NO SOMOS UN SOLO PUEBLO
Por una nueva hegemonía en
Cataluña
Doctor en Antropología Social
Introducción
Estamos a día 2 de
octubre de 2015, pocos días después de las elecciones autonómicas catalanas.
Unas elecciones que, en mi opinión, han aclarado muchas cosas, y también han
sacado el velo sobre algo que hace tiempo comento: a pesar del desideratum de ser un solo pueblo ... no somos
un solo pueblo. Aún ...
Dejamos de meter la
cabeza dentro del suelo como los avestruces, o de esconder el polvo bajo la
alfombra. Hay que enfrentar el mundo sensible tal y como es, no como se piensa
que es. Esta ha sido una táctica del nacionalismo esencialista hegemónico: aquí
no existe ‘cuestión étnica’, somos “el anti-Sarajevo”, no hay exclusión, somos
todos ‘lo mismo’, somos un país ‘abierto’, somos una “tierra de acogida” (qué
descubrimiento ... como si alguna tierra no lo fuera ...) ...
Este no es un
artículo con pretensiones académicas, por tanto, es muy reductivista y entra
poco en la complejidad enorme de las temáticas que se tratarán. Que quede bien
claro que soy más que consciente. Este escrito pretende, esencialmente, poner
de manifiesto una visión, ser un punto de partida, una introducción, la
exposición de una serie de ideas que espero sistematizar pronto con mucho más
detalle, y que en muchos casos ampliarán pensamientos que ya he expresado, aunque
sea de forma embrionaria, en textos recientes.[1]
Con este breve texto
sólo pretendo hacer algunas reflexiones y, sobre todo, llevar a cabo una breve
introducción en torno a un paradigma nuevo, alternativo al que domina en
Cataluña desde 1980 sin ningún tipo de interrupción (ni siquiera durante los
años de los gobiernos llamados ‘Tripartitos’). Un paradigma que, cosas de la
vida, se basa en un aparato conceptual que empecé a construir a lo largo de mi
tesis doctoral, la cual se centró, mira por donde, en las identificaciones
étnicas y nacionales, tomando ejemplos de África y de Europa Oriental, con el
fin de rebatir dos posiciones sólo aparentemente contrapuestas que, ahora y
aquí, tendrían diáfanos equivalentes: el nacionalismo esencialista catalán y el
nacionalismo esencialista español, oculto bajo la máscara del ‘ciudadanismo’ o
del ‘patriotismo constitucional’.
Propongo una
concepción de los sistemas sociales que supere o, mejor, que deje de lado estas
dos (que son, insisto, la misma), y esto implicará que se enjuague todo el
arquitrabe simbólico y material construido por los gobiernos catalanes desde
1980, y que se basan un determinar qué es la nación desde arriba, excluyendo a
aquellos que llegaron después de que ésta ‘nación-identidad’ estuviera constituida,
por lo que no han tenido más que dos opciones: incorporarse (es decir, asimilarse, igual que en la tan criticada
Francia jacobina) o permanecer como eternos grupos y personas situadas fuera de
la estructura identitaria y de la cultura autóctona (palabras textuales
pronunciadas hace pocos años por Artur Mas).
Antes éramos (me
incluyo) ‘castellans’,’ ‘xarnegos’. Ahora, los que han votado a C ‘s son
denominados ‘garrulos’, ‘chonis’, ‘ninis’ y ‘quillos’. O un clásico que retorna:
‘la xarnegada’. No miento, lo estoy leyendo. Quien me conozca sabe que soy
independentista, en las antípodas de C’s. Y precisamente porque quiero la
soberanía para las clases populares de Cataluña, apuesto por una nueva
hegemonía, para construir el pueblo intercultural de Cataluña desde abajo. No
tenemos, en mi opinión, otra posibilidad si queremos ser, realmente (no sólo en
el discurso) "un solo pueblo". Ahora no lo somos, y el máximo
culpable ha sido, lo diré las veces que sea necesario, el nacionalismo
esencialista que domina en el país desde 1980, y que últimamente ha nutrido y
ha hecho crecer una rama xenófoba y racistoide que se ha quitado la máscara
desde el 24-M ... Efecto boomerang, se le llama a esto ...
Bases para el nuevo paradigma
Las teorías y las
prácticas consistirán en enfoques y acciones vinculadas con los contextos
concretos, y con las situaciones y momentos históricos donde tienen lugar ..
Aquí radica una fórmula para conseguir la hegemonía: captar lo que pasa, y
devolverlo con significados que cuajen.
Y hay que soltar
lastre y dejar atrás discursos y praxis basadas en dos grandes paradigmas ya
mencionados y que, en realidad, son uno solo: la idea de que hay culturas y
naciones esenciales con ‘contenidos’ sustantivos (cultura primordial, cultura
ciudadana, etc.) que tienen nichos específicos con límites bien definidos y
cerrados (por mucho que se niegue). Así piensa y así actúa tanto el
nacionalismo abiertamente esencialista como el ‘ciudadanismo’ más abiertamente
(y falsamente) neutral. El régimen del 80 se ha basado en la versión catalana
de este paradigma, el del 78 lo ha hecho basándose en la versión española.
Este paradigma
hegemónico cuenta con diversas variables, pero el eje que las avitualla, se explicite
o no, sea claro o sea difuso, sea áspero o sea ‘amable’, es siempre el mismo:
generar un núcleo cultural duro,
esencial (asimilable a lo que las clases dominantes consideran como lo normal) que funcione como elemento
estratégico a la hora de convertir en incuestionables todo tipo de
desigualdades e injusticias. Sirve como el aceite que permite el correcto
funcionamiento del engranaje de una sociedad, la capitalista, que se nutre de
la desigualdad y de la explotación para funcionar. El capitalismo es una
máquina de generar explotación y desigualdad, y necesita de la excusa
esencialista/culturalista para poder continuar reproduciéndose ...
