dijous, 24 de desembre del 2015

¿LO AUTÉNTICO CONTRA LO URBANO?
Nuevos embates del nacionalismo identitario contra la nueva hegemonía


Joan Manuel Cabezas


Introducción


En los últimos años han surgido, y se están consolidado, movimientos sociales y políticos que impugnan de raíz la insostenible situación generada por el ultracapitalismo (neoliberalismo) y su inmensa estafa (denominada ‘crisis’), un desfalco generalizado por parte de una minoría hacia el resto de la población. El rechazo a un Estado corrupto, antidemocrático y enemigo de la emancipación de sus pueblos, también están en la base de dichas movilizaciones. Una de sus desembocaduras más notables es la fórmula política encarnada en Podemos y sus diversas confluencias en diversas naciones del Estado: En Comú Podem, En Marea, Compromís-Podemos, etc…
Lo avalan l@s 69 diputad@s obtenidos en las recientes elecciones generales. Y contando exclusivamente con la gente, sin ningún tipo de apoyo ni de la banca, ni de la grandes empresas,  ni del Opus Dei, ni de ningún otro poder institucionalizado. Se trata de una apuesta política plural, dinámica, transformadora, radicalmente democrática, y lo suficientemente inteligente como para huir de monolitismos y ‘coherencias’ que solo expresan dogmatismos e inmovilismos. El objetivo de todas estas diversas fórmulas políticas en confluencia es que la gente, las clases populares, es decir, tod@s l@s que no somos parte de la casta financiera global ni sus aliados y cómplices necesarios, obtengamos no sólo el poder para decidir sobre nuestras vidas, sino también la garantía de tener cubiertas las condiciones materiales de nuestra existencia.
Esa es la gran meta y para eso se trabaja. Una meta tan amplia permite múltiples modulaciones diferenciales, y en eso radica una de las fuerzas que pueden convertir en imparable estas apuestas políticas cuando se conviertan en masivas. En eso estamos, por cierto.
Todo lo comentado ha encendido las luces de alarma entre los que quieren continuar asegurando su dominio y nuestro estado de absoluta postración. En el caso de mi país, Cataluña, muchos de esos que cada vez están más nerviosos son los que detentan la hegemonía desde hace la friolera de 35 años. Y esto se hace tanto de forma directa como a través de los medios de comunicación que controlan (públicos, y subvencionados), así como de sus voceros, que son muchos y muy activos. Por tierra, mar y aire, han intentado y siguen intentando torpedear este amplio proyecto político, basado en una unidad popular real.
A veces han contado con la complicidad, me gustaría pensar que involuntaria, de aquellos que seguramente tendrían que ser nuestros aliados porque (se supone) que comparten nuestra misma condición ‘subalterna’ en relación con los que tienen las riendas de un sistema político que se ha mostrado como servidor de los intereses dominantes, y que se ha asegurado el dominio, pero está perdiendo su legitimidad a marchas.
Nos han avasallado con insultos, descalificaciones y acusaciones de todo tipo. Quizá un último ejemplo ha tenido lugar hace poco: resulta que ahora algunos consideran que nuestro proyecto político está basado en una voluntad ‘urbanita’ (¿?) destinada a excluir el ámbito rural. Un mero artificio creado desde las ciudades, contrario a los intereses de la gente del campo…
Considero que, de forma directa o derivada, se trata de un nuevo intento destinado a convertir en antagónicas las contradicciones en el seno del pueblo. De este modo, se volvería a ocultar los antagonismos reales entre las clases trabajadoras (‘urbanas’ y ‘rurales’) y sus aliados, por un lado, y las castas financieras y sus complacientes servidores, por el otro.

Debo decir que este no es un texto académico, sino que pretende ser un artículo divulgativo que tenga la máxima difusión posible. Esto quizá conlleve que a más de uno le parezca un texto reductivista, simplista y hasta superficial. Pero, como dicen los rusos: на вкус и цвет товарищей нет (‘en los gustos y en los colores, no hay amigos’)….


¿Un proyecto de ‘urbanitas’?


En primer lugar, si existe una marginación del mundo rural catalán, ésta no se debe a la acción ni de En Comú Podem ni de Podemos, sino de los que han gobernado la autonomía, el Estado y las Diputaciones y municipios. Si se deben exigir responsabilidades, éstas no se deben exigir a nosotros, sino a los que han posibilitado o incentivado esa marginación.
Es más: queremos que las gentes y pueblos se autogobiernen, priorizamos detentar la total soberanía sobre nuestras vidas y sobre las condiciones materiales de existencia. Como resulta lógico, esto vale tanto para las áreas ‘urbanas’ como para las rurales, para el campo y para la ciudad. Queda dicho.
En un principio se trató de usar (y aún se hace) el componente xenófobo que siempre late en todo nacionalismo identitario: “esos de Podemos son gente de fuera”, “son gente de la universidad madrileña, aquí no van a hacer nada”, “lo de Podemos y compañía es un proyecto en clave española, en Cataluña no tienen sitio”, etc... La contundente victoria en Cataluña (12 diputados) de En Comú Podem el pasado día 20 de diciembre ha dejado más que en evidencia ese tipo de ‘argumentos’.
El nacionalismo identitario observa esto con pavor: se abre la posibilidad de que las clases populares dejen de considerar como de ‘sentido común’ la coartada cultural y la contemplen como lo que es: pura ideología, una artimaña utilizada para ocultar la relaciones de poder reales que están bajo el velo de la todavía irresuelta cuestión nacional catalana y de las misticoides ‘distancias culturales’ inventadas para ‘legitimar’ explotaciones y exclusiones.
Que la cuestión nacional continúe abierta es fundamental para los que detentan la hegemonía en Cataluña desde 1980 (con el breve y poco efectivo hiato del ‘tripartito’). ¿Por qué? Pues porque es la garantía de la continuidad de su dominio, les asegura mandar en lo que siempre han visto como su latifundio particular (Cataluña), y así poder continuar controlando su estructura de poder, basada en un clientelismo corrupto hasta la médula, como hace pocas semanas subrayó el economista Vicenç Navarro (https://www.youtube.com/watch?v=E9yIfmFBIWk, 32:55 )
Esta nueva embestida contra los ‘urbanitas’ usa un ejemplo para justificar sus ‘acusaciones’: el caso de las ciudades del cambio. Ya saben: Barcelona, Badalona, Madrid, València, Zaragoza, Compostela, A Coruña, Cádiz... Como si eso fuese suficiente como para proclamar que las nuevas fórmulas políticas al servicio de la gente son simplemente un pérfido invento de las ciudades y de sus líderes ‘urbanitas’, un artilugio malévolo destinado a anular la ‘naturalidad’ de las formas de vida ‘rurales’ y la autenticidad de la ‘cultura propia’.
Cuando en 1999 se creó la Euskal Herriko Udal eta Udal Hautetsien Biltzarra (asamblea de municipios vascos, conocida por el acrónimo de Udalbiltza), dudo mucho que los que ahora critican por ‘urbanita’ la colaboración fraternal entre las ciudades del cambio usasen entonces las mismas acusaciones. Se dirá que en esa asamblea también había municipios ‘rurales’. ¿Y qué? Era una colaboración entre ciudades. Eso sí, todas ellas gobernadas por lo que algunos catalogarían como ‘fuerzas nacionalistas’.
He aquí el meollo: bajo la retórica (que después trataré de desmenuzar) de la defensa de la ‘ruralidad’ ante las maléficas ‘ciudades’, lo que hay es ideología pura y dura: el problema real es que esas coaliciones ‘urbanitas’ no están dentro del catecismo del nacionalismo esencialista…
Habrá quien detecte una posible influencia del antiguo carlismo en esta airada defensa de las comunidades rurales. Más que ser un avatar franciscano del pujolismo (que también), hay ciertas ramificaciones políticas que quizá sean una suerte de supervivencias de la tradición carlista en Cataluña, readaptadas a los tiempos y contextos. De ahí que, y solo lo comento de forma hipotética, algunas piruetas lógicas puedan dejar entrever en estos discursos ‘ruralizantes’ una crítica contra el capitalismo (el mismo capitalismo salvaje del que son abanderados otros identitarios: Convergencia). Pero, si fuese así, sería más bien un ataque tradicionalista al capitalismo, lo cual es aún más reaccionario y conservador que el propio proyecto capitalista… En este sentido, la óptica ‘antiurbanita’ tendría puntos en común con un cierto tradicionalismo ‘anti-burgués’, entendiendo ‘burguesía’ de forma casi literal (los habitantes del ‘burgo’, es decir, de la ciudad) y como un ente degenerado, parasitario, artificial y falso, opuesto al virtuosismo, la laboriosidad, la naturalidad y la autenticidad…


