¿LO AUTÉNTICO
CONTRA LO URBANO?
Nuevos embates del nacionalismo
identitario contra la nueva hegemonía
Introducción
En los últimos años han surgido,
y se están consolidado, movimientos sociales y políticos que impugnan de raíz
la insostenible situación generada por el ultracapitalismo (neoliberalismo) y
su inmensa estafa (denominada ‘crisis’), un desfalco generalizado por parte de
una minoría hacia el resto de la población. El rechazo a un Estado corrupto,
antidemocrático y enemigo de la emancipación de sus pueblos, también están en
la base de dichas movilizaciones. Una de sus desembocaduras más notables es la
fórmula política encarnada en Podemos y sus diversas confluencias en diversas
naciones del Estado: En Comú Podem, En Marea, Compromís-Podemos, etc…
Lo avalan l@s 69 diputad@s obtenidos
en las recientes elecciones generales. Y contando exclusivamente con la gente,
sin ningún tipo de apoyo ni de la banca, ni de la grandes empresas, ni del Opus Dei, ni de ningún otro poder
institucionalizado. Se trata de una apuesta política plural, dinámica,
transformadora, radicalmente democrática, y lo suficientemente inteligente como
para huir de monolitismos y ‘coherencias’ que solo expresan dogmatismos e
inmovilismos. El objetivo de todas estas diversas fórmulas políticas en
confluencia es que la gente, las clases populares, es decir, tod@s l@s que no
somos parte de la casta financiera global ni sus aliados y cómplices
necesarios, obtengamos no sólo el poder para decidir sobre nuestras vidas, sino
también la garantía de tener cubiertas las condiciones materiales de nuestra existencia.
Esa es la gran meta y para eso se
trabaja. Una meta tan amplia permite múltiples modulaciones diferenciales, y en
eso radica una de las fuerzas que pueden convertir en imparable estas apuestas
políticas cuando se conviertan en masivas. En eso estamos, por cierto.
Todo lo comentado ha encendido las
luces de alarma entre los que quieren continuar asegurando su dominio y nuestro
estado de absoluta postración. En el caso de mi país, Cataluña, muchos de esos
que cada vez están más nerviosos son los que detentan la hegemonía desde hace
la friolera de 35 años. Y esto se hace tanto de forma directa como a través de
los medios de comunicación que controlan (públicos, y subvencionados), así como
de sus voceros, que son muchos y muy activos. Por tierra, mar y aire, han
intentado y siguen intentando torpedear este amplio proyecto político, basado
en una unidad popular real.
A veces han contado con la
complicidad, me gustaría pensar que involuntaria, de aquellos que seguramente
tendrían que ser nuestros aliados porque (se supone) que comparten nuestra
misma condición ‘subalterna’ en relación con los que tienen las riendas de un sistema político que se ha mostrado como servidor de los
intereses dominantes, y que se ha asegurado el dominio, pero está perdiendo su
legitimidad a marchas.
Nos han avasallado con insultos,
descalificaciones y acusaciones de todo tipo. Quizá un último ejemplo ha tenido
lugar hace poco: resulta que ahora algunos consideran que nuestro proyecto
político está basado en una voluntad ‘urbanita’ (¿?) destinada a excluir el
ámbito rural. Un mero artificio creado desde las ciudades, contrario a los
intereses de la gente del campo…
Considero que, de forma directa o
derivada, se trata de un nuevo intento destinado a convertir en antagónicas las
contradicciones en el seno del pueblo. De este modo, se volvería a ocultar los
antagonismos reales entre las clases trabajadoras (‘urbanas’ y ‘rurales’) y sus
aliados, por un lado, y las castas financieras y sus complacientes servidores,
por el otro.
Debo decir que este no es un texto
académico, sino que pretende ser un artículo divulgativo que tenga la máxima
difusión posible. Esto quizá conlleve que a más de uno le parezca un texto
reductivista, simplista y hasta superficial. Pero, como dicen los rusos: на вкус и цвет товарищей нет (‘en los gustos y en los
colores, no hay amigos’)….
¿Un proyecto de ‘urbanitas’?