Cuando he hablado
de ‘cultural’ lo he dicho en sentido amplio: los referentes de este eje
estratégico pueden ser de tipo meramente ‘cultural’ (es decir, autodefinidos
como ‘culturales’), lingüístico, económico, político, religioso, e incluso
histórico ... Todo son variantes de lo social reconvertidas en elementos ‘culturales’
(o ‘ciudadanos’) que contornean una esencia que siempre cumplirá con su tarea
de (1) ocultar la existencia de clases sociales (el fascismo hablaba de ‘superarlas’),
(2) crear conflictos entre los miembros de las clases populares (en base a sus
esencias ‘diferentes’), e, insistimos, (3) servir de artificio legitimador, de
excusa cultural, para naturalizar ,
sacralizar, convertir en inapelables como si de la genética se tratara, las
injusticias, las explotaciones y las exclusiones. Igual que hacía y hace el
racismo más puro: tener disponibles arsenales conceptuales y artefactos
simbólicos que permitan, a posteriori,
legitimar-sacralizar-naturalizar la explotación-exclusión-marginación de un
grupo que, previamente (insisto) ha sido recluido en las eslabones externos de
un sistema social, sea de la escala que sea.
También la
aportación ciudadanista supuestamente bien intencionada y nominalmente anti-’etnicista’
(es decir, anti-esencialista), tiene un denso poso de este paradigma hegemónico
que tratamos de sublimar.
Pero, aparte de
tratar de aportar un grano de arena en la tarea de hacer de Cataluña,
realmente, un solo pueblo .... ¿por qué querer generar un paradigma
alternativo, y un enfoque relativamente de ‘nuevo cuño’? Porque creemos que (a)
una teoría social debe proveer a la política de herramientas conceptuales y de
reflexiones que acaben con la posibilidad de generar legitimaciones de
situaciones estructuralmente injustas, y porque (b) consideramos que, para
evitar la constante emergencia de nuevos discursos y prácticas que sacralicen y
legitimen la jerarquía, la explotación y la desigualdad, no sólo hay que
generar un nuevo paradigma hegemónico, sino que el paradigma, al criticar el
anterior (el esencialismo cultural) en todas sus modulaciones, debe promover la
interiorización de lo siguiente: para acabar con el actual sistema de mundo (el
capitalismo) y con cualquier tipo de totalitarismo, las clases populares deben
unirse por encima de (o quizás gracias a) sus diferencias, y generar por sí
mismas nuevas identificaciones que dejen de lado los esencialismos, casi
siempre impuestos desde arriba.
En un proceso que
quizás se podría remontar en la Europa del s. XII, el poder (en manos de las
clases dominantes y de las instituciones que están a su servicio) se ha basado
cada vez más en lo que ha desembocado en el paradigma identitario actualmente
hegemónico. Primero, la demonización de los Otros
y la táctica del chivo expiatorio (muy activa hoy en día). Después, los estados
modernos que empezaron a equiparar ‘cultura’ con el estado/nación, sellándolo
en los tratados de Westfalia (1648). En el s. XIX el proceso se consolidó,
tratando de generar naciones identitarias donde el moderno concepto de Cultura fuera al mismo tiempo la
argamasa de uniformización y el ya comentado vértice de legitimación de
estructuras políticas, económicas y sociales injustas y desiguales.
Pretender ‘recuperar
como hegemónica la visión que de las identificaciones sociales existía antes
del s. XII, o en los grupos sociales pre o exo-modernos, resulta simplemente
absurdo, y pretender hacerlo es algo sencillamente imposible, ya que las
condiciones actuales (como he comentado antes) son las que deben prevalecer a
la hora de generar teorías y prácticas alternativas.
Al comenzar este
artículo ya lo he mencionado de forma breve, y me extenderé, ahora sobre cuál
ha sido el origen del posicionamiento que estoy defendiendo. Entre los años
1997 y 2000 escribí la tesis doctoral, Etnosistemas
y fronteras en las sociedades africanas y de Europa Oriental. Desde
finales de los años ochenta, todavía en Bachillerato, me interesaron
profundamente las identificaciones sociales, las ‘etnias’ (es decir, los
pueblos, ya que ‘ethnos’ significa ‘grupo social’). Al terminar la carrera y
comenzar los estudios de doctorado tuve la oportunidad de especializarme en
este ámbito, tomando como ejemplos a comparar los pueblos de dos zonas del
mundo aparentemente ‘dispares’, pero nada lo es. El año que leí la tesis (2000)
tuve ocasión de comentar en pequeño comité que en el texto, entre líneas,
cuando comparaba África y Europa Oriental, siempre se podía leer ‘Cataluña’.
Con los años, considero que en este texto, entre líneas, también se puede leer
cualquier pueblo, grupo o consorcio social. De aquí he pasado a encontrar, hace
relativamente poco, un para mí nítido paralelismo entre, por un lado, los dos
corrientes teóricas que critiqué en la tesis (para ofrecer una nueva
teorización) y, por otro lado, dos corrientes políticas actuales que, como las
teorías de la tesis, parecen enfrentarse entre sí, pero considero que
constituyen parte de un mismo paradigma ante el que ofrecer una alternativa.
Las dos teorías que
critiqué en la tesis doctoral son el deconstructivismo
del objeto étnico y el esencialismo o culturalismo. Supuestamente son dos
formas ‘antagónicas’ de aproximarse a la realidad. No es así. En la tesis traté
de demostrar que el deconstructivismo no era más que una variante del
esencialismo cultural. Por otra parte, en el ámbito político, encontramos el ‘ciudadanismo’
y el nacionalismo esencialista, también supuestamente dos formas ‘antagónicas’
de pensar y actuar, pero que creo que son dos variantes del mismo nacionalismo
esencialista.