Ciudad, campo, pueblo


No descubro nada nuevo si afirmo que Cataluña dejó de ser un país rural hace mucho tiempo, y también España, Euskadi, etc. Además, el continuum campo-ciudad es muy antiguo, las dicotomías son muy poco evidentes, las fronteras son difusas, y los cruces y solapamientos, constantes. La antropización del país, es decir, la acción humana sobre el territorio, ha sido muy intensa, sobretodo entre los siglos XVIII y XX.
La todavía escasa implantación de las nuevas fórmulas políticas en la Cataluña ‘rural’ también ha tenido lugar en el resto del Estado. Y no debe de extrañar a nadie. La hegemonía emergente no puede impregnar por arte de magia y en cuestión de meses todos los espacios sociales, sino que debe ir adoptando, en cada contexto local, una configuración específica.
Insisto: apostamos por la articulación de la sociedad en base a su gente, y ‘gente’ incluye, por descontado, el mundo rural. La sociedad rural está igualmente en el punto de mira del ultracapitalismo, ya que forma parte del mismo conglomerado que las clases sociales ‘urbanitas’: son parte del pueblo trabajador.
El historiador Xavier Doménech, ganador de las pasadas elecciones estatales en Cataluña, ha insistido muy a menudo en la importancia fundamental de los territorios locales, con sus características diferenciales y sus situaciones concretas, ya que son el lugar desde donde se despliegan las lógicas sociales y culturales, y los recursos materiales, que construyen desde abajo una sociedad que, ahora más que nunca, es un sistema complejo e interconectado, un conjunto de ecosistemas sociales, es decir, lo que en mi particular jerga denomino como redes de etnosistemas.
Un sistema social es siempre otra cosa y más que la suma de sus partes, ya que incluye también las relaciones entre las partes, su red de interconexiones. El ámbito rural siempre ha sido parte del mismo sistema que el de las ciudades y las redes de ciudades. Lo urbano, por su parte, también ha estado siempre presente en el mundo rural.
La gente del ámbito rural y de las ciudades comparten su condición de grupos explotados y sometidos a los dictados tanto de aquellos que quieren imponer formas de vida como de los que quieren expropiarles las que ya existen.
En Inglaterra el capitalismo se creó vaciando el espacio rural de campesinos, creando hambre, forzándolos a ir hacia las ciudades convertidos en esa ‘nada social’ que era el proletario, para poder venderse en el mercado de trabajo.
La expropiación de los medios de producción de los trabajadores por parte del capitalismo (con la fundamental ayuda del Estado y sus ejércitos) fue el punto de partida de la actual postración de los pueblos. Y ahí la dualidad ‘antagonista’ campo-ciudad no resulta estratégica a no ser que se pretenda crear divisiones entre los grupos sometidos a idéntico mecanismo de dominación.
Desde esta perspectiva, vuelvo a insistir, separar lo ‘rural’ de lo ‘urbano’ no solo es una impostura producto de un intento idealista por caracterizar una realidad que en absoluto responde a esa dualidad, sino que implica apostar por una separación artificial en el seno del pueblo. Eso sí: entendiendo ‘pueblo’ como sinónimo de sistema social intercultural, sin ‘cultura’ ni ‘lengua’ ni siquiera ‘identidad’ comunes, y no como sinónimo (como hacen los nacionalistas esencialistas) de nación identitaria. Nada que ver. He ahí una clave que puede deshacer muchos nudos, por cierto… Pero no es el tema que ahora nos ocupa y solo lo dejo como un apunte.
El conjunto de significaciones de las que está preñada la ‘nación identitaria’ es hegemónico en Cataluña desde 1980, y muchas se vinculan con la Cataluña ‘pairal’, idealizada como armónica y equilibrada, sin conflictos ni agitaciones, idílica y familiar, religiosa y obediente. Un discurso romántico de lo ‘rural’ como manantial de ‘pureza cultural’ y depósito de acumulación del acervo ‘nacional’, lugar de modelación de ‘la forma de ser’ (el tarannà, en catalán), de la idiosincrasia de la comunidad. Diriase que en una cierta época histórica se desplomó sobre Cataluña un ‘adn cultural’ franco-germánico que la selló para siempre, puesto que impregnó paisajes y mentalidades, y fue conservado hasta nuestros días gracias, en parte, a que perduró tanto en la naturaleza que esculpe el carácter del pueblo catalán como en los ‘genes’ de los que cuentan con un cordón umbilical que los retrotrae continuamente al año 800. Parece una broma, un guión sarcástico para un original remake de ‘Regreso al Futuro’, o simplemente un disparate (y lo es, sin ninguna duda). Pero al final de este artículo tendremos ocasión de comprobar la actualidad de este absurdo y peligroso discurso en boca de ‘ilustres’ prohombres del nacionalismo esencialista catalán como Jordi Pujol y Artur Mas…


Urbano y ciudad no son lo mismo


En su origen etimológico, ‘ciudad’ viene de civitas, palabra latina quizá emparentada con el vocablo ‘indoeuropeo’ *keiwos, presente en términos como ‘con-vivencia’ y ‘eco-nomía’, y de donde derivaría ‘com-pañero’. Para Aristóteles, la ciudad era la reunión de todos los hombres libres. En este sentido, ‘ciudad’ y ‘ciudadano’ no harían alusión directa a lo ‘urbano’ ni tan solo a la ciudad entendida como entidad física, sino que sería un concepto más abstracto o ideal. Por cierto: el concepto de ‘ciudadanía’ no es un invento Occidental, como lo demuestran dos ejemplos de Costa de Marfil: klo snan (‘persona civil’, ‘ciudadano’) en Baulé (de klo: ciudad); flami (‘persona civil’) en Guro (de fla: ciudad). La ciudadanía es plural y dinámica, no un magma de individuos atomizados que enmascara la imposición de una sola lógica social, política y económica.
Breve paréntesis: el odio visceral hacia lo que pueda aportar ‘la ciudad’ es el mismo (y perdón por la sinceridad) que el que expresaba hace muchos años un autor tan reaccionario, conservador y profundamente antidemocrático como era Oswald Spengler, para el cual el coloso pétreo de la ciudad señala el final de una cultura…
Pero pasemos a planos más concretos. Confundir ‘ciudad’ y ‘urbano’ es un error monumental, como bien señaló Henri Levebvre. Así lo indicó, en un libro de 1999 (El animal público), mi amigo y colega, el antropólogo Manuel Delgado, al cual debo una parte importantísima de mi bagaje, y del cual también he tomado prestada la metáfora que identifica la ‘ciudad’ con lo diabólico.
La ciudad se opondría a lo ‘rural’, al ‘campo’, por un mero hecho cuantitativo: una alta densidad poblacional estable, configurada, a menudo, por personas que son extrañas entre sí. Un ‘pueblo’ sería similar a la ciudad, pero con gente que ‘se conoce’. Como el barrio.

Lo urbano no es la ‘ciudad’. Lo urbano es un estilo de vida marcado por la proliferación de relaciones deslocalizadas. Lo urbano puede existir en una calle o en el metro, PERO TAMBIÉN en un espacio natural abierto, o en una pequeña aldea. Lo opuesto a lo ‘urbano’ es lo ‘comunal’: la comunidad tradicional, esa superstición de la cual hablaremos después, y que… jamás ha existido.






La ciudad y el diablo



En un momento en que todo ha fallado a la hora de torpedear la amplia, plural y nueva hegemonía en fase de consolidación, aquella que (insisto) ha triunfado ampliamente en Cataluña en las últimas elecciones estatales, quizá constituya una reacción casi espasmódica tratarnos de ‘urbanitas’ y remitirnos a lo diabólico. Ya que quizá eso sea la ciudad en el fondo…
Para esta visión (de base cristiana protestante), lo exterior es, por naturaleza, malévolo, y la ciudad es su paroxismo: una obra del Diablo, ya saben, del griego diá bolós, que se podría traducir como ‘el que tira a través’ y, de forma no literal pero más acertada, como ‘el que crea cizaña entre personas’, ‘el calumniador’…
Un ‘urbanita’ sería, así, poco de fiar, ya que constituye un elemento destinado a perturbar la paz connatural de la comunidad y, en este caso, de los ámbitos ‘rurales’. He ahí una potencial explicación de esta óptica según la cual lo que provenga de la ‘ciudad’ es siempre algo destinado a sembrar el caos y la discordia.
Obsérvese que como se ha confundido ‘ciudad’ con ‘urbano’, ambos términos se usan, erróneamente, como intercambiables, por lo que se considera como ‘urbanita’ todo lo que tenga que ver con la ‘ciudad’. Bueno, con determinadas ciudades. Si por ejemplo gobierna Convergencia, como pasa en Girona, quizá ya deje de ser considerada como potencialmente ‘urbanita’ y más bien sea un depósito de bondad comunitaria tradicional…
Basándonos en este razonamiento, y llevándolo a un extremo, obtendríamos un discurso que,  pesar de parecer caricaturesco, está muy pero que muy presente en el día a día: alguien que ose poner en duda la santidad de un ‘procés’ secuestrado por los ultracapitalistas de Convergencia, o que se obstine en criticar al sagrado Mesías Mas, mezcla de protomártir y de Moisés-ESADE, no es más que alguien que quiere ejercer la tarea diabólica de crear conflictos en el seno de la mística ‘comunidad nacional’ catalana.

Hace poco me acusaron en público, por ejemplo de ser un ‘pijo a sueldo de la FAES y del CNI’. ¿Motivo de la acusación? No estar de acuerdo con los argumentos que había expuesto el acusador en medio de un debate en las redes sociales. Hasta esos niveles ha llegado la histeria del nacionalismo esencialista…

Veamos…¿De dónde tiene que provenir quien tiene la osadía de realizar tales afrentas? Pues del ámbito diabólico por excelencia: la ciudad. Claro… ¿De dónde si no?.
No hace falta decir que otorgar a los supuestos ‘urbanitas’ la condición de enemigos de una inexistente esencia identitaria es solo un subterfugio más para tratar de intentar deslegitimar algo que con sus votos ha legitimado el pueblo catalán real, el que late en la cotidianidad y en la acción social a pie de calle. O a pie de campo, qué más da.














El romanticismo ‘rural’ y el utopismo…


Durante el siglo XIX, y como contraposición al desasosiego urbano, lo rural se idealizó y se convirtió en la mente de algunos en una especie de fuente primigenia de verdad y de autenticidad. El tema continua funcionando…
Es por ello que, además de la versión reaccionaria del ‘retorno’ a lo rural (que enseguida abordaremos), se produjo, y sigue dándose, una voluntad de huir de lo urbano y de la ciudad. Hubo numerosos intentos de fundar comunidades rurales que tenían en sus bases ideologías socialistas utópicas.
En los años cincuenta del siglo XX, movimientos como la contracultura estadounidense (que desembocaría en los hippies) también ponían el subrayado en dicho anhelo de enraizarse en lo ‘puro’, lo ‘auténtico’ y no contaminado.
Al fin y al cabo, se está cerca de la percepción del ‘otro’ rural como un ser cándido y casi pueril, inocente y lleno de aquello de lo que ‘los urbanitas’ adolecen: la espontaneidad, la generosidad, el desprendimiento, la falta total de individualismo, su escasa capacidad de cálculo egoísta, su espíritu congruente, coherente e íntegro. Todo ello son, por supuesto, ‘virtudes’ idealizadas en tanto que opuestas a los defectos de los cuales se pretendía escapar.


La superstición de la ‘comunidad rural’…


Lo que está en última instancia relacionado con la noción de ‘comunidad tradicional’ (rural) conecta con la idea de ‘espíritu’ (verdadero) del pueblo (el Volkgeist), entendiendo pueblo de nuevo no como nosotros lo entendemos (población diversa y en absoluto uniforme), sino como nación identitaria, la cual tendría su origen y su razón de ser en la idea de ‘comunidad’…
La modernidad, la urbanización, la industrialización, además del escapismo de las utopías que buscaban en el campo lo contrario de lo que la urbe se supone que representaba, también generó la creación del idealismo romántico, una superstición basada en el retorno a una ‘comunidad’ prístina dotada de todo aquello que no tenía la sociedad.
Esa comunidad, rural en su esencia, estaría compuesta (aunque, insisto, no existió nunca) por personas que se conocían, que compartían los mismos sentimientos, la misma lengua, la misma religión, una ‘cultura’ uniforme, y una misma mentalidad o ‘forma de ser’.
Este tradicionalismo era ‘antimoderno’ solo en apariencia, ya que esta idealización mayúscula del mundo rural partió de la misma modernidad, entendiendo ‘modernidad’ no en el sentido de la Ilustración, sino como proceso intensivo de homogeneización forzada de la mano de la expansión capitalista.
En el culto al territorio 'propio' no sólo resulta palpable el esencialismo del Boden (la tierra, en alemán) en el idealismo romántico que apuesta por el retorno a los orígenes o en el fetichismo en los mapas nacionales, sino también en la idea de que el espacio público no debe ser el lugar de expresión de las identidades ni de las creencias, las cuales deben permanecer dentro de el ámbito 'privado'.
Cabe añadir que toda idea de ‘comunidad rural’ es siempre profundamente cristiana. Ese modelo no responde a otros muchos tipos de configuraciones sociales que podemos hallar, ahora y siempre, en todo el mundo. No. Es un modelo cristiano, el de la congregación de creyentes unidos entre ellos de forma mística y que comparten rasgos e intereses; una ‘comunidad (rural)’ se basaría, por definición, en la comunión (cristiana). Pero la sociedad (real) se basa en la comunicación y el intercambio entre sus gentes…




Por mucho que se reivindiquen y que se apele a retornar a ellas, no existen ‘comunidades’ exentas ni congruentes. Lo que existen son poblaciones. En la ciudad, y también en el medio rural. Sociedades siempre diversas, que tienen su concreción en configuraciones políticas, en formas de vida, en patrias. Puesto que, como subraya Xavier Domènech, si es algo, una patria es eso: una forma de vida en un territorio concreto, en un marco de relaciones e identificaciones concretas. La dicotomía absoluta, la dualidad, entre ‘rural’ y ‘ciudad’ no tiene, pues, ningún sentido político determinante desde la óptica que comparto con él, con los ayuntamientos del cambio, y con cada vez más gente… Lo importante es la realidad concreta, sea ésta ‘campo’ o ‘ciudad’. El espacio social específico, lugar de las interacciones reales. Allí donde, también tomando palabras de Xavier Domènech, no tiene anclaje la casta corporativa dominante. Esa es su principal debilidad… y nuestra mayor fuerza.