En primer lugar, si existe una
marginación del mundo rural catalán, ésta no se debe a la acción ni de En Comú
Podem ni de Podemos, sino de los que han gobernado la autonomía, el Estado y
las Diputaciones y municipios. Si se deben exigir responsabilidades, éstas no
se deben exigir a nosotros, sino a los que han posibilitado o incentivado esa
marginación.
Es más: queremos que las gentes y
pueblos se autogobiernen, priorizamos detentar la total soberanía sobre
nuestras vidas y sobre las condiciones materiales de existencia. Como resulta
lógico, esto vale tanto para las áreas ‘urbanas’ como para las rurales, para el
campo y para la ciudad. Queda dicho.
En un principio se trató de usar
(y aún se hace) el componente xenófobo que siempre late en todo nacionalismo
identitario: “esos de Podemos son gente
de fuera”, “son gente de la universidad madrileña, aquí no van a hacer
nada”, “lo de Podemos y compañía es un proyecto en clave española, en Cataluña
no tienen sitio”, etc... La contundente victoria en Cataluña (12 diputados) de En
Comú Podem el pasado día 20 de diciembre ha dejado más que en evidencia ese
tipo de ‘argumentos’.
El nacionalismo identitario
observa esto con pavor: se abre la posibilidad de que las clases populares
dejen de considerar como de ‘sentido común’ la coartada cultural y la
contemplen como lo que es: pura ideología, una artimaña utilizada para ocultar
la relaciones de poder reales que están bajo el velo de la todavía irresuelta
cuestión nacional catalana y de las misticoides ‘distancias culturales’
inventadas para ‘legitimar’ explotaciones y exclusiones.
Que la cuestión nacional continúe
abierta es fundamental para los que detentan la hegemonía en Cataluña desde
1980 (con el breve y poco efectivo hiato del ‘tripartito’). ¿Por qué? Pues
porque es la garantía de la continuidad de su dominio, les asegura mandar en lo
que siempre han visto como su latifundio particular (Cataluña), y así poder
continuar controlando su estructura de poder, basada en un clientelismo corrupto
hasta la médula, como hace pocas semanas subrayó el economista Vicenç Navarro (https://www.youtube.com/watch?v=E9yIfmFBIWk,
32:55 )
Esta nueva embestida contra los
‘urbanitas’ usa un ejemplo para justificar sus ‘acusaciones’: el caso de las
ciudades del cambio. Ya saben: Barcelona, Badalona, Madrid, València, Zaragoza,
Compostela, A Coruña, Cádiz... Como si eso fuese suficiente como para proclamar
que las nuevas fórmulas políticas al servicio de la gente son simplemente un
pérfido invento de las ciudades y de sus líderes ‘urbanitas’, un artilugio
malévolo destinado a anular la ‘naturalidad’ de las formas de vida ‘rurales’ y
la autenticidad de la ‘cultura propia’.
Cuando en 1999 se creó la Euskal Herriko Udal eta Udal Hautetsien Biltzarra (asamblea de municipios
vascos, conocida por el acrónimo de Udalbiltza), dudo mucho que los que ahora
critican por ‘urbanita’ la colaboración fraternal entre las ciudades del cambio
usasen entonces las mismas acusaciones. Se dirá que en esa asamblea también
había municipios ‘rurales’. ¿Y qué? Era una colaboración entre ciudades. Eso
sí, todas ellas gobernadas por lo que algunos catalogarían como ‘fuerzas nacionalistas’.