Los deconstructivistas del objeto étnico los
asimilo a los ciudadanistas en sus múltiples modulaciones. Cargan, y en eso
estoy de acuerdo con ellos, contra el esencialismo y el primordialismo culturales,
pero no hacen otra cosa que reproducirlo. En casos como el catalán, estos
ciudadanistas a veces mutan en verdaderos esencialistas, casi de forma
inadvertida y quizás imperceptible para ellos mismos. De hecho, la etnografía y
la antropología se centran en eso: encontrar lógicas ocultas, explicar sistemas
sociales más allá de lo que parece ‘evidente’, y hacer comparaciones con otras
naciones, etnias y ‘tribus’, es decir, con otros pueblos. Me remito a la
temática de mi tesis doctoral: comparar los procesos etnosociales de África y
Europa Oriental para crear una teoría original sobre estos procesos también
permite tener herramientas que pueden ser aplicadas a cualquier proceso similar
de cualquier lugar del mundo. Eso es lo que pretendo hacer, y así lo expongo
aquí.
Prosigamos. Los deconstructivistas del objeto étnico
desmontaban las etnias otras
(africanas, en su caso) demostrando que son construcciones sociales. Y con ello
pretendían erosionar su ‘legitimidad’ y demostrar su ‘artificialidad’. Como si hubiera
algo que no fuera artificial y que no se basara en una mera construcción
social. Sí: ese ‘algo’ es una especie de objeto sagrado del que ni se cuestiona
su legitimidad ni se piensa, además, como ‘construido’ o ‘artificial’, y del
que nunca se habla, permanece como en estado de latencia, o como sujeto elíptico,
dado que su naturaleza primordial es tan obvia que resulta impensable poder
remitir a ella como si fuera algo ‘construido’. Ese ‘algo’ es, por ejemplo,
Francia. O España. O Cataluña, ya que este ‘ciudadanismo’ como forma de
esencialismo nacionalista también se encuentra presente aquí. Los deconstructivistas del objeto étnico
demostraron que las etnias no tienen las características que sí que tienen (a
la fuerza) los estados-nación modernos: límites claros y cerrados, una cultura
uniforme, un único sistema político y económico, etc .. .. Por lo tanto, las
etnias eran vistas, tácitamente, como ‘inferiores’, meras invenciones ‘coloniales’
creadas para aturdir a las masas, para gestionar sus conciencias y manipular su
voluntad. Al no ser como lo que tenían que ser (naciones identitarias), estas
etnias no existían, eran supersticiones fantasmagóricas ...
Trasladando el deconstructivismo del objeto étnico al
ámbito político, eso es lo que proponen los ‘ciudadanistas’:
- Las identidades
culturales (las otras) deben ser
retiradas del ‘espacio público’, ya que son inferiores a la ciudadanía del
sujetos racionales, en un ‘espacio público’ que sería la expresión de este
ideal (pura superstición, por cierto ...)
- Los ‘nacionalismos’
(los otros) deben ceder el paso al entendimiento
racional y pactado en igualdad entre los ciudadanos de una nación ‘política’
(como si alguna no lo fuera), es decir, cívica, opuesta a las etnias y, como
decía JM Aznar, a las ‘tribus’. La razón
se impondría así a la irracionalidad ‘identitaria’. Pero este discurso se hace
imponiendo una identidad: la del grupo dominante que tiene el poder en la nación
que se considera a sí misma no como ‘étnica’ (es decir, construida, diferente),
sino como ‘natural’, como de ‘sentido común’. Ni se discute, ya que no es ni
siquiera pensable hacerlo .. Es un dogma de fe, literalmente. “Sentido común”.
Así, se cae en el que no es otra cosa que una variante del esencialismo
identitario, del nacionalismo substancialista y culturalista.
Breve paréntesis:
la nueva teorización que propongo está resumida, provisionalmente, en este
artículo:
Ahora, de manera
muy breve, diré que esta teoría se centra en los colectivos y las gentes,
concretos, con necesidades específicas, con identificaciones complejas y
mutables, no en abstracciones, ni en supersticiones. Porque eso es lo que son,
en última instancia, tanto el nacionalismo culturalista o esencialista, como
los ‘ciudadanismos’.
Ninguna de estas
dos ideologías (en el sentido marxista del término) toman en consideración la complejidad
y las relaciones de poder: los sistemas sociales tal y como aparecen en la
acción real. No derivan del mundo sensible, sino que son inmanentes, y quieren
imponer encima de dicho mundo. Desde el interior, y desde arriba, intentan
salvar un mundo o bien demasiado ‘lejos’ de los ‘buenos tiempos en que todo el
mundo se conocía y hablaba la misma lengua’, o bien necesitado de un consenso
cívico superior que haga que la gente que es ‘demasiado diferente’ o bien deje
de serlo en público, o bien lo disimule o se espere a cultivar su ‘esencia
cultural’ de forma privada o íntima, a excepción de las ferias interculturales
y de las ‘mesas de inmigración’ donde las clases populares Otras y las élites Otras,
respectivamente, pueden visibilizarse siempre que hagan evidente que pueden
tener modales (‘urbanidad’) y civismo ... No debe de ser sorprendente que el ‘multiculturalismo’
(fruto de un entendimiento entre el idealismo romántico y el ilustrado) sea una
expresión culturalista que no por más refinada y ‘tolerante’ no deja de ser
racistoide o, directamente, racista.
Hipocresía, ‘etnicismo’ velado, petulancia y chovinismo
Sí, hipocresía.
Porque hipócrita es hacer ver que se construye una Cataluña abierta cuando no
es así ...
Sí, ‘etnicista’,
mejor dicho, ‘nacionalista esencialista’, porque el modelo hegemónico en
Cataluña ha sido este desde 1980, sin que el pseudo-paréntesis de los gobiernos
‘Tripartitos’ cambiaran casi nada con un falso ‘ciudadanismo’ que hablaba de ‘cultural
pública común’ para ocultar la imposición de una identidad catalana inencontrable en la vida real, y de una aún más
inexistente, abstracta y metafísica ‘cultura catalana’.