La identidad ‘auténtica’ como expresión de la naturaleza y de unos orígenes ‘superiores’



El esencialismo identitario, en su exaltación de lo ‘rural’ como espacio de supuesta pureza ‘cultural’, también entronca con la idea de comunidad de hablantes. En efecto, el nacionalismo lingüístico apuesta por un territorio comunitario dentro del cual no solo se comparta una misma visión del mundo (‘cultura’), sino una lengua común, ya que dicha lengua sería la garantía de una cordialidad casi natural entre los hablantes/habitantes del lugar.
Tal es la fuerza que se le pretende dar a la lengua desde esta punto de vista esencialista y ‘etnicista’: el uso general del lenguaje común, al hacer posible el entendimiento mediante el habla, acerca los corazones humanos, y así se da un estado mental comunitario que, plasmado en costumbres y creencias compartidas, compenetra los miembros de un pueblo, el Volk de los nacionalistas alemanes del siglo XIX, que tanto ha influenciado en el pujolismo y en la todavía hegemónica retórica y práctica nacionalista identitaria en Cataluña.
Tengamos en cuenta algo que, a mi entender, resulta fundamental: los discursos basados en la vindicación de una comunidad uniforme y dotada de coherencia ‘cultural’, es decir, el nacionalismo identitario o esencialista, están en la base de los nuevos resurgimientos de la xenofobia y del racismo, aquí y en toda Europa. Atención, que no estamos hablando de ningún tema menor, todo lo contrario: esa baza es una de las últimas que les queda a las castas financieras y sus aliados locales para continuar perpetuando su dominio. No es casual que el inicio de la actual dictadura ultracapitalista (años ochenta) coincidiese con el pistoletazo de salida de las ‘teorías’ del ‘choque cultural’ y del ‘choque de civilizaciones’. En ese campo nos lo jugamos todo. Que no es poco…
No es lugar aquí para profundizar sobre esto pero si queremos realmente generar una nueva sociedad y una nueva hegemonía que transforme de raíz el actual escándalo ultracapitalista, es imprescindible cambiar los modelos ‘multiculturales’ y/o ‘asimilacionistas’, ya que, por activa o por pasiva, no hacen otra cosas que generar conflictos en el seno del pueblo con la coartada cultural de los ‘orígenes’ y las ‘culturas’ diferentes como únicos causantes de problemas que, en realidad, son causados por los que tienen las riendas del poder.
De ahí que introducir la variable de clase sea básico, además de cambiar, de raíz, los aparatos conceptuales todavía centrados en el culturalismo y el identarismo, y que inciden en prácticas y discursos de manera directa.







Otra modulación del discurso digamos que ‘antiurbanita’ (que más que ‘antiurbanita’ es en realidad contrario a las nuevas formas emergentes de hacer política para la gente), un discurso, repito, creado desde una variante del nacionalismo identitario, es que la ciudad es el lugar de asentamiento de lo que todavía muchos denominan despectivamente como la xarnegada y los inmigrantes.
Por el contrario, lo ‘rural’ sería el lugar de emplazamiento de los catalanes ‘autóctonos’, vinculados con la tierra y con sus frutos, formando un único conjunto a la vez humano, sagrado y natural, una especie de Trinidad, por así decirlo.
Se olvida o se omite, entre otras muchas cosas, que, al igual que pasa con las ‘ciudades’ y lo ‘urbano’, las ‘comunidades rurales’ no son todas iguales entre ellas. Más bien lo contrario: las diferencias, de todo tipo, son abrumadoras.
Tratar de presentarlas como una única ‘comunidad cultural’ opuesta a la ‘urbanita’ es otro efecto óptico, una mera superstición, pura la ideología. Dichas ‘comunidades’ serían algo así como la hipóstasis de la identidad catalana-catalana, la ‘autóctona’, la de ‘verdad’. Algo así como el lugar de donde brotaría la esencia de la ‘catalanidad’….
En efecto: lo ‘urbano’, además ser visto como una especie de fogón de brujas, se considera, metafóricamente, como lo enfrentado con la autenticidad del “Ser” de la comunidad, como lo contrario a su esencia, a su ‘identidad real’. En resumen: como un agente que erosiona hasta difuminar y finalmente diluir la ‘personalidad comunitaria’, considera esta desde un punto de vista profundamente culturalista, primordialista y, como veremos, geneticista…

No estoy haciendo referencia a discursos antiguos, a rancias teorías de los tiempos decimonónicos, a elucubraciones de la época novecentista o modernista, ni tan siquiera a lógicas propias de algunas geografías mentales durante el período de entreguerras del siglo pasado. No…
Estamos hablado de la actualidad. A fecha de hoy, por ejemplo, continua activo un proyecto profundamente geneticista, pagado por los bolsill@s de tod@s, y que trata de escudriñar el poso genético de los ‘apellidos catalanes’ (como si López no fuese un apellido catalán, por cierto…). Pasen y vean:








Ya para acabar, veamos dos ejemplos más. En primer lugar, Jordi Pujol, hablando del supuesto influjo del paisaje rural y de la naturaleza en el ‘carácter’ del pueblo catalán.
Esta sarta de imbecilidades, todas ellas carentes de la más mínima base más allá de un trance místico de todo a un euro o de una sobredosis de licores del Montserrat, o de ambas cosas, las escribió hace relativamente poco, en concreto en el año 1999. Y ojo al dato: esto que ahora leerán es uno de los muchos discursos hegemónicos que se han convertido en sentido común en no pocas mentalidades. Poca broma…




La manera de ser de cada pueblo deriva de su geografia. No hay duda de que el territorio del país ha contribuido poderosamente a hacernos tal y como somos, ha esculpido el carácter de nuestro pueblo” Borràs, B.; Parés, E. (dirs.) Llibre d’or dels parcs naturals de Catalunya, Generalitat de Catalunya, página 4.


Pero para suma de estupideces, también convertidas en sentido común a pesar de su profundo acientifismo, las que dijo Artur Mas en una entrevista que le hicieron hace solo tres años. Majaderías de calado, tanto por lo que sugieren e implican, como por lo que subrayan, así como, vuelvo a decirlo, sobretodo por una cosa: porque no se trata de una opinión meramente personal surgida de una reflexión interna del individuo en cuestión, sino que constituye parte de un discurso interiorizado por un amplio espectro social después de tantos años de hegemonía.
El señor Mas afirma que el ‘carácter’ catalán es más “germánico” (“por lo tanto”, más ‘trabajador’ [¿?]) y que el ‘ADN cultural catalán’ (sí, han leído bien) que posibilita que eso ocurra se remonta 12 siglos atrás, cordón umbilical mediante:



 “El ADN cultural catalán está mezclado con nuestra larga pertenencia al mundo franco-germánico. Cataluña, doce siglos atrás, pertenecía a la marca hispánica y la capital era Aquisgrán, el corazón del imperio de Carlomagno. Algo debe de quedar en nuestro ADN, porque los catalanes tenemos un cordón umbilical que nos hace más germánicos y menos romanos.Magazine dominical de La Vanguàrdia, 24-1-2012


Y después Artur Mas tiene la cara dura de criticar a los ‘otros’ por, supuestamente, “apelar a los orígenes”… Todo ello en plena fase macrocefálica (probablemente la última) de la larga hegemonía del nacionalismo esencialista en Cataluña, que ha ido de la mano de un capitalismo cada vez más brutal y que ha masacrado a las clases populares con una saña que roza el sadismo.
Por último, solo me queda volver a insistir en que resulta entre sorprendente y vergonzoso que desde dicha hegemonía se sea tan hipócrita como para tildar de ‘etnicista’ todo lo que no encaje con la misma, cuando resulta que el ‘etnicismo’, es decir, el nacionalismo identitario, esencialista, ha sido dominante y omnipresente desde hace más de tres decenios precisamente en manos de los que llevan a cabo dichas críticas. Ni más, ni menos…








Sitges (El Garraf, Cataluña), 24 de diciembre de 2015

divendres, 20 de novembre del 2015

MULTICULTURALISMO Y SOCIEDAD.
García Albiol tiene razón…



Joan Manuel Cabezas


“El multiculturalismo es uno de los principales problemas de Europa”

 

 

Xavier García Albiol, 19 de noviembre de 2015



Sí, han leído bien: Xavier García Albiol tiene razón. A pesar de que sólo esté absolutamente equivocado, o más bien de que sea un hipócrita además de un racista fascistoide y de que, como veremos, no haya hecho más que volver a dejar bien claro algo que desde hace años muchos científicos sociales reclamamos: poner el foco sobre el uso de las diferenciaciones y sobre el contexto social, político y económico donde éstas se desarrollan y existen, no sobre dichas diferenciaciones ‘en sí’, que es lo que hace ese personaje repugnante que es Albiol. Él, y mucha gente que comparte sus ‘posiciones’… Que no son poc@s...

Según ese posicionamiento, la diferencia cultural es, en sí, negativa. Punto. ¿Por qué? Porque, según esta óptica (la ideología nacionalista esencialista), existirían ‘culturas’ y sus corolarios políticos (‘naciones’), dotadas de una identidad precisa, con límites claros, con una ‘forma de ser’ propia, una lengua, una población supuestamente homogénea, una única religión, una ‘visión del mundo’ compartida, un sentimiento comunitario de unidad, e, importante: unos valores y una idiosincrasia absolutos, no relativos, lo cual hace que sean totalmente incompatibles con otras culturas, o que se requiera esfuerzo y ‘tolerancia’ para poder soportarse (¿les suena la idea de ‘choque cultural’?). Cada territorio debería tener ‘su’ cultura, expresión simbólica de una ‘nación’, digamos que su ‘espíritu’. Por lo tanto, si un espacio social cuenta con diversas ‘culturas’, se presupone que habrá, por narices, problemas. Es más, tiene que haberlos, que para eso se inventó esa ideología: para separar a las clases trabajadoras en base a una coartada cultural.