He aquí el meollo: bajo la retórica (que después
trataré de desmenuzar) de la defensa de la ‘ruralidad’ ante las maléficas
‘ciudades’, lo que hay es ideología pura y dura: el problema real es que esas
coaliciones ‘urbanitas’ no están dentro del catecismo del nacionalismo
esencialista…
Habrá quien detecte una posible influencia del
antiguo carlismo en esta airada defensa de las comunidades rurales. Más que ser
un avatar franciscano del pujolismo (que también), hay ciertas ramificaciones
políticas que quizá sean una suerte de supervivencias de la tradición carlista
en Cataluña, readaptadas a los tiempos y contextos. De ahí que, y solo lo
comento de forma hipotética, algunas piruetas lógicas puedan dejar entrever en
estos discursos ‘ruralizantes’ una crítica contra el capitalismo (el mismo capitalismo
salvaje del que son abanderados otros identitarios: Convergencia). Pero, si
fuese así, sería más bien un ataque tradicionalista al capitalismo, lo cual es
aún más reaccionario y conservador que el propio proyecto capitalista… En este
sentido, la óptica ‘antiurbanita’ tendría puntos en común con un cierto tradicionalismo
‘anti-burgués’, entendiendo ‘burguesía’ de forma casi literal (los habitantes
del ‘burgo’, es decir, de la ciudad) y como un ente degenerado, parasitario, artificial
y falso, opuesto al virtuosismo, la laboriosidad, la naturalidad y la autenticidad…
Ciudad,
campo, pueblo
No descubro nada nuevo si afirmo
que Cataluña dejó de ser un país rural hace mucho tiempo, y también España,
Euskadi, etc. Además, el continuum campo-ciudad
es muy antiguo, las dicotomías son muy poco evidentes, las fronteras son
difusas, y los cruces y solapamientos, constantes. La antropización del país,
es decir, la acción humana sobre el territorio, ha sido muy intensa, sobretodo
entre los siglos XVIII y XX.
La todavía escasa implantación de
las nuevas fórmulas políticas en la Cataluña ‘rural’ también ha tenido lugar en
el resto del Estado. Y no debe de extrañar a nadie. La hegemonía emergente no
puede impregnar por arte de magia y en cuestión de meses todos los espacios
sociales, sino que debe ir adoptando, en cada contexto local, una configuración
específica.
Insisto: apostamos por la
articulación de la sociedad en base a su gente, y ‘gente’ incluye, por
descontado, el mundo rural. La sociedad rural está igualmente en el punto de
mira del ultracapitalismo, ya que forma parte del mismo conglomerado que las
clases sociales ‘urbanitas’: son parte del pueblo trabajador.
El historiador Xavier Doménech,
ganador de las pasadas elecciones estatales en Cataluña, ha insistido muy a
menudo en la importancia fundamental de los territorios locales, con sus
características diferenciales y sus situaciones concretas, ya que son el lugar
desde donde se despliegan las lógicas sociales y culturales, y los recursos
materiales, que construyen desde abajo una sociedad que, ahora más que nunca,
es un sistema complejo e interconectado, un conjunto de ecosistemas sociales, es
decir, lo que en mi particular jerga denomino como redes de etnosistemas.
Un sistema social es siempre otra
cosa y más que la suma de sus partes, ya que incluye también las relaciones
entre las partes, su red de interconexiones. El ámbito rural siempre ha sido
parte del mismo sistema que el de las ciudades y las redes de ciudades. Lo
urbano, por su parte, también ha estado siempre presente en el mundo rural.
La gente del ámbito rural y de
las ciudades comparten su condición de grupos explotados y sometidos a los
dictados tanto de aquellos que quieren imponer formas de vida como de los que
quieren expropiarles las que ya existen.
En Inglaterra el capitalismo se
creó vaciando el espacio rural de campesinos, creando hambre, forzándolos a ir
hacia las ciudades convertidos en esa ‘nada social’ que era el proletario, para
poder venderse en el mercado de trabajo.
La expropiación de los medios de
producción de los trabajadores por parte del capitalismo (con la fundamental
ayuda del Estado y sus ejércitos) fue el punto de partida de la actual postración
de los pueblos. Y ahí la dualidad ‘antagonista’ campo-ciudad no resulta
estratégica a no ser que se pretenda crear divisiones entre los grupos
sometidos a idéntico mecanismo de dominación.