¿Petulante y
chovinista? Sí. Porque se ha querido vender el modelo hegemónico como ejemplo
universal de convivencia entre ‘diferentes’ cuando esto no ha sido así.
Chovinista, sí, porque se ha pecado de una brutal falta de autocrítica, y se ha
vendido el país como si fuera el único ejemplo en el planeta de ‘tierra de
acogida’ ... Un concepto-fetiche inventado por mismo filósofo que volvió dogma
de fe la supuesta ‘mentalidad’ catalana: sensatez (seny), medida, laboriosidad, y demás tonterías que han llegado a
convertirse casi en sentido común ...
La nación
identitaria que quiere o quería imponer el modelo hegemónico en Cataluña se
basa en la ‘cultura’ como eje estratégico de incorporación y, por tanto, también como potencial matriz para
sacralizar/naturalizar/legitimar explotaciones, jerarquías y exclusiones. Esta
es la base de lo que califico como coartada
cultural: un baremo a través del cual se legitima, naturaliza y sacraliza
una situación concreta en la base a la ‘distancia cultural’en relación con el
punto nodal de la pirámide de la estructura
identitaria catalana, al conjunto de rasgos que se consideran ‘propios’ de
la ‘personalidad’ de Cataluña.
Incluso camuflado
de un supuesto ‘ciudadanismo’, durante algunos años en Cataluña se ha tratado
de construir una nación identitaria en el marco de una ideología hegemónica: el
mal llamado ‘etnicismo’. ‘Etnicismo’, una palabra que, aparte de emplear de
manera errónea el concepto de etnia
(que es, en realidad, cualquier grupo social diferenciado) asimilándolo al de ‘raza’
y al de genos (‘origen’, linaje genético,
‘estirpe’), hace mención a algo que define de manera mucho más concreta y
correcta el término ‘nacionalismo esencialista’. Lo cual es la base de toda
nación identitaria.
Es tan profundo el
nacionalismo esencialista hegemónico en el régimen del 80, que incluso estos ‘ciudadanista’
no se desembarazaron de él nunca en su breve paréntesis en el gobierno: “Una
cultura pública común debe fomentar la participación del conjunto de la
población joven en las redes de participación ciudadana como vía para ser
reconocida y para sentirse identificada con la cultura catalana” (Pacto Nacional de Inmigración, 2008, p. 40, la
negrita es nuestra). “La cultura pública común es el espacio compartido de
comunicación, convivencia, reconocimiento y participación de nuestra sociedad
diversa diferenciada [sic], para que la nación
catalana continúe siendo el referente de toda la población que vive y trabaja”( la negrita es nuestra)
(ibid, p.34). En un texto de 49 páginas, sale 38 veces la expresión cultura pública común ...
La referencia
constante a una cultura catalana
remite a una esencia uniforme a la que amoldarse, base ‘simbólica’ de la nación
identitaria, pues es en esta ‘cultura’ donde hay ‘identificarse’ para formar
parte de la nación ... ‘Integrarse’ dentro de la ‘cultura catalana’, es decir,
de la nación identitaria catalana implicaría para el nacionalismo esencialista
(que reduce ‘la nación’ en una identidad cultural, es decir, metafísica),
implicaría, decía , entre otras cosas, adoptar los ‘valores’ propios de esta
‘identidad’. Veamos: ¿valores? ¿Propios? ¿Cuáles? No importa. Los ‘valores’ son
como ‘las culturas’: no significan nada, por lo tanto, pueden
servir para todo ... Esta idea de los ‘valores’, del ‘talante’, ‘idiosincrasia’
o ‘carácter nacional’, no es sólo propia del nacionalismo reaccionario y
conservador: se ha extendido por muchos sectores de la sociedad como un hecho ‘consumado’,
como algo ‘obvio’, propio de un cierto sentido común que, por tanto, no es
necesario ni siquiera discutir. No hace mucho, viendo un capítulo más del
programa “Tot un món” de TV3, un chico senegalés que llevaba 10 años en
Cataluña y que colaboraba con una formación política de izquierda
transformadora y independentista, habló de los ‘valores’ catalanes[2]
En los últimos
decenios, el supuesto ‘carácter integrador’ de Cataluña ha repetido hasta la
náusea de una frase del antiguo presidente de la Generalitat, Jordi Pujol. Pero
ha sido repetida sólo a medias, y quizás no por casualidad, pues es una frase
que implica una especie de ‘ciudadanía abierta’ y no-‘etnicista’.
Se repite desde
1980 el mantra basado en una frase escrita por Jordi Pujol en 1964: “es catalán
quien vive y trabaja en Cataluña”. Y todo el mundo contento. Pero no. La
ciudadanía es un concepto jurídico-administrativo, ni volitivo ni de
adscripción personal, por mucho que se quiera convertir, como se hace en una
entidad mística, propia de la ideología ciudadanista que oculta las relaciones
sociales reales, asimétricas, así como la explotación y la exclusión, y la
existencia de una clase dominante. Muchas personas que viven y trabajan en
Cataluña, sobre todo los trabajadores llegados de muchos lugares del mundo aún
más pobres que Cataluña, no son catalanes, ni españoles, pues el poder político
(estatal y autonómico) les impide ser ‘catalanes/españoles’ en el sentido de
ciudadano estrictamente jurídico. ‘Gracias’ a ello, un millón de personas no ha
podido votar el 27-S. Excepto Cataluña Sí que es Pot, y la CUP, nadie ha dicho
absolutamente nada al respecto. Lógico: para el paradigma hegemónico son sólo gastarbeiter (‘trabajadores-huéspedes’),
no parte de la nación-identidad.[3]
Por otro lado, creo
que tal vez la frase de Jordi Pujol se recita siempre de forma incompleta de
manera consciente e interesada, a fin de ocultar su sentido real: “es catalán
todo hombre [sic] que vive y trabaja en Cataluña y que, de Cataluña haga su casa, su país, al que se incorpora y
reconoce”(la negrita es mía). Por lo tanto, nada de apertura como ‘rasgo
característico’ de la nación catalana creada por los nacionalistas
esencialistas, la nación identitaria con una estructuración elegida por estos
nacionalistas, y a la que se incorporarán los que quieran ser catalanes. Mucho
criticar (con razón) el jacobinismo español y francés, y resulta que el término
‘incorporar’ remite a una asimilación jacobina ‘pura y dura.