Esas diferencias tienen grados y se clasifican siguiendo una jerarquía profundamente racista. Habría culturas con gran ‘distancia cultural’, y culturas más ‘atrasadas’ que, curiosamente, siempre son las más ‘distantes’ culturalmente con la cultura que clasifica, y que se abroga a sí misma, siempre, la universalidad, lo ‘normal’. Volveremos sobre ello al hablar del multiculturalismo, ya que éste no es otra cosa que una variante, o una derivación, del posicionamiento racista del cual hace gala Albiol y tantos otros… De ahí que criticarlo es algo que nos parece razonable, cosa que seguramente disgustará mucho al señor Albiol y a sus amiguitos, para solaz nuestro.

El primordialismo cultural o culturalismo, que es una expresión del nacionalismo esencialista (siempre tendente al racismo), difumina o borra la existencia de variables sociales, políticas y económicas sin las cuales no es que las condiciones reales de existencia se muestren de forma totalmente sesgada, sino que se las consigue ocultar. Literalmente. Es ideología en estado puro: con la coartada cultural (‘son diferentes’, ‘son de otra religión’, ‘no son de los míos’, ‘están radicalizados’, ‘son violentos’, etc…), se intenta, demasiado a menudo de forma exitosa, legitimar, sacralizar y naturalizar esta ocultación de las causas reales de la mayoría de problemáticas, esto es: la explotación, la exclusión, la desintegración social, así como la falsa, hipócrita e inexistente ‘integración’ de la cual se llenan la boca muchos enemigos de la ‘multiculturalidad’ como Albiol, y que no es otra cosa que una asimilación ‘cultural’ que va de la mano de la exclusión social, política y económica. Ya lo dijo Don José María Aznar, el presunto genocida del Trío de las Azores, hará unos 12 años: ‘no soy partidario de las sociedades multiculturales’. Perogrullo. Decir eso implica que Aznar no es partidario de las sociedades…

Y es que hablar de ‘multiculturalismo’ es un pleonasmo. Toda sociedad humana es, siempre, ‘multicultural’, ya que está compuesta de sectores y grupos que tienen ciertos intereses y que se singularizan para identificarse. Toda sociedad es un etnosistema, un sistema de ‘ethnos’, es decir, de grupos sociales (que es lo que significa en realidad ese vocablo). Y como todo grupo lo es siempre en relación con los demás y sólo existe en la acción social real, toda sociedad es, siempre, un sistema intercultural. Intercultural, ya que a pesar de que el término ‘cultura’ es muy poco adecuado para conceptuar a los grupos sociales, ‘intercultural’ pone el acento en la relación, el dinamismo y la complejidad, mientras que ‘multicultural’ remite a lo estático, como una suerte de mosaico. Ese fue el modelo británico, por ejemplo, una suerte de etiquetaje (siempre desde arriba) de los ‘otros’, situados al lado, o por debajo, de los ‘normales’, de los que no son nunca ‘mestizos’ ni ‘multiculturales’.

Personalmente, soy más contrario al multiculturalismo que el señor García Albiol. No bromeo. El multiculturalismo lo que hace o trata de hacer es naturalizar, biologizar, sacralizar y legitimar lo que antes hemos comentado: explotaciones y exclusiones que no tienen nada de ‘cultural’ y mucho de político, económico y social. Por cierto: las ‘culturas’, tal y como hemos dicho que las conciben los nacionalistas esencialistas, pero también los ‘multiculturalistas’, no han existido jamás. Pero eso es harina de otro costal. Continuemos. Tal y como decía, soy abiertamente contrario al multiculturalismo, no porque, como dice Albiol, sea el caldo de cultivo de atrocidades, sino porque se trata de una ideología racista. Lo subrayó, muy acertadamente, Slavoj Žižek: el multiculturalismo es un racismo que ha vaciado su propia posición de todo contenido positivo (el multiculturalista no es directamente racista, pues no contrapone al Otro a los valores particulares de su cultura), pero, sin embargo, mantiene su posición como privilegiado punto vacío de universalidad desde el que se puede apreciar (o menospreciar) las otras culturas.

Xavier García Albiol es racista, es decir, se inserta en una ideología muy concreta, ya que eso es el racismo: un sistema ideológico. No es ni un virus ni mucho menos una predisposición ‘natural’, ni existe ningún tipo de ‘gen’ del racismo, del ‘miedo innato’ al ‘Otro’. Eso es falso. Es más: es mentira. Tampoco hay que educar contra ese ‘virus’, porque el origen del racismo no hay que buscarlo ni en los genes, ni en la psiqué humana, ni tan solo en la ‘cultura’ o en la política. Hay que buscarlo en la necesidad que tiene un sistema concreto de generar continuamente excusas para poder explotar a ciertos grupos sociales en base a legitimaciones de todo tipo que siempre se basan invenciones que se quieren hacer pasar por obviedades. Un sistema que vive de la desigualdad, que vive de la exclusión, y que necesita del racismo para, a posteriori, naturalizarla y mostrarla como evidente e indiscutible. Estamos hablando del capitalismo, máquina de crear racismo desde su mismo inicio. En diversas escalas y con muy diversas caras, pero racismo al fin y al cabo: imposición de una ratio con el objetivo de justificar la explotación del etiquetado en beneficio del que impone la etiqueta.

Dicho de forma directa, tenemos que dar una mala noticia: dentro del sistema capitalista es imposible que exista una sociedad realmente diversa, ‘multicultural’, sin que existan problemas graves. ¿Por qué? Porque las ‘diferencias’ se usan también para otro fin: culpabilizar a los ‘Otros’ (en base a razones ‘culturales’) de las injusticias, penurias y sufrimientos causados por una estructura económica y política que vive del abuso y de la exclusión, y por aquellos que se encargan de su correcto funcionamiento: las oligarquías y sus brazos ejecutores. Los de abajo miran a otros que también hay abajo, y en base a esos ‘sentidos comunes’ lo hacen para darse codazos por las migajas que cada vez escasean más en todos los campos. No miran hacia arriba, porque se les ha tratado de convencer, de convertir en sentido común, insisto, que los problemas que experimentan son debidos a las “diferencias culturales”, no a la existencia de una dictadura económica con máscara democrática que se llama capitalismo. Nacionalismo esencialista y capitalismo van siempre de la mano porque son las dos caras de la misma moneda.

A los que quieren continuar con el actual status quo, o reforzarlo aún más, les interesa mucho que el ‘choque de culturas’ se avive. Total, las bajas y los encontronazos siempre serán entre las clases trabajadoras mientras sigan contemplando sus diferenciaciones ‘culturales’ como la base de todos sus problemas vitales. No interesa que vean que es todo eso: una coartada. A nivel local, en barrios y ciudades, pero también cada vez más a nivel internacional, el ‘choque’ de culturas y de civilizaciones, gran excusa para que los de abajo, diversos y plurales, se enzarcen entre ellos, posibilitando que continúen detentando el poder los de arriba, ya que ellos sí que subliman sus ‘diferencias’ porque comparten una misma ideología (una ‘cultura’) idéntica en todos los sitios…

Para la dictadura capitalista resulta fundamental que las clases populares 'autóctonas' no adquieran una identificación clara con el resto de grupos que forman las clases populares, una identificación que sería o debería ser plural y englobante, para supere así las ‘diferencias’, e incluso para que las use, si es menester, como recursos simbólicos al servicio de su emancipación.
Y también resulta básico, en otra escala, que esto no suceda entre las clases trabajadoras de todo el mundo, ya que esa toma de consciencia implicaría el inicio de la erosión, posiblemente definitiva, de un gigantesco entramado hegemónico...

Xavier García Albiol, por tanto, tiene razón. Pero, ironías de la vida, resulta que tiene razón en un sentido completamente opuesto al que él quisiera: el USO del ‘multiculturalismo’ (como el que él perpetró en Badalona siendo alcalde) es clave para generar, sacralizar y reproducir distensiones entre los de abajo y, de paso, disimular, obviar y ocultar problemáticas cuya raíz hay que buscar en el sistema político y económico imperante (no en las ‘religiones’), problemáticas que son usadas para justificar el incremento del control en todas las escalas, y para alimentar aún más los prejuicios. Un pez que se muerde la cola, una bola de nieve que cada vez crece más, todo siempre a mayor gloria de la invulnerabilidad del sistema de cosas (la dictadura capitalista) que está en la base de los problemas que ahora pretende ‘anular’ haciendo gala de una hipocresía oceánica.

Las contradicciones entre clases antagónicas tratan de ser ocultadas mediante un sentido común que pone el acento en las ‘diferencias’ de tipo cultural, religioso, ‘étnico’… Se sublima, o se trata de sublimar, de superar, la lucha de clases. El intento no es novedoso, sino que recoge lo que el fascismo llevó a su extremo.


Es evidente que la tarea para revertir el actual escándalo de realidad es larga y compleja, pero es imprescindible e inaplazable. Y que debe tener dos grandes ejes complementarios: el de la transformación material de la sociedad (acción política), y el de la creación de una nueva hegemonía que convierta en sentido común un mundo no solamente nuevo, sino mucho mejor que el que nos están legando. A todos los niveles: espacios locales, nacionales, estatales, continentales y, evidentemente, internacionales. Sé que éste último párrafo es una obviedad, pero no podía dejar de subrayarlo. Y es que nos lo jugamos todo, que no es poco.