Desde esta perspectiva, vuelvo a
insistir, separar lo ‘rural’ de lo ‘urbano’ no solo es una impostura producto
de un intento idealista por caracterizar una realidad que en absoluto responde
a esa dualidad, sino que implica apostar por una separación artificial en el
seno del pueblo. Eso sí: entendiendo ‘pueblo’ como sinónimo de sistema social intercultural,
sin ‘cultura’ ni ‘lengua’ ni siquiera ‘identidad’ comunes, y no como sinónimo
(como hacen los nacionalistas esencialistas) de nación identitaria. Nada que
ver. He ahí una clave que puede deshacer muchos nudos, por cierto… Pero no es
el tema que ahora nos ocupa y solo lo dejo como un apunte.
El conjunto de significaciones de
las que está preñada la ‘nación identitaria’ es hegemónico en Cataluña desde
1980, y muchas se vinculan con la Cataluña ‘pairal’, idealizada como armónica y
equilibrada, sin conflictos ni agitaciones, idílica y familiar, religiosa y
obediente. Un discurso romántico de lo ‘rural’ como manantial de ‘pureza
cultural’ y depósito de acumulación del acervo ‘nacional’, lugar de modelación
de ‘la forma de ser’ (el tarannà, en
catalán), de la idiosincrasia de la comunidad. Diriase que en una cierta época
histórica se desplomó sobre Cataluña un ‘adn cultural’ franco-germánico que la
selló para siempre, puesto que impregnó paisajes y mentalidades, y fue conservado
hasta nuestros días gracias, en parte, a que perduró tanto en la naturaleza que
esculpe el carácter del pueblo catalán como en los ‘genes’ de los que cuentan
con un cordón umbilical que los retrotrae continuamente al año 800. Parece una
broma, un guión sarcástico para un original remake de ‘Regreso al Futuro’, o
simplemente un disparate (y lo es, sin ninguna duda). Pero al final de este
artículo tendremos ocasión de comprobar la actualidad de este absurdo y
peligroso discurso en boca de ‘ilustres’ prohombres del nacionalismo
esencialista catalán como Jordi Pujol y Artur Mas…
Urbano y ciudad no son lo mismo
En su origen etimológico, ‘ciudad’
viene de civitas, palabra latina
quizá emparentada con el vocablo ‘indoeuropeo’ *keiwos, presente en términos como ‘con-vivencia’ y ‘eco-nomía’, y
de donde derivaría ‘com-pañero’. Para Aristóteles, la ciudad era la reunión de
todos los hombres libres. En este sentido, ‘ciudad’ y ‘ciudadano’ no harían
alusión directa a lo ‘urbano’ ni tan solo a la ciudad entendida como entidad
física, sino que sería un concepto más abstracto o ideal. Por cierto: el
concepto de ‘ciudadanía’ no es un invento Occidental, como lo demuestran dos
ejemplos de Costa de Marfil: klo snan
(‘persona civil’, ‘ciudadano’) en Baulé (de klo:
ciudad); flami (‘persona civil’) en
Guro (de fla: ciudad). La ciudadanía
es plural y dinámica, no un magma de individuos atomizados que enmascara la
imposición de una sola lógica social, política y económica.
Breve paréntesis: el odio
visceral hacia lo que pueda aportar ‘la ciudad’ es el mismo (y perdón por la
sinceridad) que el que expresaba hace muchos años un autor tan reaccionario,
conservador y profundamente antidemocrático como era Oswald Spengler, para el
cual el coloso pétreo de la ciudad señala el final de una cultura…
Pero pasemos a planos más
concretos. Confundir ‘ciudad’ y ‘urbano’ es un error monumental, como bien
señaló Henri Levebvre. Así lo indicó, en un libro de 1999 (El animal público), mi amigo y colega, el antropólogo Manuel
Delgado, al cual debo una parte importantísima de mi bagaje, y del cual también
he tomado prestada la metáfora que identifica la ‘ciudad’ con lo diabólico.
La ciudad se opondría a lo
‘rural’, al ‘campo’, por un mero hecho cuantitativo: una alta densidad
poblacional estable, configurada, a menudo, por personas que son extrañas entre
sí. Un ‘pueblo’ sería similar a la ciudad, pero con gente que ‘se conoce’. Como
el barrio.
Lo urbano no es la ‘ciudad’. Lo
urbano es un estilo de vida marcado por la proliferación de relaciones deslocalizadas.
