Volveremos sobre ello al hablar del multiculturalismo, ya que éste no es otra cosa que una variante, o una derivación, del posicionamiento racista del cual hace gala Albiol y tantos otros… De ahí que criticarlo es algo que nos parece razonable, cosa que seguramente disgustará mucho al señor Albiol y a sus amiguitos, para solaz nuestro.

El primordialismo cultural o culturalismo, que es una expresión del nacionalismo esencialista (siempre tendente al racismo), difumina o borra la existencia de variables sociales, políticas y económicas sin las cuales no es que las condiciones reales de existencia se muestren de forma totalmente sesgada, sino que se las consigue ocultar. Literalmente. Es ideología en estado puro: con la coartada cultural (‘son diferentes’, ‘son de otra religión’, ‘no son de los míos’, ‘están radicalizados’, ‘son violentos’, etc…), se intenta, demasiado a menudo de forma exitosa, legitimar, sacralizar y naturalizar esta ocultación de las causas reales de la mayoría de problemáticas, esto es: la explotación, la exclusión, la desintegración social, así como la falsa, hipócrita e inexistente ‘integración’ de la cual se llenan la boca muchos enemigos de la ‘multiculturalidad’ como Albiol, y que no es otra cosa que una asimilación ‘cultural’ que va de la mano de la exclusión social, política y económica. Ya lo dijo Don José María Aznar, el presunto genocida del Trío de las Azores, hará unos 12 años: ‘no soy partidario de las sociedades multiculturales’. Perogrullo. Decir eso implica que Aznar no es partidario de las sociedades…

Y es que hablar de ‘multiculturalismo’ es un pleonasmo. Toda sociedad humana es, siempre, ‘multicultural’, ya que está compuesta de sectores y grupos que tienen ciertos intereses y que se singularizan para identificarse. Toda sociedad es un etnosistema, un sistema de ‘ethnos’, es decir, de grupos sociales (que es lo que significa en realidad ese vocablo). Y como todo grupo lo es siempre en relación con los demás y sólo existe en la acción social real, toda sociedad es, siempre, un sistema intercultural. Intercultural, ya que a pesar de que el término ‘cultura’ es muy poco adecuado para conceptuar a los grupos sociales, ‘intercultural’ pone el acento en la relación, el dinamismo y la complejidad, mientras que ‘multicultural’ remite a lo estático, como una suerte de mosaico. Ese fue el modelo británico, por ejemplo, una suerte de etiquetaje (siempre desde arriba) de los ‘otros’, situados al lado, o por debajo, de los ‘normales’, de los que no son nunca ‘mestizos’ ni ‘multiculturales’.

Personalmente, soy más contrario al multiculturalismo que el señor García Albiol. No bromeo. El multiculturalismo lo que hace o trata de hacer es naturalizar, biologizar, sacralizar y legitimar lo que antes hemos comentado: explotaciones y exclusiones que no tienen nada de ‘cultural’ y mucho de político, económico y social. Por cierto: las ‘culturas’, tal y como hemos dicho que las conciben los nacionalistas esencialistas, pero también los ‘multiculturalistas’, no han existido jamás. Pero eso es harina de otro costal. Continuemos. Tal y como decía, soy abiertamente contrario al multiculturalismo, no porque, como dice Albiol, sea el caldo de cultivo de atrocidades, sino porque se trata de una ideología racista. Lo subrayó, muy acertadamente, Slavoj Žižek: el multiculturalismo es un racismo que ha vaciado su propia posición de todo contenido positivo (el multiculturalista no es directamente racista, pues no contrapone al Otro a los valores particulares de su cultura), pero, sin embargo, mantiene su posición como privilegiado punto vacío de universalidad desde el que se puede apreciar (o menospreciar) las otras culturas.

Xavier García Albiol es racista, es decir, se inserta en una ideología muy concreta, ya que eso es el racismo: un sistema ideológico. No es ni un virus ni mucho menos una predisposición ‘natural’, ni existe ningún tipo de ‘gen’ del racismo, del ‘miedo innato’ al ‘Otro’. Eso es falso. Es más: es mentira. Tampoco hay que educar contra ese ‘virus’, porque el origen del racismo no hay que buscarlo ni en los genes, ni en la psiqué humana, ni tan solo en la ‘cultura’ o en la política. Hay que buscarlo en la necesidad que tiene un sistema concreto de generar continuamente excusas para poder explotar a ciertos grupos sociales en base a legitimaciones de todo tipo que siempre se basan invenciones que se quieren hacer pasar por obviedades. Un sistema que vive de la desigualdad, que vive de la exclusión, y que necesita del racismo para, a posteriori, naturalizarla y mostrarla como evidente e indiscutible. Estamos hablando del capitalismo, máquina de crear racismo desde su mismo inicio. En diversas escalas y con muy diversas caras, pero racismo al fin y al cabo: imposición de una ratio con el objetivo de justificar la explotación del etiquetado en beneficio del que impone la etiqueta.