divendres, 2 d’octubre del 2015

NO SOMOS UN SOLO PUEBLO
Por una nueva hegemonía en Cataluña



Joan Manuel Cabezas
Doctor en Antropología Social


Introducción

Estamos a día 2 de octubre de 2015, pocos días después de las elecciones autonómicas catalanas. Unas elecciones que, en mi opinión, han aclarado muchas cosas, y también han sacado el velo sobre algo que hace tiempo comento: a pesar del desideratum de ser un solo pueblo ... no somos un solo pueblo. Aún ...
Dejamos de meter la cabeza dentro del suelo como los avestruces, o de esconder el polvo bajo la alfombra. Hay que enfrentar el mundo sensible tal y como es, no como se piensa que es. Esta ha sido una táctica del nacionalismo esencialista hegemónico: aquí no existe ‘cuestión étnica’, somos “el anti-Sarajevo”, no hay exclusión, somos todos ‘lo mismo’, somos un país ‘abierto’, somos una “tierra de acogida” (qué descubrimiento ... como si alguna tierra no lo fuera ...) ...
Este no es un artículo con pretensiones académicas, por tanto, es muy reductivista y entra poco en la complejidad enorme de las temáticas que se tratarán. Que quede bien claro que soy más que consciente. Este escrito pretende, esencialmente, poner de manifiesto una visión, ser un punto de partida, una introducción, la exposición de una serie de ideas que espero sistematizar pronto con mucho más detalle, y que en muchos casos ampliarán pensamientos que ya he expresado, aunque sea de forma embrionaria, en textos recientes.[1]
Con este breve texto sólo pretendo hacer algunas reflexiones y, sobre todo, llevar a cabo una breve introducción en torno a un paradigma nuevo, alternativo al que domina en Cataluña desde 1980 sin ningún tipo de interrupción (ni siquiera durante los años de los gobiernos llamados ‘Tripartitos’). Un paradigma que, cosas de la vida, se basa en un aparato conceptual que empecé a construir a lo largo de mi tesis doctoral, la cual se centró, mira por donde, en las identificaciones étnicas y nacionales, tomando ejemplos de África y de Europa Oriental, con el fin de rebatir dos posiciones sólo aparentemente contrapuestas que, ahora y aquí, tendrían diáfanos equivalentes: el nacionalismo esencialista catalán y el nacionalismo esencialista español, oculto bajo la máscara del ‘ciudadanismo’ o del ‘patriotismo constitucional’.
Propongo una concepción de los sistemas sociales que supere o, mejor, que deje de lado estas dos (que son, insisto, la misma), y esto implicará que se enjuague todo el arquitrabe simbólico y material construido por los gobiernos catalanes desde 1980, y que se basan un determinar qué es la nación desde arriba, excluyendo a aquellos que llegaron después de que ésta ‘nación-identidad’ estuviera constituida, por lo que no han tenido más que dos opciones: incorporarse (es decir, asimilarse, igual que en la tan criticada Francia jacobina) o permanecer como eternos grupos y personas situadas fuera de la estructura identitaria y de la cultura autóctona (palabras textuales pronunciadas hace pocos años por Artur Mas).
Antes éramos (me incluyo) ‘castellans’,’ ‘xarnegos’. Ahora, los que han votado a C ‘s son denominados ‘garrulos’, ‘chonis’, ‘ninis’ y ‘quillos’. O un clásico que retorna: ‘la xarnegada’. No miento, lo estoy leyendo. Quien me conozca sabe que soy independentista, en las antípodas de C’s. Y precisamente porque quiero la soberanía para las clases populares de Cataluña, apuesto por una nueva hegemonía, para construir el pueblo intercultural de Cataluña desde abajo. No tenemos, en mi opinión, otra posibilidad si queremos ser, realmente (no sólo en el discurso) "un solo pueblo". Ahora no lo somos, y el máximo culpable ha sido, lo diré las veces que sea necesario, el nacionalismo esencialista que domina en el país desde 1980, y que últimamente ha nutrido y ha hecho crecer una rama xenófoba y racistoide que se ha quitado la máscara desde el 24-M ... Efecto boomerang, se le llama a esto ...


Bases para el nuevo paradigma

Las teorías y las prácticas consistirán en enfoques y acciones vinculadas con los contextos concretos, y con las situaciones y momentos históricos donde tienen lugar .. Aquí radica una fórmula para conseguir la hegemonía: captar lo que pasa, y devolverlo con significados que cuajen.
Y hay que soltar lastre y dejar atrás discursos y praxis basadas en dos grandes paradigmas ya mencionados y que, en realidad, son uno solo: la idea de que hay culturas y naciones esenciales con ‘contenidos’ sustantivos (cultura primordial, cultura ciudadana, etc.) que tienen nichos específicos con límites bien definidos y cerrados (por mucho que se niegue). Así piensa y así actúa tanto el nacionalismo abiertamente esencialista como el ‘ciudadanismo’ más abiertamente (y falsamente) neutral. El régimen del 80 se ha basado en la versión catalana de este paradigma, el del 78 lo ha hecho basándose en la versión española.
Este paradigma hegemónico cuenta con diversas variables, pero el eje que las avitualla, se explicite o no, sea claro o sea difuso, sea áspero o sea ‘amable’, es siempre el mismo: generar un núcleo cultural duro, esencial (asimilable a lo que las clases dominantes consideran como lo normal) que funcione como elemento estratégico a la hora de convertir en incuestionables todo tipo de desigualdades e injusticias. Sirve como el aceite que permite el correcto funcionamiento del engranaje de una sociedad, la capitalista, que se nutre de la desigualdad y de la explotación para funcionar. El capitalismo es una máquina de generar explotación y desigualdad, y necesita de la excusa esencialista/culturalista para poder continuar reproduciéndose ...
Cuando he hablado de ‘cultural’ lo he dicho en sentido amplio: los referentes de este eje estratégico pueden ser de tipo meramente ‘cultural’ (es decir, autodefinidos como ‘culturales’), lingüístico, económico, político, religioso, e incluso histórico ... Todo son variantes de lo social reconvertidas en elementos ‘culturales’ (o ‘ciudadanos’) que contornean una esencia que siempre cumplirá con su tarea de (1) ocultar la existencia de clases sociales (el fascismo hablaba de ‘superarlas’), (2) crear conflictos entre los miembros de las clases populares (en base a sus esencias ‘diferentes’), e, insistimos, (3) servir de artificio legitimador, de excusa cultural, para naturalizar , sacralizar, convertir en inapelables como si de la genética se tratara, las injusticias, las explotaciones y las exclusiones. Igual que hacía y hace el racismo más puro: tener disponibles arsenales conceptuales y artefactos simbólicos que permitan, a posteriori, legitimar-sacralizar-naturalizar la explotación-exclusión-marginación de un grupo que, previamente (insisto) ha sido recluido en las eslabones externos de un sistema social, sea de la escala que sea.
También la aportación ciudadanista supuestamente bien intencionada y nominalmente anti-’etnicista’ (es decir, anti-esencialista), tiene un denso poso de este paradigma hegemónico que tratamos de sublimar.
Pero, aparte de tratar de aportar un grano de arena en la tarea de hacer de Cataluña, realmente, un solo pueblo .... ¿por qué querer generar un paradigma alternativo, y un enfoque relativamente de ‘nuevo cuño’? Porque creemos que (a) una teoría social debe proveer a la política de herramientas conceptuales y de reflexiones que acaben con la posibilidad de generar legitimaciones de situaciones estructuralmente injustas, y porque (b) consideramos que, para evitar la constante emergencia de nuevos discursos y prácticas que sacralicen y legitimen la jerarquía, la explotación y la desigualdad, no sólo hay que generar un nuevo paradigma hegemónico, sino que el paradigma, al criticar el anterior (el esencialismo cultural) en todas sus modulaciones, debe promover la interiorización de lo siguiente: para acabar con el actual sistema de mundo (el capitalismo) y con cualquier tipo de totalitarismo, las clases populares deben unirse por encima de (o quizás gracias a) sus diferencias, y generar por sí mismas nuevas identificaciones que dejen de lado los esencialismos, casi siempre impuestos desde arriba.
En un proceso que quizás se podría remontar en la Europa del s. XII, el poder (en manos de las clases dominantes y de las instituciones que están a su servicio) se ha basado cada vez más en lo que ha desembocado en el paradigma identitario actualmente hegemónico. Primero, la demonización de los Otros y la táctica del chivo expiatorio (muy activa hoy en día). Después, los estados modernos que empezaron a equiparar ‘cultura’ con el estado/nación, sellándolo en los tratados de Westfalia (1648). En el s. XIX el proceso se consolidó, tratando de generar naciones identitarias donde el moderno concepto de Cultura fuera al mismo tiempo la argamasa de uniformización y el ya comentado vértice de legitimación de estructuras políticas, económicas y sociales injustas y desiguales.
Pretender ‘recuperar como hegemónica la visión que de las identificaciones sociales existía antes del s. XII, o en los grupos sociales pre o exo-modernos, resulta simplemente absurdo, y pretender hacerlo es algo sencillamente imposible, ya que las condiciones actuales (como he comentado antes) son las que deben prevalecer a la hora de generar teorías y prácticas alternativas.
Al comenzar este artículo ya lo he mencionado de forma breve, y me extenderé, ahora sobre cuál ha sido el origen del posicionamiento que estoy defendiendo. Entre los años 1997 y 2000 escribí la tesis doctoral, Etnosistemas y fronteras en las sociedades africanas y de Europa Oriental. Desde finales de los años ochenta, todavía en Bachillerato, me interesaron profundamente las identificaciones sociales, las ‘etnias’ (es decir, los pueblos, ya que ‘ethnos’ significa ‘grupo social’). Al terminar la carrera y comenzar los estudios de doctorado tuve la oportunidad de especializarme en este ámbito, tomando como ejemplos a comparar los pueblos de dos zonas del mundo aparentemente ‘dispares’, pero nada lo es. El año que leí la tesis (2000) tuve ocasión de comentar en pequeño comité que en el texto, entre líneas, cuando comparaba África y Europa Oriental, siempre se podía leer ‘Cataluña’. Con los años, considero que en este texto, entre líneas, también se puede leer cualquier pueblo, grupo o consorcio social. De aquí he pasado a encontrar, hace relativamente poco, un para mí nítido paralelismo entre, por un lado, los dos corrientes teóricas que critiqué en la tesis (para ofrecer una nueva teorización) y, por otro lado, dos corrientes políticas actuales que, como las teorías de la tesis, parecen enfrentarse entre sí, pero considero que constituyen parte de un mismo paradigma ante el que ofrecer una alternativa.
Las dos teorías que critiqué en la tesis doctoral son el deconstructivismo del objeto étnico y el esencialismo o culturalismo. Supuestamente son dos formas ‘antagónicas’ de aproximarse a la realidad. No es así. En la tesis traté de demostrar que el deconstructivismo no era más que una variante del esencialismo cultural. Por otra parte, en el ámbito político, encontramos el ‘ciudadanismo’ y el nacionalismo esencialista, también supuestamente dos formas ‘antagónicas’ de pensar y actuar, pero que creo que son dos variantes del mismo nacionalismo esencialista.
Los deconstructivistas del objeto étnico los asimilo a los ciudadanistas en sus múltiples modulaciones. Cargan, y en eso estoy de acuerdo con ellos, contra el esencialismo y el primordialismo culturales, pero no hacen otra cosa que reproducirlo. En casos como el catalán, estos ciudadanistas a veces mutan en verdaderos esencialistas, casi de forma inadvertida y quizás imperceptible para ellos mismos. De hecho, la etnografía y la antropología se centran en eso: encontrar lógicas ocultas, explicar sistemas sociales más allá de lo que parece ‘evidente’, y hacer comparaciones con otras naciones, etnias y ‘tribus’, es decir, con otros pueblos. Me remito a la temática de mi tesis doctoral: comparar los procesos etnosociales de África y Europa Oriental para crear una teoría original sobre estos procesos también permite tener herramientas que pueden ser aplicadas a cualquier proceso similar de cualquier lugar del mundo. Eso es lo que pretendo hacer, y así lo expongo aquí.
Prosigamos. Los deconstructivistas del objeto étnico desmontaban las etnias otras (africanas, en su caso) demostrando que son construcciones sociales. Y con ello pretendían erosionar su ‘legitimidad’ y demostrar su ‘artificialidad’. Como si hubiera algo que no fuera artificial y que no se basara en una mera construcción social. Sí: ese ‘algo’ es una especie de objeto sagrado del que ni se cuestiona su legitimidad ni se piensa, además, como ‘construido’ o ‘artificial’, y del que nunca se habla, permanece como en estado de latencia, o como sujeto elíptico, dado que su naturaleza primordial es tan obvia que resulta impensable poder remitir a ella como si fuera algo ‘construido’. Ese ‘algo’ es, por ejemplo, Francia. O España. O Cataluña, ya que este ‘ciudadanismo’ como forma de esencialismo nacionalista también se encuentra presente aquí. Los deconstructivistas del objeto étnico demostraron que las etnias no tienen las características que sí que tienen (a la fuerza) los estados-nación modernos: límites claros y cerrados, una cultura uniforme, un único sistema político y económico, etc .. .. Por lo tanto, las etnias eran vistas, tácitamente, como ‘inferiores’, meras invenciones ‘coloniales’ creadas para aturdir a las masas, para gestionar sus conciencias y manipular su voluntad. Al no ser como lo que tenían que ser (naciones identitarias), estas etnias no existían, eran supersticiones fantasmagóricas ...
Trasladando el deconstructivismo del objeto étnico al ámbito político, eso es lo que proponen los ‘ciudadanistas’:
- Las identidades culturales (las otras) deben ser retiradas del ‘espacio público’, ya que son inferiores a la ciudadanía del sujetos racionales, en un ‘espacio público’ que sería la expresión de este ideal (pura superstición, por cierto ...)
- Los ‘nacionalismos’ (los otros) deben ceder el paso al entendimiento racional y pactado en igualdad entre los ciudadanos de una nación ‘política’ (como si alguna no lo fuera), es decir, cívica, opuesta a las etnias y, como decía JM Aznar, a las ‘tribus’. La razón se impondría así a la irracionalidad ‘identitaria’. Pero este discurso se hace imponiendo una identidad: la del grupo dominante que tiene el poder en la nación que se considera a sí misma no como ‘étnica’ (es decir, construida, diferente), sino como ‘natural’, como de ‘sentido común’. Ni se discute, ya que no es ni siquiera pensable hacerlo .. Es un dogma de fe, literalmente. “Sentido común”. Así, se cae en el que no es otra cosa que una variante del esencialismo identitario, del nacionalismo substancialista y culturalista.