Además, entraríamos
aquí en una nueva trampa: ¿qué es ‘incorporarse a Cataluña’? ¿Y qué es
Cataluña? ¿Qué es la ‘cultura catalana’? ¿Es la nación identitaria con rasgos
culturales, históricos, idiosincrásicos, abstractos, que el poder designa y
taxonomitza desde arriba? ¿O es el pueblo intercultural, que existe en lugares,
momentos y contextos concretos, a pie de calle, a raíz, que no tiene ningún
tipo de identidad fija, sino que es su falta de identidad uniforme la que hace
que siempre exista un espacio vacío donde pueda confluir el conjunto de su
gente?
En el segundo caso,
que es lo que defiendo como proyecto hegemónico, no sería necesario
incorporarse a nada, pues no habría nada donde hacerlo, no existiría ninguna estructura identitaria construida por
los artífices de identidades nacionales metafísicas e inexistentes más allá de
discursos y supersticiones. Desde el punto de vista que aquí defiendo, por el
mero hecho de vivir en Cataluña y de formar parte de las clases trabajadoras,
uno ya forma parte del pueblo intercultural catalán, de su conjunto múltiple,
de su retahíla de colectivos que sólo existen en las interacciones sociales
entre la gente ... No hay que incorporarse a nada, porque no hay nada, todo
está siempre por hacer, la sociedad es un ente vivo en estado de nacimiento
continuo, y la identificación siempre es una relación viva, que se nutre de la
realidad sensible y los imaginarios sociales desplegados por grupos y gentes
que viven en un espacio social común
La hegemonía esencialista del régimen del 80: ocultando,
obviando o despreciando la realidad social
La situación en
Cataluña ante la pluralidad no es intercultural.
Es tricultural, aunque también se
puede concebir como bicultural si
entendemos las dos ‘culturas’ del binomio como verdaderos artificios reductivistas
y sin base real ... pero socialmente operativos:
(1) La cultura ‘nacional’
o ‘propia’, modulada y creada por las elites dominantes, y donde entrarían la
multitud de grupos ‘autóctonos’, de gran complejidad interna y sólo unidos por
el hecho de no ser Otros, es decir,
de funcionar por contraste, como ocurre con toda identificación. Esta ‘cultura
propia’ funciona a veces como eje primordial de identidad autóctona (versión
abiertamente esencialista), a veces como una aspiradora donde hacer entrar las ‘comunidades
inmigrantes’ (esencialismo nacionalista versión ‘ciudadanista’: se integran
todos, lo quieran o no)
(2) La ‘cultura
importada’ o ‘culturas importadas’, donde se amalgaman las miles de ‘tradiciones
culturales’ propias sobre todo de las ‘comunidades’ de inmigrantes procedentes
de países actualmente más pobres que Cataluña, pues los que provienen de países
más ricos y/o de la UE son a menudo dejados fuera del control tecno-identitario
o de la gestión de la diversidad, ya que les permite pasar desapercibidos como ‘colonias’
de extranjeros (holandeses, ingleses, franceses, alemanes) .
En medio, en un
permanente limbo identitario,
estarían los antiguos inmigrantes llegados en los años 1959-1972, y sus hijos y
nietos. A veces integran el primer grupo en términos sólo
jurídico-administrativos (son ‘ciudadanos españoles’), más que en términos
‘culturales’ (por mucho que se diga aquello de que ‘es catalán quien vive y
trabaja en Cataluña’...). En otras ocasiones forman parte del segundo bloque.
Los extranjeros ricos están aparte, o encima, no se les considera ni ‘étnicos’
ni mucho menos ‘inmigrantes’, sino colonias de holandeses, británicos,
franceses, alemanes ... Un nuevo ejemplo de que, en realidad, las taxonomías
culturales se rigen por criterios de clase social, además de por criterios
puramente ‘culturales’ ...
Aunque se ha
querido apostar por la existencia de un modelo de integración catalán, quedando
la apuesta en mero deseo, en la realidad en Cataluña entrecruzan tres modelos
fracasados de integración:
1. Francia:
ciudadanía como eufemismo de asimilación. La escuela francesa es
profundamente nacionalista, como la catalana y la española: uniformizadora y
asimilacionista. Un ejemplo no anecdótico: Cataluña, los colegios públicos
sobre todo, los alumnos, todos, hacen el caga-tió,
la castañada, etc. Inventos ‘étnicos’ catalanes del s. XIX ... En Cataluña ha
habido también una hegemonía esencialista en versión ‘ciudadanista’: la de que
todo confluya en un solo punto, que debería centrifugar todo, o que visualmente
me recuerda un lavadero cuando se quita el tapón del agujero: la ‘lengua y la
cultura catalana’, siempre en singular. Jacobinismo ...
2. Gran Bretaña:
aprende el idioma, quédate en tu ghetto y haz lo que quieras dentro de los
límites de lo correcto ...: En Cataluña también se da el modelo británico. Vayan a L’Erm
(Manlleu), a Cerdanyola (Mataró) o a Llefià (Badalona), si quieren encontrar
lugares donde se combina marginación social y acumulación de población ‘recién llegada’. En cuanto la idea
británica de que mientras aprendan el idioma y las normas básicas ya estarán
integrados (¿qué más da el resto de cosas, como el trabajo?), Aquí se ha hecho
algo similar. Parece como si sólo las parejas lingüísticas o el aprendizaje del
catalán garanticen, por arte de magia, la pretendida integración...