Lo urbano puede existir en una calle o en el metro, PERO TAMBIÉN en un espacio
natural abierto, o en una pequeña aldea. Lo opuesto a lo ‘urbano’ es lo
‘comunal’: la comunidad tradicional, esa superstición de la cual hablaremos
después, y que… jamás ha existido.
La ciudad y el diablo
En un momento en que todo ha
fallado a la hora de torpedear la amplia, plural y nueva hegemonía en fase de
consolidación, aquella que (insisto) ha triunfado ampliamente en Cataluña en
las últimas elecciones estatales, quizá constituya una reacción casi
espasmódica tratarnos de ‘urbanitas’ y remitirnos a lo diabólico. Ya que quizá
eso sea la ciudad en el fondo…
Para esta visión (de base
cristiana protestante), lo exterior es, por naturaleza, malévolo, y la ciudad
es su paroxismo: una obra del Diablo, ya saben, del griego diá bolós, que se podría traducir como ‘el que tira a través’ y, de
forma no literal pero más acertada, como ‘el que crea cizaña entre personas’,
‘el calumniador’…
Un ‘urbanita’ sería, así, poco de
fiar, ya que constituye un elemento destinado a perturbar la paz connatural de la comunidad y, en este
caso, de los ámbitos ‘rurales’. He ahí una potencial explicación de esta óptica
según la cual lo que provenga de la ‘ciudad’ es siempre algo destinado a
sembrar el caos y la discordia.
Obsérvese que como se ha
confundido ‘ciudad’ con ‘urbano’, ambos términos se usan, erróneamente, como
intercambiables, por lo que se considera como ‘urbanita’ todo lo que tenga que
ver con la ‘ciudad’. Bueno, con determinadas ciudades. Si por ejemplo gobierna
Convergencia, como pasa en Girona, quizá ya deje de ser considerada como
potencialmente ‘urbanita’ y más bien sea un depósito de bondad comunitaria
tradicional…
Basándonos en este razonamiento,
y llevándolo a un extremo, obtendríamos un discurso que, pesar de parecer caricaturesco, está muy pero
que muy presente en el día a día: alguien que ose poner en duda la santidad de
un ‘procés’ secuestrado por los ultracapitalistas de Convergencia, o que se
obstine en criticar al sagrado Mesías Mas, mezcla de protomártir y de
Moisés-ESADE, no es más que alguien que quiere ejercer la tarea diabólica de
crear conflictos en el seno de la mística ‘comunidad nacional’ catalana.
Hace poco me acusaron en público,
por ejemplo de ser un ‘pijo a sueldo de la FAES y del CNI’. ¿Motivo de la
acusación? No estar de acuerdo con los argumentos que había expuesto el
acusador en medio de un debate en las redes sociales. Hasta esos niveles ha
llegado la histeria del nacionalismo esencialista…
Veamos…¿De dónde tiene que
provenir quien tiene la osadía de realizar tales afrentas? Pues del ámbito
diabólico por excelencia: la ciudad. Claro… ¿De dónde si no?.
No hace falta decir que otorgar a
los supuestos ‘urbanitas’ la condición de enemigos de una inexistente esencia
identitaria es solo un subterfugio más para tratar de intentar deslegitimar
algo que con sus votos ha legitimado el pueblo catalán real, el que late en la
cotidianidad y en la acción social a pie de calle. O a pie de campo, qué más da.
El romanticismo ‘rural’ y el utopismo…
Durante el siglo XIX, y como
contraposición al desasosiego urbano, lo rural se idealizó y se convirtió en la
mente de algunos en una especie de fuente primigenia de verdad y de
autenticidad. El tema continua funcionando…
Es por ello que, además de la
versión reaccionaria del ‘retorno’ a lo rural (que enseguida abordaremos), se
produjo, y sigue dándose, una voluntad de huir de lo urbano y de la ciudad. Hubo
numerosos intentos de fundar comunidades rurales que tenían en sus bases
ideologías socialistas utópicas.
En los años cincuenta del siglo
XX, movimientos como la contracultura estadounidense (que desembocaría en los hippies) también ponían el subrayado en
dicho anhelo de enraizarse en lo ‘puro’, lo ‘auténtico’ y no contaminado.