Breve paréntesis: la nueva teorización que propongo está resumida, provisionalmente, en este artículo:


Ahora, de manera muy breve, diré que esta teoría se centra en los colectivos y las gentes, concretos, con necesidades específicas, con identificaciones complejas y mutables, no en abstracciones, ni en supersticiones. Porque eso es lo que son, en última instancia, tanto el nacionalismo culturalista o esencialista, como los ‘ciudadanismos’.
Ninguna de estas dos ideologías (en el sentido marxista del término) toman en consideración la complejidad y las relaciones de poder: los sistemas sociales tal y como aparecen en la acción real. No derivan del mundo sensible, sino que son inmanentes, y quieren imponer encima de dicho mundo. Desde el interior, y desde arriba, intentan salvar un mundo o bien demasiado ‘lejos’ de los ‘buenos tiempos en que todo el mundo se conocía y hablaba la misma lengua’, o bien necesitado de un consenso cívico superior que haga que la gente que es ‘demasiado diferente’ o bien deje de serlo en público, o bien lo disimule o se espere a cultivar su ‘esencia cultural’ de forma privada o íntima, a excepción de las ferias interculturales y de las ‘mesas de inmigración’ donde las clases populares Otras y las élites Otras, respectivamente, pueden visibilizarse siempre que hagan evidente que pueden tener modales (‘urbanidad’) y civismo ... No debe de ser sorprendente que el ‘multiculturalismo’ (fruto de un entendimiento entre el idealismo romántico y el ilustrado) sea una expresión culturalista que no por más refinada y ‘tolerante’ no deja de ser racistoide o, directamente, racista.


Hipocresía, ‘etnicismo’ velado, petulancia y chovinismo


Sí, hipocresía. Porque hipócrita es hacer ver que se construye una Cataluña abierta cuando no es así ...
Sí, ‘etnicista’, mejor dicho, ‘nacionalista esencialista’, porque el modelo hegemónico en Cataluña ha sido este desde 1980, sin que el pseudo-paréntesis de los gobiernos ‘Tripartitos’ cambiaran casi nada con un falso ‘ciudadanismo’ que hablaba de ‘cultural pública común’ para ocultar la imposición de una identidad catalana inencontrable en la vida real, y de una aún más inexistente, abstracta y metafísica ‘cultura catalana’.
¿Petulante y chovinista? Sí. Porque se ha querido vender el modelo hegemónico como ejemplo universal de convivencia entre ‘diferentes’ cuando esto no ha sido así. Chovinista, sí, porque se ha pecado de una brutal falta de autocrítica, y se ha vendido el país como si fuera el único ejemplo en el planeta de ‘tierra de acogida’ ... Un concepto-fetiche inventado por mismo filósofo que volvió dogma de fe la supuesta ‘mentalidad’ catalana: sensatez (seny), medida, laboriosidad, y demás tonterías que han llegado a convertirse casi en sentido común ...
La nación identitaria que quiere o quería imponer el modelo hegemónico en Cataluña se basa en la ‘cultura’ como eje estratégico de incorporación y, por tanto, también como potencial matriz para sacralizar/naturalizar/legitimar explotaciones, jerarquías y exclusiones. Esta es la base de lo que califico como coartada cultural: un baremo a través del cual se legitima, naturaliza y sacraliza una situación concreta en la base a la ‘distancia cultural’en relación con el punto nodal de la pirámide de la estructura identitaria catalana, al conjunto de rasgos que se consideran ‘propios’ de la ‘personalidad’ de Cataluña.
Incluso camuflado de un supuesto ‘ciudadanismo’, durante algunos años en Cataluña se ha tratado de construir una nación identitaria en el marco de una ideología hegemónica: el mal llamado ‘etnicismo’. ‘Etnicismo’, una palabra que, aparte de emplear de manera errónea el concepto de etnia (que es, en realidad, cualquier grupo social diferenciado) asimilándolo al de ‘raza’ y al de genos (‘origen’, linaje genético, ‘estirpe’), hace mención a algo que define de manera mucho más concreta y correcta el término ‘nacionalismo esencialista’. Lo cual es la base de toda nación identitaria.


Es tan profundo el nacionalismo esencialista hegemónico en el régimen del 80, que incluso estos ‘ciudadanista’ no se desembarazaron de él nunca en su breve paréntesis en el gobierno: “Una cultura pública común debe fomentar la participación del conjunto de la población joven en las redes de participación ciudadana como vía para ser reconocida y para sentirse identificada con la cultura catalana” (Pacto Nacional de Inmigración, 2008, p. 40, la negrita es nuestra). “La cultura pública común es el espacio compartido de comunicación, convivencia, reconocimiento y participación de nuestra sociedad diversa diferenciada [sic], para que la nación catalana continúe siendo el referente de toda la población que vive y trabaja”( la negrita es nuestra) (ibid, p.34). En un texto de 49 páginas, sale 38 veces la expresión cultura pública común ...
La referencia constante a una cultura catalana remite a una esencia uniforme a la que amoldarse, base ‘simbólica’ de la nación identitaria, pues es en esta ‘cultura’ donde hay ‘identificarse’ para formar parte de la nación ... ‘Integrarse’ dentro de la ‘cultura catalana’, es decir, de la nación identitaria catalana implicaría para el nacionalismo esencialista (que reduce ‘la nación’ en una identidad cultural, es decir, metafísica), implicaría, decía , entre otras cosas, adoptar los ‘valores’ propios de esta ‘identidad’. Veamos: ¿valores? ¿Propios? ¿Cuáles? No importa. Los ‘valores’ son como ‘las culturas’: no ​​significan nada, por lo tanto, pueden servir para todo ... Esta idea de los ‘valores’, del ‘talante’, ‘idiosincrasia’ o ‘carácter nacional’, no es sólo propia del nacionalismo reaccionario y conservador: se ha extendido por muchos sectores de la sociedad como un hecho ‘consumado’, como algo ‘obvio’, propio de un cierto sentido común que, por tanto, no es necesario ni siquiera discutir. No hace mucho, viendo un capítulo más del programa “Tot un món” de TV3, un chico senegalés que llevaba 10 años en Cataluña y que colaboraba con una formación política de izquierda transformadora y independentista, habló de los ‘valores’ catalanes[2]
En los últimos decenios, el supuesto ‘carácter integrador’ de Cataluña ha repetido hasta la náusea de una frase del antiguo presidente de la Generalitat, Jordi Pujol. Pero ha sido repetida sólo a medias, y quizás no por casualidad, pues es una frase que implica una especie de ‘ciudadanía abierta’ y no-‘etnicista’.
Se repite desde 1980 el mantra basado en una frase escrita por Jordi Pujol en 1964: “es catalán quien vive y trabaja en Cataluña”. Y todo el mundo contento. Pero no. La ciudadanía es un concepto jurídico-administrativo, ni volitivo ni de adscripción personal, por mucho que se quiera convertir, como se hace en una entidad mística, propia de la ideología ciudadanista que oculta las relaciones sociales reales, asimétricas, así como la explotación y la exclusión, y la existencia de una clase dominante. Muchas personas que viven y trabajan en Cataluña, sobre todo los trabajadores llegados de muchos lugares del mundo aún más pobres que Cataluña, no son catalanes, ni españoles, pues el poder político (estatal y autonómico) les impide ser ‘catalanes/españoles’ en el sentido de ciudadano estrictamente jurídico. ‘Gracias’ a ello, un millón de personas no ha podido votar el 27-S. Excepto Cataluña Sí que es Pot, y la CUP, nadie ha dicho absolutamente nada al respecto. Lógico: para el paradigma hegemónico son sólo gastarbeiter (‘trabajadores-huéspedes’), no parte de la nación-identidad.[3]
Por otro lado, creo que tal vez la frase de Jordi Pujol se recita siempre de forma incompleta de manera consciente e interesada, a fin de ocultar su sentido real: “es catalán todo hombre [sic] que vive y trabaja en Cataluña y que, de Cataluña haga su casa, su país, al que se incorpora y reconoce”(la negrita es mía). Por lo tanto, nada de apertura como ‘rasgo característico’ de la nación catalana creada por los nacionalistas esencialistas, la nación identitaria con una estructuración elegida por estos nacionalistas, y a la que se incorporarán los que quieran ser catalanes. Mucho criticar (con razón) el jacobinismo español y francés, y resulta que el término ‘incorporar’ remite a una asimilación jacobina ‘pura y dura.
Además, entraríamos aquí en una nueva trampa: ¿qué es ‘incorporarse a Cataluña’? ¿Y qué es Cataluña? ¿Qué es la ‘cultura catalana’? ¿Es la nación identitaria con rasgos culturales, históricos, idiosincrásicos, abstractos, que el poder designa y taxonomitza desde arriba? ¿O es el pueblo intercultural, que existe en lugares, momentos y contextos concretos, a pie de calle, a raíz, que no tiene ningún tipo de identidad fija, sino que es su falta de identidad uniforme la que hace que siempre exista un espacio vacío donde pueda confluir el conjunto de su gente?
En el segundo caso, que es lo que defiendo como proyecto hegemónico, no sería necesario incorporarse a nada, pues no habría nada donde hacerlo, no existiría ninguna estructura identitaria construida por los artífices de identidades nacionales metafísicas e inexistentes más allá de discursos y supersticiones. Desde el punto de vista que aquí defiendo, por el mero hecho de vivir en Cataluña y de formar parte de las clases trabajadoras, uno ya forma parte del pueblo intercultural catalán, de su conjunto múltiple, de su retahíla de colectivos que sólo existen en las interacciones sociales entre la gente ... No hay que incorporarse a nada, porque no hay nada, todo está siempre por hacer, la sociedad es un ente vivo en estado de nacimiento continuo, y la identificación siempre es una relación viva, que se nutre de la realidad sensible y los imaginarios sociales desplegados por grupos y gentes que viven en un espacio social común