Dicho de forma directa, tenemos que dar una mala noticia: dentro del sistema capitalista es imposible que exista una sociedad realmente diversa, ‘multicultural’, sin que existan problemas graves. ¿Por qué? Porque las ‘diferencias’ se usan también para otro fin: culpabilizar a los ‘Otros’ (en base a razones ‘culturales’) de las injusticias, penurias y sufrimientos causados por una estructura económica y política que vive del abuso y de la exclusión, y por aquellos que se encargan de su correcto funcionamiento: las oligarquías y sus brazos ejecutores. Los de abajo miran a otros que también hay abajo, y en base a esos ‘sentidos comunes’ lo hacen para darse codazos por las migajas que cada vez escasean más en todos los campos. No miran hacia arriba, porque se les ha tratado de convencer, de convertir en sentido común, insisto, que los problemas que experimentan son debidos a las “diferencias culturales”, no a la existencia de una dictadura económica con máscara democrática que se llama capitalismo. Nacionalismo esencialista y capitalismo van siempre de la mano porque son las dos caras de la misma moneda.

A los que quieren continuar con el actual status quo, o reforzarlo aún más, les interesa mucho que el ‘choque de culturas’ se avive. Total, las bajas y los encontronazos siempre serán entre las clases trabajadoras mientras sigan contemplando sus diferenciaciones ‘culturales’ como la base de todos sus problemas vitales. No interesa que vean que es todo eso: una coartada. A nivel local, en barrios y ciudades, pero también cada vez más a nivel internacional, el ‘choque’ de culturas y de civilizaciones, gran excusa para que los de abajo, diversos y plurales, se enzarcen entre ellos, posibilitando que continúen detentando el poder los de arriba, ya que ellos sí que subliman sus ‘diferencias’ porque comparten una misma ideología (una ‘cultura’) idéntica en todos los sitios…

Para la dictadura capitalista resulta fundamental que las clases populares 'autóctonas' no adquieran una identificación clara con el resto de grupos que forman las clases populares, una identificación que sería o debería ser plural y englobante, para supere así las ‘diferencias’, e incluso para que las use, si es menester, como recursos simbólicos al servicio de su emancipación.
Y también resulta básico, en otra escala, que esto no suceda entre las clases trabajadoras de todo el mundo, ya que esa toma de consciencia implicaría el inicio de la erosión, posiblemente definitiva, de un gigantesco entramado hegemónico...

Xavier García Albiol, por tanto, tiene razón. Pero, ironías de la vida, resulta que tiene razón en un sentido completamente opuesto al que él quisiera: el USO del ‘multiculturalismo’ (como el que él perpetró en Badalona siendo alcalde) es clave para generar, sacralizar y reproducir distensiones entre los de abajo y, de paso, disimular, obviar y ocultar problemáticas cuya raíz hay que buscar en el sistema político y económico imperante (no en las ‘religiones’), problemáticas que son usadas para justificar el incremento del control en todas las escalas, y para alimentar aún más los prejuicios. Un pez que se muerde la cola, una bola de nieve que cada vez crece más, todo siempre a mayor gloria de la invulnerabilidad del sistema de cosas (la dictadura capitalista) que está en la base de los problemas que ahora pretende ‘anular’ haciendo gala de una hipocresía oceánica.

Las contradicciones entre clases antagónicas tratan de ser ocultadas mediante un sentido común que pone el acento en las ‘diferencias’ de tipo cultural, religioso, ‘étnico’… Se sublima, o se trata de sublimar, de superar, la lucha de clases. El intento no es novedoso, sino que recoge lo que el fascismo llevó a su extremo.


Es evidente que la tarea para revertir el actual escándalo de realidad es larga y compleja, pero es imprescindible e inaplazable. Y que debe tener dos grandes ejes complementarios: el de la transformación material de la sociedad (acción política), y el de la creación de una nueva hegemonía que convierta en sentido común un mundo no solamente nuevo, sino mucho mejor que el que nos están legando. A todos los niveles: espacios locales, nacionales, estatales, continentales y, evidentemente, internacionales. Sé que éste último párrafo es una obviedad, pero no podía dejar de subrayarlo. Y es que nos lo jugamos todo, que no es poco.