Al fin y al cabo, se está cerca
de la percepción del ‘otro’ rural como un ser cándido y casi pueril, inocente y
lleno de aquello de lo que ‘los urbanitas’ adolecen: la espontaneidad, la
generosidad, el desprendimiento, la falta total de individualismo, su escasa
capacidad de cálculo egoísta, su espíritu congruente, coherente e íntegro. Todo
ello son, por supuesto, ‘virtudes’ idealizadas en tanto que opuestas a los
defectos de los cuales se pretendía escapar.
La superstición de la ‘comunidad rural’…
Lo que está en última instancia
relacionado con la noción de ‘comunidad tradicional’ (rural) conecta con la
idea de ‘espíritu’ (verdadero) del pueblo (el Volkgeist), entendiendo pueblo de nuevo no como nosotros lo
entendemos (población diversa y en absoluto uniforme), sino como nación
identitaria, la cual tendría su origen y su razón de ser en la idea de
‘comunidad’…
La modernidad, la urbanización,
la industrialización, además del escapismo de las utopías que buscaban en el
campo lo contrario de lo que la urbe se supone que representaba, también generó
la creación del idealismo romántico, una superstición basada en el retorno a
una ‘comunidad’ prístina dotada de todo aquello que no tenía la sociedad.
Esa comunidad, rural en su esencia,
estaría compuesta (aunque, insisto, no existió nunca) por personas que se
conocían, que compartían los mismos sentimientos, la misma lengua, la misma
religión, una ‘cultura’ uniforme, y una misma mentalidad o ‘forma de ser’.
Este tradicionalismo era
‘antimoderno’ solo en apariencia, ya que esta idealización mayúscula del mundo
rural partió de la misma modernidad, entendiendo ‘modernidad’ no en el sentido
de la Ilustración, sino como proceso intensivo de homogeneización forzada de la
mano de la expansión capitalista.
En el culto al territorio
'propio' no sólo resulta palpable el esencialismo del Boden (la tierra, en alemán) en el idealismo romántico que apuesta
por el retorno a los orígenes o en el
fetichismo en los mapas nacionales, sino también en la idea de que el espacio
público no debe ser el lugar de expresión de las identidades ni de las
creencias, las cuales deben permanecer dentro de el ámbito 'privado'.
Cabe añadir que toda idea de
‘comunidad rural’ es siempre profundamente cristiana. Ese modelo no responde a
otros muchos tipos de configuraciones sociales que podemos hallar, ahora y
siempre, en todo el mundo. No. Es un modelo cristiano, el de la congregación de
creyentes unidos entre ellos de forma mística y que comparten rasgos e
intereses; una ‘comunidad (rural)’ se basaría, por definición, en la comunión (cristiana). Pero la sociedad
(real) se basa en la comunicación y el intercambio entre sus gentes…
Por mucho que se
reivindiquen y que se apele a retornar a ellas, no existen ‘comunidades’
exentas ni congruentes. Lo que existen son poblaciones.
En la ciudad, y también en el medio rural. Sociedades siempre diversas, que
tienen su concreción en configuraciones políticas, en formas de vida, en
patrias. Puesto que, como subraya Xavier Domènech, si es algo, una patria es
eso: una forma de vida en un territorio concreto, en
un marco de relaciones e identificaciones concretas. La dicotomía absoluta, la
dualidad, entre ‘rural’ y ‘ciudad’ no tiene, pues, ningún sentido político
determinante desde la óptica que comparto con él, con los ayuntamientos del
cambio, y con cada vez más gente… Lo importante es la realidad concreta, sea ésta
‘campo’ o ‘ciudad’. El espacio social específico, lugar de las interacciones
reales. Allí donde, también tomando palabras de Xavier Domènech, no tiene
anclaje la casta corporativa dominante. Esa es su principal debilidad… y nuestra
mayor fuerza.