La hegemonía esencialista del régimen del 80: ocultando, obviando o despreciando la realidad social

La situación en Cataluña ante la pluralidad no es intercultural. Es tricultural, aunque también se puede concebir como bicultural si entendemos las dos ‘culturas’ del binomio como verdaderos artificios reductivistas y sin base real ... pero socialmente operativos:
(1) La cultura ‘nacional’ o ‘propia’, modulada y creada por las elites dominantes, y donde entrarían la multitud de grupos ‘autóctonos’, de gran complejidad interna y sólo unidos por el hecho de no ser Otros, es decir, de funcionar por contraste, como ocurre con toda identificación. Esta ‘cultura propia’ funciona a veces como eje primordial de identidad autóctona (versión abiertamente esencialista), a veces como una aspiradora donde hacer entrar las ‘comunidades inmigrantes’ (esencialismo nacionalista versión ‘ciudadanista’: se integran todos, lo quieran o no)
(2) La ‘cultura importada’ o ‘culturas importadas’, donde se amalgaman las miles de ‘tradiciones culturales’ propias sobre todo de las ‘comunidades’ de inmigrantes procedentes de países actualmente más pobres que Cataluña, pues los que provienen de países más ricos y/o de la UE son a menudo dejados fuera del control tecno-identitario o de la gestión de la diversidad, ya que les permite pasar desapercibidos como ‘colonias’ de extranjeros (holandeses, ingleses, franceses, alemanes) .
En medio, en un permanente limbo identitario, estarían los antiguos inmigrantes llegados en los años 1959-1972, y sus hijos y nietos. A veces integran el primer grupo en términos sólo jurídico-administrativos (son ‘ciudadanos españoles’), más que en términos ‘culturales’ (por mucho que se diga aquello de que ‘es catalán quien vive y trabaja en Cataluña’...). En otras ocasiones forman parte del segundo bloque. Los extranjeros ricos están aparte, o encima, no se les considera ni ‘étnicos’ ni mucho menos ‘inmigrantes’, sino colonias de holandeses, británicos, franceses, alemanes ... Un nuevo ejemplo de que, en realidad, las taxonomías culturales se rigen por criterios de clase social, además de por criterios puramente ‘culturales’ ...
Aunque se ha querido apostar por la existencia de un modelo de integración catalán, quedando la apuesta en mero deseo, en la realidad en Cataluña entrecruzan tres modelos fracasados ​​de integración:
1. Francia: ciudadanía como eufemismo de asimilación. La escuela francesa es profundamente nacionalista, como la catalana y la española: uniformizadora y asimilacionista. Un ejemplo no anecdótico: Cataluña, los colegios públicos sobre todo, los alumnos, todos, hacen el caga-tió, la castañada, etc. Inventos ‘étnicos’ catalanes del s. XIX ... En Cataluña ha habido también una hegemonía esencialista en versión ‘ciudadanista’: la de que todo confluya en un solo punto, que debería centrifugar todo, o que visualmente me recuerda un lavadero cuando se quita el tapón del agujero: la ‘lengua y la cultura catalana’, siempre en singular. Jacobinismo ...
2. Gran Bretaña: aprende el idioma, quédate en tu ghetto y haz lo que quieras dentro de los límites de lo correcto ...: En Cataluña también se da el modelo británico. Vayan a L’Erm (Manlleu), a Cerdanyola (Mataró) o a Llefià (Badalona), si quieren encontrar lugares donde se combina marginación social y acumulación de población ‘recién llegada’. En cuanto la idea británica de que mientras aprendan el idioma y las normas básicas ya estarán integrados (¿qué más da el resto de cosas, como el trabajo?), Aquí se ha hecho algo similar. Parece como si sólo las parejas lingüísticas o el aprendizaje del catalán garanticen, por arte de magia, la pretendida integración...
3. Alemania: Blut und Boden: Lo ideal alemán es conservar los derechos ciudadanos por la autoctonía, la ‘sangre’ alemana. Cuesta mucho que alguien nacido en el extranjero sin antepasados ​​alemanes (ni que sean antepasados ​​del s. XVIII), o incluso que haya nacido en Alemania pero que sea de ‘sangre’ no-autóctona, pueda ser considerado como una persona culturalmente y nacionalmente ‘normal’. Vayan a cualquier pueblo o ciudad de Cataluña y encontrarán algo similar. No es que se defienda una catalanidad ‘racial’, sino ‘cultural’. Pero no olvidemos que ‘cultura’ es otra manera de decir ‘raza’. La sangre es la raza lo que la lengua, los apellidos, las ‘tradiciones’, el ‘talante’ y el carácter es la cultura.
Y en cuanto al culto en el territorio ‘propio’, éste es practicado por cualquier nacionalismo esencialista, no sólo por el alemán, y en Cataluña tiene plena vigencia: no sólo resulta palpable el esencialismo del Boden (la tierra) en el idealismo romántico que apuesta por el retorno a los orígenes o en el fetichismo de los mapas nacionales, sino también en la idea ya apuntada antes de que el espacio público no debe ser el lugar de expresión de las identidades ni de las creencias, las cuales han permanecer dentro del ámbito ‘privado’ .. pero sólo se hace esto en relación a las identidades otros ‘, no con las’ autóctonas ‘... Toda romería, procesión a las cruces del municipio o procesión de fiesta patronal deberían ser proscritas , siguiendo este razonamiento. Pero no ... Porque son ‘de sentido común’, ‘naturales’...


Las elecciones del 27-S: clasismo, unidad popular y ... mapas que no mienten


No jugaré aquí a hacer de politólogo ni llevar a cabo análisis de periodismo político sobre el mapa electoral que emana del 27-S. Hay mucha teca y mucho que decir, eso sí, como antropólogo especializado en lo que podríamos denominar las etnias, las naciones, los pueblos, y cualesquiera otros sistemas sociales diferenciados. Porque deduzco que la victoria de Ciudadanos en muchos lugares de Cataluña es, por un lado, el resultado boomerang del mecanismo de saturación nacionalista catalana de las últimas semanas (y décadas) y, como síntoma que explicaría el fracaso rotundo en la pretendida construcción de un solo pueblo por parte del nacionalismo hegemónico, el cual, en el fondo, creo que nunca ha tenido intención de crear un solo pueblo más allá de los discursos. En la realidad, están, por un lado, los ‘nacionales’ o ‘autóctonos’ (con los ‘incorporados’ de forma ‘exitosa’) y, por el otro lado, los ‘forasteros’. Punto. Este ha sido el trasfondo ocultado por el hipócrita discurso oficial del régimen del 80.
Multitud de personas que son parte integrante del pueblo intercultural de Cataluña, nunca han sido parte de la nación identitaria catalana. No se lo han hecho sentir, por decirlo de alguna manera. Porque el nacionalismo esencialista nunca busca crear un pueblo trabajador unido en su diversidad, sino la nación-identidad, hecha por los de arriba, rodeada, por abajo, por grupos y personas que por formar parte y ‘incorporarse’ deben someterse a la uniformización oficial dictada por los que creen saber qué es la ‘cultura catalana’ ...
Aún hoy en día podemos observar en ciudades como Ripollet, Sabadell o Terrassa, por ejemplo, un ‘centro’ formado por ‘catalanes-catalanes’ (‘gente de aquí’), y una periferia formada por personas con orígenes en el resto del estado. La base de esta segregación geográfica no es sólo ‘étnica’, es decir, no sólo está motivada por el nacionalismo esencialista, sino que es también, o sobre todo, económica. No olvidemos algo que a menudo se olvida: la mayoría de personas llegadas en Cataluña entre 1959 y 1972 procedían de zonas aún más depauperadas que Cataluña. Ciertos segmentos del neoindependentismo tienen un componente xenófobo y clasista que quizás ha generado una reacción, una cismogenesis, una diferenciación tajante y, quizás, antagónica. No hay que olvidar que este nacionalismo esencialista ha sido, en parte, la causa de la persistencia del nacionalismo español en algunos lugares del país, tal vez latente hasta hace poco, pero ahora ha sido activado. Y seamos claros también en esto: también ha pasado a la inversa. Este nacionalismo esencialista español ha ‘permitido’ al nacionalismo esencialista catalán reafirmarse y, sobre todo, legitimarse: “los charnegos de mierda [sic] no se quieren integrar porque dicen que están en España”, oí hace poco con estas orejitas, en Castelldefels ...
Muchos critican (yo también) que los reaccionarios españoles insulten y desprecien a las personas que silbaron el himno del reino de España en el Camp Nou, el pasado 6 de junio, en vez de preguntarse por qué se hizo. Debemos hacer lo mismo en este caso. ¿Los que silbaron el himno lo hicieron, como dicen los nacionalistas españoles, porque ‘odian en España’, ‘son unos radicales irrespetuosos’, ‘son chusma’, etc.? No. Pues no caigamos en el mismo análisis a la hora de comprobar que existe, en estado larvado o no, un nacionalismo español o una no-identificación con la nación-identidad catalana en lugares muy concretos. Sólo hay que mirar los mapas. Nunca se ha hecho nada para hacer que estos territorios se identifiquen con un concepto realmente amplio, abierto, plural, intercultural, de sociedad, de pueblo. Porque no ha existido este concepto. Ahora hay que crearlo, y hay que desplegar un nuevo paradigma hegemónico, que incluya, también, un subrayado especial en la clase social.
Aquí entramos en otro tema, la unidad popular, que tocaré sólo de paso, por razones de espacio y porque ya lo esbocé hace unos meses en un artículo homónimo[4]. Soy firme partidario de la unidad popular. Pero es imposible construirla siguiendo el mismo paradigma hegemónico del régimen del 80. Resulta sencillamente imposible, porque no se reflejará el pueblo intercultural, sino la nación-identitaria. Miremos los resultados de una formación política que tiene este nombre, la CUP: en muchas zonas como Bellvitge, La Gornal, Pubilla Casas (Hospitalet de Llobregat), Can Vidalet (Esplugues de Llobregat), Les Roquetes del Garraf, Cunit, Calafell, algunos barrios de El Vendrell, entre muchos otros lugares que no he tenido tiempo de escrutar con detalle, tienen entre un 2,18 y un 7,06% de votos. En la mayoría de casos, la ‘horquilla’ se mueve entre el 3 y el 5%. ¿Unidad popular? ... Esto es, insisto, un síntoma: para cambiar la realidad hay que mirar cara a cara, no sesgar-la. Nada pasa porque sí, siempre hay razones y lógicas, explícitas o secretas, y hay que averiguarlas. Y lo que digo sobre esta formación se hace extensible al resto de la izquierda transformadora que puede poner las bases políticas de esta nueva hegemonía: Cataluña Sí que es Pot no ha cuajado: sólo ha sacado un 8, 9 o 11% de los votos en los lugares antes mencionados, en pocos casos pasando del 15%. Esto también tendrá alguna razón de fondo que habrá que conocer. Esto requiere tiempo y trabajo, no se puede hacer en un mes, evidentemente.