3. Alemania: Blut und Boden: Lo ideal alemán es conservar los derechos ciudadanos por la autoctonía,
la ‘sangre’ alemana. Cuesta mucho que alguien nacido en el extranjero sin
antepasados alemanes (ni que sean antepasados del s. XVIII), o incluso que haya nacido en Alemania pero que sea de ‘sangre’
no-autóctona, pueda ser considerado como una persona culturalmente y
nacionalmente ‘normal’. Vayan a cualquier pueblo o ciudad de Cataluña y
encontrarán algo similar. No es que se defienda una catalanidad ‘racial’, sino ‘cultural’.
Pero no olvidemos que ‘cultura’ es otra manera de decir ‘raza’. La sangre es la
raza lo que la lengua, los apellidos, las ‘tradiciones’, el ‘talante’ y el
carácter es la cultura.
Y en cuanto al
culto en el territorio ‘propio’, éste es practicado por cualquier nacionalismo
esencialista, no sólo por el alemán, y en Cataluña tiene plena vigencia: no
sólo resulta palpable el esencialismo del Boden
(la tierra) en el idealismo romántico que apuesta por el retorno a los
orígenes o en el fetichismo de los mapas nacionales, sino también en la idea ya
apuntada antes de que el espacio público no debe ser el lugar de expresión de
las identidades ni de las creencias, las cuales han permanecer dentro del
ámbito ‘privado’ .. pero sólo se hace esto en relación a las identidades otros ‘,
no con las’ autóctonas ‘... Toda romería, procesión a las cruces del municipio
o procesión de fiesta patronal deberían ser proscritas , siguiendo este
razonamiento. Pero no ... Porque son ‘de sentido común’, ‘naturales’...
Las elecciones del 27-S: clasismo, unidad popular y ... mapas que no mienten
No jugaré aquí a
hacer de politólogo ni llevar a cabo análisis de periodismo político sobre el
mapa electoral que emana del 27-S. Hay mucha teca y mucho que decir, eso sí,
como antropólogo especializado en lo que podríamos denominar las etnias, las
naciones, los pueblos, y cualesquiera otros sistemas sociales diferenciados.
Porque deduzco que la victoria de Ciudadanos en muchos lugares de Cataluña es,
por un lado, el resultado boomerang del mecanismo de saturación nacionalista
catalana de las últimas semanas (y décadas) y, como síntoma que explicaría el
fracaso rotundo en la pretendida construcción de un solo pueblo por parte del
nacionalismo hegemónico, el cual, en el fondo, creo que nunca ha tenido
intención de crear un solo pueblo más allá de los discursos. En la realidad,
están, por un lado, los ‘nacionales’ o ‘autóctonos’ (con los ‘incorporados’ de
forma ‘exitosa’) y, por el otro lado, los ‘forasteros’. Punto. Este ha sido el
trasfondo ocultado por el hipócrita discurso oficial del régimen del 80.
Multitud de
personas que son parte integrante del pueblo intercultural de Cataluña, nunca
han sido parte de la nación identitaria catalana. No se lo han hecho sentir,
por decirlo de alguna manera. Porque el nacionalismo esencialista nunca busca
crear un pueblo trabajador unido en su diversidad, sino la nación-identidad,
hecha por los de arriba, rodeada, por abajo, por grupos y personas que por
formar parte y ‘incorporarse’ deben someterse a la uniformización oficial
dictada por los que creen saber qué es la ‘cultura catalana’ ...
Aún hoy en día
podemos observar en ciudades como Ripollet, Sabadell o Terrassa, por ejemplo,
un ‘centro’ formado por ‘catalanes-catalanes’ (‘gente de aquí’), y una
periferia formada por personas con orígenes en el resto del estado. La base de
esta segregación geográfica no es sólo ‘étnica’, es decir, no sólo está
motivada por el nacionalismo esencialista, sino que es también, o sobre todo,
económica. No olvidemos algo que a menudo se olvida: la mayoría de personas
llegadas en Cataluña entre 1959 y 1972 procedían de zonas aún más depauperadas
que Cataluña. Ciertos segmentos del neoindependentismo tienen un componente
xenófobo y clasista que quizás ha generado una reacción, una cismogenesis, una
diferenciación tajante y, quizás, antagónica. No hay que olvidar que este
nacionalismo esencialista ha sido, en parte, la causa de la persistencia del
nacionalismo español en algunos lugares del país, tal vez latente hasta hace
poco, pero ahora ha sido activado. Y seamos claros también en esto: también ha
pasado a la inversa. Este nacionalismo esencialista español ha ‘permitido’ al
nacionalismo esencialista catalán reafirmarse y, sobre todo, legitimarse: “los
charnegos de mierda [sic] no se quieren integrar porque dicen que están en
España”, oí hace poco con estas orejitas, en Castelldefels ...
Muchos critican (yo
también) que los reaccionarios españoles insulten y desprecien a las personas
que silbaron el himno del reino de España en el Camp Nou, el pasado 6 de junio,
en vez de preguntarse por qué se hizo.
Debemos hacer lo mismo en este caso. ¿Los que silbaron el himno lo hicieron,
como dicen los nacionalistas españoles, porque ‘odian en España’, ‘son unos
radicales irrespetuosos’, ‘son chusma’, etc.? No. Pues no caigamos en el mismo
análisis a la hora de comprobar que existe, en estado larvado o no, un
nacionalismo español o una no-identificación con la nación-identidad catalana
en lugares muy concretos. Sólo hay que mirar los mapas. Nunca se ha hecho nada
para hacer que estos territorios se identifiquen con un concepto realmente
amplio, abierto, plural, intercultural, de sociedad, de pueblo. Porque no ha
existido este concepto. Ahora hay que crearlo, y hay que desplegar un nuevo
paradigma hegemónico, que incluya, también, un subrayado especial en la clase
social.