La identidad ‘auténtica’ como expresión de la naturaleza y de unos
orígenes ‘superiores’
El esencialismo identitario, en su
exaltación de lo ‘rural’ como espacio de supuesta pureza ‘cultural’, también
entronca con la idea de comunidad de hablantes. En efecto, el nacionalismo
lingüístico apuesta por un territorio comunitario dentro del cual no solo se
comparta una misma visión del mundo (‘cultura’), sino una lengua común, ya que
dicha lengua sería la garantía de una cordialidad casi natural entre los
hablantes/habitantes del lugar.
Tal es la fuerza que se le
pretende dar a la lengua desde esta punto de vista esencialista y ‘etnicista’: el uso general del lenguaje
común, al hacer posible el entendimiento mediante el habla, acerca los
corazones humanos, y así se da un estado mental comunitario que, plasmado en costumbres
y creencias compartidas, compenetra los miembros de un pueblo, el Volk de los nacionalistas alemanes del siglo XIX,
que tanto ha influenciado en el pujolismo y en la todavía hegemónica retórica y
práctica nacionalista identitaria en Cataluña.
Tengamos en cuenta algo que, a mi entender, resulta
fundamental: los discursos basados en la vindicación de una comunidad uniforme
y dotada de coherencia ‘cultural’, es decir, el nacionalismo identitario o
esencialista, están en la base de los nuevos resurgimientos de la xenofobia y
del racismo, aquí y en toda Europa. Atención, que no estamos hablando de ningún
tema menor, todo lo contrario: esa baza es una de las últimas que les queda a
las castas financieras y sus aliados locales para continuar perpetuando su
dominio. No es casual que el inicio de la actual dictadura ultracapitalista
(años ochenta) coincidiese con el pistoletazo de salida de las ‘teorías’ del
‘choque cultural’ y del ‘choque de civilizaciones’. En ese campo nos lo jugamos
todo. Que no es poco…
No es lugar aquí
para profundizar sobre esto pero si queremos realmente generar una nueva
sociedad y una nueva hegemonía que transforme de raíz el actual escándalo
ultracapitalista, es imprescindible cambiar los modelos ‘multiculturales’ y/o
‘asimilacionistas’, ya que, por activa o por pasiva, no hacen otra cosas que generar
conflictos en el seno del pueblo con la coartada cultural de los ‘orígenes’ y
las ‘culturas’ diferentes como únicos causantes de problemas que, en realidad,
son causados por los que tienen las riendas del poder.
De ahí que
introducir la variable de clase sea básico, además de cambiar, de raíz, los
aparatos conceptuales todavía centrados en el culturalismo y el identarismo, y
que inciden en prácticas y discursos de manera directa.
Otra modulación del discurso digamos
que ‘antiurbanita’ (que más que ‘antiurbanita’ es en realidad contrario a las nuevas
formas emergentes de hacer política para la gente), un discurso, repito, creado
desde una variante del nacionalismo identitario, es que la ciudad es el lugar
de asentamiento de lo que todavía muchos denominan despectivamente como la xarnegada y los inmigrantes.
Por el contrario, lo ‘rural’
sería el lugar de emplazamiento de los catalanes ‘autóctonos’, vinculados con
la tierra y con sus frutos, formando un único conjunto a la vez humano, sagrado
y natural, una especie de Trinidad, por así decirlo.
Se olvida o se omite, entre otras
muchas cosas, que, al igual que pasa con las ‘ciudades’ y lo ‘urbano’, las
‘comunidades rurales’ no son todas iguales entre ellas. Más bien lo contrario:
las diferencias, de todo tipo, son abrumadoras.
Tratar de presentarlas como una
única ‘comunidad cultural’ opuesta a la ‘urbanita’ es otro efecto óptico, una mera
superstición, pura la ideología. Dichas ‘comunidades’ serían algo así como la
hipóstasis de la identidad catalana-catalana, la ‘autóctona’, la de ‘verdad’.
Algo así como el lugar de donde brotaría la esencia de la ‘catalanidad’….