 Por una nueva hegemonía: de la nación identitaria al pueblo intercultural (y del capitalismo en un socialismo de nuevo cuño)


Para terminar, haré mención sólo de la primera parte del título de este apartado, pues se circunscribe en mi ámbito de conocimiento, y no me considero competente para desarrollar con más detalle el paso, seguramente problemático y difícil, pero absolutamente imprescindible, de la actual dictadura capitalista a la democracia real.
Una nación, una comunidad autónoma, un pueblo, lo que queráis... es también una identificación. Hay que generar una identificación. Pero el problema radica en cómo se ha generado y se ha tratado de imponer aunque sea de forma supuestamente ‘abierta’.
Aquí en Cataluña, desde 1980, retomando y actualizando el esfuerzo uniformizador elitista de la Renaixença, el Novecentismo y la tradición vinculada al esencialismo nacionalista en todas sus modulaciones, aquí, decía, esta creación de identificación social (‘cultural ‘, para los nacionalistas) se ha hecho desde arriba, tratando de imponer unos modelos abstractos y uniformes sobre una población extraordinariamente compleja y diversa.
La razón me parece evidente: tener disponible un bagaje consistente en dispositivos simbólicos que dejen fuera de la catalanidad los que no encajen. Nada nuevo, ya lo hemos dicho: una sociedad capitalista como la nuestra necesita, vive, de los mecanismos de exclusión. De ahí que el nacionalismo esencialista sea consustancial al capitalismo en todas partes. Le facilita coartadas culturales para naturalizar, biologizar, sacralizar lo que son injusticias y desigualdades de tipo económico y social. Sacralizar, en efecto, que la ‘cultura’ es la religión de estado moderna.
Se ha tratado de imponer sobre toda la población una inexistente ‘cultura catalana’, en base a referentes inventados (como lo han hecho todas las naciones del mundo), reelaborados para servir a los intereses de las clases capitalistas, creando historias sagradas que remitirían a los tiempos fundacionales de un ente no exactamente humano, sino de reminiscencias divinas, el Geist de la cultura, de la nación, su alma, su espíritu, que continuaría sin interrupción hasta la actualidad. De estos “valores espirituales” habla, sin ir más lejos, el manifiesto de la Asociación de Municipios para la Independencia.
De todo lo que estoy diciendo hay ejemplos a raudales desde 1980 (y antes, por supuesto), ejemplos que estoy empezando a sistematizar y que ahora no expondré dado el carácter introductorio de este texto. Son casos que a veces se nos escapan, pues es tal la hegemonía del nacionalismo esencialista en Cataluña durante 35 años, que se han convertido, plenamente, en ‘sentido común’.


Estamos en un momento instituyente, de cambio rápido, de mutación social, política .. Y vemos que no somos un solo pueblo por causa del fracaso, obvio y previsible, de la imposición de un modelo ‘cultural’ único sobre una sociedad que, como todas, no se puede doblar a un solo modelo de forma de decir, hacer y pensar.

Han sido 35 años de una hegemonía hecha desde arriba, no sólo por los pensados ​​a sí mismos como culturalmente ‘normales’, sino por las clases privilegiadas. Hay que revertir el movimiento, y ahora es el momento de hacerlo. Enjuagar la hegemonía hasta ahora imperante, y generar otra, pero desde abajo. Surgida de los latidos de la vida en sociedad, que brota de las interacciones reales de personas reales en lugares y momentos concretos, en contextos y en situaciones específicas. Hay que pasar de la nación identitaria, que siempre impedirá que seamos un solo pueblo, el pueblo intercultural.

El cambio de paradigma debe ser opuesto al actual no sólo en cuanto al sentido del movimiento (desde abajo) sino también con respecto a los significados que hay que introducir en significantes totalmente secuestrados por el nacionalismo esencialista. Hay que cambiar, por ejemplo, el contenido del concepto de identidad ‘, de’ nación ‘, de’ pueblo ‘, la visión de la historia, la concepción de la sociedad, rebatir la idea de’ cultura ‘, salir de dobles vínculos como el ya mencionado del Pacto Nacional para la Inmigración, donde se invitaba (o exigía) los ‘recién llegados’ que se adhieran a la identidad catalana ‘y en la’ cultura catalana ‘.

Desde nuestro punto de vista, por ejemplo, los ‘recién llegados’ ya son parte de la ‘identidad catalana’ y de la ‘cultura catalana’, la integran plenamente porque son parte del pueblo de Cataluña, y también parte de la cultura popular catalana. Decir esto hoy en día sigue siendo visto como una herejía, pero si no optamos por este nuevo paradigma, continuaremos bajo la hegemonía con la que queremos terminar.
Lingüistas, filólogos, sociolingüistas y historiadores oficiales (esencialistas), así como algún sociólogo solariego, han sido los ‘intelectuales orgánicos’ que han construido algunos de los arquitrabes básicos de la visión que ha dominado de forma arrolladora en la construcción del paradigma hegemónico del régimen del 80.
Optamos por una visión que beba, también, de otros ámbitos alejados del esencialismo nacionalista. Y resultará muy importante la función de la etnografía. Por tanto, también será necesario que sea la ciencia etnológica la que aporte su bagaje, pero no de manera abrumadora, en eso también nos distanciamos del actual paradigma.
Desde lo que ahora llamo, a falta de un concepto mejor, paradigma del pueblo intercultural, todo conjunto humano (etnosistema, en la terminología académica) es, siempre, un proceso.. Y su ‘identidad’ es una relación, un vínculo, que se puede llenar de múltiples referentes, pero que nunca ‘es’, sino que ‘hace’. Esto impediría o dificultaría la creación de ejes estratégicos que, como hemos comentado, faciliten coartadas para legitimar situaciones de exclusión o de explotación económica, política o social. Pero mientras también exista la hegemonía capitalista (inseparable de la hegemonía nacionalista-esencialista), todo esfuerzo será siempre estéril, pues se crearán nuevas y más sofisticadas formas de exclusión.
En este escrito trato de ser optimista, dando pistas o aportando caminos que pueden deshacer y dejar de lado el nacionalismo hegemónico en Cataluña, verdadero y quizás único enemigo real de la soberanía de las clases populares. Pero también hay una mala noticia. Una mala noticia que, obviamente, también saben y denuncian muchas otras personas: con capitalismo, no hay ni soberanía, ni democracia, ni independencia. Sólo dictadura económica. Ahora también es un momento instituyente en este sentido, un momento de génesis dinámica. Nos lo jugamos todo, que no es poco ...

El nuevo paradigma que genere una hegemonía totalmente diferente a la del régimen del 80 es algo que, en una especie de relámpago no forzado de la conciencia (darme cuenta de la actualidad del tema de mi tesis doctoral en Cataluña), traté de comenzar a sintetizar y de trasladar ese universo de conceptos y significaciones de un plano a otro, es decir: del plano de la teoría etnológica en el plano de la realidad social aquí y ahora. Pero sería de una prepotencia imperdonable querer presentarme como el ‘creador’ de este paradigma.
Sólo le estoy dando una forma con mis herramientas, la estoy presentando configurado en base a mi bagaje, pero se trata de algo que he oído a muchas personas, y desde hace más de veinte años. En algunos casos incluso podría poner referencias bibliográficas, como ya he hecho en otros escritos recientes en los que se intuye este paradigma, esta nueva hegemonía a construir. En muchos casos ha sido fruto de condensaciones en base a ideas que están en la calle, que surgen de momentos y de contextos, y que, trato de sistematizar lo mejor que puedo. Un día alguien dijo que si tienes una idea y sales a la calle, pregunta a la gente, pues seguramente también tendrán la misma idea, o similar. No hablo de nada metafísico ni misticoide: las ideas son entes sociales. A veces, alguien o algunos les dan forma, pero pensar que uno es la única fuente que las genera, es sencillamente mentira.

Ya para terminar: resulta evidente que una hegemonía no se gana sólo deseándole la. Hay que ponerse manos a la obra, y desde hoy mismo. Hay que hacer mucha pedagogía activa, concienciación, sensibilización, formación, y creación de discurso, basándose en la vida cotidiana, en la situación real, las prioridades, necesidades y lógicas de todas las geografías de Cataluña. Y también hay que tener poder para llevar esto a la práctica. No hablo del poder institucional, que también, sino del poder otorgado desde abajo por el hecho de identificarse plenamente con una nueva hegemonía, hasta el punto de que, deviniendo sentido común, logra alcanzar su objetivo de manera no forzada.
Lo resumiré también las veces que sea menester: crear una sociedad soberana en todos los sentidos, conseguir la libre disposición de las clases trabajadoras sobre sí mismas, incluye, como condición sine qua non, acabar con el dominio del nacionalismo esencialista. Y, también, del capitalismo. Porque son las dos caras de la misma moneda ... Ni más ni menos.

Artículos complementarios:









[2] En muchos casos, muchas personas inmigradas que salen en el programa se han 'integrado' gracias a tener pareja catalana. Como si fuera la mejor o única forma de unirse al ‘cuerpo nacional identitario’. Resulta contradictorio que se critique con vehemencia (y con toda la razón del mundo) el jacobinismo asimilador francés y español, y se haga lo mismo en Cataluña, pero en una escala diferente, y empleando un lenguaje formalmente 'anti-asimilacionista' ... Toda una impostura.