Aquí entramos en
otro tema, la unidad popular, que
tocaré sólo de paso, por razones de espacio y porque ya lo esbocé hace unos
meses en un artículo homónimo[4].
Soy firme partidario de la unidad popular. Pero es imposible construirla
siguiendo el mismo paradigma hegemónico del régimen del 80. Resulta
sencillamente imposible, porque no se reflejará el pueblo intercultural, sino
la nación-identitaria. Miremos los resultados de una formación política que
tiene este nombre, la CUP: en muchas zonas como Bellvitge, La Gornal, Pubilla
Casas (Hospitalet de Llobregat), Can Vidalet (Esplugues de Llobregat), Les
Roquetes del Garraf, Cunit, Calafell, algunos barrios de El Vendrell, entre
muchos otros lugares que no he tenido tiempo de escrutar con detalle, tienen
entre un 2,18 y un 7,06% de votos. En la mayoría de casos, la ‘horquilla’ se
mueve entre el 3 y el 5%. ¿Unidad popular? ... Esto es, insisto, un síntoma:
para cambiar la realidad hay que mirar cara a cara, no sesgar-la. Nada pasa
porque sí, siempre hay razones y lógicas, explícitas o secretas, y hay que
averiguarlas. Y lo que digo sobre esta formación se hace extensible al resto de
la izquierda transformadora que puede poner las bases políticas de esta nueva
hegemonía: Cataluña Sí que es Pot no ha cuajado: sólo ha sacado un 8, 9 o 11%
de los votos en los lugares antes mencionados, en pocos casos pasando del 15%.
Esto también tendrá alguna razón de fondo que habrá que conocer. Esto requiere
tiempo y trabajo, no se puede hacer en un mes, evidentemente.
Por una nueva hegemonía: de la nación identitaria
al pueblo intercultural (y del capitalismo en un socialismo de nuevo cuño)
Para terminar, haré
mención sólo de la primera parte del título de este apartado, pues se
circunscribe en mi ámbito de conocimiento, y no me considero competente para
desarrollar con más detalle el paso, seguramente problemático y difícil, pero
absolutamente imprescindible, de la actual dictadura capitalista a la
democracia real.
Una nación, una comunidad
autónoma, un pueblo, lo que queráis... es también una identificación. Hay que
generar una identificación. Pero el problema radica en cómo se ha generado y se
ha tratado de imponer aunque sea de forma supuestamente ‘abierta’.
Aquí en Cataluña,
desde 1980, retomando y actualizando el esfuerzo uniformizador elitista de la
Renaixença, el Novecentismo y la tradición vinculada al esencialismo
nacionalista en todas sus modulaciones, aquí, decía, esta creación de
identificación social (‘cultural ‘, para los nacionalistas) se ha hecho desde
arriba, tratando de imponer unos modelos abstractos y uniformes sobre una
población extraordinariamente compleja y diversa.
La razón me parece
evidente: tener disponible un bagaje consistente en dispositivos simbólicos que
dejen fuera de la catalanidad los que no encajen. Nada nuevo, ya lo hemos
dicho: una sociedad capitalista como la nuestra necesita, vive, de los
mecanismos de exclusión. De ahí que el nacionalismo esencialista sea
consustancial al capitalismo en todas partes. Le facilita coartadas culturales
para naturalizar, biologizar, sacralizar lo que son injusticias y desigualdades
de tipo económico y social. Sacralizar, en efecto, que la ‘cultura’ es la
religión de estado moderna.
Se ha tratado de
imponer sobre toda la población una inexistente ‘cultura catalana’, en base a
referentes inventados (como lo han hecho todas las naciones del mundo), reelaborados
para servir a los intereses de las clases capitalistas, creando historias
sagradas que remitirían a los tiempos fundacionales de un ente no exactamente
humano, sino de reminiscencias divinas, el
Geist de la cultura, de la nación, su alma, su espíritu, que continuaría
sin interrupción hasta la actualidad. De estos “valores espirituales” habla,
sin ir más lejos, el manifiesto de la Asociación de Municipios para la
Independencia.
De todo lo que
estoy diciendo hay ejemplos a raudales desde 1980 (y antes, por supuesto),
ejemplos que estoy empezando a sistematizar y que ahora no expondré dado el
carácter introductorio de este texto. Son casos que a veces se nos escapan,
pues es tal la hegemonía del nacionalismo esencialista en Cataluña durante 35
años, que se han convertido, plenamente, en ‘sentido común’.
Estamos en un
momento instituyente, de cambio rápido, de mutación social, política .. Y vemos
que no somos un solo pueblo por causa del fracaso, obvio y previsible, de la
imposición de un modelo ‘cultural’ único sobre una sociedad que, como todas, no
se puede doblar a un solo modelo de forma de decir, hacer y pensar.
Han sido 35 años de
una hegemonía hecha desde arriba, no sólo por los pensados a sí mismos como
culturalmente ‘normales’, sino por las clases privilegiadas. Hay que revertir
el movimiento, y ahora es el momento de hacerlo. Enjuagar la hegemonía hasta
ahora imperante, y generar otra, pero desde abajo. Surgida de los latidos de la
vida en sociedad, que brota de las interacciones reales de personas reales en
lugares y momentos concretos, en contextos y en situaciones específicas. Hay
que pasar de la nación identitaria, que siempre impedirá que seamos un solo
pueblo, el pueblo intercultural.