En efecto: lo ‘urbano’, además ser
visto como una especie de fogón de brujas, se considera, metafóricamente, como
lo enfrentado con la autenticidad del “Ser” de la comunidad, como lo contrario
a su esencia, a su ‘identidad real’. En resumen: como un agente que erosiona
hasta difuminar y finalmente diluir la ‘personalidad comunitaria’, considera
esta desde un punto de vista profundamente culturalista, primordialista y, como
veremos, geneticista…
No estoy haciendo referencia a
discursos antiguos, a rancias teorías de los tiempos decimonónicos, a
elucubraciones de la época novecentista o modernista, ni tan siquiera a lógicas
propias de algunas geografías mentales durante el período de entreguerras del
siglo pasado. No…
Estamos hablado de la actualidad.
A fecha de hoy, por ejemplo, continua activo un proyecto profundamente
geneticista, pagado por los bolsill@s de tod@s, y que trata de escudriñar el
poso genético de los ‘apellidos catalanes’ (como si López no fuese un apellido
catalán, por cierto…). Pasen y vean:
Ya para acabar, veamos dos
ejemplos más. En primer lugar, Jordi Pujol, hablando del supuesto influjo del
paisaje rural y de la naturaleza en el ‘carácter’ del pueblo catalán.
Esta sarta de imbecilidades,
todas ellas carentes de la más mínima base más allá de un trance místico de
todo a un euro o de una sobredosis de licores del Montserrat, o de ambas cosas,
las escribió hace relativamente poco, en concreto en el año 1999. Y ojo al
dato: esto que ahora leerán es uno de los muchos discursos hegemónicos que se
han convertido en sentido común en no pocas mentalidades. Poca broma…
“La manera de ser de cada pueblo deriva de
su geografia. No hay duda de que
el territorio del país ha contribuido
poderosamente a hacernos tal y como somos, ha esculpido el carácter de nuestro pueblo” Borràs, B.; Parés, E. (dirs.) Llibre d’or dels parcs naturals de Catalunya,
Generalitat de Catalunya, página 4.
Pero para suma de estupideces, también
convertidas en sentido común a pesar de su profundo acientifismo, las que dijo
Artur Mas en una entrevista que le hicieron hace solo tres años. Majaderías de
calado, tanto por lo que sugieren e implican, como por lo que subrayan, así
como, vuelvo a decirlo, sobretodo por una cosa: porque no se trata de una
opinión meramente personal surgida de una reflexión interna del individuo en
cuestión, sino que constituye parte de un discurso interiorizado por un amplio
espectro social después de tantos años de hegemonía.
El señor Mas afirma que el ‘carácter’ catalán es más “germánico” (“por lo tanto”, más ‘trabajador’ [¿?]) y que el ‘ADN cultural catalán’ (sí, han leído
bien) que posibilita que eso ocurra se remonta 12 siglos atrás, cordón
umbilical mediante:
“El ADN cultural catalán está mezclado con nuestra larga pertenencia al mundo franco-germánico. Cataluña, doce siglos atrás, pertenecía a la marca hispánica y la capital era
Aquisgrán, el corazón del imperio de Carlomagno. Algo debe de quedar en nuestro ADN, porque los catalanes tenemos un cordón umbilical que nos hace más germánicos y menos romanos.” Magazine
dominical de La Vanguàrdia, 24-1-2012
Y después Artur Mas tiene la cara
dura de criticar a los ‘otros’ por, supuestamente, “apelar a los orígenes”… Todo
ello en plena fase macrocefálica (probablemente la última) de la larga
hegemonía del nacionalismo esencialista en Cataluña, que ha ido de la mano de
un capitalismo cada vez más brutal y que ha masacrado a las clases populares
con una saña que roza el sadismo.
Por último, solo me queda volver
a insistir en que resulta entre sorprendente y vergonzoso que desde dicha
hegemonía se sea tan hipócrita como para tildar de ‘etnicista’ todo lo que no encaje
con la misma, cuando resulta que el ‘etnicismo’, es decir, el nacionalismo
identitario, esencialista, ha sido dominante y omnipresente desde hace más de
tres decenios precisamente en manos de los que llevan a cabo dichas críticas.
Ni más, ni menos…
Sitges (El Garraf, Cataluña), 24
de diciembre de 2015