El cambio de
paradigma debe ser opuesto al actual no sólo en cuanto al sentido del
movimiento (desde abajo) sino también con respecto a los significados que hay
que introducir en significantes totalmente secuestrados por el nacionalismo
esencialista. Hay que cambiar, por ejemplo, el contenido del concepto de
identidad ‘, de’ nación ‘, de’ pueblo ‘, la visión de la historia, la
concepción de la sociedad, rebatir la idea de’ cultura ‘, salir de dobles
vínculos como el ya mencionado del Pacto Nacional para la Inmigración, donde se
invitaba (o exigía) los ‘recién llegados’ que se adhieran a la identidad
catalana ‘y en la’ cultura catalana ‘.
Desde nuestro punto
de vista, por ejemplo, los ‘recién llegados’ ya son parte de la ‘identidad
catalana’ y de la ‘cultura catalana’, la integran plenamente porque son parte
del pueblo de Cataluña, y también parte de la cultura popular catalana. Decir esto hoy en día sigue siendo visto
como una herejía, pero si no optamos por este nuevo paradigma, continuaremos bajo
la hegemonía con la que queremos terminar.
Lingüistas,
filólogos, sociolingüistas y historiadores oficiales (esencialistas), así como
algún sociólogo solariego, han sido los ‘intelectuales orgánicos’ que han
construido algunos de los arquitrabes básicos de la visión que ha dominado de
forma arrolladora en la construcción del paradigma hegemónico del régimen del
80.
Optamos por una
visión que beba, también, de otros ámbitos alejados del esencialismo
nacionalista. Y resultará muy importante la función de la etnografía. Por
tanto, también será necesario que sea la ciencia etnológica la que aporte su
bagaje, pero no de manera abrumadora, en eso también nos distanciamos del
actual paradigma.
Desde lo que ahora
llamo, a falta de un concepto mejor, paradigma del pueblo intercultural, todo
conjunto humano (etnosistema, en la
terminología académica) es, siempre, un proceso.. Y su ‘identidad’ es una
relación, un vínculo, que se puede llenar de múltiples referentes, pero que
nunca ‘es’, sino que ‘hace’. Esto impediría o dificultaría la creación de ejes
estratégicos que, como hemos comentado, faciliten coartadas para legitimar
situaciones de exclusión o de explotación económica, política o social. Pero
mientras también exista la hegemonía capitalista (inseparable de la hegemonía
nacionalista-esencialista), todo esfuerzo será siempre estéril, pues se crearán
nuevas y más sofisticadas formas de exclusión.
En este escrito
trato de ser optimista, dando pistas o aportando caminos que pueden deshacer y
dejar de lado el nacionalismo hegemónico en Cataluña, verdadero y quizás único
enemigo real de la soberanía de las clases populares. Pero también hay una mala
noticia. Una mala noticia que, obviamente, también saben y denuncian muchas
otras personas: con capitalismo, no hay ni soberanía, ni democracia, ni
independencia. Sólo dictadura económica. Ahora también es un momento
instituyente en este sentido, un momento de génesis dinámica. Nos lo jugamos
todo, que no es poco ...
El nuevo paradigma
que genere una hegemonía totalmente diferente a la del régimen del 80 es algo
que, en una especie de relámpago no forzado de la conciencia (darme cuenta de
la actualidad del tema de mi tesis doctoral en Cataluña), traté de comenzar a
sintetizar y de trasladar ese universo de conceptos y significaciones de un
plano a otro, es decir: del plano de la teoría etnológica en el plano de la
realidad social aquí y ahora. Pero sería de una prepotencia imperdonable querer
presentarme como el ‘creador’ de este paradigma.
Sólo le estoy dando
una forma con mis herramientas, la estoy presentando configurado en base a mi
bagaje, pero se trata de algo que he oído a muchas personas, y desde hace más
de veinte años. En algunos casos incluso podría poner referencias
bibliográficas, como ya he hecho en otros escritos recientes en los que se
intuye este paradigma, esta nueva hegemonía a construir. En muchos casos ha
sido fruto de condensaciones en base a ideas que están en la calle, que surgen
de momentos y de contextos, y que, trato de sistematizar lo mejor que puedo. Un
día alguien dijo que si tienes una idea y sales a la calle, pregunta a la
gente, pues seguramente también tendrán la misma idea, o similar. No hablo de
nada metafísico ni misticoide: las
ideas son entes sociales. A veces, alguien o algunos les dan forma, pero pensar
que uno es la única fuente que las genera, es sencillamente mentira.
Ya para terminar:
resulta evidente que una hegemonía no se gana sólo deseándole la. Hay que
ponerse manos a la obra, y desde hoy mismo. Hay que hacer mucha pedagogía activa,
concienciación, sensibilización, formación, y creación de discurso, basándose
en la vida cotidiana, en la situación real, las prioridades, necesidades y
lógicas de todas las geografías de Cataluña. Y también hay que tener poder para
llevar esto a la práctica. No hablo del poder institucional, que también, sino
del poder otorgado desde abajo por el hecho de identificarse plenamente con una
nueva hegemonía, hasta el punto de que, deviniendo sentido común, logra
alcanzar su objetivo de manera no forzada.
Lo resumiré también
las veces que sea menester: crear una sociedad soberana en todos los sentidos,
conseguir la libre disposición de las clases trabajadoras sobre sí mismas,
incluye, como condición sine qua non, acabar con el dominio del nacionalismo esencialista. Y, también, del
capitalismo. Porque son las dos caras de la misma moneda ... Ni más ni menos.
Artículos complementarios:
[2] En muchos casos, muchas personas inmigradas que salen en el programa
se han 'integrado' gracias a tener pareja catalana. Como si fuera la mejor o
única forma de unirse al ‘cuerpo nacional identitario’. Resulta contradictorio
que se critique con vehemencia (y con toda la razón del mundo) el jacobinismo
asimilador francés y español, y se haga lo mismo en Cataluña, pero en una
escala diferente, y empleando un lenguaje formalmente 'anti-asimilacionista' ...
Toda una impostura.